La trampa de arena

Escribir un poema es como transponer un arroyo. Afrontar la escritura de una novela es sumergirse en el océano.

11 de diciembre de 2009

Sueño e insomnio





Instantánea



Más cerca de una foto
Que del film.

Detenido en un acento
Personal:
Pimienta/ estragón
Ajo y albahaca
Porque es italiano
El alambique
Pese a la iluminación.

De mí instantánea
Con fondo de arenas
Y melodías entreoídas
En finales de siestas
Y responsos.

La foto al servicio
Del amor repetido
Y cada noche nuevo
Por la gracia de Dios:
¿Lo merecerá mi foto
Detenida con ajo
Pimienta y estragón
En un paso a nivel
De Buenos Aires?

Subido a la instantánea
Definitivamente lejos
De la película
Y detenido. Como esperando
Que tanto prójimo llegue
O que los hijos bajen.

Más cerca de una foto
Que del film:
Llego rumiando el último texto.


26 de noviembre de 2009

Una idea central





Capítulo 35


El instituto amaneció cerrado el 12 de marzo. El día avanzó sobre una realidad que todos veían cernirse sobre las cabezas, pero de la que nadie hablaba. El instituto estaba cerrado porque no se habían recibido inscripciones, los pocos docentes que quedaban habían decidido conformarse con los puestos públicos, y Fermín no estaba casi nunca.

¿Y si se mudan? ¿Y si se van a algún lugar donde no los conozcan, donde puedan vivir en paz, sin estar en la boca sucia de tantos? Y Adela o Fermín contestaban, sólo cuando pensaban que los comedidos preguntaban de buena fe: ¿Y dónde vamos a ir? ¿Adónde nos va a buscar Mercedes, cuando vuelva?

Cuando vuelva Mercedes. Fermín la veía dar la vuelta por la esquina de Paso y Rosales, encaminándose con paso rápido hacia la casa, cada vez que anochecía y los ramalazos del viento sur venían disparados desde Villanueva, cruzando el campito que parte en dos la vía del Solier. Pero Mercedes no era la que volvía.

Hasta Quique Lauría, de tanto escribir y esperar respuesta, había llamado hace unos días preguntando si seguían estando en la casa, si recibían sus cartas. Adela le dijo que sí, que Fermín no contestaba ninguna carta porque estaba dedicado a buscar a la nena. Que mudarse no se iban a mudar. Que ella iba y volvìa de Bahía, que eso le hacía bien, aunque notaba que si, que la discriminaban. Pero ¿qué se le iba a hacer? Había que trabajar porque cada vez había menos ingresos.

Que Marcelo estaba bien. Preocupado, claro. Llamando casi todos los días, ahora más que antes porque el papá le había prohibido terminantemente viajar al país. Se había recibido y estaba trabajando en investigación en San Francisco, en la misma Universidad de California que lo graduara. Quería que ellos viajaran. Que a ella le gustaria, pero que Fermín no quería saber nada.

Él deambulaba, más que andaba. Atacado por su alergia en grado preocupante, avejentado, perdida definitivamente la atención notable que lo distinguiera en su relación con los demás. El resultado del dolor, de su firme voluntad de arrastrar la cruz hasta donde sus fuerzas alcanzaran. De reunirse y de conversar con quienes ya se reunió y conversó antes sin resultados, de presentar su solicitud desesperada de paradero a quien fuese y donde fuera. Y hasta de recibir afrentas personales y amenzas, que no le preocupaban en lo absoluto.

Había perdido el sueño y dedicaba buena parte de la noche a maquinar su recorrido del dìa siguiente. Adela podía dormir algo más, y eso era una gran cosa, sobre todo porque así no se preocupaba viéndolo a él en vela. Eso de la imagen, que todo puntaltense lleva implícito, él lo mantenía sólo con quienes quería. Solamente a ellos les demostraba una fortaleza exterior, difícil de justificar para sus adentros; y la primera en la lista era Adela. Con Marcelo era algo más fácil, porque se trataba del diálogo telefónico. Pero terminaba el día deshecho, claro, después de tanto esfuerzo.

Por lo general, cuando bajaba del ómnibus o cruzaba el paso a nivel de la base para atravesar el centro hacia su casa, necesitaba convocar sus recursos orgánicos como para enfrentar la entrada a su casa de Rosales, tan distinta ahora a lo que fue meses atrás. ¡Ya no había ánimo ni cordura para el mate, más un festejo compartido que una bebida solitaria! Así que se había aficionado a una media horita con café y alguna copita en El Central. No era que antes no lo pisara. Sólo que ahora su presencia era habitual. Allí también estaba comprometido en los comentarios intencionados que se producían a su alrededor en rigurosa voz baja. ¡Pero como no le importaban!

Así, una tardecita de abril se encontró con la media mirada de Núñez desde otra mesa del bar. Era una de esas personas sobre las que se piensa que, concluida una etapa, han muerto y que será imposible volver a encontrarlas. Pero allí estaba, con sus relucientes siete vidas, como si fuera un gato merodeando tachos de basura.

- ¡Qué raro vos por aquí! ¿Cómo estás?, se atrevió a exclamar casi el tuerto, sentándose sin autorización en la mesa de Fermín. Notó que su anfitrión tomaba su avance con desagrado, por lo que agregó – Permitime…, es que tengo que darte algunas explicaciones, porque no quiero que sigas pensando mal de mí.

-  Está bien. Y no se por qué creés que te juzgo. Verdaderamente tengo cosas mucho más importantes en qué pensar.

- Lo se, querido. Lo se… Aunque no viniera más a Punta Alta, hubiera sabido qué es lo que te anda pasando. Y por eso, justamente, es que necesito explicarme con vos.

- ¡Ah!, reaccionó Fermín. -¿Vas a intentar envolverme otra vez en tus intrigas y a mentirme como si fuera un chico?, notándose ahora que la presencia del tuerto le desagradaba.

- ¡Nooooo…!  Pero si yo siempre fui una víctima. Si esa carta que escribiste me perjudicó más a mí que a vos. Vos no sabías  que a cambio de unos pesos que volvieron a reconocerme, yo estaba de nuevo con ellos. Que me habían perdonado y me habían puesto junto al capitán finadito éste que vos conociste.

- No te creo, Núñez. Reconozco tu derecho a darme todas la explicaciones que quieras, sin embargo. Pero… ¿podrás descargarte rápido? Estoy muy cansado a esta hora.

- Lo que vos quieras, viejo. Te cuento rapidito, para que te resulte barata mi presencia. Estoy atendiendo a un capitán del ejército, retirado él, que viene desde Paso de los Libres, buscando información sobre su hija que parece que fue fusilada por los vecinos en enero.

- ¡Otro más al que vas a engañar! ¿Y vos qué sabrás de todo eso? ¡Lo vas a engatusar a ese milico!

- Mirá. Se más de lo que vos te imaginás. Hasta podría ayudarte a buscar a Mercedes…

Esas últimas palabras sonaron a Fermín como un sacrilegio. Interiormente lo vió entrar a Núñez, corriendo precipitado, vociferando en torno de la presencia de Mercedes, pateando la custodia con el Santísimo. Tal, el paisaje de su corazón por esos días. Sintió que aquello era demasiado y no encontró fuerzas para reaccionar, para levantarlo de la silla a los tirones, para trompearlo, para hacer cosas que nunca había hecho en su vida. Sólo pudo contestar brevemente:

- ¿Y cómo?

A los pocos minutos, se incorporó a la reunión Roberto. Era el padre de Laura, muerta en Bahía en enero. Él había estado ya, cuando retiró el cuerpito de su hija, pero ahora volvía intentando saber qué era lo que había pasado. Iba soltando las palabras como si las masticara, la vista gacha, con un decir correntino que convocaba e inspiraba confianza. Un tipo humilde pese al grado militar. Es que ya se había divorciado de las armas, ya estaba de baja por esto que le había pasado con los hijos. ¿Qué cómo con los hijos? Es que le habían matado al mayor, a Pablito, en noviembre del año pasado, después de que desaparecieran Laura y Carlos en Mar del Plata. Que decían que había sido un enfrentamiento, igual que con Laura. Pero que le habían devuelto a los hijos con las espaldas cubiertas de disparos. Que como Carlos, Lilian, la novia de Pablo, también había desaparecido.

Aquel correntino morocho, amable y respetuoso, sorbía su te mientras seguía contando. Las historias se iban enlazando, el espanto era uno y el mismo. Él había llegado a la base para encontrarse con un primo, que era suboficial aquí mismo. Que el primo lo había atendido muy bien, tanto que solicitó explicaciones en su nombre al jefe, un teniente de navío del que no recuerda el nombre. Roberto había presenciado el diálogo entre ambos, claro que a la distancia, por lo que no había escuchado todo lo que el teniente le contestaba a Jorgito, su primo, pero que una cifra sí recordaba porque el otro la había repetido varias veces. Tres mil. ¡Tres mil! Parece que es la cantidad de personas que pasaron por aquí, en las condiciones en las que habrá estado Laura. Presas. Condenadas. Él no podía imaginarse en qué condiciones. Y nadie podía decirle dónde se los había condenado.

Además, pasar para qué. Como si los chicos pasaran por una máquina de marcar ganado. Y después durante meses, qué. ¿Para después matarlos?

Allí aparecía Núñez incorporándose al armado del rompecabezas. Recomendado a Roberto por Jorge, como viejo compañero retirado, conocedor de los ficheros que se armaron en los puestos de control. Y era cierto que de esos ficheros algo sabía el tuerto, como que le había ayudado a Roncoroni apenas se habían dado cartas y todos se encontraron con ascensos y cargos diferentes. Pero que eso no había durado mucho, porque a él lo habían pasado a los polvorines, donde estaba hasta ahora mucho más tranquilo. Pero que sabía que había dos destinos, y que habían traído mucha gente desde Mar del Plata.

- ¿Y no sabe dónde los tenían?, preguntó Roberto sin demostrar demasiada ansiedad.

- No. Es un tema reservado a algunos jefes. Fijesé que ni el capitán que me mandaba entonces sabía adónde despachaba a la gente… Tierra o mar, recuerdo que decía. Pero nada más.

Fermín reconoció a Roncoroni en el relato. Un escalofrío le recorría la espalda y no lo abandonaba. ¿Y entonces, para qué había hecho venir a Roberto al Central? ¿Cuál podía ser el interés del tuerto? Le querrá sacar plata, pensó Fermín, y después sintió que lo prejuzgaba, que quizás nunca había tenido mala intención, que su único pecado habría sido estar junto al dichoso capitán que arrastró a Mercedes.

Tierra o mar, en efecto. Al socavón de la séptima batería, o al nueve de julio plagado de ratas. En ambos casos al horror, y posiblemente también a la muerte. ¿Cómo podía saberlo este correntino buena gente que llegaba de Paso de los Libres? Ni siquiera podía imaginarse que su hija había sido la única capaz de interponerse entre los maringotes y las otras cautivas, tenaz, haciéndoles aparecer a los torturadores aunque más no fuese un vestigio de la culpa que esos hijos de mala madre habían perdido hacía mucho ya. Que los había insultado todo lo que le habían dado las ganas. Hasta cuando la victimizaban clavándola en la cruz.

- Son momentos, reflexionó Roberto, en los que uno piensa que aprende a vivir otra vez. Y a partir de la experiencia de los hijos. ¿Qué extraño, no?

- No tiene que sorprenderle. Yo tengo a mi hija desaparecida. No me canso de buscarla, porque así debe ser… Usted tiene una certeza que yo todavía no tengo, su muerte. Pero creo que a costa de este calvario voy descubriendo un camino que ella me marcó y que antes no veía.

El tuerto se había quedado callado, mirando alternativamente a uno y a otro padre sufriente. Los escuchó compartir su dolor, sin dudas uno de los espectáculos más soberbios de la creación. Por lo edificante, porque reconcilia y redime.

- Seguro que usted siempre la respetó. Que no le impuso nada más que su experiencia, y con mucho amor… Yo hice eso. Ni siquiera sabía cómo pensaban mis hijos en lo polìtico, porque les tenía una confianza inmensa.

- Ella es una chica solidaria. Estaba trabajando con la gente de bajos recursos, ayudándolos en la educación de los hijos. Ni siquiera me consta que estuviera militando en montoneros, como ahora dicen.

- Mire, mi amigo… Si ella estaba trabajando por la gente, ya estaba en política. Esto se lo digo yo, que me formé en el arma de ejército; aquí los militares no nos quieren… Mi pueblo ha dejado de ser una comunidad cívico militar. Yo le diría que hoy es militar cívica. Porque la opinión de la gente común no cuenta más. No es gente. Ahora le dicen población…

- Aquí pasa lo mismo. Usted expresa con términos bastante elocuentes lo que todos sentimos. ¿Es que nadie va a acercarse a nosotros, que hemos hecho tanto por nuestra comunidad, para ayudarnos en un trance tan difícil?

- Ellos no distinguen, dijo el tuerto. – A esta altura les dan lo mismo los comunachos que los peronachos, y aunque sean nacionalistas y clericaloides, si van por la mano contraria a la de ellos, tampoco se salvan.

- Están enfermos de soberbia. Pensar que yo en algún momento sentí orgullo de vestir el uniforme, reflexionó en voz alta Roberto.

- ¡Pero si usted hacía bien, amigo!, quiso tranquilizarlo Fermín. Son los primeros en ofender la investidura, porque se olvidan que están para servirnos a nosotros.

Sin que los autoconvocados lo advirtieran, se había formado un abanico de atención alrededor de ellos. Los que estaban jugando al billar, frotaban la tiza incansables con tal de no pegarle a las bolas y perderse con el ruido algún detalle de lo que hablaban los tres hombres. Que si estaban en la mesa Fermín y el tuerto, ya se sabía que había que derrochar oreja.

Roberto pagó las consumiciones. Tres cafés, dos reservas san juan y un sifón. Después caminaron juntos hasta Roca, y los dos padres se compadecieron mutuamente un rato más. Cuando Roberto se encaminó hacia la casa de su primo, Fermín retuvo al tuerto.

- ¿Y vos qué sabés de Mercedes?, le preguntó como quien suelta una papa caliente que estuvo incendiándole la boca durante horas.

- Que no está aquí. Que seguramente la tienen en Bahía, porque la detuvo ejército y esos códigos los respetan los maringotes…

- Y vos creés que está viva…, afirmó antes que preguntar el padre.

- Quiero creer que está viva, viejo. Voy a ver si te averiguo algo.



De Huevos en la herida, novela (2008-2009)

31 de octubre de 2009

Corrida al país de los manzaneros



Fuga

El aire trepidaba. Casi como cuando había que despertarse porque los pibes del barrio habían decidido patinar sobre el pavimento desde muy temprano. Y el chirrido de las carreras, junto con el chirrido de las frenadas con giro, se hacían ensordecedores por lo monótonos y constantes. Aquí también. El aire sonaba, monocorde, encendido en millones de chicharras, como en las películas de Pasolini, como cuando Edipo acaba de matar a Layo, sin saber que es su padre.

Eran cientos de tehuelches pampas desplazándose en silencio por el salitral, envueltos en una nube de insectos trepidantes, ellos en silencio, sus caballos silenciosos. La geografía de pie. Atrás quedaba Bahía Blanca.

¿Por qué marchar a la isla grande de Choele Choel? Allí se vocifera en español y en araucano… Y pueden escucharse también varias lenguas derivadas del encuentro del penetrante mapuche con las más débiles voces tehuelches. ¿Y por qué justamente en Choele Choel, y en la isla grande que separa en dos brazos al río más negro que la noche?

Ellos habían corrido durante varios días y las noches fueron cada vez más cortas. Al fin habían recalado en la toldería de la familia de Ñancuche y se quedaron hasta la mañana. Estaban cerca de Nuestra Señora del Carmen de
Patagones. Los encabezaba Chocorí, el gran lonco, a quien buscaban los milicos por bandolero, por principal responsable de todos los males que aquejaban a los ejércitos federales dispuestos a seguir empujando hasta quién sabe dónde, por ser dueño y señor de las más grandes praderas y el que más numerosos arreos había conducido hasta entonces. Así, la milicada cayó por sorpresa al amanecer, y no escucharon ni a los caballos porque habían empinado el codo de lo lindo esa noche. Pero unos pocos los vieron venir. El mismo Chocorí, el gran lonco, logró escapar al desastre llevando consigo a su hijo de quince años, Sayhueque. Los dos corrieron en el mismo caballo buscando la isla grande de Choele Choel.

Corrieron y corrieron. Algunos milicos siguieron al gran Chocorí. Otros se entretuvieron rematando heridos y torturando a los jefes para que les diesen información.

El gran Chocorí. Hasta donde llegaba la mirada y más aún, de abajo hacia arriba y a la inversa. De sur a norte, y a la inversa. Desde la cordillera y hasta el océano, llegando por arriba hasta Bahía Blanca y Sierra de la Ventana. Todo era del dominio de Chocorí, el lonco emparentado con Cheuqueta, el gran tehuelche, puro linaje de los Yanquetruz y emparentado con la familia de los Catriel. Hijo de mapuche nacido de vientre tehuelche, como supo ser con más frecuencia.

El indio estaqueado debió pensar que el interrogatorio había terminado. Que esa pesadilla llegaba a su fin y que seguramente satisfechos los milicos lo dejarían volver a los toldos, allí donde corría el viento que golpeando sobre la frente y los pómulos devolvía fuerzas para salir a bolear por varios días. ¡De puro frescor, nomás! El pobre indio habrá pensado que quedaba en libertad, que cuando estos milicos que huelen a buey agarran de punto a un lonco, si después no escuchan lo que querían oír, lo dejan volver a la casa.

¡Claro que no era así! Que no les bastó con que el lenguaraz les explicara lo que él había dicho de los animalitos amigos, de los caballos, de las vacas y de los toros que su dios les ponía al alcance de la mano, para que se sirvieran de ellos y hasta para comérselos. Que parece que tampoco les importó saber por qué los vorogas salineros y los huilliches se llegaban hasta la isla grande del Choele Choel para llevarse del otro lado de las cumbres nevadas, uno tras otro los arreos que pasaban por las rastrilladas camino al gran río o subiendo desde Patagones.

O habrá pensado el pobre Ñancuche que todavía tenía toldo, o que tenía familia, desconociendo como ignoraba, que habían pasado con la caballada por sobre la toldería completa, y que salvo él y los que irían escapando ya no quedaban vivos. ¡Pero qué torpeza la de estos milicos! ¿Quién saldrá ahora para avenir tanta caballada blanca? ¡Ni las yeguas gordas que estaban condenadas dejaron estos milicos torpes! ¿Ya no quedarían tigres como Chocorí en su tierra? Porque estos milicos de tigres tenían poco; más bien parecían perros lanudos con un montón de nudos y de mugre. ¿Tan lejos estaba el jefe cristiano, el de ojos de piedra azul? Seguro que él no precisaría tantas explicaciones, que a esta altura lo habrían conformado las razones del lenguaraz, que rechazaría nuevas repeticiones, porque él sí que era tigre. Tigre de temer, valiente por donde lo quieran buscar.

¡Cuánto necesitaba el viento golpeándole en la frente y en los pómulos! Ese que de puro frescor le sacaría el polvo de la boca y le calmaría el fuego abrasador del cuero pegándosele en las manos y en los pies. ¡Cuánto necesitaba volver a correr en libertad, con caballo o sin él! Sentirse tigre, sacarse de encima a tanto milico prepotente y ladrón.

En ese año de 1833, la partida rosista había llegado a la toldería para romper todo, para acabar con el tigre Chocorí, si es que lo encontraban. Y fueron atropellando, como venían llevándose todo por delante desde la Laguna del Monte, y fueron quemándolo todo hasta que fue difícil respirar.

Y agarraron a los dos o tres loncos para sonsacarles hacia dónde cabalgaba Chocorí en su caballo blanco y con su hijo casi colgando de las crines; hacia dónde corría tan velozmente que parecía imposible alcanzarlo. Y los fueron matando a todos, nada más que para sentirse más tigres que Chocorí, no porque les costara demasiado esfuerzo. Hasta quedarse nada más que con ese pobre Ñancuche estaqueado boca abajo. Sin saber si esperarlo a Rauch o matarlo antes de que el bávaro estuviera de vuelta, seguro con Chocorí preso, con su hijo y con su caballo blanco, todos a la rastra.

Y el pobre indio se fue salvando más por ignorarlo todo que por la torpe indecisión de la milicada. Que seguro que si se enteraba que no quedaba vivo ni uno de su familia, se iba a secar solito, como un tiento bajo el sol, sin necesidad de que nadie le apurara su huenú.

¿Quién acusaba a quién? ¿Cuál era más ladrón que el otro? ¿Con qué se quedaron y de qué lo despojaron? ¿Qué le hicieron a su gente, a lo que quede de su familia? ¿Cómo volaría con el blanco de crines largas? ¿Hasta cuándo podría proteger a su pequeño Sayhueque? Eso se preguntaba Chocorí, mientras el último de sus loncos se moría para despertar en el más verde valle. Mientras Rauch volaba bajo a sus espaldas, revoleando sables y vociferando lenguas desconocidas, pero salvajes.

Ñancuche había soportado a dos de los milicos caminándole por sobre la espalda y aguijoneándole las pocas carnes con sus espuelas. Se había quedado callado, como si quisiera escuchar los pasitos quedos de la muerte que vendría a buscarlo. Rauch había decidido mentirles a los de la partida; una hora después de haber perdido de vista a los fugitivos, supuso que lo mejor era recobrar las fuerzas para caerles con todo en la isla grande de Choele Choel, y mientras tanto informar que no había sobrevivientes.

Chocorí y su hijo menor –Sayhueque- estaban ya a las puertas del gran mercado de arreos. Allí estaba su principal campamento.

Después hasta allí llegó Pacheco con sus seiscientos milicos desalojándolo. Y cuando huía con su familia hacia el oeste, lo alcanzó el ñato Sosa con otros tantos, privándolo finalmente de su larga y tranquila mirada. Y aunque fuera el menor de los hijos, con sólo dieciséis años, Valentín Sayhueque o Seminahuel Sayhueque, que supo nacer en Neuquén de vientre tehuelche, sucedió al gran lonco Chocorí reinando por largos años en el país de las manzanas. Él fue tigre también; un criollo sin doblez, cajetilla en el desierto y gaucho en el campo. Que como pensó que lugar había de sobra para todos, prefirió pactar con los gobiernos y mantuvo siempre la celeste y blanca flameando sobre el toldo.

- En mi sueño no eran esos los nombres. ¡Mi sueño fue falso!, exclamó el alumno estirando los labios para retener la sonrisa que amenazaba con soltarle el maxilar inferior.

- No. Como he comprobado con unas cuantas lecturas, los que pasaron por el pago escapándole a la partida rosista, o –siguiendo los dictados de su necesaria fantasía- a Rauch mismo, eran Chocorí y su hijo –no tan pequeño en realidad- Sayhueque.

- Me siento defraudado por haber mezclado los nombres…

- ¡No! ¡No se sienta mal por eso! Su sueño sigue siendo revelador, hombre. Mire…, y Fermín acercó su sillón a la silla que ocupaba Quique, mate en mano. – Usted traspuso una escena de la campaña militar rosista, a personajes que vivieron agonías casi idénticas durante el avance de los milicos de Roca más o menos cuarenta años después.

- Es decir, lo que relata Darwin…

- Claro. Lo que llama la atención a Darwin es el carácter indómito de nuestros aborígenes, su ser rebeldes y contestatarios; lo mismo que rescata su sueño para personajes posteriores. Como si usted supiera con algún fundamento que la situación no había variado demasiado… Y en este estado, Fermín se quedó con la mirada perdida mientras sacaba un nuevo cigarrillo del bolsillito de su camisa blanca.

- ¡Vaya a saber si todo esto no tiene que ver con tanta charla y tanta prédica de mis amigos, que ahora son militantes políticos!

- No solamente es probable, sino que es casi seguro que usted haya hecho una doble transposición del acontecimiento y piense que esa huída continúa produciéndose hoy…

Y sería así nomás, si Fermín lo decía tan convencido que uno se ponía a temblar. Sería que los indios habían sido siempre un peligro, que había resultado más fácil eliminarlos que mudarles su cultura, su religión, sus costumbres. Como había sucedido en Trelew. Como podía pasarle a tanto joven rebelde, a estos amigos del Central, a la generación toda que era una bisagra amenazante, un cañón apuntándole a la luna, un peligro real para capitales y colonos.

Sayhueque se rindió en Junín de los Andes y se entregó con otros tres mil doscientos aborígenes, pensando que ese era un paso más para el definitivo entendimiento con el gobierno. Pero no tenía por qué ser así. El último cacique que se sometía, que tantos esfuerzos había demandado a los ejércitos, que tanto temor despertó en las señoras de la sociedad porteña, debía ser castigado. Era necesario humillarlo, hundirlo con todos los honores y todos los testigos. Por eso se repartió a su gente, dejándole sólo unos veinte leales a su lado, contadas sus tres mujeres y sus hijos. Era necesario exhibirlo, que todos lo conocieran, pero no solamente en las tarjetas postales, sino también cara a cara. Por eso lo llevaron al museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Inacayal que supiera ser parlamentario de Sayhueque, que se había entregado junto con él, estuvo alojado en el mismo museo, como si fuera su foto, su imagen en cera, como si no tuviera vida ni derechos. Pero Inacayal parecía retobarse ante su destino, y sostenido por dos indios se paró en lo alto de la escalera de mármol del museo una tardecita en que ya no quedaba gente y el bullicio había cesado.

Contó Clemente Onelli que se arrancó la ropa, que era en realidad el uniforme del enemigo de su nación, que hizo un ademán al sol y otro larguísimo hacia el sur, que habló palabras desconocidas y que su sombra agobiada se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Y que esa misma noche Inacayal murió contento porque antes había saludado al sol.

Cuando fue devuelto a su tierra Sayhueque sabía que le quedaba poca vida. Pudo pasar un tiempo en Choele Choel, junto con sus mujeres e hijos. Después se lo vió emigrando hacia el sud, hasta encontrarse con otras familias que eran discriminadas y perseguidas. Como los catrieleros, precedidos por la tuerta Bibiana, su cacica. Vivió en la extrema pobreza, despojado de todo, claro. Aunque siguió montando un lindo tordillo, vistiendo chiripá, poncho, botas de potro y hasta el final ciñendo las sienes con una vieja vincha.

¡Paisano cajetilla, carajo!

21 de octubre de 2009

del sorprendente cuentista Esteban Thomasz


Der Fall des Domes




Los abuelos de Ana habían pasado una mala noche, en especial Claudia, que se despertó varias veces. Temprano, le sirvió una taza de té a su marido quien hojeaba una revista.

-Gunter, ¿escuchaste las sirenas?
-¿Qué sirenas? ¿Cuándo?
-¡Anoche! No pararon ni un momento.
-Yo no escuché nada.
-¡Siempre lo mismo! Vos, cuando te acostás, te puede pasar un camión por encima y no te das cuenta.
-Yo no escuché nada.
-Te digo que anoche debe haber pasado algo grave acá, en Colonia. Haceme el favor y prendé el televisor.

-“Unglaublich Wahnsinn. Alles caput…”

Ante la sucesión de imágenes y noticias, Gunter, molesto, interrumpió:

- Claudia, ¿yo estoy loco o la Catedral se vino abajo? Poné el canal español que nunca puedo entender el noticiero en alemán.
- No te decía yo que algo grave sucedió anoche.
- No des más vueltas y cambiá de canal, te digo.
- Pero, si vos tenés el control en la mano. Dámelo.
- Ya está, ya lo pasé.

- “… y la Catedral se desplomó como un castillo de naipes. Afortunadamente en ese momento, poco antes de la medianoche (23:35 hora local) no había gente en su interior. Nadie, en Alemania y en el mundo entero, puede salir de su asombro: la Catedral más antigua del país reducida a escombros. Sus espléndidas torres de 160 metros de altura diseminadas por el piso. Seis siglos demoró su construcción y solo segundos su destrucción. La implosión fue perfecta: ninguno de los edificios vecinos sufrió daño alguno.

Personal de seguridad, bomberos y otros especialistas, trabajan en el lugar desde las primeras horas de la madrugada de este 16 de agosto que quedará grabado en la memoria de la ciudad de Colonia. Fieles, creyentes y no creyentes intentan acercarse para observar el aterrador escenario: donde ayer se erguía la majestuosa iglesia, ahora hay ruinas.

Las más altas autoridades del país y del Vaticano están viajando hacia Colonia y se espera, de un momento a otro, su arribo al lugar. Aunque, en definitiva, serán los peritos quienes tendrán la última palabra.

Nadie ha podido dar una explicación. Por el momento, se piensa en un atentado llevado a cabo por un grupo terrorista. Misteriosamente, aún no se han encontrado rastros de explosivos que puedan haber provocado el desastre.

Un Gastarbeiter de origen turco asegura que no se escuchó ninguna explosión. El trabajador afirma haber visto que una columna se rajaba verticalmente, como si la hubiera alcanzado un relámpago, permaneció en ese estado quizás un minuto, y recién después comenzaron a desprenderse los ladrillos de la Catedral

Se cree que los extremistas habrían cavado un túnel hacia el altar donde depositaron el artefacto que destruyó la iglesia”.

- ¿Y si no fue un atentado?
- Por favor, Gunter, a vos solamente se te puede ocurrir algo así. ¿Qué otra cosa pudo haber sido?
- No se, un accidente, por ejemplo.
- Vos estás un poco mareado, me parece.
- Pobre Anita, menos mal que no está aquí.
- Cierto. A propósito, viste qué decidida se mostró para hacer este viaje a la Argentina.
- Si, tenés razón. Aceptó muy rápido la invitación de Isabel.
- ¿Invitación? Ella solita planificó todo. Isabel, al verla tan entusiasmada, le dijo que fuera durante estas vacaciones.
- Ya sabemos, Claudia, cuando a Anita se le pone algo en la cabeza es muy difícil disuadirla. En eso se parece mucho a Agustín.
- Si, a mí a veces me asusta. Tiene muy pocas amigas y, últimamente, la veo muy solitaria. Es nuestra nieta preferida, y la adoro, sólo que a veces preferiría verla jugar y correr con chicas de su edad en lugar de deambular por las naves de la Catedral conversando con el padre Peter.
- Sí, igual que Agustín, tantos años estudiando la Catedral. ¿Cómo se sentirá nuestro hijo?

Ana solía pasar sus vacaciones en Colonia, en la casa de sus abuelos o en Munich con sus padres. Este año, sin embargo, había viajado a la ciudad de Esperanza en Santa Fe para visitar a sus tíos con quienes pasaría su cumpleaños, el próximo 15 de agosto.

En el aeropuerto de Sauce Viejo, Isabel, Agustín y Ángela aguardaban la salida de Ana. Qué grande estás, Anita. Y qué linda, dijo Isabel al ver a su prima. Agustín le dio un beso y enseguida fueron al auto. Al pasar por la plaza de Esperanza, Agustín no pudo con su genio:

- Ustedes sigan. En un rato estoy en casa.
- Agustín, ni con tu sobrina acá vas a cambiar un poco.
- ¿A dónde va, tía?
- A la Iglesia, no falta un solo día.
- ¿Es muy creyente?
- Ojalá fuera a rezar.
- Si está el Padre Andrés, tienen para rato. Vamos a casa, mami.
- Tenés razón Isabel. Además, Ana debe estar cansada, pobre.

Ángela y las dos chicas volvieron a la ruta por la Avenida de los Colonizadores. Unos minutos después, en las afueras del pueblo, siguiendo una huella de tierra llegaron hasta un portón de madera. Un camino interno bordeado de casuarinas finalizaba en un claro; la vieja cabaña, con ventanas pequeñas y techo de pizarra a dos aguas, dominaba el lugar. Al bajar del auto, dos perros recibieron a los recién llegados pero enseguida se alejaron, algo desconfiados. Maulín, un gato negro y movedizo, en cambio, se enroscó inmediatamente  entre los pies de Ana.

- Por fin un pequeño bosque.
- Ya vamos a recorrer el campo juntas, Ana, te va a gustar.
- Por mí no te preocupes, Isabel.

Entraron a la casa. Una sensación de paz y aislamiento emanaba del lugar. Pequeños muebles de madera, cuadros, fotos y todo tipo de adornos daban calidez a la cabaña. Isabel llevó a Ana hasta el cuarto de huéspedes: una habitación de techo muy bajo donde una cama, un pequeño ropero y una mesa de luz constituían el mobiliario.

- Ponete cómoda, ahora te alcanzo una silla. Y luego te muestro el resto de la casa.
- Isabel, ¿adónde da esa escalera?
- A la Sala… Ahora que me doy cuenta casi no tenés acento, Ana.
- En casa hablamos solo en español. Y voy a una escuela bilingüe, no nos perdonan un solo error.

Pasados los primeros días y luego de algunas caminatas por el campo que no lograron entusiasmar a Ana, Isabel invitó a su prima a tomar el té en el Hotel Castellón, donde Agustín solía jugar ajedrez años atrás. Cuando se sentaron, se escuchó desde una mesa vecina: “Hace mucho que no vemos a su padre por acá, niña. Desde que anda con el cura ese, nos tiene abandonados”.

- ¿Qué hace con el padre Andrés?, Isabel.
- Papá es un estudioso de la Catedral de Colonia, ¿lo sabías?
- Si, la abuela Claudia me contó.
- Todo comenzó cuando volvió la primera vez de Alemania, trajo una lámina de la Catedral. Por lo menos, eso creíamos.
- ¿Y qué era?
- El tubo contenía un plano de la Iglesia confeccionado en 1880, año en que se terminaron de construir las dos torres. Al poco tiempo de volver, Papi la mandó a enmarcar, acá, en Esperanza. El trabajo lo hizo don Walter, un artesano que vivía camino al río Salado.
- Pasamos por ese río, creo.
- El hombre lo tomó como algo muy personal. Estuvo días enteros ocupado. Papá lo iba a ver, le decía que descansara y don Walter le contestaba que no podía abandonar su obra. Hizo un trabajo perfecto para todos. Para todos, menos para él.
- Perol ¿por qué?
- Le había quedado una pequeña burbuja sobre el bastidor y no lo quería entregar hasta sacarla. Papá cuenta que nunca vio trabajar a alguien tan obstinadamente para lograr algo.
- ¿Pudo hacerlo?
- No, se enfermó y la esposa nos entregó el cuadro como estaba.
- ¿Y  don Walter?
- No se pudo recuperar, al poco tiempo murió.
- …
- Papá conoce las distintas etapas de la construcción de la Catedral: sabe en qué momento y quiénes la llevaron a cabo. Consiguió los planos de cada remodelación.
- ¿Y dónde guarda todo eso?
- En la Sala, ahí podés encontrar la más amplia información sobre la Catedral de Colonia que existe en el mundo entero. Se la pasa investigando la obra. Además, dice que nuestra Iglesia tiene algunos elementos parecidos, hasta quiere sacarle una radiografía a una de las columnas.
- Pero, ¿qué busca?
- No lo sabemos. Lo que empezó como un hobbie se transformó en una obsesión. Tiene una pesadilla, que mami conoce de memoria.
- ¿Me la podés contar?
- Sueña que está en una parte subterránea de la iglesia buscando “las coordenadas del punto” y, en el momento que alguien va a develárselas, todo se le cae encima. Se despierta, trata de gritar y no púede. Queda angustiado, empapado en sudor.

Esa noche Ana recordó cada palabra de la conversación que había escuchado por casualidad semanas atrás en el escritorio del Arzobispo de Colonia, mientras buscaba al Padre Peter:

- No lo pudimos encontrar, Monseñor.
- Sigan buscando. Es imposible que haya desaparecido de la Iglesia.
- Hemos revisado desde la biblioteca hasta el altar,  y en ningún lado hay rastros del plano.
- Ya dije que no mencionen esa palabra, se trata sólo de una reproducción de la Catedral. Peter, quédese un momento. Quiero conversar con usted. Los demás se pueden retirar, pero continúen con la búsqueda.
- Hasta luego, Monseñor.
- Peter, nosotros dos sabemos muy bien lo que estamos buscando. Quien tenga esa imagen tendrá a su disposición el futuro de esta Iglesia. Y, si bien al mismo tiempo padecerá esa posesión, nos puede causar un daño enorme. Pero esto no debe ser revelado a ninguno de sus colaboradores inmediatos. ¿Está claro?
- Si, Monseñor. Quédese tranquilo.
- ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos el plano en nuestras manos?
- Fue acá mismo hace aproximadamente diez años. Buscábamos juntos aquella imperfección, recuerda. Y llegamos a la conclusión de que ningún ojo humano podría distinguir ese punto. Luego lo dejamos en su lugar.
- Sí, claro que me acuerdo. También dijimos que ese documento no debía transponer las paredes de esta Iglesia.
- Efectivamente, Monseñor.
- Bueno, entonces vaya y tráigalo, Peter.
- Haré todo lo posible, Monseñor-
- Y no se olvide de que yo creo en las Fuerzas del Mal.

A la semana siguiente, aprovechando que Isabel había vuelto al colegio, Ana se movía con independencia por toda la ciudad. Acostumbrada a los laberintos de Munich y de Colonia, se ubicó rápidamente en el perfecto damero de Esperanza. La bicicleta era su medio de locomoción. Se la veía mucho más a gusto en compañía de su tío, a quien todas las tardes esperaba a la salida de la curtiembre Meiners, donde Agustín trabajaba desde los dieciocho años. Había llegado a ser Jefe de mantenimiento, pero últimamente le había dado una función sin responsabilidad. “¿Qué le pasa ingeniero? Usted ya no es el mismo que antes”, solía decirle don Leopoldo, el dueño de la fábrica.

El 15 de agosto desayunaron distendidamente, y Ana recibió saludos  y felicitaciones por su cumpleaños. A las cinco de la tarde, aguardaba en la puerta de Meiners. Agustín salió unos minutos más tarde.

- Tengo que hacer unas compras para Ángela, ¿me acompañás?
- No, hoy prefiero volverme temprano.
- Bueno, te alcanzo entonces.
- No hace falta, tío.
- Como vos digas. Nos encontramos más tarde en casa.
- Hasta luego.
- Hasta luego. Y acordate que a las siete y media vamos al Aarón Castellanos.
- ¿Adónde?
- Al salón de festejos. Te va a gustar, es muy lindo.

Cuando Ana llegó no había nadie en la cabaña. Fue hacia la escalera, subió y observó que la puerta de la Sala estaba ligeramente entornada. Muy despacio comenzó a abrirla y entró.

El recinto era enorme. Avanzó sin ver el escritorio, la biblioteca, ni los archivos de Agustín, porque sobre la pared de enfrente se erguía, imponente y majestuosa, desde el piso hasta el techo, la Catedral de Colonia. Las torres traspasaban la cumbrera y parecían buscar el cielo.

Con ojos atentos la contempló en silencio durante un largo rato. Estaba tan abstraída que ni siquiera se dio cuenta de que permanecía arrodillada en medio de la solitaria Sala.

- Al fin te encontré, estabas acá – dijo en voz baja, tapándose luego la boca con las manos.

Ya de pie, se acercó a la imagen y la tocó con sus delicados y sensibles dedos. ¿La acariciaba o acaso buscaba algo?

Mientras tanto, Isabel y Ángela ya habían regresado y se preparaban para la cena:

- Mamá, dejo el regalo en mi dormitorio y después me voy a bañar.
- Apurate, que después entro yo.
- No te preocupes, hago rápido. ¿Papi volvió? ¿Y Ana?
- No vi a ninguno, pero seguro que esos dos vienen juntos. No te demores más, Isabel. Yo voy a descolgar mi mejor vestido.
- El mío ya lo tengo sobre la cama.
- ¿Cuál es? ¿El de seda azul?
- No, mamá. Ese ya me queda chico ¿no te acordás?
- ¿Y entonces?
- Entonces, te voy a dar una sorpresa.
- Basta, Isabel, se nos va a hacer tarde.

Agustín llegó protestando porque las compras le habían llevado demasiado tiempo. En diez minutos, estoy con ustedes dijo, y fue a cambiarse.

A las siete y media en punto estaban todos reunidos en el living, listos para ir al restaurante. Todos, menos Ana.

- Esta chica, siempre puntual, menos hoy. Justo cuando más lo necesitamos.
- Tené paciencia, Agustín. Ella quiso arreglarse sola para esta noche. Además, Isabel ya fue a buscarla.
- Papá, en el dormitorio no está- dijo Isabel mirando hacia la escalera.

En ese momento se oyó un ruido sordo y prolongado, como si algo se desplomara lentamente.

- ¡Papá!, fue en la Sala. Algo pasa. Subí.

Isabel no había tgerminado de hablar y Agustín ya estaba entrando en la Sala. Apenas atravesó la puerta quedó paralizado.

- Qué hiciste, Ana, ¡qué hiciste!- fue todo lo que dijo.
- Yo solo traté de sacar la burbujita, esa que le había quedado a don Walter, ¿te acordás?
- El punto que busqué durante tantos años.
- Estaba abajo, sobre una de las columnas. Cuando lo apreté, se empezó a formar una grieta que llegó hasta las cúpulas. Y luego todo se arrugó. Poco a poco. Hasta quedar como un puzzle. Después la Catedral se desintegró en miles de pedacitos. Están todos en el piso, ¿ves?

La espléndida imagen había desaparecido. En la pared, sólo brillaba una diminuta cabeza de alfiler iluminada por la tenue luz proveniente de dos candelabros de bronce.

- No estés triste, tío. Yo te voy a ayudar a juntar todo para que puedas seguir con tu investigación, sabés.
- Gracias, Anita. Yo sabía que podía contar con vos. De ahora en adelante, vamos a trabajar juntos ¿te parece?

Arrodillados, tío y sobrina, comenzaron a recoger y clasificar, lenta y meticulosamente, cada uno de los restos de la Iglesia. Trabajaron toda la noche bajo la luz de los candelabros hasta que un rayo de sol cruzó oblicuo la Sala.

Isabel, que en vano varias veces había tratado de distraer la atención de su padre para que descansara, bajó a conversar con Ángela. Mientras tomaban un café, el televisor, recién encendido, emitía la siguiente noticia:

-“… la policía alemana asegura tener cercado al grupo terrorista responsable del vandálico hecho…”.


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Este texto forma parte del volumen CARLOS PRIMERO Y OTROS CUENTOS, de Esteban Thomasz. Acaba de ser presentado en sociedad –el pasado sábado 17 de octubre, en la Biblioteca Municipal de Morón-. Es el primer libro de cuentos de Esteban. Quiso el destino que nuestras mujeres se reencontraran después de muchos años, y que por tanto los pacientes laderos (una forma de decir amantes servidores) nos conociéramos.  Copio la solapa de la muy cuidada y agradable edición de los cuentos de Esteban, nacido en Morón (1948) y vecino del mismo pueblo: Cursó el Bachillerato en el entonces Colegio Nacional y posteriormente se graduó en Física en la UBA, luego de un fugaz paso por Ingeniería. Está casado, tiene tres hijos y dos nietas. Fue docente en Escuelas Técnicas y de Formación de Operarios (La Cantábrica, Olivetti), en la UTN y en la UBA. Ingresó ad honorem en la CNEA en 1974, y desde entonces se desempeñó en el área regulatoria donde realizó numerosos trabajos en el campo de la dosimetría física y biológica. Actualmente trabaja en la Autoridad Regulatoria Nuclear. Fue becado para estudiar distribuciones de dosis en modelos antropomorfos en campos externos de radiación en la Gesellschaft für Strahlen und Umweltforschung de Munich, Alemania. Publicó numerosos trabajos científicos; y Carlos Primero y otros cuentos es su primer libro de ficción. Participó en el taller de escritura de la Escuela de Letras de la Universidad del Salvador, en el Taller Antimusa coordinado por Ana Auslender y, actualmente, en el Taller de la Biblioteca Municipal de Morón, a cargo de Alberto Ramponelli. El viaje de lectura a lo largo de este libro de cuentos, puede resultar apasionante. Pero habrá que advertir al viajero que atravesará valles, profundas depresiones y picos elevados. Que lloverá, el sol hará arder la tierra, los vientos de superficie obligarán a desplazarse lentamente y probablemente será necesario utilizar trineos para la nieve y botes por los desbordes. Quiero decir que la lectura no será de ninguna manera liviana, pacífica ni de tenor constante. ¿Qué sería de nosotros si la literatura no nos ofreciera estos benditos sacudones que obligan a detenerse y dar juego nuevamente?

9 de octubre de 2009

Cuarteto para Cuerdas





Escuchando a César Franck
Con la tarde inmóvil
Derramada en cada hoja.
La música tampoco cesa:
Es tu sonrisa
Coronándonos amarillo.

Mi cuerpo reposa
Cubierto de besos
Mientras volvés a pasar
Musicalmente: Mis dedos
Van impresos en tu piel
Como hojas verdes.

Me he llevado tu mirada
Que suena como la tarde
Y no termina.
Vos te llevaste mi caricia
Y la hacés relampaguear
Al horizonte.

La vida como una partitura
Se estira y vuelve a ejecutarse
Siempre en notas idénticas.
Pero son otros brillos:
Tus ojos observándome
Mi mano que acaricia tu vientre.

22 de septiembre de 2009

Últimos poemas



Poema final


(Recuerdos de Montegrande, Valle del Elqui)


Por ahora son cuatro
Casuarinas contra el lechoso
Amanecer noreste.


El anuncio del reino:
La casa escuela de adobe
Sobre el barranco de pinos.


A los que el camino angosta
Y un verso urge desde el tiesto
No nos importa la desnuda nota.


Cuidamos la sinfonía
Alimentada de pariciones repentinas
Adornada con podas de la prosa.


Presiones

Caminamos mientras nos miran:
Cargamos una historia
De persecución y torturas.

(Quinientos años
De guerras de independencia)
No saben si soltarnos ya
O cerrarnos el cepo sobre el cuello.


Como gusanos

Asoma de tarde en tarde
Un gusano engordado
Que entregó su vida.

Las hormigas le tienden
Un sudario
Y mordisquean
Al transportarlo.

Así también
Versos falsos
Que ha engordado wonderland
Se me resbalan.

En cortejo enmudecido.


Biblioteca

Los lomos se tienden
Plantando tornasol
Al infinito del estante.

Así también la vista
Busca un horizonte
Con poemas de pie.

Todos van parados
Y vienen cantando
Lo más alto en la vida.

Igual los recuerdos
Sobrevivientes.

Dos poemas de Primo Levi





Ostjuden (*)


Padres nuestros de esta tierra,
merecedores de múltiple ingenio,
sagaces sabios de la prole numerosa
que Dios sembró en el mundo
como Ulises la sal en los surcos:
os he vuelto a encontrar por todas partes,
tantos como la arena del mar,
vosotros, pueblo de cerviz altiva,
pobre y tenaz simiente humana.

                                                           (4.02.1946)



D R M Rilke


Señor, ya es tiempo: ya fermenta el vino.
Ha llegado el tiempo de tener una casa,
o quedarse mucho tiempo sin casa.
Ha llegado el tiempo de no estar más solos,
o nos quedaremos mucho tiempo solos,
consumiremos las horas con los libros
o para escribir cartas lejanas,
largas cartas de soledad,
y recorreremos una y otra vez las alamedas,
inquietos, mientras caen las hojas.

                                                           (29.01.1946)

(*) Judíos del este

De Ad ora incerta. Traducción de Ana María Cartolano


Primo Levi (Nacido en Turín el 31.07.1919; muerto en la misma ciudad el 11.04.1987): Escritor italiano de origen judío sefaradí, autor de memorias, relatos, poemas y novelas. Militante de la resistencia antifascista, fue uno de los sobrevivientes del holocausto. Es conocido sobre todo por las obras que dedicó a dar testimonio de ese período nefasto de la historia europea, particularmente por el relato del año que estuvo prisionero en el campo de exterminio de Auschwitz. Su obra Si esto es un hombre está considerada como uno de las más importantes del siglo XX. Nacido en el seno de una familia liberal judía, se licenció en química en la Universidad de Turín en 1941. En 1943 él y sus camaradas salieron al campo e intentaron unirse a la resistencia antifascista italiana. Pero inexperto para correr esa aventura, fue arrestado por la milicia fascista, que lo entregó al ejército de ocupación alemán al identificarse como judío –si se hubiera reportado como partisano, lo hubieran fusilado en el acto-. Fue deportado a Auschwitz en 1944, uno de los campos de exterminio situado en la Polonia ocupada por los nazis; allí pasó diez meses, antes de que el campo fuera liberado por el Ejército Rojo. De los 650 judíos italianos de su remesa, Levi fue uno de los 20 supervivientes que dejó vivo el campo. Al regresar a Italia, Levi ejerció como químico industrial en la factoría química SIVA en Turín. Pronto comenzó a escribir sobre sus experiencias en el campo y su vuelta subsiguiente a casa a través de Europa del este, en las que se convirtieron en sus dos memorias clásicas: Si esto es un hombre y La tregua. También escribió otras dos memorias muy apreciadas: Momentos de indulto y La tabla periódica. Momentos de indulto lidia con personajes que observó durante su prisión. La tabla periódica es una colección de piezas cortas, mayormente episodios de su vida, pero también dos relatos cortos, todos relacionados de algún modo con alguno de los elementos químicos. La ambiciosa novela Si ahora no, ¿cuándo?, que cuenta la historia de una banda de partisanos judíos durante la Segunda Guerra Mundial, errantes por Rusia y Polonia, ganó los destacados premios Viareggio y Campiello cuando fue publicada en Italia, e hicieron a Levi internacionalmente conocido. Levi se retiró de su posición como gestor de SIVA en 1977, para dedicarse a escribir a tiempo completo. El más importante de sus últimos trabajos fue su libro final, Los hundidos y los salvados, un análisis del Holocausto en el que Levi explicó que aunque no odiaba al pueblo alemán por lo que había pasado, no lo había perdonado. Levi murió, aparentemente por suicidio, el 11 de abril de 1987, aunque algunos amigos y biógrafos han cuestionado el veredicto. La cuestión sigue fascinando a los críticos literarios debido a la mezcla característica de oscuridad y optimismo en la escritura de Levi, quien no dejó nota de suicidio (FUENTE: Wikipedia.com).

30 de agosto de 2009

Despenalización del consumo de drogas:




¿Y ahora qué?

Documento que emitió el 25 de agosto pasado el EQUIPO DE SACERDOTES PARA LAS VILLAS de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La declaración, producida a escasas horas de conocido el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, resulta conmovedora. En mi caso, interpreta fielmente lo que pensé después de conocer el texto básico de la sentencia. Y hacia todos, pone de manifiesto el profundo compromiso de estos pastores –nuestros ¨sacerdotes católicos villeros¨-.
Hacemos el esfuerzo de difundirlo desde nuestro blog porque explica y pone en carne viva, esto del COMPROMISO: la disposición de ir hacia los demás, en calidad de enviados o misioneros de Dios, para prodigar amor. Escuchémoslos…



Ante el fallo de la Corte Suprema de Justicia del día de hoy, quienes integramos el Equipo de Sacerdotes para las Villas expresamos a continuación nuestra humilde opinión, que ratifica plenamente aquellas reflexiones que se hicieran públicas (1).

Nosotros somos respetuosos de los fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Valoramos su autoridad. Además creemos en el valor de las instituciones para el crecimiento de nuestra Nación.

Por otro lado, nuestra palabra sobre la despenalización no pretende ocupar el lugar que tiene la palabra de la Conferencia Episcopal Argentina sobre este tema.
Con espíritu de aportar al diálogo –ofreciendo el propio pensamiento y buscando integrar el pensamiento diferente- y no de confrontar, hicimos público nuestro documento: ¨La droga en las Villas: despenalizada de hecho”.

Queríamos defender a nuestros vecinos villeros –estigmatizados por tantas cosas-, afirmando que una cosa es la Villa y otra el narcotráfico. Y señalar que los primeros que sufren las consecuencias del narcotráfico son los habitantes de estos barrios humildes.

El Evangelio de Jesús nos invita a pararnos en las periferias geográficas y existenciales y desde allí mirar. Nos invita a entrar en comunión con los más pobres, y desde los pobres llegar a todos. Este camino desde los pobres a todos nos parece un programa más que válido a la hora de trazar políticas de Estado, a la hora de legislar y a la hora de juzgar.

Muchos de los niños, adolescentes y jóvenes de nuestros barrios, no viven sino que sobreviven y muchas veces la oferta de la droga les llega antes que un ambiente dichoso y sano para jugar, llega antes que la escuela, o llega antes que un lugar para aprender un oficio y poder tener un trabajo digno. Se acortan así las posibilidades de darle un sentido positivo a la vida. “Hoy, fundamentalmente, en nuestra cultura la dignidad de la vida se juega en el eje inclusión-exclusión; comunión-aislamiento…” (Carta pastoral de la CEA, del 20 de agosto de 2009. N° 22).

No pretendemos que la responsabilidad frente a esta situación de desigualdad de oportunidades quede sólo en manos del Estado. La solidaridad es, en primer lugar, que todos nos sintamos responsables de todos. (Cf. CIV 38).

Nos preguntamos: ¿Cómo decodifican los chicos de nuestros barrios la afirmación de que es legal la tenencia y el consumo personal? Nos parece que al no haber una política de educación y prevención de adicciones intensa, reiterativa y operativa, se aumenta la posibilidad de inducir al consumo de sustancias que dañan el organismo. La experiencia de acompañar a jóvenes en el camino de recuperación e inserción social nos ha permitido escuchar el testimonio de muchos que han empezado consumiendo pequeña cantidad de marihuana y de pronto se encontraron consumiendo drogas más dañinas aún como el paco. La vida se les volvió ingobernable. Por eso desde nuestro punto de vista las drogas no dan libertad sino que esclavizan. La despenalización a nuestro parecer influiría en el imaginario social instalando la idea de que las drogas no hacen tanto daño (3).

Vemos la buena intención de los que buscan no criminalizar al adicto; es una locura criminalizar la enfermedad. Pero intentemos pararnos nuevamente desde la perspectiva de las familias más vulnerables. Sin un buen sistema de salud, sin políticas fuertes de prevención, sin un sistema educativo realmente inclusivo y eficiente, el único encuentro del adicto y su familia –que pide ayuda- con el Estado, es la justicia. Despenalizar en estas condiciones, es dejar abandonado al adicto, no hacerse cargo de su derecho a la salud. La dinámica misma de la adicción, lleva muchas veces a hacer cualquier cosa para satisfacer el deseo de consumo. El próximo encuentro entre el Estado y el adicto ya no será en la enfermedad, sino en el delito que a veces nace de ella.

Usando una imagen, podríamos decir entonces que la discusión sobre la despenalización corresponde a los últimos capítulos del libro y no a los primeros.
Pedimos a la Virgen de Luján, Madre del Pueblo, que cuide y proteja a sus hijos que padecen el flagelo de la droga, dé fuerzas a sus familias y luz a nuestra sociedad, para generar vínculos de promoción y solidaridad.

Equipo de Sacerdotes para las Villas de emergencia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 25 de agosto de 2009 (4).
(1) Nota dada a conocer por el mismo equipo pastoral, con fecha 25 de marzo de 2009.
(2) Nombre del documento al que se alude en la nota anterior; se ha puesto en evidencia el antecedentes para obviar el comentario -cultural entre nosotros-, según el que ¨la Iglesia siempre opina después”.
(3) El subrayado es del editor de este blog. Lo mismo, estas notas.
(4) Integrantes del equipo pastoral:
José María Di Paola, Carlos Olivero, Facundo Berretta y Juan Isasmendi (Villa 21-24 y NHT Zabaleta); Guillermo Torre y Martín Carroza (Villa 31); Gustavo Carrara, Adolfo Benassi y Joaquín Giangreco (Villa 1-11-14); José Toma y Franco Punturo (Villa 20); Sebastián Sury y José Nicolás Zámolo (Villa 15); Pedro Baya Casal y Martín Del Chiara (Villa 3 y Barrio Ramón Carrillo); Nibaldo Valentín Leal (Villa 6); Sergio Serrese (Villa 19); Enrique Evangelista (Villa 26); Jorge Torres Carbonell (Villa Rodrigo Bueno).

12 de agosto de 2009

Entre malones y malocas (*)


Tierra regada


Yo soy Caupolicán, que el hado mío
por tierra derrocó mi fundamento,
y quien del araucano señorío
tiene el mando absoluto y regimiento.
Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana,
Canto XXXIV


Quizás porque se había refugiado en tierra chilena y nadie lo perseguía, o tal vez porque el orgullo de Arauco (1) había golpeado con mayor fuerza que la propia nación tehuelche, Sarmiento (2) discriminó, menospreció e insultó a los aborígenes citando a Colo Colo, Caupolicán y Lautaro (3). Ellos eran aucas, araucanos, mapuches, o como solía decírseles entonces: chilenos.

Pero daba igual. Para Sarmiento y para tantos otros personeros de culturas coloniales, eran tan salvajes y repugnantes los chilenos como los orientales llanistas, los pehuenches como los huilliches, los borogas como los manzaneros, los tehuelches como los ranqueles, los pampas como los guaraníes… ¨… ¿Lograremos exterminar (a) los indios? (…) Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado…¨(4).

Ese mismo odio lo replicaba Samiento en los gauchos: ¨… Tengo odio a la barbarie popular… La chusma (5) y el pueblo gaucho nos es hostil… Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos (…) El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden… Usted (le dice a Mitre) tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas…¨ (6). Sobre todo, de las gentes del interior, porque ¨… en las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor…¨(7).

Fue en una de las frecuentes cartas que Sarmiento enviaba a Bartolomé Mitre, que por primera vez se deslizó la idea de regar la tierra argentina con sangre aborigen y gaucha. Porque eran cada vez menos: ¨… Se nos habla de gauchos (…) La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos…¨ (8). ¿Y por qué derramar sangre nativa? Porque ¨… es necesario emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación ninguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre…¨ (9).

Expresiones éstas que recuerdan tantos momentos tristes de nuestro país. Denotativas de un ideario sin retorno, que en su aplicación concreta motivó dos genocidios nacionales. El de los primeros años de existencia nacional, y el de los setenta. Lamentablemente, la nuestra es una historia de salvajes criterios militares, de políticas inmisericordes, de muerte y desencuentro. Fueron excepción la reorganización, el pensamiento constructivo, la industria. La independencia argentina, mientras tanto, hoy continúa siendo un pretencioso deseo o un proyecto de difícil realización. No sólo para Argentina; otro tanto cabe considerar para el resto de indoamérica.

En el estuario de los bajos anegados las reglas impuestas a la sobrevida de naturales y ocupantes concentraron una mayúscula impiedad. Tanto en los años siguientes a la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina como mucho después. ¡Tan difícil resultaba sobrevivir o al menos vivir en paz y armonía que se lo consideró ¨país del diablo¨! También en los orígenes del movimiento obrero al alborear el siglo XX. Y finalmente, al plantarse campos de concentración, tortura y exterminio a cargo de verdugos de aire, mar y tierra. ¡Han instalado una ¨escuelita¨ en Bahía Blanca, para educar a tanto díscolo, revolucionario y subversivo…! ¡Una escuelita en la que poner a germinar al ¨padre del aula¨! Tanta violencia ha difundido la ideología liberal sarmientina.

Nuestra tierra arenosa, escasamente fértil, debía regarse con empeño feroz. Era imperioso fertilizarla con sangre criolla. ¡Pero mucho más que eso! Resultó imprescindible fundar infiernos para quemar con encono y lentamente tantas almas indignas de participar en las primeras comunidades del estuario. ¿Por eso fueron estas tierras dominios del demonio? Y otro tanto nuestros tehuelches septentrionales, que resistieron suponiendo que conjuraban al gualicho sólo con eliminar a los invasores. Infierno cristiano contra infierno indígena. ¿O no era infierno el de los indios? ¿O acaso se resolvían los enconos echándoles culpas y endosándoles responsabilidades a los misioneros católicos, ¨inventores¨ del infierno?

Cuestión compleja en grado sumo, que será menester investigar profundamente. Por lo menos disponer su análisis. Es que la verdad está distante todavía: una densa niebla cubre códices, diarios y memorias.

  

1. Marismas y arenales
    ¨… No podíamos ver otra cosa que la llana superficie
    del fango; el día no estaba muy claro y había refracción o,
    para emplear la expresión de los marineros
    ´las cosas se miraban en el aire´.
    Lo único que no estaba a nivel era el horizonte;
    los juncos nos hacían el efecto de
    zarzales suspendidos en el aire; el agua
    parecía barro y el barro agua…¨.
    Charles Darwin: ¨Viaje de un Naturalista alrededor del mundo¨,
    Volumen I, págs 36-37, Barcelona, 1932



    En el número 109 de la Revista Geográfica Americana (10), correspondiente a octubre de 1942, puede releerse con apreciable interés el artículo de Daniel Hammerly Dupuy (11) Los últimos malones sobre el país de huecubú. Y esta tierra y paisaje de marismas y arenales, a los que corresponde el texto de Darwin con el que epigrafiamos la primera parte, este ámbito francamente endemoniado, es exactamente el territorio del sudoeste de Buenos Aires, entre Punta Alta –trasponiendo Bahía Blanca por el oeste- y el curso del río Colorado, en cercanías del actual Pedro Luro.

    A priori será necesario distinguir entre la denominación que a estas tierras aplicaron sus hijos, naturales de ellas, tehuelches araucanizados o pampas, y la que en 1942 aprovechó Hammerly Dupuy para retratar la brutalidad de los últimos malones que asolaron la Fortaleza Protectora Argentina. Aunque en ambos significados se advierta claramente el extravío, la confusión, el caos o desequilibrio natural que transmite el ya citado texto de Darwin.

    Este país, la vecindad del segundo estuario argentino en importancia, fue bastante parecido al infierno en opinión de muchos. En realidad, y siendo tierra pisada por los demonios de etnias invadidas e invasoras, la visión de esta comarca se habrá acercado quizás a algunas de las versiones del infierno que podemos discutir. Al menos -¡y bastaría con ello!- fue ámbito para la demonización del tehuelche septentrional, o del borogano, o del pehuenche, o del huilliche, o de sus diversos mestizajes. Ocupantes e invadidos, aucas y huincas, avanzaron en una misma dirección intelectual al asignar a su oponente el múltiple rol de desequilibrante de la naturaleza, destructor del tejido social, tergiversador moral y profanador de las raíces místicas.

    Durante casi dos siglos se sucedieron malones y malocas. Aunque sus hitos relevantes sean 1859 con La Hoguera del escarmiento y 1976. En este último año comenzó a funcionar el Centro de Detención, Tortura y Exterminio de Personas conocido como La Escuelita.

    ¿Qué y por qué se decía de la tierra regada?

    Roberto Jorge Payró (12) apeló a Bahía Blanca como pago chico. Hizo así de sus vicisitudes políticas ominosas, trágicas y grotescas, la metáfora del país. Casi un siglo después, tras la última dictadura, Guillermo Martínez, un joven estudiante de letras bahiense, definió a la ciudad como un infierno grande. Entre Ambos, Eduardo Mallea (13) la recordaría melancólicamente como La Bahía del Silencio. Después, cuando Ezequiel Martínez Estrada (14) eligiera la ciudad como sitio de un ostracismo resistente a los embates del peronismo, conocería Bahía Blanca nombres cargados de un halo de pesadumbre crítica. Ciudad de grandezas improvisadas, triste como un obrero, escribió en 1910 Enrique Banchs (15) sentado en un banco de la Plaza Rivadavia. Roberto Vaca (16), con aires despectivos, rebautizó a Bahía Blanca a comienzos de los setenta como La Chacra Asfaltada

    ¨… En definitiva, modulaciones que van desde la piedad con que se mira la querencia, al designio teológico y funesto que remiten a su primer nombre. Porque Huecuvú Mapu –Tierra del Diablo- fue la denominación primigenia dada por sus habitantes originales, cifrando sus dilemas con una maldición que, a sus paisanos posteriores, les propone el desafío de redimirlas. Y esas sombras terribles pesan hoy sobre el quehacer cotidiano como una pesadilla a conjurar. De no ser así, se hará realidad la profecía que escribiera Jorge Luis Borges en su Utopía, en la que imaginó a un arqueólogo del futuro azorado por la pérdida de la Argentina: A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve ocasión de explorar, no se ha perdido demasiado, escribió…¨ (17).


    ¿Un hogar para demonios?

    Como solía suceder en la cultura de fronteras, no siempre existió una única entidad o individuo por cada nombre o denominación. El wecufe, también conocido como huecufe, wecufü, watuku, huecufu, huecubo, huecubu, huecuvu, huecuve, huecovoe, giiecubu, güecubo, güecugu o uecuvu, era una espíritu dañino de la mitología mapuche. Y a un eventual doble significado conforme la atribución fuera de naturales u ocupantes, se agregaban –como puede apreciarse- multitud de apelaciones. Nótese, claro, que acreditándoseles una raíz lingüística común.

    Para la mitología mapuche, el concepto de wekufe era amplio y presentaba múltiples usos, ya fuera como sujeto, cualidad o agente, dependiendo aquellos del punto de referencia o situación desde los que se atribuía el nombre. Generalmente era usado como genérico de seres míticos dañinos para el humano. Se refería a entidades vivientes materiales, sutiles o extracorpóreas, proyectadas o provenientes de energías wekufes; energías éstas que se caracterizaban por su tendencia perturbadora o destructora del equilibrio existente entre el mar y la tierra (18). Por todo ello, causantes de enfermedades, destrucción y muerte para el mapuche.

    Por este general carácter que vinculaba al wecufe con el mal, se lo asoció al gualicho (19), y hasta al concepto de dáimôn (20) de los griegos. Con la llegada de los ocupantes europeos a América, comenzó a asociarse a los wecufes con el diablo, los demonios, las fuerzas del mal o diabólicas. Verdadera confusión que cambió el concepto del wecufe, incluso para el propio pueblo mapuche.

    En las leyendas aborígenes, los wecufes provenían del minchenmapu (21), lugar ubicado al oeste y fuera del mapu (22). Se habían originado en las fuerzas o energías perturbadoras o destructoras del equilibrio, y a diferencia de todo ser viviente o espíritu que disponen de alma propia, los wecufes no poseían ánima. Su llegada al mapu se produjo por culpa de la antigua batalla que libraron los espíritus pillanes (23); ella provocó que el admapu (24) fuera quebrado y que todo lo bueno y beneficioso para el mapuche, la wenumapu (25), fuera revuelto y con eso cesara su perfecta armonía. La batalla había alterado también el minchenmapu, por lo que los wecufes y los laftraches (26), que hasta ese entonces habían estado confinados en el mundo exterior, pudieron escapar y desde entonces recorrieron el mapu y habitaron en el magmapu (27). Entre estos wecufes, los más conocidos fueron el trelke-wecufe o cuero (28) y el canillo (29).

    Se sostuvo que algunos wecufes permitían ser manipulados por los kalkus (30) o hechiceros, para que se los utilizara como medio místico de obtener poder y para enfermar y matar a otras personas. Por eso se decía que el kalku poderoso heredaba el espíritu wekufe de un ancestro que también había sido kalku, resultando entonces sirviente de los wekufes. Para enfermar, el kalku hacía que el wekufe se introdujera en el cuerpo del enfermo, generalmente a través de algún pequeño fragmento de madera, una paja, aún de una lagartija, o directamente mediante el ataque como entidades vivientes sutiles o extracorpóreas que proyectaban energía wekufe del desequilibrio (31).

    Otro viajero, D´Orbigny (32), éste procedente de Francia, se aplicó a conversar con los indígenas de las pampas y del norte patagónico. Supo que era difícil sacarles más de dos o tres palabras. Esto –dijo- ¨… no es una prueba de timidez (…), sino de indiferencia o de orgullo porque ninguno de esos hombres libres deja de creerse por encima de los cristianos, a quienes desprecian…¨(33).

    Es que el desequilibrio en la visión de los originarios, era ocasionado por el huinca (wuinca, u hombre blanco). ¨… Debía haber entre los indios una gran ceremonia, una conjuración solemne del Anchekelzat- kanet de los patagones, el gualichu de los puelches y el quecubu de los araucanos, reverenciados por todas las naciones de esa región austral, y sucesivamente genio (d)el mal o (d)el bien. Así, cuando experimentan alguna indisposición, entra en el cuerpo del enfermo… Cuando pierden algo, es la causa de la pérdida… Pero si, en revancha, les sucede algún acontecimiento feliz, es a él a quien tienen que agradecérselo. Sin embargo, el mal puede más que el bien, lo que hace que lo teman más de lo que lo aman y todos sus conjuros tienden a impedir que ese genio (d)el mal contraríe sus deseos; por eso no salen por la mañana de sus tiendas antes de arrojar algo de agua al aire para que la jornada sea feliz, y realizan ceremonias por la menor cosa…¨ (34).

    A D´Orbigny le llamó la atención la ingenuidad y el laconismo de las respuestas que los indígenas daban a sus inquietudes. También se sorpendió de la facilidad con que los hombres ¨llamados salvajes¨ aprendían las lenguas americanas; claro que, por el contrario, ¨les es difícil introducirse en la cabeza del conquistador del Nuevo Mundo, lo que proviene, sin duda, de la gran diferencia que existe en las formas gramaticales, entre las (lenguas) americanas y las (lenguas) derivadas del latín…¨.

    Nada más lejos que el mundo cristiano para estos hombres agredidos (¡eran hombres!), a los que se escamotearon las tierras, la lengua, la cultura, la salud y hasta hijos y mujeres. Todo lo que era en ese sitio antes ignorado, por el solo hecho de ¨ser¨, fue posesión y dominio del español y de sus hijos americanos puros (queremos decir, por supuesto: no mestizos).

    En sus expresiones marcaron la distancia cósmica que los separó de los invasores u ocupantes. ¨… Un indio, al hablarme de su mujer mala y chismosa, se expresaba así en español: brava como ají, y todo lo que me contó era del mismo sabor. Otros, al referirme el poder del gran jefe de los patagones, decían de esta manera: cacique grande como tierra larga. Para hacerme comprender que habían bebido mucho, decían: beber largo como lazo, porque para ellos la mayor medida de longitud (era la de) esa arma de caza, familiar en el país. Nunca dicen que un indio es pobre; se contentan con decir que es feo, porque de acuerdo con su forma de pensar nada es más feo que la miseria. Acusan a las personas falsas al hablar de tener dos lenguas, mientras que la falsedad en acciones la expresan diciendo que tiene dos corazones. Así, un cacique habíamos enviado en delegación para sondear las intenciones de una tribu de patagones, acantonada en los altos del Río Negro, nos dijo para expresar (se) que los jefes eran de buena fe: cacique todos corazón dos no tener, uno, no más. Para decir que un indio es perezoso manifiestan: corazón de pulga, mientras que comparan al hombre bueno y corajudo al animal más fuerte. Así, después de la conquista, decían siempre: corazón de toro, representando la fuerza con una carreta con su yunta de bueyes. Para expresar que han residido en un lugar, usan el verbo sentarse; dicen así que tal nación se ha sentado en tal lugar (35). Un indio que me refería un encuentro entre el cacique Negro, uno de los jefes de los puelches, con los patagones, me decía, para manifestar que tenía miedo, que sus espuelas temblaban…¨(36).

    ¿Pero dónde se ocultaban los demonios bahienses? Cuando Darwin navegaba por las imprecisas márgenes del estuario, viendo más las cosas en el aire que sobre el horizonte, confundiendo el barro con el agua y el agua con el barro, podría decirse que se encontraba en medio de la confusión, la extrañeza, la angustia y el extravío. ¿Atacado por los huecubúes ocultos en los cangrejales, o bajo el agua barrosa? Probablemente su sensación fuera similar al más puro y primitivo terror de los jinetes del neolítico pampeano.

    Es que exactamente en tales circunstancias se dijo por primera vez que éste era el país de huecubú, o antes bien de los wekufes, por no volver a confundir al gualicho –que es uno- con los espíritus dañinos de la tradición mapuche, que son diversos.

    ¿Ocultos en el lodazal (37), en esta auténtica marjal (38) que extiende la humedad marítima muchos metros tierra adentro? ¿O entre cangrejales (39) y marismas (40), activos y cambiantes como crustáceos? Al menos, así lo veían los araucanizados pobladores originarios de la tierra. Y nos apresuramos entonces a explicar el origen del mote que mereciera la tierra de marjales y marismas, o país del huecubú. Eran constantes las pérdidas de vidas indígenas que, con cabalgaduras incluidas, eran sorbidas por las arenas movedizas.

    Razón por la que los ocupantes europeos y sus descendientes criollos evitaban ataques de las indiadas andando por los bordes de las marjales, y entrando a ellas si era necesario cuando se les aproximaban los salvajes. Por seguro tenían que los nativos no pisarían el espacio ocupado por los wecufes. Y por experiencia sabían que ni siquiera se acercarían a estos lodazales. El propio Darwin relata que por estos tortuosos senderos debió arribar a Bahía Blanca, después de escuchar un cañonazo con el que la guardia de la fortaleza indicaba la presencia de indios merodeadores.

    Este tema de las tierras bajas, de humanos con cabalgaduras gravitando al fondo de las arenas movedizas, de malones esquivando los lodazales y de malocas empujando aucas a los pantanos, nos pone en presencia del significado divino de las tierras altas para la tradición judeo cristiana y del infierno tan próximo a las hondonadas o bajos. Y que quede claro, para los habitantes del estuario las tierras altas o casuatí (41) estaban a por lo menos dos días de marcha montada.

    Porque si en algún lugar residen (o se sientan) los demonios con sus legiones es en el infierno.


    Geografía infernal

    No demasiado lejos de Bahía Blanca, en el sudeste de Río Negro, se encuentra El Bajo del Gualicho, una enorme depresión cuyo punto máximo alcanza los setenta y dos metros bajo el nivel del mar. Allí se encuentra una gran salina con reflejos blancos o rosados, originada por un antiguo mar cristalizado que cargaría sobre sí nada menos que trescientos millones de años de antigüedad (42).

    ¨… Dicen que una chica se metió al Bajo del Gualicho y se perdió. Ni rastros de ella encontraron. Nada. Nada. Se perdió cuidando ovejas. Porque antes se cuidaban los animales a pie. No había caballos. Cuando yo era chica no teníamos caballos. Después mi padre tuvo capital y los compró en Río Colorado. Llevó tejido, sobrepuesto, matra y los cambió (43).

    Se perdió la chica. Después dicen que la encontraron petrificada arriba de un banco de sal. Los que la vieron se asustaron y escaparon. Fueron a avisar al padre y a la madre, pero cuando regresaron a verla ya no estaba. Ni rastros hallaron. Dicen que nadie podía llegar allí. Corría viento y llovía. ¡Un temporal! La chica no apareció más. Tenía que ser el gualicho. Eso contaron por ahí.
    Nosotros sabemos esto por la conversación de la gente que contaba todo. Se llama Bajo del Gualicho porque el diablo vive allí…¨.

    Tierras bajas o khapedec, que el tehuelche septentrional tradujo como donde está hondo, es decir, bajo, hondonada. Le parece a Casamiquela que este vocablo está relacionado con kapjia, que expresa dichos conceptos o ¨… quizás (es) una mera deformación de kapjia a atek –tierra o campo deprimido-, contraído en kapjiatek y que a él (a Claraz) pudo haberle sonado kapahtek…¨. La depresión conocida como Bajo del Gualicho, o Gran Bajo del Gualicho, Gayahoaya-tschacatsch en la escritura de Claraz, que depurada resulta Gayau a ch´akach, denominación literal, o Gayau a ahwai, casa del gualicho, está así recogida por Harrington y por Casamiquela. Francisco Moreno utilizó la denominación araucana Epehuén geyú, es decir, Epewén ngëyeu: allí es gualicho (44).

    En las relaciones de viaje del suizo Georges Claraz se consigna otro sitio vinculado a los infiernos norpatagónicos. Se trata de El Paso de Chocorí, citado también por Francisco Pascasio Moreno (45) y por Tomás Harrington (46). Sitio éste al que los tehuelches denominaron Gayawa Yawusawu, algo así como natatorio del diablo, denominación jocosa dada por los connaturales del cacique Chokori (47) obligado a echarse al agua para salvar su vida ante el ataque de tropas nacionales pertenecientes a la avanzada de Rosas (48).

    En las tierras bajas del estuario crecen jarillas (49), piquillines (50), sauces (51), chañares (52) y caldenes (53). Y por supuesto, también los conocidos tamariscos (54) que se extienden a lo largo de las costas y van atando las primeras líneas de médanos. De todos ellos, algunos autores (55) refieren al caldén vinculado al gualicho porque los indígenas solían colgar bolsitas en las ramas de estos árboles, con pedidos para conjurar las adversidades o para conseguir protección ancestral. En las salinas chicas, al extremo noroeste del Partido de Villarino (56), existe un valioso bosque puro de la especie. ¨… Tiene el caldenal la estirpe rankel dibujada en su corteza. Demasiada sangre fue la que trocó a monte y pueblo en postergación y desesperanza, y convirtió en desierto al otrora viejo mar que devino en ramas, salitral y río cercano, donde se presagia todavía un ocre verdeado…¨(57). Pero el caldén supera la tradición diabólica, ya que mucho más importante ha resultado su prodigalidad para el caminante extraviado. Este árbol es, en efecto, un gigantesco sistema de vasos comunicantes que ofrece al desfalleciente sediento un oasis reparador.
    Ya advertimos que en el prólogo al diario de viaje de Claraz (58), Rodolfo M Casamiquela (59) alude a la depresión transversal conocida como ¨Bajo del Gualicho¨ o ¨Gran Bajo del Gualicho¨(59). Dice Casamiquela que, en realidad este sitio es hoy llamado Salamanca del Gualicho, y ¨… se ubica aproximadamente en el deslinde de los lotes 5 y 6 de la sección I, Colonia San Antonio, que en mapa catastral figura ocupado por F Campodónico…¨(60). Y la salamanca, ya se sabe, es una cueva repleta de brujos o kalkus; es decir, algo muy parecido al infierno…

    No hay dudas de que el bajo debió ser terrorífico para los indígenas ¨no iniciados¨ (61); fue denominado ¨pelado¨, ¨desnudo¨, por Claraz, correctamente ssëkssék en lengua tehuelche septentrional. Después, el mismo autor distingue el bajo de la Salina del Gualicho, y estima probable que esta salina sea la que Claraz divisó a lo lejos a su izquierda, en su tránsito tortuoso rumbo a Valcheta (62).

    Y finalmente, fíjese qué casualidad, Bahía Blanca nació para apoderarse de las salinas. Desde que Bernardino Rivadavia concibió allí una ¨segunda Buenos Aires¨(63), hasta que Juan Manuel de Rosas (64) concretó su fundación, la finalidad de Bahía Blanca fue servir como puerto accesible, proveedor del principal insumo de los saladeros porteños. Más próximo, claro, que Nuestra Señora del Carmen de Patagones, y posiblemente de más sencilla custodia. Así, desde 1828, la Fortaleza Protectora Argentina fue un hito en la ruta de la sal, punto desde el que se partía o al cual se llegaba; origen y destino.

    Las Salinas del sudoeste de la provincia de Buenos Aires (chicas, en los Partidos de Puán, Adolfo Alsina y Villarino) y del sudeste de la provincia de La Pampa (grandes), son un conjunto de pequeñas depresiones, generalmente circulares, debidas a hundimientos tectónicos (65). Estos hundimientos originaron lagunas temporarias, que al desecarse generaron salares (salinas y salitrales) de dimensiones medianas. Las salinas bonaerenses y pampeanas son de muy menor magnitud si se las compara con las Salinas Grandes de Córdoba y provincias aledañas. Las grandes del sur alcanzaron importancia desde mediados del siglo XVIII y hasta finales del siglo XIX, cuando se gestó el circuito comercial que acabamos de denominar ruta de la sal. Se trató del asiduo tránsito de carretas que transportaban planchas de sal, las que servían a los saladeros ubicados en la ciudad de Buenos Aires (66).

    Las salinas dividieron. Codiciadas por los españoles y después por los criollos. Defendidas por sus auténticos titulares, militarmente ocupadas por los boroganos y después por el propio Calfucurá, forzando la negociación con Buenos Aires. Demoníaca codicia de Buenos Aires; diabólico conjuro de los indígenas –fueran mapuches, ranqueles, pampas, tehuelches septentrionales o huilliches- para impedir el avance huinca. Sólo Rosas pareció contenerlos.

    En los bajos, en las marismas, en las salinas. ¿Estaban allí los infiernos? ¿O los demonios transformaban en infierno cada uno de sus asientos? ¿Y quiénes eran los demonios? ¿Los indígenas sólo interesados en conservar, o los militares muy preocupados por ocupar territorio y cambiar rápidamente sus estándares económicos personales? 

    2. En los mismos infiernos
      ¨… donde oirás desesperados aullidos,
      verás a los antiguos espíritus dolientes,
      cada uno clamando la segunda muerte…¨ (Canto I)
      ¨… Mas como defraudar es propio mal del hombre
      más complace a Dios: por eso más abajo están
      los fraudulentos, y mayor dolor los acosa…¨ (Canto XI)
      Dante Alighieri – La Divina Comedia

      En la Fortaleza Protectora Argentina, advirtió el inglés itinerante, los soldados tenían aspecto fiero, de una fiereza –pensó- aún mayor que la de los salvajes a quienes tanto temían. En esta apreciación no se incluía seguramente a los jefes militares. ¿Pero cuáles temían a quiénes? ¿Quiénes respetaban a cuáles? ¿Era éste el infierno tan temido? Sabido es que cuando se acerca la indiada y suena el cañonazo de advertencia, estos pobres perros abandonados sienten que el infierno se les viene encima, que no hay tierras altas donde guarecerse, que sólo queda hacerles frente y sentir la mordedura de esas dantescas y tan temidas flamas. Y entre tanto, los hijos de la tierra, arrojando la caballada a la mayor velocidad de choque, llegarán pensando en liquidar de una buena vez y para siempre el peligro del gualicho enseñoreado en el huinca, en cada pie invasor y destituyente.

      El temor al infierno es muy parecido a su negación. Ignorar el infierno y desconocer La Palabra son una misma cosa. La Palabra de Dios, se sabe, es eterna. ¡Como también es eterno el infierno! La palabra humana es finita, incompleta, mortal por naturaleza, queda comprometida en las llamas del averno: ¨… Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos…¨(67). La cuestión convocante –malones y malocas- viene obligándonos a razonar y distinguir estos temas del averno, de las tierras bajas y de las tierras altas. ¡Cómo madecirían desde los muros los fortineros bahienses al divisar la polvareda que denunciaba un nuevo ataque!

      Ha de sostenerse que el infierno (68) es el lugar donde, después de la muerte, son castigadas las almas de los pecadores. Para nosotros, los católicos, el infierno es todo lo que llevamos dicho y, además, una de las cuatro postrimerías del hombre (69). Aunque a veces no se lo considere un lugar sino un estado de sufrimiento.

      Gráficamente es el sitio donde el gusano no muere (Marcos 9, 47-48), preparado por el diablo y sus ángeles, donde son el llanto y el crujir de dientes e imperan las tinieblas y el silencio de la ausencia de Dios (Mateo 13, 49-50). Se lo compara a un abismo y a una prisión donde hay aflicción y tormento y se excluye al penado de la presencia de Dios. El fuego del infierno es la retribución del pecado y el castigo por rechazar voluntariamente la gracia de Dios; ahí ya no es factible el arrepentimiento y no hay esperanza posible. Castigo por fuego, o aún por hielo han sostenido otros, como que se trata de la absoluta frialdad que sólo la ausencia de Dios puede ocasionar.

      En tal sentido, Von Balthasar y Adrienne Von Speyr, describieron el infierno como el estado del hombre que experimenta una terrible e infinita soledad y falta de felicidad por haberse separado de Dios (70). Podría pensarse que esa fortaleza de hombres abandonados, hambrientos, harapientos, impagados y explotados, ha de parecerse bastante al infierno como destino, aunque no tanto a su condición de castigo (71). El castigo sobrevendría con el malón y los fortineros podrían contrarrestarlo con la maloca, sometiendo a los aborígenes a un infierno presente en este mundo, seguramente gestado en el interior de muchos de ellos por la injusticia y el olvido de los jefes y del gobierno porteño. Y ahora proyectado contra el enemigo.

      Claro que estos hombres del socavón –que no eran parecidos ni mucho menos al demonio-, serían incapaces de propinar un infierno eterno y aplicado en proporción al grado de culpas (72). Apenas si podrían prender fuego a las tolderías –como la indiada quemaba ranchos del huinca-, ensañarse con el poder de dar muerte -en el que seguramente eran superiores-, prender, cautivar y castigar a mujeres y niños. En su ciudad terrena (la fortaleza), creada por el amor propio alcanzando el punto de desdén por Dios (73), no cabían perdón y misericordia, aún cuando despojos y explotación tornaban las condiciones de vida del soldado y del guardia nacional muy similares a las del indio.

      En definitiva, algo que en otras geografías reveló El Corazón de las Tinieblas (74) de Joseph Conrad (75) y que muy bien Marcelo Zuccotti expuso como todo ¨.. aquello de lo que puede ser capaz un hombre ilustrado, en medio de la más absoluta soledad, una geografía desconocida, rodeado de almas y cuerpos totalmente ajenos a la forma occidental de vida que, por afán de dinero y reconocimiento, no escatima convertirse en Dios, amo y señor de la vida y de la muerte. Pero del cual, la propia jungla reclama su entrega absoluta, de la que él mismo no puede escapar… ¿Cómo se puede renunciar a Dios…¨ (76).

      En este particular descenso a los infiernos que evoca la escritura de Conrad, se pone de manifiesto que la llegada de la civilización a las tribus del África (como la ocupación militar de los territorios indígenas sudamericanos) no es signo de adelanto y progreso sino de sometimiento y denigración, a través de la codicia de bienes mercantiles. En ello, los colonizadores, o nuestros fortineros, no son mejores que los de culturas distintas. Encontramos, finalmente, una referencia a la corrupción de la que es objeto un hombre por su sociedad, cuya única defensa es refugiarse en una soledad que termina por destruirlo. Y además, una sutil alusión omnímoda al genocidio tan presente en los siglos XIX y XX: exterminar a todos los salvajes (77).

      Con esta finalidad, y no con cualquiera otra diversa o secundaria, parecen haberse plantado los cimientos de la Fortaleza Protectora Argentina. Y levantados sus muros, tendido el foso y en alto los puentes, probablemente la gobernase el demonio, como en la ciudad heredera sentara sus reales por cien años y aún más.


      ¿Dios ausente?

      Cuando Parchappe mostró convicción geográfica y persuadió a Estomba, la futura ciudad de Bahía Blanca se plantó en lo que el baquiano asistente de los recién llegados –Venancio Coñuepán- llamaba Huecubu Mapu, es decir ¨país del diablo¨. Aún así, el puerto de la futura ciudad fue bautizado como ¨De la esperanza¨.

      Los primeros ocupantes de la fortaleza estuvieron alejados de la mano de Dios por largo tiempo; se tienen noticias de que recién en 1833 recaló allí un religioso de la orden de los Bethlemitas que había profesado con el nombre de Fray Ramón del Pilar y que ese mismo año rezó ¨ad petemdam pluvium¨, poniendo fin a la sequía y bautizando con el Agua del Socorro.

      Pero el primer Capellán bahiense fue el Presbítero Juan Bautista Bigio, de origen italiano, que en su paso por La Fortaleza Protectora Argentina, bautizó seiscientas veintinueve almas. Fue también el primer maestro de la incipiente población, aunque recién en 1855 se instaló la primera escuela en casa del Mayor Francisco Iturra (78). Al retirarse Bigio en 1837, desde entonces y hasta 1890, lo sucedieron catorce presbíteros. Predominó siempre el elemento liberal adverso al clero, sobre todo entre las personas de mayor jerarquía oficial o categoría social. Después de 1880 se produjo un aluvión de inmigrantes que traían consigo el socialismo y el anarquismo europeos, y hasta el carlismo (79) que los había obligado a abandonar tierras españolas. Estas corrientes tampoco tenían en cuenta a Dios, y parecían reafirmarse en los antecedentes de persecución y combate al cristianismo. En suma, Bahía Blanca continuaba ocupando ¨El país de huecubú¨. Y así continuó.

      Se cuenta que a principios de agosto de 1886 el Padre Domingo Milanesio estaba misionando en las costas del Colorado. Le salió al encuentro el Padre José Fagnano que era portador de un mensaje del Párroco de Bahía Blanca. El Padre José Oreiro -tal el nombre del cura bahiense- le suplicaba sus servicios sacerdotales para la novena y la fiesta patronal de Nuestra Señora de las Mercedes. Crónicas y memorias recuerdan las palabras que el misionero pronunció a su arribo, el 24 de setiembre de 1886:

      ¨Amado pueblo de Bahía Blanca: El señor te hace conocer por medio que este pecador que su paciencia no puede ya aguantarse. Es forzoso que se de lugar a su divina justicia con un pueblo obstinado en el mal e impenitente. Tus pecados ¡oh, pueblo bahiense!, han provocado la ira de Dios. Veo en ti el orgullo que te enloquecerá, tu incredulidad en lo que se refiere a religión ha llegado a tal extremo que has creído poder hacerte independiente de Dios, de Cristo, de la Iglesia, de sus Ministros. Casi se diría que el anticristo pasó por tus casas, cruzó por tus plazas y calles dejando caer doquiera la baba mortífera de su pestilente doctrina…¨(80).

      Después llegaría el castigo divino, ya que el cólera asoló la ciudad desde noviembre de 1886, hasta marzo del año siguiente (81).


      3. Limpieza étnica

      ¨… A veces, la tribu errante,
      sobre el potro rozagante,
      cuyas crines altaneras
      flotan al viento ligeras,
      lo cruza cual torbellino,
      y pasa; o su toldería
      sobre la grama frondosa
      asienta, esperando el día
      duerme, tranquila reposa,
      sigue veloz su camino…¨
      ¨… Ya los ranchos do vivieron
      presa de las llamas fueron,
      y muerde el polvo abatida
      su pujanza tan erguida.
      ¿Dónde sus bravos están?
      Vengan hoy del vituperio,
      sus mujeres, sus infantes,
      que gimen en cautiverio,
      a libertar, y como antes,
      nuestras lanzas probarán…¨
      ¨… Todos en silencio escuchan;
      una voz entona recia
      las heroicas alabanzas,
      y los cantos de guerra:
      -Guerra, guerra y exterminio
      al tiránico dominio
      del huinca; engañosa paz:
      devore el fuego sus ranchos,
      que en su vientre los caranchos
      ceben el pico voraz…¨.
      Esteban Echeverría – La Cautiva (Parte Segunda)


      ¿Qué misericordia podía esperarse de los jefes fortineros? ¨… Se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener más de veinte años. Y cuando yo, en nombre de la humanidad, protesté, se me replicó: Sin embargo, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes…!¨. (83) El viejo adagio de que las guerras justifican violencia y excesos tuvo uno de sus más genuinos ejemplos en las certidumbres de los militares criollos de 1830: ¨… Aquí todo el mundo está convencido de que es la más justa de todas las guerras, porque está dirigida contra los salvajes. ¡Quién podría creer que en nuestra época se cometieran tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado? (…) Esta guerra es demasiado cruel para que dure largo tiempo. No se da cuartel; los blancos matan a cuantos indios caen en sus manos y los indios hacen otro tanto con los blancos. Cuando se piensa en la rapidez con que han desaparecido los indios ante los invasores, se experimenta cierta melancolía…¨(84) Ya a esta altura, la corrupción étnica y cultural había crecido y se caminaba hacia la extinción racial: ¨… No solamente han desaparecido tribus enteras, sino que los restantes se han vuelto más bárbaros; en vez de vivir en grandes aldeas y de ocuparse en la caza y la pesca, actualmente viven errantes en esas inmensas llanuras, sin tener ni ocupación ni morada fijas… ¨(85). Con este primer antecedente en las irrupciones imperiales inglesas, portuguesas, francesas, españolas y holandesas en África y América, las limpiezas étnicas iban a perfeccionarse sensiblemente durante el siglo XX; pero en todos los casos –rudimentarias o sutiles- ellas persiguieron sacar de en medio los escollos que impedían despojos, predominio comercial y consecuentemente, drástico y rápido enriquecimiento económico (86).

      Hablamos de la discriminación del indio, del negro, del mestizo; de la imposibilidad de admitir acuerdos de convivencia entre aborígenes y cautivas; de la necesidad de considerar enemigo al que defiende suelo y tradiciones; del desborde y del exceso justificados por un conflicto bélico, del que viene atada la supervivencia en el mejor de los casos y casi siempre el éxito personal o de clase. Por esto es que se roba, se secuestra, se tortura, se viola, se mata…

      En sus memorias, el Ingeniero Parchappe (87) refiere la realidad social resultante del encuentro de razas y culturas diversas. Su prosa es ingenua, y despojada de toda connotación política; por eso sumamente aleccionadora. ¨… La nueva de nuestro arribo a estos contornos se extendió rápidamente entre las tribus errantes de los alrededores; vinieron sucesivamente a acampar próximo a nosotros, en los bordes del Napostá. Estos indios tenían entre ellos numerosas mujeres y niños de raza blanca; cautivos provenientes de invasiones anteriores sobre territorios cristianos y de los cuales no matan más que a los varones adultos. Procuramos rescatar esos prisioneros al precio de algunas yeguas, moneda ordinariamente empleada en esta clase de operaciones; pero la cosa no se hizo sin dificultad y, lo que es más notable, ésta provino de los cautivos mismos, que se hallaban muy ligados a los indios. Desde la expedición del coronel Rauch (88), contra los indios del Sur, un gran número de mujeres blancas que aquel había liberado, se escaparon para volver con los indios. Durante la marcha por la noche se dejan (dejaban) caer de la grupa de los caballos sobre la cual los soldados las llevan (llevaban), y se salvan (salvaban) a favor de las tinieblas…¨(89). Cautivas que unieron su suerte a la tribu con la que habían quedado ligadas por vínculos de sangre. Españolas cautivadas a muy corta edad, que no hablaban otro idioma que el de sus raptores. Aborígenes raptadas en las malocas, que tomaban represalias contra el indio; oportunidades éstas en que los fortineros arrebataban de las tolderías también a niños de corta edad. ¨… Se perdona a los niños, que son vendidos a cualquier precio para hacer de ellos domésticos, o más bien esclavos, aunque esto sólo sea por el tiempo que sus poseedores pueden persuadirlos de que son esclavos…¨(90).

      Se refiere Hammerly Dupuy (91) a la venta de indiecitos como una práctica pública en la naciente Bahía Blanca. La impronta sacramental del cura Juan Bautista Bigio (92), que rápidamente bautizaba a los aborígenes de corta edad llegados a la Fortaleza Protectora Argentina, no alcanzaba a restañar el descalabro moral y cultural que suponían la apropiación y venta de pequeños. ¨En esta fecha fueron bautizados dos niños que robaron los soldados a los indios del Sud: una mujer y un varón. La primera que se llama Benjamina Justiniana fue comprada por la señora María Inés García en 350 pesos y el segundo, de nombre Lorenzo, fue comprado por el señor León Cámara en 200 pesos…¨ (93) ¿A qué equivalía esta cotización de servidumbre o de la aún más grave esclavitud? Partiendo del precio de una fanega de harina de trigo en 1835, que era de cincuenta pesos, se deduce que el precio de Benjamina equivalía a 420 kilogramos de harina de trigo; el de Lorenzo –una verdadera bicoca- era similar al de 240 kilogramos de idéntica mercadería. A precios corrientes hoy, estamos hablando de vender una niña por $ 590 y un varoncito por $ 340. ¡Claro que los precios actuales por adoptar niños ilegalmente son altísimos y se cotizan en dólares estadounidenses!, aducirá un lector desprevenido. Y habrá que hacerle comprender que el propósito del que adopta hoy –aún ilegalmente- es amar al niño como a un hijo natural que por distintos motivos no ha tenido o ha perdido. Mientras que la intención del que compraba un indiecito en 1835 era nada menos que humillarlo moralmente, explotarlo económicamente y deslomarlo físicamente. Casi la misma demostración de poder salvaje con la que los militares apropiaron recién nacidos durante la última dictadura militar.

      Es probable que este comercio de personas robadas o secuestradas fuera origen del malón que en agosto de 1836 asoló Bahía Blanca. Pero que, ya rechazado el malón, artificialmente se lo cargó de intención política y racista. Aquí, siguiendo el Napostá y por detrás de la loma, sentaba sus reales el Cacique Venancio Coñuepán, protegido de Rosas, distinguido desde 1828 como un verdadero jefe de seguridad y auténtica mirada en ausencia de don Juan Manuel… Y como parecía que el bloqueo francés no dejaría demasiado espacio para ocuparse de la fortaleza del sur, que había que liquidar el ganado a cualquier precio y extender las tierras cultivables hasta donde alcanzara un galope de sol a sol, era hora de sacar del medio a don Venancio, y con él a los voroganos, clausurando de una buena vez el pago en yeguas, bovinos y vicios que bien gravoso venía resultando. Por eso se adujo que las indiadas venidas de Chile habían hecho causa común con Alón, Meliguel, Culalén (94) y otros Caciques estacionados en la Sierra de la Ventana, y que éstos habían abusado de las confianzas de indios amigos para merodear y sumarse a las hordas del sorpresivamente rebelado don Venancio.

      Total que cuarenta y tres víctimas fortineras y trece cautivos entre mujeres y niños de los ranchos, parecieron buen precio a los jefes que habían dispuesto librarse de una buena vez de don Venancio, aunque fuera a costa de que los indios malones quemaran la casa del mayor Iturra sobre la loma del Paraguay. Aunque al día siguiente los mismos malones robaran en las estancias del Sauce Grande unas dos mil novecientas cabezas de ganado. Y a sabiendas de que unos pocos días antes, el Teniente Arébalo, con unos veinte Blandengues, había sido acuchillado durante su intento de hacerles inteligencia a los Caciques de la Sierra.

      ¿Y si los chilenos adentrados y los pampas-tehuelches entradores eran los grandes culpables, personificaban el desorden, la traición, el permanente desasosiego y el terror, qué decir de los milicos, de la guardia civil, de los fortineros arrojados a esos fosos mugrientos de la pampa? Nada demasiado diferente, por cierto. Veían al demonio en los indios, y como huincas que eran, hacía rato que venían engualichándoles las vidas a los hijos de la tierra. Allí estaban Fierro y Cruz aguantándole la frontera a los porteños, hasta que no dieran más y se pasaran al desierto (95). Es que eran la misma cosa, créanme. Ni unos ni otros la pasaban mejor.

      Que si eran ¨los salvajes¨:

      ¨…Allí si, se ven desgracias
      y lágrimas y afliciones:
      naides le pida perdones
      al indio: pues donde dentra,
      roba y mata cuanto encuentra
      y quema las poblaciones…¨ (96)
      Debían ser demonios, porque así los habían pintado de puro ver un agresor en la víctima verdadera…

      ¨… Una vez entre otras muchas,
      tanto salir al botón,
      nos pegaron un malón
      los indios y una lanciada,
      que la gente acobardada
      quedó dende esa ocasión.
      Habían estao escondidos
      aguaitando atrás de un cerro…

      ¡Lo viera a su amigo Fierro
      aflojar como un blandito!
      Salieron como maíz frito
      en cuando sonó un cencerro…¨ (97)

      Como en el malón de 1836 sobre La Fortaleza Protectora Argentina, venían de atrás de la sierra y sin que hubieran podido avistarlos a tiempo. Y desde ya puede advertirse la deuda que la gran ciudad del puerto y los saladeros mantiene con el gaucho. Escasa oportunidad tuvieron Fierro y Cruz, o sus hijos, de comprender la causa indígena. Antes bien, se extinguieron al contribuir a la derrota y extinción de los aborígenes, ignorando el por qué y el para qué de tanta pelea. Con gran tino el investigador y novelista Marcelino Irianni ha llamado peones de ajedrez a esos fortineros sentenciados a luchar por una patria de intereses egoístas y casi siempre foráneos (98).

      Veamos ahora cuál es la verdad histórica del malón de 1836. Durante agosto de ese año, el cacique vorogano Railef, procedente de Chile, realizó un malón con dos mil guerreros, con la finalidad de atacar a Calfucurá en Salinas Grandes y vengar la matanza de vorogas hecha por éste en Masallé (99) en 1835. Hasta aquí, la cuestión fue entre chilenos. Voroganos por un lado y huilliches por el otro… Pero Railef se desvió de su objetivo y atacó las tolderías de indígenas aliados del gobierno en la zona de los arroyos Napostá (100) y Sauche Chico y luego la fortaleza que defendían Zelarrayán y Rodríguez, matando a muchos soldados. En ese momento (dicen los documentos que el 24 de agosto de 1836), la población civil de Bahía Blanca era de 1462 blancos, entre civiles y militares; los indios amigos orillaban los 1500… Después, los malones se dirigieron a Tapalqué, atacando el primero de octubre y logrando robar 100.000 cabezas de ganado. Calfucurá los atacó en Queutrecó (101), matando a Railef y a mil quinientos guerreros. De manera que la cosa terminó entre chilenos. Otra vez, voroganos de un lado y huilliches del otro. Aunque ahora el verdadero actor ausente había sido Juan Manuel de Rosas.

      Durante los acontecimientos de fines de 1836, cuando la región sur de la provincia se vio prácticamente arrasada por los malones indígenas, Miñana (102) invitó a los caciques Catriel (103) y Cachul (104) ¨… para tener con ellos una entrevista y tratar de los últimos sucesos ocurridos en las estancias del Azul…¨. Poco después, ante la inseguridad de la zona y sin consultar previamente a Echeverría (105), el caciquillo Nicasio, dependiente de Catriel le había consultado ¨… si el cacique Railef que había vivido en Tapalqué hasta 1836 y se presentaba como uno de los promotores del malón, había elegido a Miñana como interlocutor para lograr un entendimiento con el gobierno y obtener el canje de prisioneros, conociendo que el Coronel Miñana era muy caritativo y muy dispuesto a favor de los cautivos y las cautivas…¨ (106).

      Y aún cuando damos por demostrado que los hechos de agosto de 1836 en Bahía Blanca fueron de la responsabilidad e iniciativa exclusivas de Railef, Rilvia Ratto nos trae un documento harto elocuente (107). Según estas investigaciones, en Salinas Grandes permanecía un sector vorogano liderado por el cacique Cañuiquir (108). En lo que podría llamarse la etapa final en el ocaso de los voroganos salineros, jugó un papel decisivo el coronel de blandengues de Bahía Blanca, Francisco Sosa (109), quien dirigió dos ataques sobre dichas tolderías en razón de la negativa de Cañuiquir de someterse más firmemente a un control del gobierno. El ataque final a Cañuiquir fue llevado a cabo en abril de 1836 y la cabeza de Cañuiquir fue colocada sobre un palo en la cima de una pequeña colina del paraje Lanquiyú. Nueva cucarda para el coronel Sosa, verdugo de Chokorí.

      Epilogamos imaginando fácilmente quién capturó a esos dos niños aborígenes prontamente bautizados por el Presbítero Bigio con los nombres de Benjamina y Lorenzo.


      4. El gran malón del 59

      Si alguna duda quedaba acerca de que Rosas había sido capaz de contener a los indios con políticas siempre opinables, pero en verdad coherentes y estables, la certeza fue total para los jóvenes bahienses a partir de 1859. El enemigo –aunque compuesto por gran cantidad de lanzas- era sólo uno. Su nombre era Calfucurá. Y se lo refería autor de tremenda fantasía diabólica: destruir La Fortaleza Protectora Argentina, arrasando el poblado circundante ya conocido como Bahía Blanca.

      Se ha dicho que siempre hubo causas para cada malón lanzado contra el huinca, como motivos siempre tuvieron los militares para maloquear en represalia. Que así se iba hilvanando la historia, dijeron. En febrero de 1858 el ejército había acampado en las nacientes del arroyo Pigüé. No lejos de allí, aguas abajo, Calfucurá alistaba sus mil quinientas lanzas. El combate duró dos días, y luego de una lucha cuerpo a cuerpo feroz, las fuerzas indígenas hostiles cedieron. Era la primera vez que Calfucurá era derrotado. Un año después, su verdugo recaló en La Fortaleza Protectora Argentina; alrededor del enclave militar, la ciudadela venía arracimando ranchos, almacenes y pulperías, granjas y colonias. Por entonces se calculaba que alrededor del fuerte de adobe habría unas cien casas y que el conjunto estaba defendido por solamente quinientos hombres armados.

      ¨… En el curso de los treinta años transcurridos desde la fundación, se habían ampliado sus defensas y el número de los defensores. Rosas dispuso que se abriera un zanjón que se deslizaba desde el Napostá hasta cerca de la playa, cauce por el cual se desvió el arroyo Maldonado. Entonces, defendían la plaza la Guardia Nacional de Infantería y la Guardia Nacional de Caballería. Pero, en febrero de 1856 llegó la Legión Militar Italiana (110), compuesta por un destacamento de las tres armas, ya que además de un batallón de infantería y del escuadrón de caballería, contaba con una batería de artillería de campaña. A todas estas fuerzas se sumaron las del coronel Nicolás Granada (111), quien había recibido órdenes del Superior Gobierno de hacer cuarteles de invierno en Bahía Blanca, con el regimiento Granaderos a caballo y la artillería que comandaba. (…) Desde el 7 de mayo de 1859, cuando llegaron las tropas del coronel Granada, quien había sido nombrado jefe de la División Bahía Blanca, los habitantes de la población se sentían más confiados que nunca. Tan es así que, pocos días después cuando corriera el rumor de que algunos indios merodeaban, se le restó toda importancia. La primera noticia concreta sobre indios hostiles fue traída por unos peones de Cayetano Casanova, a los que se había enviado a traer madera del arroyo Sauce Grande…¨ (112).

      Respetando la opinión de Hammerly Dupuy, hemos de hacer honor a quienes documentaron informaciones que previamente había acercado al Comandante Orquera (113), nada menos que Francisco Ancalao, jefe de los voroganos amigos. El cacique había hecho referencia a las insistentes y llamativas preguntas sobre el fuerte por parte de unos indios salineros que llegaron comerciando cueros y tejidos. Las mismas fuentes se apresuraron a relatar que Orquera ni se molestó en escuchar a Ancalao. Y después, claro, previno el gallego Mora.

      Mora era un carretero que hacía periódicos viajes entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Carretero o carrero, a secas, dueño de carro con bueyes capaz de transportar muy buen peso en mercaderías. Carro tumbero, de una sola vara habría de ser, con dos ruedas y dos bueyes uncidos. El boyero sobre el caballo, voceando a los bueyes y las bestias a paso lento pero firme. Varios pedidos de los jefes, encargos de los colonos y de sus mujeres, licores bien disimulados, vino Carlón (114), yerba, azúcar, porrones de aceite, piezas de tela, botones y papeles, velas de sebo, cigarros, arroz, agua florida, jabones de olor, café, bombillas de lata, diarios, periódicos, cartas y vaya a saber cuántas cosas más cargaba el gallego Mora ya atardecido porque eran más de las siete y estaba a sólo dos leguas de La Fortaleza.

      Ya había dejado atrás La Posta de Paso Mayor (115), donde bajó buena cantidad de bebidas cumpliendo pedidos del pulpero. Y todavía había de pasar por La esquina del Napostá (116), antes de internarse en la ciudadela y recorrer una vez más la calle de las pulperías (117).

      Dicen que fue en ese trance de divisar su destino, que lo rodearon cerca de cuarenta pampas, que le desjarretaron carga y proyectos, se adueñaron de su montura y de los refrescos, le soltaron el arreo y se dispusieron a beber por largo rato prendidos de los porrones de licor. Hasta la ropa le quitaron al pobre gallego, que sin quererlo y por pura costumbre de escucharlos se enteró del proyecto de cargar un malón contra La Fortaleza en la mañana siguiente. Los hombres habían soltado el pico de pura alcohólica ingenuidad, muy seguros de que el carrero estaba a solas con su miedo y que muy lejos estaría de testimoniar nada a nadie. Porque allí no había nadie.

      No prendieron fuego porque estos bomberos (118) de la avanzada aborigen que pretendía escarmentar al huinca invasor, muy conscientes eran de los fortineros trepados al mangrullo. Ni lerdos ni perezosos los vigilantes para dar voces ante cualquier indicio sospechoso. De manera que sin soltar los porrones, los indios fueron hundiéndose en la oscuridad y uno de ellos trepó al gallego en las ancas de su caballo, así en cueros como estaba…

      ¨… Ángel Mora trató de mantenerse sereno para observar cualquier oportunidad que se prestara a la fuga. Sacando buen partido de la obscuridad se dejó deslizar del caballo en el momento cuando estaban ascendiendo una lomada. Rodando por la pendiente, logró finalmente su objeto de esconderse entre la vegetación arbustiva. Los aborígenes lo buscaron con ahínco, pero infructuosamente…¨(119).

      De manera que sobreponiéndose al frío y a la caminata, el gallego Mora logró llegar al establecimiento de Juan Molina distante escasos metros de La Fortaleza. Éste era habitualmente el punto de reunión de la vecindad, y aunque ya entrada la noche, el carretero levantó a la mayoría con su relato de hondo contenido dramático. Pidió ser llevado frente a Orquera. Y una vez más, el comandante descreyó de los relatos sugiriendo que al amanecer acompañaran a Mora para intentar rescatar bueyes y carreta. Sólo los italianos y Ancalao reforzaron las guardias.

      Catricurá, Antemil y Cañumil (120), con no menos de tres mil lanceros, y bajo las órdenes aprentes de Calfucurá se cernían sobre Bahía Blanca, alentados por las señales complacientes de sus bomberos.

      ¨… Pocas horas después, hacia las cuatro de la madrugada del sábado 19 de mayo de 1859, la población de Bahía Blanca despertó por el ruido producido por una inmensa caballada que, lanzada a toda carrera se precipitaba sobre el poblado entrando por las calles Estomba y Zelarrayán (121). Eran unos dos o tres mil indios, que con sus chillidos característicos produjeron un estado de pánico inenarrable…¨(122). Terror era por cierto el de los colonos, hartos de reclamar por mayores defensas, terror el de las mujeres, casi siempre insatisfechas. Sin embargo los más serenos opinaban que estando el Coronel Granada, que ya se las había visto frente a frente con Calfucurá, venciéndolo en Pigué, podrían rechazar a ¨la indiada¨ sin mayores dificultades.

      El informe del militar era cauteloso y hablaba de un malón perpetrado por ¨… un número considerable de indios, mandados en persona por Calfucurá, que nos llamaba la atención por todas partes, con sus acostumbrados alaridos; y mezclados unos cuanto de ellos entre la caballada del regimiento, peleaban con los caballerizos, con el objeto de arrebatarles a éstas. En el momento, el sargento mayor D Ignacio Segovia, a la cabeza de una pequeña fuerza, se dirigió al punto donde se dejaban oír los tiros de los caballerizos; pero en esos momentos tan premiosos, se dejó oír el cañón que anunciaba la alarma, y dispersándose nuestra caballada pudieron tomarla los salvajes. A pocos momentos después, se notó que como ochocientos indios estaban al frente de las cuadras, a corta distancia, y de este lado del arroyo, de los que, una parte favorecidos por la oscuridad, pues ya se había entrado la luna, se internaron en el pueblo y prendieron fuego a los ranchos…¨(123).

      Al día siguiente, claro, las versiones eran múltiples. Pero todas coincidían al establecer que Orquera no había bajado los puentes levadizos que hubieran permitido a los civiles guarecerse, y por lo tanto había abandonado a los aterrorizados vecinos entre la artillería del fuerte y las lanzas salineras. Al mismo tiempo, casi todos acordaban que quienes hicieron frente al malón habían sido los indios amigos y los legionarios italianos. Del ejército cristiano, nada…

      Hammerly Dupuy intenta restar enconos contra el Comandante, cuando dice que ¨… Orquera se olvidó de bajar los puentes levadizos que permitían salvar el foso…¨, y asigna créditos merecidos al decir que ¨… La oportuna intervención del Teniente Coronel Antonio Susini, quien entonces era el jefe de la Legión Militar compuesta por italianos, salvó la situación en el momento más crítico…¨(124).

      Y continúa: ¨… Después de destacar al mayor Charlone de la misma legión, hizo montar en andas a la Guardia Nacional y una parte de la infantería juntamente con el capitán Rodiño, quienes se apostaron en uno de los pasos del arroyo. Por otra parte, Susini y el capitán Caronti, dejaron el cuartel de la Legión para esconderse en las inmediaciones del lugar por el que habían entrado los indios, de modo que cuando éstos intentaron salir se encontraron entre dos fuegos…¨.

      ¡Salute Garibaldi!, se escucha todavía cuando se caminan las calles del centro bahiense dando rienda suelta a la imaginación… ¡El resorgimento (125) le salvó la ropa al gaucho! Y cuando se pasa por lo que queda del almacén de Iturra, en actuales 19 de mayo y Zelarrayán, las exclamaciones arrecian. Porque aquí los malones se detuvieron y después de derribar la puerta e incautar la mayor cantidad de alcohol que alcanzaran a tomar y llevar, prendieron fuego a todo lo que no demorara en arder. Y fue en este punto donde dijeron que les peleó Ancalao. Valientes con valientes. Voroganos con salineros. Salineros con voroganos. Indómitos con sometidos. Siervos con libertarios. Apasionados con serenados. Militares con hombres libres. O, finalmente, en términos del propio Juan Calfucurá, leales con traidores. Lo cierto es que en la retirada del malón, quedaron doscientos indios muertos. ¿Y cuántos bahienses?

      Braulio Guzmán, un miembro de la Guardia Nacional, testimonió que ¨…Al llegar los indios donde existía una casa de negocio de propiedad de don Francisco Iturra, la que hicieron abrir e intentaron incendiar, fueron cargados por los guardias nacionales y la Legión Italiana que mandaba el intrépido coronel Charlone (…) El Comandante Orquera se encerró con sus fuerzas en el Fuerte Argentino y no peleó, limitándose a una acción pasiva. Eso hizo desmerecer mucho al hombre… Puedo asegurarle sin temor a nada, que los héroes de aquella jornada memorable para Bahía Blanca, fueron los gringos y los Guardias Nacionales…¨ (126).

      ¿Héroes?, preguntamos hoy. ¿Alguien puede hablar de héroes en uno u otro bando? El relato de Bernardo Mordeglia, un vecino afincado desde tiempo atrás en suelo bahiense, parece no encontrar héroes en ninguno de ambos bandos: ¨… Era una noche serena y sin viento, pero muy fría, cuando llegó la noticia, traída al pueblo por unos soldados y un señor Mora, de que se produciría una invasión de indios malones. Pero se le hizo poco caso (…) Eran las cinco de la mañana cuando el grito asesino de Calfucurá alentó a casi tres mil indios a que tomen el pueblo (…) A las nueve de la noche, las indiadas estaban asando carne con cuero en el Saladillo, carne bárbaramente robada en Bahía Blanca. En el pueblo todo era luto, llano, desolación y terror…¨(127).

      Y se encuentra documentado, además, el testimonio de Andrea Laborda de Mora, esposa del carretero que alertara a los bahienses, quien sostuvo entonces que ¨… donde la lucha tomó proporciones de un verdadero encarnizamiento fue en la esquina de las calles Zelarrayán y 19 de Mayo…¨ (128). Un documento inédito y anónimo, rescatado por la doctora María Elena Ginóbili (129) señala que ¨… Calfucurá quedó a la retaguardia del pueblo con tres mil lanzas y mandó dos mil invasores de las tres armas al mando del Cacique de su mayor confianza que eran Antelef (130) y el otro Guayaquil (131) y varios otros Caciques y caciquillos (…) las tres armas eran flecha onda y lanza…¨. Y termina concluyendo el autor desconocido que ¨… (si) los indios no hicieron más estragos o quemaron todo el pueblo y cautivaron fue por que creían que ya el pueblo era de ellos…¨(132).

      El autor que hemos seguido desde el comienzo del trabajo, se refiere a los resultados de la entrada diciendo: ¨… Aunque este malón pudo haber tenido consecuencias catastróficas para los habitantes de Bahía Blanca, según el informe oficial ya referido (133), las pérdidas fueron las siguientes: Por nuestra parte sólo tenemos que lamentar la muerte de un sargento y dos soldados del regimiento de Granaderos a caballo y tres heridos leves, siendo uno de éstos, el asistente del sargento mayor Landa, que peleó al lado de su jefe todo el tiempo que los indios tuvieron circundada su casa, y a más un indio amigo y tres chinas que componían la familia de un tal Lucero, pertenecientes a los amigos y que se llevaron cautivas los invasores. Los indios se han retirado con la mayor precipitación, que equivale a una fuga…¨ (134).

      De fuga ni hablar, por cierto. Bien claro sonó un testimonio anónimo según el que los malones no hicieron más porque creyeron que no era necesario. Y porque el propósito de los calfukuraches –político, dicen que mera demostración de poder- había quedado sobradamente cumplido. Difícil resulta creer, además, que las bajas de los militares hayan resultado tan escasas y que no se citen civiles muertos o tan siquiera heridos luego de haber quedado todos ellos encerrados entre la artillería de La Fortaleza y las lanzas de los penetrados.

      Orquera actuó como quedó relatado, presa del terror. El miedo suele construir caprichosos castillos en la mente humana. Y también encender infiernos domésticos.


      La hoguera del escarmiento: hito de la represión

      En su relación sobre el malón de 1859, Francisco Pablo De Salvo (135) introduce en el tema de ¨la hoguera del escarmiento¨. Orquera comprobó, ya avanzada la mañana, que no quedaban indios invasores en los alrededores de la fortaleza. Entonces dispuso seis o siete carros de caballos, y treinta de sus hombres, enviándolos a recoger moribundos y cadáveres. Quedaba claro que se trataría solamente de malones, y que los moribundos pasarían a la categoría de cadáveres en el trayecto.

      Orquera dio la orden de que los cadáveres fueran apilados en la actual plaza Rivadavia. ¡Vaya sitio que se eligió, y nombre que recibió la plaza cargando con el episodio que relatamos! Una vez que estuvieron en pila los cerca de doscientos cadáveres, los hombres del comandante, siguiendo órdenes de su jefe, les prendieron fuego. Y los amigos y no tan amigos fueron obligados a permanecer observando el espectáculo que brindaban al arder las carnes de una sola raza.

      ¨… Los indios cautivos tuvieron que presenciar la formación de una pira formada con leña de chañares que se fue acumulado en la plaza frente a la fortaleza. Sobre las ramas retorcidas fueron estibados los cadáveres de los doscientos súbditos de Calfucurá que habían perecido en el encuentro. El fuego centelleaba en los ojos de los aborígenes obligados a presenciar ese acto fúnebre. Tal vez celebraron el nombre del Ser Supremo al que denominaban Padre de los muertos, quizás habrán recordado que, según decían, la Vía Láctea estaba formada por sus antepasados que en la pampa del cielo, lejos del país de Huecubú, se dedicaban a bolear avestruces…¨ (136).

      Andrea Laborda de Mora concluye su testimonio relatando que acudieron al toque de ¨novedad¨, encontrándose con que el comandante Orquera ¨… ordenó se recogieran los cadáveres de los indios y los hizo amontonar en la plaza (…) Una gran fogata ardía (…) y, sobre ella, los cadáveres indígenas ultimados por la furia de un jefe bárbaro…¨ (137) Cuentan otros testimonios, que al día siguiente los pobladores pidieron que se diera fin a tan horroroso espectáculo.
      Adrián Luciani, columnista de La Nueva Provincia, se ha preguntado por qué, al cabo de ciento cincuenta años de producido el gran malón sobre Bahía Blanca, se obvió todo acto conmemorativo o iniciativa oficial en los terrenos de la investigación y memoria históricas. El miedo está presente en la respuesta; el miedo de Orquera; el miedo a la libertad, una pesadilla propia de militares.

      Un miedo que se sepulta bajo silencio y desmemoria, cuando la tergiversación histórica desemboca en amnesia colectiva. Este fenómeno lo hemos corroborado en el segundo genocidio de nuestra historia, el de los setenta. Y para Bahía Blanca en particular, lo tuvimos presente en el fuego de los fusiles de la Subprefectura Naval sobre los ataúdes anarquistas.

      Y bien: ¿Los intereses políticos tergiversaron los hechos o los bahienses sufrieron amnesia?

      ¿Cuánto hay de verdad en los textos referidos al malón, escritos hasta el fin de siglo?

      En primer término, investigaciones de los últimos cincuenta años han demostrado que las ¨hordas¨ aborígenes no estaban acaudilladas por Calfucurá, sino por su hijo Manuel Namuncurá (138).

      Además, la justicia histórica fue decantando las raíces verdaderas del gran malón de 1859 sobre Bahía Blanca. Se supo, por ejemplo, que seis meses antes de los hechos, en postrimerías de 1858, el cacique tehuelche José María Yanquetruz (139) había sido asesinado por un oficial de la Fortaleza Protectora Argentina, nada menos que en curso de tratativas de paz encaradas por las partes potencialmente beligerantes. ¿No fue de Calfucurá o de Namuncurá la iniciativa? ¿O como la historia oficial ha preferido decir, el ataque obedeció a una bravuconada, a una demostración de fuerza por parte de la Confederación Indígena? ¿No habrá sido antes una respuesta a una nueva traición del ejército, a los constantes crímenes y despojos, a la firme intención de devolverlos a la cordillera sin reconocimientos de ninguna índole?

      Existen varias versiones relativas a la muerte del cacique Yanquetruz en inmediaciones de Bahía Blanca. Casamiquela (140) relata la muerte del que caracteriza como ¨tercero¨ del linaje, conforme Guinnard (141) y reproduce:

      ¨… Finalmente, la tercera tribu, la de los lanquetruches, cuyo nombre corresponde al del cacique que la organizó (Lanquetrú), es muy conocida en las provincias de Buenos Aires y por todos los nómadas sin excepción. Los indios que la componen emanan de diferentes puntos; muchos de ellos fueron reclutados por Lanquetrú, pariente de Calfucurá…¨.

      ¨… En 1859 Lanquetrú fue a Bahía Blanca para entenderse con los soldados argentinos respecto a la organización de una fuerte expedición que debía dirigirse contra las tribus pampeanas y mamuelches, sometidas a Calfucurá. Como suelen hacer los indios muy amantes de las bebidas alcohólicas, entró en una pulpería –despacho de licores- para librarse al placer de beber, pero se encontró allí cara a cara con un oficial argentino, que al reconocerlo le reprochó amargamente la muerte de varios parientes suyos, oficiales como él y víctimas de su traición. Las respuestas inconvenientes que le hizo Lanquetrú lo irritaron de tal modo, que sacó de pronto una pistola y le destrozó la cabeza…¨.

      Nótese que el texto reproducido por Casamiquela alude a una fecha de ingreso a la Fortaleza Protectora posterior a la indicada por crónicas originales, como así bastante más próxima al azote del malón de mayo. Por otra parte, la historiadora bahiense Dora Martínez de Gorla (142), también citada por Casamiquela en el texto que venimos siguiendo, alude a una información existente en el Museo Histórico Municipal bahiense. Dicho documento confirma el episodio relatado por Guinnard, y agrega el nombre del matador: Jacinto Méndez (143). También abona estas versiones la mismísima carta de Calfucurá al General Juan Pedernera (144), que publicó Vignati (145) y en la que textualmente se afirma que Yanquetruz llegó a Bahía Blanca resultando muerto por el capitán Méndez el 28 de octubre de 1858.

      Pero conforme la fundada visión de Casamiquela, la historia más creíble es la del viajero Cox (146):

      ¨… Llanquitrue continuó por algunos años con su buena fortuna; fue jefe de la famosa expedición contra el fuerte San Antonio Iraola, cuyo saqueo presenció Dionisio el lenguaraz. Sacó muchos animales, i algún tiempo después, habiendo hecho la paz se vino a vivir cerca del Carmen, en donde lo conoció el dragón Celestino Muñoz. Pero la sangre de los españoles gritaba venganza; la familia de un oficial muerto allí, se resolvió a castigar a Llanquitrue. Mandó un agente a Patagónica (sic, por Patagones) con bastante dinero; compró obsequios para Llanquitrue, le regaló yeguas y prendas de plata; pero los indios son suspicaces. Llanquitrue desconfió del ajente; dejó la vecindad de Patagónica i se fue a vivir cerca de Bahía Blanca; el agente lo siguió…¨.

      ¨… Allí había un destacamento de soldades argentinos a los cuales el ajente confió sus proyectos, i que ardían por vengar la muerte de sus hermanos. Todos los días regalaban aguardiente a Llanquitrue que concienzudamente se emborrachaba como verdadero hijo de la pampa. Un día que todos estaban ebrios hasta la muerte, los soldados asesinaron a Llanquitrue i al mismo tiempo a un mocetón con quien había reñido Llanquitrue en los días precedentes. La muerte del cacique fue atribuída a su mocetón, y para evitar con más seguridad un alzamiento de los indios, las autoridades de Bahía Blanca, hicieron a Llanquitrue magníficos honores fúnebres, como si hubiese sido un jeneral arjentino; así murió este hombre extraordinario…¨.

      José Guardiola Plubins (147) y otros investigadores de la historia bahiense, revelaron además que la esposa del asesinado Yanquetruz era una hechicera (¨machi¨ (148) en lengua araucana). Ante el crimen cometido contra su compañero, y junto al cadáver sangrante, realizó un hechizo (¨kalkutun¨ (149)), maldiciendo por él al poblado y a sus habitantes durante los siguientes mil años.

      La historia oficial se ha sintetizado en una placa colocada por la civilidad bahiense al inicio de la calle 19 de mayo: ¨Por esta calle los indios invadieron Bahía Blanca (…) dispuestos a saquear e incendiar el pueblo¨. Las nuevas oportunidades de la historia verdadera se reflejaron en la actitud de un grupo de plásticos y actores bahienses, que el 19 de mayo de 1992, tomando la fecha como referencia, pintaron unas doscientas siluetas con cal en la calle por la que ingresó el malón, desde la plazoleta hasta la plaza Rivadavia y allí, donde se levantó la pira de cadáveres, marcaron un gran círculo blanco.

      Un escultor talló cinco figuras a partir de durmientes de quebracho, y con su pasión unida a la fuerza de motosierras y escoplos, modeló un indio muerto aplastado por un as de espadas y otros cuatro indios contemplando al muerto. Esos reveladores fantasmas fueron ubicados en la plaza, como testimonio de los crímenes cometidos por las generaciones fundadoras en 1858 y 1859.

      Una semana después, una cuadrilla municipal retiró las obras artísticas y devolvió la plaza al orden convenido. Parecía necesario que el silencio estuviese presente junto con esa particular idea bahiense de orden y limpieza. La comunidad no debía enterarse de que uno de los motivos del malón había sido el traicionero asesinato del más valiente cacique durante el curso de las tratativas de paz. Y menos aún, de que hubiera existido esa horrorosa hoguera de cadáveres que humeó por varios días devolviendo provisorios reparo y paz al muy cobarde Orquera.


      4. Eso: Hablame de las fuentes
      La caridad de los indiferentes
      susurrando viejas tradiciones.
      La vida tumbada, olvidada.
      Háblame de las fuentes,
      que habitan tus pasiones
      y mantienen tu esperanza…
      ¨En el profundo infierno interior¨
      De Un ermitaño en la gran vía

      ¡Eso! Las fuentes de tanta sangre regada en las tierras del sur: ¿dónde están? ¿Son tan remotas y distantes como las fuentes del Amazonas? ¿O son conocidas pero disimuladas por hipocresía y corrupción generales?

      Es que después volvieron las malocas al estuario… ¿Volvieron? Sí. Se repitieron. El suelo volvió a esponjarse para sorber nueva sangre. Los infiernos volvieron a abrirse; en cada interior llamearon con flamas que no consumen: las más dolorosas; las del odio sin concesiones. Pero esta vez el infierno parecía condenar con la soledad, el hielo y la ausencia. Porque desde el cincuenta y cinco se las agarró con las mesas familiares, con los lechos matrimoniales, con las escuelas públicas y con el precio de las privadas, con las autonomías universitarias, con los recibos de sueldo y el trabajo informal, con los jubilados, con los colimbas, con los pibes que jugaban solos en las plazas o en las veredas de los barrios. El infierno agujereó familias, proyectos, esperanzas, espacios para compartir amores. Parecía que no se salvaría nadie.
      Los psicólogos que comenzaban a ponerse de moda inventaron la depresión para explicar las llamas que crecían en el interior de cada enfermo. La nueva epidemia desdibujó las sonrisas y terminó con la solidaridad. Las guerras exteriores y las mutaciones económicas internas volvían a gestar éxodos, pero ahora imperaban el rechazo y el odio xenofóbico. Ningún país con tanto espacio como el nuestro resultaba tan pequeño en intenciones individuales de acogida. ¡Y al mismo tiempo tan incómodo, tan molesto, tan dividido en calidades de gente, en culturas, modales y colores! ¡Tantos hombres y mujeres distintos podía llegar a ser el hombre!

      En Bahía era la patota de Ponce, que acotaba vidas y miltancias, tanto por las calles del centro como en la misma Universidad. Autoridades educativas, policía, militares y marinos estaban empeñados en arrastrar al infierno a todo el que oliera subversión. Fuera quien fuese. Alumnos, obreros, docentes, conscriptos, artistas, empleados, empresarios, artesanos. Todos.


      Definiciones y clasificaciones

      Como quedó dicho, primero debería distinguirse entre compasión y represión. O convivencia y guerra impiadosa. Después, habría que definir al subversivo y al enemigo en general; todo lo que no entrase en tales definiciones, resultaría parte sana de la población (150).

      ¨… La categoría subversivo promiscuamente esgrimida por los militares argentinos, estuvo lejos de quedar reducida a los miembros de las organizaciones armadas, pues consideraban que la enfermedad a ser extirpada incluía al virus ideológico diseminado por marxistas, izquierdistas, comunistas, católicos tercermundistas, freudianos, ateos, peronistas, liberales, judíos, etc. En suma, todos los que con su prédica agnóstica, igualitaria o populista, atacaran las bases del orden nacional, debían ser perseguidos…¨ (151). Así, la dictadura militar instauró una máquina de muerte cuyos antecedentes han de rastrearse en anteriores purgas étnicas y políticas indoamericanas: los métodos de conquista del territorio, depredación económica y sometimiento personal de los hijos de la tierra y las campañas que durante los primeros noventa años de su existencia organizó y llevó adelante el Estado Argentino contra los aborígenes. Además, deben incluirse aquí la iniciativa bélica y concreción de operaciones militares contra un estado limítrofe (152).

      La represión de la dictadura militar (1976-1983) se apoyó sobre el secreto y el terror. El Estado fue clandestino, terrorista y criminal. Pero al mismo tiempo absolutamente ilegítimo, al igual que los funcionarios gobernantes que detentaron poder durante siete años, y en muchos casos aún desde bastante tiempo antes.

      ¨… A partir del 24 de marzo de 1976, los aparatos coercitivos del Estado asumieron una doble faz de actuación: una pública y sometida a leyes y otra clandestina, al margen de la legalidad formal. El principal instrumento de esta última fue la desaparición forzada de personas, un dispositivo de poder urdido para vigilar y castigar a la totalidad del cuerpo social, para extirpar lo disfuncional y edificar un nuevo orden en el que se vieran satisfechos los intereses, demandas y expectativas de la alianza cívico militar que promovió el golpe…¨ (153).

      Según el represor Acdel Edgardo Vilas la selección del blanco consistía en una tarea realizada sobre una base de datos proporcionados por la propia población que colaboraba espontáneamente y los antecedentes obrantes en el área de inteligencia… (154) La definición de los elementos a seleccionar era sumamente amplia, incluyendo un variado espectro que se extendía desde el enemigo real hasta el oponente. Según predicara el RC 16-1 ¨Inteligencia Táctica¨ del año 1976:

      ¨… Enemigo real: Es el adversario concreto, definido, que posee capacidad para oponerse al logro de los propios objetivos, mediante el empleo de sus fuerzas. Enemigo potencial: Es cada persona, grupo humano, nación o bloque de naciones que, sin constituir un enemigo real, eventualmente puede oponerse al logro de los propios objetivos mediante el empleo de cualquier medio y/o procedimiento. Oponente: Se considera oponente a todo elemento extranjero o del propio país, real o potencial, abierto o encubierto, que pretende afectar negativamente al potencial nacional y/o trastocar nuestra filosofía de vida mediante la agresión directa o indirecta, acompañada o no de motivaciones ideológicas…¨(155). Los datos relativos a las personas consideradas peligrosas eran reunidos por la Comunidad informativa, organismo constituido por el conjunto de Servicios de informaciones de cada fuerza bajo la coordinación del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE).

      ¨… Una vez que el blanco estaba debidamente seleccionado, debía ser fijado en el domicilio en el que se concretaría el secuestro. Las personas encargadas de esta tarea se comunicaban con el equipo de contrasubversión y le proporcionaban la información necesaria para que éste pudiera organizar el procedimiento. Los lugares detectados debían ser atacados preventivamente, actuando aún sin órdenes del comando superior, con el concepto de que un error en la elección de los medios o procedimientos de combate será menos grave que la omisión o inacción (…) (156) Momentos antes de que el grupo de tareas iniciara el procedimiento, se solicitaba la liberación de la zona, con el objeto de evitar interferencias entre las distintas fuerzas represivas. De este modo, los captores podían actuar con total impunidad y los pedidos de auxilio de las víctimas resultaban infructuosos. Con la zona liberada, el personal militar estaba en condiciones de ocupar el lugar del operativo y el área circundante, los efectivos establecían un cerco perimetral en las calles aledañas y formaban diversos cordones o niveles de acercamiento al lugar que sería centro del procedimiento. El grupo encargado de hacer la ofensiva debía aplicar el poder de combate actuando con la máxima violencia para aniquilar a los delincuentes subversivos donde se encuentren. Incluso podían hacer una exploración en fuerza, consistente en ingresar disparando al inmueble en caso de que hubiere una presunción de que se podría recibir fuego (157).

      En una orden originada el 17 de diciembre de 1976, en la mismísima persona del represor Roberto Viola –entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército- se aclaró explícitamente que se quería aniquilar al enemigo: Cuando las Fuerzas Armadas entran en operaciones no deben interrumpir el combate ni aceptar rendición (…) También se podrá operar en forma semi-independiente o aún independiente, como fuerza de tareas (…) Como las acciones estarán a cargo de las menores fracciones, las órdenes deben aclarar, por ejemplo, si se detiene a todos o a algunos, si en caso de resistencia pasiva se los aniquila o se los detiene (…) Las operaciones serán ejecutadas por personal militar, encuadrado o no, en forma abierta o encubierta (…) Elementos a llevar: capuchones o vendas para el transporte de detenidos a fin de que los cabecillas detenidos no puedan ser reconocidos y no se sepa dónde son conducidos (…) Los tiradores especiales podrán ser empleados para batir cabecillas de turbas o muchedumbres (…) La evacuación de los detenidos se producirá con la mayor rapidez, previa separación por grupos: jefes, hombres, mujeres, niños…¨ (158).

      La Requisitoria Fiscal del 13 de abril de 2009 sincera el concepto de grupo de tareas, como parte de una auténtica patota. Irrumpían violentamente en un domicilio durante la noche, golpeaban a las víctimas (a quienes encontraban afectadas a sus actividades cotidianas o incluso durmiendo), las ponían en condiciones de indefensión –vendadas o encapuchadas-, robaban sus pertenencias, amenazaban a sus familias y desaparecían llevándose consigo el botín. El antes citado represor Vilas exhortaba a sus hombres a apretar más, porque ya no había troncos en la calle –en alusión al gobierno democrático-, y en caso de duda les ordenaba disparar a la cabeza.

      Las víctimas capturadas violentamente, en estado de total sometimiento, eran conducidas al centro clandestino de detención. En oportunidades, se las alojaba temporariamente en Comisarías, Destacamentos de la Policía Bonaerense, o en la Delegación de la Policía Federal en Bahía Blanca.


      Círculos del averno

      La Escuelita era el principal centro clandestino de detención. Estaba ubicado dentro del predio del Vº Cuerpo de Ejército y se accedía al mismo por una senda interna o por una tranquera sobre el camino La Carrindanga. La construcción distaba unos doscientos metros de tal acceso, y se le construyó un cerco perimetral de seguridad. Se trataba de una construcción antigua, tipo casa de campo, con una galería semicubierta en uno de sus frentes. Contaba con dos habitaciones, con piso de madera y camas cuchetas, donde se alojaba a los detenidos. Las ventanas estaban ubicadas en altura y los postigos eran de color verde. Entre las salas donde permanecían las víctimas, había un ambiente –con piso de baldosas y una reja que lo separaba del resto de la construcción-, que era utilizado por los guardias para controlar a los cautivos. Por medio de un pasillo se accedía a la habitación de los guardias, a una cocina y a un baño. Al final del mismo pasillo había una puerta que comunicaba con un patio, donde estaba la sala de torturas, un tinglado, una letrina, un aljibe, un portón de chapa, y -en ciertos períodos- también dos casillas, una para guardias y otra para detenidos.

      El Galpón era una construcción perteneciente al Batallón de Comunicaciones 181 del Vº Cuerpo, que se encontraba a unos 100 metros de La Escuelita. Era una planta rectangular de aproximadamente diez por quince metros, con un portón de entrada de dos hojas en el centro de uno de los lados. La edificación era de chapa de zinc acanalada en paredes y techo; éste era sostenido por cabreadas de madera. El galpón tenía adosada una pieza, también de chapa, con el techo a un agua, donde torturaban a los detenidos (159).

      El Gimnasio del Batallón de Comunicaciones 181 era un edificio que en la planta baja contaba con un calabozo amplio con tres camas cuchetas y en el primer piso se encontraba una oficina en la que se interrogaba a los detenidos.
      El vagón de tren se encontraba ubicado en la playa de maniobras de la estación de trenes sita en calle Cerri, de Bahía Blanca. Contaba con una dependencia aparte que operaba como sala de torturas. Los represores lo llamaban avión de madera.

      El Galpón ferroviario se encontraba dentro del predio de los galpones ubicados en inmediaciones de la estación de ferrocarril, y se accedía al mismo por calle Parchappe. Contaba con un sector de planta alta, donde había una ventana grande con rejas que daba al exterior.

      La Cárcel de Villa Floresta alojó a algunas de las personas liberadas de los centros de detención detallados antes. Encontrándose recluídas en la Unidad Penitenciaria Nº 4, pasaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. De los testimonios de las víctimas surge un accionar coordinado para el traslado de los cautivos del centro de detención a la cárcel; la presencia de torturadores en dependencias de tal unidad carcelaria, e incluso interrogatorios realizados conjuntamente por personal del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires y del Ejército Argentino (160).

      El primer propósito era el interrogatorio. Porque cada una de las víctimas, para el pobre criterio de los genocidas, no era sino una mínima parte integrante del monstruo subversivo definido como verdadero enemigo, y el resto de ¨ese demonio¨ debía ser controlado y exterminado. Entonces, los prisioneros transitaban sus días encapuchados, atados, con escasa o nula comunicación con sus compañeros de encierro y sometidos a un rígido control por parte de los guardias del lugar.

      ¨… Al silencio y la oscuridad, se sumaban la inmovilidad y el terror; los cautivos eran obligados a permanecer en una misma posición por largos períodos de tiempo y vivían temiendo la llegada de un nuevo interrogatorio. Cuando este ocurría, el detenido era torturado, amenazado y forzado a responder preguntas sobre si mismo y su círculo de relaciones sociales. La práctica perseguía dos objetivos fundamentales: por un lado, obtener información útil para detener a otras personas y de este modo, dar continuidad al círculo secuestro, tortura, interrogatorio, secuestro…; por el otro, lograr quebrar al individuo, modelando un sujeto acorde con el mundo de los captores…¨ (161).

      Los métodos de generación de dolor –físico y moral- fueron cuidadosamente planificados. Los torturadores eran entrenados y se los hacía participar de las sesiones de interrogatorio conducidas por los expertos. Cuando se lograba arrancar la confesión esperada, el cautivo perdía utilidad y comenzaba el período de la tortura sorda, de la incertidumbre sobre la vida, la oscuridad y el aislamiento permanentes, la desconfianza hacia todos, la mala alimentación, el maltrato y la humillación… (162).

      Entonces, los cautivos comenzaban a temer el traslado, porque quedaban expuestos a un viaje que podía conducirlos tanto a la liberación como a la muerte. La metodología del exterminio era variada; en muchos casos, los asesinos hicieron aparecer los cuerpos en marcos de falsos enfrentamientos entre subversivos y fuerzas legales. Estas noticias producidas, eran después publicadas por la prensa, tanto nacional como extranjera. Otras veces, la eliminación física desencadenó operativos tendientes a lograr la desaparición del cuerpo.

      ¨… Fue como exacerbar la muerte, exigirle que diera el máximo de sí, que fuera más muerte cada día en la mesa de tortura y muerte más allá de la ejecución misma, hasta extinguir toda huella del cuerpo y la persona, hasta disolver nombres y vínculos, hasta desaparecer incluso como muerte…¨ (163).

      ¨… Entonces, por primera vez, nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse (…) Imaginaos cuando un hombre a quien, además de sus personas amadas se le quitan la casa, las costumbres, la ropa, todo literalmente… todo lo que posee. Será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y la necesidad, falto de dignidad y de juicio. Porque a quien lo ha perdido todo, fácilmente le sucede perderse a sí mismo. Hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte, prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad. Comprenderéis ahora el doble significado del término Campo de Concentración y veréis claramente lo que queremos decir con esa frase: yacer en el fondo…¨ (164).

      Destino común el de aborígenes, gauchos y nuevas víctimas de la reacción totalitaria. Ese hombre despojado, saqueado, al punto de su desnaturalización, al extremo de ser ocupado por los demonios (165), que vaga por la vida falto de freno y razón… ¿no se parece acaso a nuestros carecientes, a nuestros pobres tan vigentes, a quienes continúan regando la tierra con su sangre? (166).


      Pendiente justicia

      Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo (167) se reconocieron al final, a minutos de sus muertes. O quizás los varones se habrían conocido las voces antes, porque en La Escuelita sólo podía estarse bien vendado. ¡Si te sacás la venda estás muerto! Y eso debía valer también para los traslados, ya fueran camiones del ejército o coches particulares los que los llevaran a la muerte. O por qué no, habrían militado juntos y cada uno sabría que los otros estaban cerca, compartiendo torturas y esperanzas.

      Y ahora, en las primeras horas del 5 de setiembre de 1976, cuando la noche del todavía invierno bahiense era densa, cerrada, y solamente agradable al cobijo. Ahora estos cuatro pibes estaban boca arriba sobre el piso mugriento de una casa abandonada desde varias semanas atrás. Les desataban las manos inermes y les sacaban las vendas, no porque a esa altura pudieran verse y compadecerse, sino para montar la escena. Ya estaban muertos: Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo.

      Catriel 321: ¡si la sospecha de entrega flotaba hasta en el nombre de la calle…! Catriel: protegido de Rosas, acusado de traición, envidiado por feroces adversarios, linaje de rebeldes a los Mitre, maloneando y empujando, obligándolos a los militares a ceder y conceder. En ese lugar, personal del Vº Cuerpo de Ejército, con asiento en Bahía Blanca, fraguó un enfrentamiento armado para aniquilar a cuatro indefensos.

      ¨… El intento de justificación de los cuatro asesinatos y consecuente encubrimiento de la mecánica de las muertes ocurridas, hizo que el Mayor Bruzzone (168) , a las 2,00 horas del día 5 de setiembre de 1976, desde el Centro de Operaciones Táctico (COT) del Comando del Vº Cuerpo de Ejército, comunicara al Subcomisario Félix Alejandro Alais (169), de la Policía Federal Argentina, que a partir de denuncias de la población y por investigaciones propias, una patrulla militar fuertemente armada fue comisionada para rodear y reducir a las personas armadas que, con actitud sospechosa, se encontraban en el inmueble de Catriel 321…¨ (170).

      ¨… En la versión que Alais hizo circular por radiograma, los militares fueron recibidos con fuego de armas automáticas y tras treinta minutos de repeler la agresión, resultaron muertas cuatro personas, tres masculinas y una femenina, así como se secuestraron armas de guerra y explosivos…¨ (171).

      Los cadáveres de los cuatro jóvenes fueron depositados en la morgue del Hospital Municipal de Bahía Blanca, y el Juez Federal Guillermo Federico Madueño (172) dispuso iniciar actuaciones por Atentado, resistencia a la autoridad y muerte de cuatro personas NN a identificar.

      La Nueva Provincia, veinticuatro horas después titulaba Otra eficaz acción del Ejército: Cuatro extremistas fueron abatidos en nuestra ciudad, y reseñaba la acción militar teatralizada en Catriel 321. El diario naval refería que tanto Pablo como Juan Carlos eran cabecillas de la organización ilegalizada en primer término, y asignó al primero participación en diversos hechos delictivos, al tiempo que se hacía eco del sorprendente descubrimiento de futuras acciones extremistas.

      Las víctimas habían sido en realidad arrojadas al piso y ultimadas con ráfagas de proyectiles de armas de fuego de grueso calibre. Las versiones difundidas en medios de prensa y en radiogramas castrenses, fueron refutadas por las evidencias que los fusilamientos dejaron en los cuerpos de las víctimas. ¨… El informe del médico legista Mariano Castex demostró que (Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo) no pudieron haber muerto en un enfrentamiento…¨ (173)

      En efecto, el análisis de la autopsia reveló que ¨… de todas las hipótesis barajadas, la única realmente posible, que no arroja contradicciones intrínsecas, es la de un fusilamiento de las víctimas estando arrojadas al piso, boca arriba y con los brazos indistintamente plegados unos sobre tórax y/o abdomen, y otros, alejados del cuerpo…¨ (174).

      ¿Otra hoguera? ¿Otro escarmiento?, preguntan los memoriosos en Bahía Blanca o lejos del estuario. ¡No solamente uno! ¡Muchos más!, responden bastantes. ¡Y otra plaza! No ya la Plaza Rivadavia, sino la Plaza 4 de setiembre de 1976, erigida en memoria y homenaje de las cuatro víctimas de la masacre de Catriel 321 (175).

      En la plaza se plantaron cuatro árboles que representan a los jóvenes asesinados. Cada árbol una vida resembrada, renacida, que ha de brotar y florecer nuevamente. Cada árbol una resurrección y una esperanza de justicia.
      Quienes hayan comprobado la importancia de las plazas en la tradición latina, sabrán que ellas totalizan vida y naturaleza de los comarqueños. Son calles anchas, plateas, desde las que la ciudad, defendiéndose de sus enemigos, impondrá su forma de vida. Por eso es que la moderna memoria se apoya en las plazas y desde ellas homenajea a sus mártires. Despierta en ellas a la espera de justicia, orando por remedios.


      Con tres heridas llego

      Como otros nacidos en el estuario, y sintiéndome hijo de esa tierra –aunque mi origen estuviera en los barcos provenientes de la baja Italia-, emigré muy joven y viví en Buenos Aires a destiempo. Llegué con tres heridas: la del amor, la de la vida, la de la muerte (176).

      Y a su tiempo volví a ser herido por la distancia. Había en mi interior, durante aquel período de fines de los sesenta y principios de los setenta, una cantidad de cuestiones que merecían respuestas. Y yo no conocía cuáles eran las respuestas.

      Sin embargo, parece que cuando las fortalezas físicas languidecen, las espirituales se incrementan. Superada con creces la madurez pude comprender el destino de mi tierra: la tierra regada, donde fue necesario imitar a los jacobinos y sembrar el terror para triunfar…

      Supe de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio de personas, ubicados tanto en La Base Naval (Punta Alta), como en el Vº Cuerpo de Ejército (Bahía Blanca). Me enteré de la lucha por la justicia que se llevó adelante por más treinta años; supe que todos los crímenes se encontraban impunes y que restaba todavía mucho por conocer de la verdad en su estado de total pureza.

      Pero por sobre todo, comprendí que los crímenes cometidos durante el siglo XIX se habían repetido simétricamente durante el siglo XX. La hoguera del escarmiento –dije- fue lo mismo que La masacre de Catriel 321 y muchos otros similares; ambos hechos estuvieron cortados con la tijera del mismo represor.
      En ambos, intentaron borrar (exterminar) al enemigo, hundirlo en el infierno, negarle –¡como si alguien pudiera!- la misericordia de Dios. Comprendí finalmente que las ciudades y las sociedades del estuario se apoyan sobre un tejido de intereses ateos, criminales e inhumanos. Que las heridas que pudo dejarme la dictadura militar –como integrante de la generación del setenta-, son para mí más graves porque nací y crecí en el nido de la víbora… Allí donde están las fuentes de la sangre derramada, donde se planificó cómo modelar al hombre nuevo a imagen y semejanza de los criterios naval y militar (¡y no a imagen y semejanza de Dios!).

      Supuse entonces –y supuse bien, creo- que no hay independencia sin nación. Y que como todavía estamos luchando por alcanzar y consagrar el alma nacional, vivimos aún sumergidos en las luchas de independencia. Pensé en Chile. Pensé en España. Pienso en Argentina. Pienso también y con fuerza creciente en los hijos de la tierra: los aborígenes. Y en los nuevos pobres.

      Y si alguien disiente con mi razonamiento y piensa que nos respalda un espíritu nacional más o menos formal, que analice la realidad de todos los días. Vicki Bell y Kate Nash, profesoras de sociología del Goldsmiths College de la Universidad de Londres, han analizado la experiencia argentina. Y han concluido manteniendo que el fracaso de las tentativas de abolir lo ocurrido bajo el terrorismo estatal mediante indultos y leyes de impunidad, revela que no podemos controlar el pasado, porque la sociedad tiene la necesidad de permitir su retorno. Y advierten que el horror de la desaparición de personas instituido por el Estado dictatorial funda un perverso sucedáneo en democracia: la invisibilización de sectores sociales marginados (177).


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        • Con los términos malón o maloca se alude a la táctica militar mapuche consistente en el ataque rápido y sorpresivo de un nutrido número de guerreros, contra un grupo enemigo, ya fueran parcialidades mapuches enemigas o poblaciones y fortificaciones huincas de Chile y Argentina. Su objetivo consistía en obtener ganado, provisiones, y eventualmente mujeres jóvenes y niños (cautivos) que pasaban a ser objeto de negociación con los ocupantes blancos. Habitualmente se escuchó hablar de los indios malones, como si malón fuese superlativo de malo, cuando en realidad es una palabra de origen mapuche. La crítica histórica ha reservado malón para los ataques sorpresivos de los indígenas y maloca para los similares llevados a cabo por fuerzas no necesariamente regulares de los blancos, invasores o huincas. ¿Por qué se los llamó así a estos últimos? La maloca era una casa comunitaria ancestral de los indígenas del Amazonas, especialmente denominada así en Colombia. Durante la conquista europea el significado de maloca pasó a ser entre los europeos (dícese que originalmente entre los hablantes del portugués, luego alcanzando a los cronistas del Río de la Plata), el de una expedición armada para capturar indígenas con la finalidad de esclavizarlos. Probablemente esta nueva significación se produjo a partir de la frase: ir –expedicionar- a la maloca, es decir maloquear.
      (1) Agua gredosa, en lengua mapuche. Comuna de Chile, Provincia de Arauco, región del Bío Bío. Allí, en 1552, Pedro de Valdivia fundó el primer fuerte español, denominado San Felipe de Arauco, que fuera destruido en innumerables ocasiones por los indígenas.
      (2) Domingo Faustino Sarmiento, nacido en San Juan el 15 de febrero de 1811 y muerto en Asunción del Paraguay, el 11 de setiembre de 1888. Político, pedagogo, escritor, docente, periodista, estadista y militar argentino. Fue gobernador de la Provincia de San Juan entre 1862 y 1864 y Presidente de la Nación Argentina entre 1868 y 1874. Se destacó por su gestión de la educación pública, pero también por su pertenencia a las filosofías positivistas, por su desprecio hacia lo popular, el indígena y el gaucho. Quiso el destino que fuera a morir al Paraguay, del cual tiempo atrás y al cabo de la Guerra de la Triple Alianza, había dicho: ¨dudamos de que exista¨.
      (3) Colo Colo fue un mapuche, anciano y sabio, que hizo elegir toqui de su pueblo a Caupolicán, mediante una prueba de fuerza y habilidad (al aceptar los jefes Tucapel y Lincoya dicha prueba, dieron tiempo a Caupolicán de llegar al encuentro). Colo Colo es personaje paralelo en La Araucana, del héroe Néstor de La Ilíada. Según académicos mapuches, es probable que el nombre Colo Colo esté incompleto, ya que los nombres de esta etnia estaban compuestos por un sustantivo y un adjetivo y en este caso (Colo Colo= ¨felino pequeño¨) falta el atributo o característica definitoria. Caupolicán (del mapudungun: kallfü-likan, pedernal azul) fue un notorio caudillo mapuche de la Guerra del Arauco (Siglo XVI), casado con Fresia y padre de Lemucaguin. Dijo de él Fernando de Alegría (¨Lautaro, joven libertador de Arauco¨): ¨… Caupolicán era un varón de autoridad grave y sereno, duro y decidido, firme para mantener sus opiniones y llevar a cabo sus empresas. Había nacido tuerto, y ese defecto, que daba a su cara un aspecto feroz y un poco tétrico, no era desmedro para su habilidad física…¨. Lautaro (del mapudungun: Lef-traru o Lev-Traru: traro –carancho- veloz), fue líder militar mapuche de la misma guerra, antecesor de Caupolicán, durante la primera fase de la conquista española. Dícese que vivió una vida normal hasta que en 1546, y teniendo unos once años de edad, fue capturado por las huestes de Pedro de Valdivia en las inmediaciones de Concepción. Tras la captura, permaneció como paje personal de Valdivia y como era difícil para los españoles pronunciar su nombre original, se lo llamó Felipe Lautaro, o simplemente Lautaro.
      (4) Domingo Faustino Sarmiento, en ¨El Progreso¨. Santiago de Chile, 27 de setiembre de 1844.
      (5) En el término ¨chusma¨ se comprendían mujeres, niños y ancianos. En suma, todos lo que en la indiada o en la toldería, no eran lanzas o guerreros.
      (6) De una carta de Sarmiento a Bartolomé Mitre, 24 de setiembre de 1861.
      (7) De un informe enviado a Mitre en 1863.
      (8) De una carta de Sarmiento a Bartolomé Mitre, 20 de setiembre de 1862.
      (9) Domingo Faustino Sarmiento, en ¨El Progreso¨, Santiago de Chile, 28 de diciembre de 1842.
      (10) Editada por la Sociedad Geográfica Americana –Editorial y Cultural- SA, para un público lector entonces ávido de viajes y descubrimientos geográficos. Una primera edición encuadernada en cinco tomos se agotó rápidamente; al momento de la edición del Nº 109 se promocionaba una nueva colección –esta vez de cuatro tomos- al precio de $ m/n 50. La selección de textos, mapas e ilustraciones, correspondía a José A Ricossa, autor de Panorama del Mundo (1944).
      (11) Arqueólogo, escritor y viajero suizo-rioplatense, Daniel Hammerly Dupuy mereció elogios de Emilio Ravignani por sus estudios del ostracismo de Artigas en Paraguay. En 1928 obtuvo de uno de los hijos del Mariscal Solano López –Juan León-, los celosamente custodiados ¨versos de Ansina¨ (debidos a Don Joaquín Lenzina), que fueron editados posteriormente en Argentina integrando una antología poética sobre Artigas.
      (12) Roberto Jorge Payró fue un escritor y periodista argentino. Nació en Mercedes, Buenos Aires, el 19 de abril de 1867 y falleció en Lomas de Zamora, el 5 de abril de 1928. En la ciudad de Bahía Blanca fundó el periódico La Tribuna, donde publicó sus primeros artículos periodísticos. Al mudarse a la ciudad de Buenos Aires, trabajó como redactor del diario La Nación. Durante este tiempo tuvo oportunidad de viajar frecuentemente tanto al exterior como al interior del país. En 1895 se publicó una recopilación de sus artículos en el volumen Los Italianos en la Argentina. Sus diarios de viajes e impresiones dieron lugar a las novelas La Australia Argentina (Excursión periodística a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados) y En las Tierra del Inti. Fue corresponsal en Europa durante la Primera Guerra Mundial. En sus novelas, se puede apreciar un lenguaje propio de la época, costumbrista e irónico. Utilizó personajes típicos y relató situaciones comunes, mostrando a los inmigrantes italianos o al pícaro criollo. En las Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, cuenta la historia de un provinciano y su carrera política. También escribió novelas históricas, como El falso Inca y una serie de cuentos publicados bajo el nombre de Pago Chico. Como obra póstuma se cita Nuevos cuentos de Pago Chico, publicada al año siguiente de su fallecimiento.
      (13) Eduardo Mallea nació en Bahía Blanca el 14 de agosto de 1903 y falleció en Buenos Aires en 1982. Era hijo de Narciso Segundo y de Manuela Artiria. Su padre –nacido en San Juan y descendiente de Sarmiento- era médico y había realizado sus estudios en Buenos Aires. Una vez recibido ejerció su profesión en los pueblos bonaerenses de Benito Juárez y Azul, trasladándose finalmente a Bahía Blanca –entonces la ciudad más importante del sur argentino-. Fue de su padre de quien Eduardo recibió influencia para dedicarse decididamente a la escritura. Como apunta Oscar Hermes Villordo: El padre vivía manejando enciclopedias, diccionarios y (diversos) libros. Los había leído todos. Los releía. Era amigo de Manuel Láinez, tío abuelo del novelista Manuel Mujica Láinez… En 1907 la familia realizó un viaje a Europa. Cuando regresaron, en 1910, Eduardo fue inscripto en un colegio inglés de Bahía Blanca, y allí estudió hasta que el 1916 la familia se trasladó a la ciudad de Buenos Aires. En la metrópoli, Eduardo comenzó a escribir relatos y en 1920 publicó su primer cuento: La Amazona. Tres años después, el diario La Nación le publicó Sonata de soledad. En 1926 aparecieron los Cuentos para una inglesa desesperada y un año después abandonó sus estudios de abogacía ingresando a la redacción de La Nación. Dirigió el suplemento literario del diario de los Mitre durante muchos años. Revista de Occidente publicó en 1932 la novela La Angustia. En 1936 se editó La ciudad junto al río inmóvil y en 1937 Sur publicó la obra más importante de Mallea, como ensayo interpretativo de la realidad social y espiritual del país: Historia de una pasión argentina. En 1940 se publicó la novela La bahía del silencio y un año después vio la luz Todo verdor perecerá. Finalmente, en 1941 se publicaron ensayos con el título de El sayal y la púrpura. Los personajes de Mallea son generalmente solitarios, introspectivos, taciturnos, con escasa capacidad para comunicarse fluidamente con los demás. El propio Mallea dijo de Chaves: ¨… Iba y volvía solo a su casa por los caminos, y protegía aquella soledad como sacra cosa suya, sin que cupiera posibilidad de ser rota, salvo por diez o veinte pasivos pasos hechos al lado de tal o cual fortuito encuentro, escuchándolo. Se negaba deliberadamente a hablar… ¨. La crítica diría obviamente que el escritor se parecía demasiado a sus personajes. El hecho de haber nacido en Bahía Blanca no fue apenas algo azaroso para Mallea. Al contrario, marcó su vida, su pasión y su sentimiento. En varias de sus novelas y en sus ensayos abundan las referencias a la patria chica. Ya en el comienzo de Historia de una pasión argentina, dice: Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico… Mientras que en Todo verdor perecerá, describe con mayor precisión apelando a una metáfora felina: He aquí la ciudad del sur, Bahía Blanca, azotada por la arenisca junto al océano. Como la garra cauta del gato con el cachorro confiado, juega el verano con la ciudad atlántica. De pronto los plátanos de hojas inmóviles contienen, alegres, el gorjeo de la siesta (o…) Soñolientos pasantes de abogado cambian con los procuradores recibidos miradas en envidia embotada… En otro tramo de su narración, Mallea describe el origen y crecimiento de la ciudad cuando compara a Ágata Cruz –personaje principal del relato- con Bahía Blanca: Mientras ella se abría, la ciudad, Behía Blanca, se cerraba, también como una flor, pero de piedra. La formación de las ciudades americanas se parece a un capitulo de biología vegetal. En torno al fortín, valla opuesta al indio predatorio, comenzó a crecer, hacia los ochocientos veintiocho, la población militar, y cuatro años más tarde Rosas y Darwin se paraban ante aquellos salitrales que después de los secos calores extendían en la bahía su ardiente sábana blanca… Y en Chaves, aquel relato breve de un exacto rigor –como definiría Jean Duvignaud- describió Mallea: Al dividirse de su padre, después de escenas ásperas en que el progenitor aniquilaba al adolescente, fue a buscarse la vida por esa ciudad del Atlántico. He ahí la tienda Blanco y Negro, el periódico El Atlántico, la lujosa calle O´Higgins, la iglesia metropolitana. Por las afueras: el campo. Los ferrocarriles y los trigales, el universo. Se apretó a la ciudad, resistente, recalcitrante a salir. –Chaves quedate, aconsejaba la voz interior. Y se quedó… Como si el destino de Chaves estuviera desde entonces ligado a la ciudad desde la que surge una voz interior que le invita a quedarse. Definitivamente. No en vano se ha dicho que Mallea es un hito de la novela argentina en cuanto a que sus relatos salen de lo campestre para instalarse en la ciudad; en este caso, en su ciudad natal: la vieja e influyente Bahía Blanca.
      (14) Ezequiel Martínez Estrada nació en San José de la Esquina, Santa Fe, el 14 de setiembre de 1895 y falleció en Bahía Blanca en 1964. Fue poeta, ensayista, crítico literario y biógrafo. Recibió dos veces el Premio Nacional de Literatura: en 1933 por su obra poética y en 1937 por su ensayo Radiografía de la Pampa. Fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de 1933 a 1934 y de 1942 a 1946. Siendo Ezequiel muy joven, su familia se trasladó a la localidad de Goyena, en el sudeste bonaerense, donde su padre abrió un almacén de ramos generales. Luego de separarse de sus padres en 1907, viajó a Buenos Aires donde vivió con su tía Elisa y estudió en el Colegio Avellaneda. Por razones económicas abandonó sus estudios y comenzó a trabajar en el Correo Central capitalino. Publicó seis libros de poesía entre 1918 y 1929. En 1921 contrajo matrimonio con Agustina Morriconi, una artista plástica nacida en Italia. Ejerció la docencia en el Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata donde, entre otros alumnos contó al luego célebre René Favaloro, con quien mantuvo amistad hasta su muerte. Con el dinero obtenido con el segundo Premio Nacional antes citado, compró un campo en Goyena. Desde 1946 colaboró en la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo. En esa época publicó obras de teatro, cuentos y novelas cortas. En 1949 se radicó en Bahía Blanca, en la casa que es hoy sede de la fundación que lleva su nombre. Durante los años del peronismo, Martínez Estrada sufrió de neurodermatitis, una enfermedad extremadamente discapacitante, de carácter psicosomático, que lo mantuvo postrado por años en ámbitos hospitalarios y olvidado por casi todos, a excepción de Victoria Ocampo. Después de la caída de Perón y sometido a las técnicas terapéuticas del llamado sueño prolongado, su salud mejoró, comenzando con una serie de textos que él llamó Catilinarias (según el antecedente de Cicerón), escritos dirigidos a la élite argentina, tanto gobierno como intelectuales, prediciendo que el país atravesaría una centuria de Pre-peronismo, Peronismo y Post-peronismo. El gobierno peronista lo había privado de su puesto de trabajo en La Plata, el que recuperó en 1956; al año siguiente fue nombrado Profesor Extraordinario en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía blanca, y ese mismo año asumió la presidencia de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. En 1959 Martínez Estrada comenzó una serie de viajes a Chile, y a la Conferencia de Paz de Viena. En esta última es donde conoció al poeta cubano Nicolás Guillén. También viajó a México, donde enseñó durante un año en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Escribió Diferencias y semejanzas entre los países de América Latina, un largo ensayo que fijaba paralelos con Asia y África, y con el concepto emergente del Tercer Mundo. Condenó entonces al imperialismo y al colonialismo, aunque expresó admiración por la Revolución Cubana. Justamente, Cuba sería su destino inmediato siguiente. Desde setiembre de 1960 hasta noviembre de 1962 fue director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Casa de las Américas en La Habana. Así formó parte de la densa atmósfera intelectual de los primeros años de la revolución. Estudió en profundidad a José Martí y editó dos libros de discursos de Fidel Castro. Veía en Cuba un destino manifiesto, donde los Taíno se unirían a los Amaurotos de Thomas More, y la Cuba revolucionaria con el ideal cubano de Martí. Esta adhesión a la revolución cubana no fue comprendida ni mucho menos disimulada por los intelectuales argentinos nucleados en torno de la revista Sur. Comenzó así un aislamiento nacional que lo acompañaría hasta su muerte. Tal silencio persistió hasta nuestros días, por razones difícilmente comprensibles. Martínez Estrada dejó Cuba después de la crisis de los misiles. El país había sido expulsado de la OEA y él tenía graves problemas de salud y financieros que lo inducían a intentar servir a la revolución desde afuera. Pasó por México y retornó a Argentina, más precisamente a Bahía Blanca, donde completó sus tres libros sobre José Martí (ninguno de ellos publicado en vida del autor; uno conocido recién en 2001). Escribió también un ensayo sobre Balzac, y continuó escribiendo poemas (notables sus Tres poemas al anochecer, último trabajo publicado por Sur). Él hablaba de volver a Cuba; no está claro si finalmente no lo hizo por su estado de salud, o como indicaría su correspondencia, por sentirse desilusionado por el curso que había tomado la revolución.
      (15) Enrique Banchs (Buenos Aires, 1888-1968) fue un poeta argentino. Publicó cuatro libros a comienzos del siglo XX y luego guardó silencio hasta su muerte. En el conjunto de su obra –Las barcas (1907); El libro de los elogios (1908); El cascabel del halcón (1909) y La urna (1911)- cultivó formas clásicas y diáfanas, inspiradas en el Siglo de Oro Español. Su último libro de poesía está compuesto por sonetos, una forma lírica poco frecuente en los años en que lo escribió y dejada casi completamente de lado por los poetas posteriores. Banchs no se apartó de la vidad literaria, aunque no volvió a publicar poesía a lo largo de más de cincuenta años. Fue miembro de la Academia Argentina de Letras.
      (16) Roberto Vacca nació en Buenos Aires en 1942. Periodista, historiador, realizador y productor televisivo, ha hecho periodismo cultural, político, policial y turístico en diarios y revistas, cine, radios y televisión: La Argentina Secretada, Décadas, Escuela y Vida, El Eco Lógico… Fundó la revista Historias de la Argentina y dirigió la Enciclopedia Visual Argentina. Ganó seis premios Martín Fierro, dos premios Konex, dos estatuillas Santa Clara de Asís, un premio Fund TV a su trayectoria y numerosas distinciones tanto en el país como en el exterior.
      (17) Conforme Carlos A Guardiona en www.lasextaseccion.com.ar, octubre 2006
      (18) ¨… El agua parecía barro y el barro agua…¨
      (19) El gualicho, también conocido como gualicú, walichú, hualicho o gualitxo, es un tipo de espíritu o ser dañino presente en la mitología mapuche más austral y principalmente en la cultura tehuelche. Es un ser que personifica la causa maléfica universal. Por tal razón, se lo identificó con el wecufe, aunque realmente no son sinónimos. Porque mientras el gualicho parece único y omnipresente en las tradiciones tehuelches, los wekufes son múltiples, variables al infinito, y presentes en interiores y exteriores del humano de acuerdo con actitudes, miradas, contenidos éticos y espirituales. En la actualidad la palabra gualicho también ha adquirido el significado de un embrujo o hechizo (acción de engualichar), realizado a través de la magia negra o similar.
      (20) Dáimôn es el término utilizado para referirse a diferentes realidades que comparten los rasgos fundamentales de lo que en otras tradiciones se denominan ángeles y demonios. Dáimôn fue la idea griega de ¨poder¨, desplazada por el antropomorfismo vigorosamente desarrollado, que también transformó ¨los poderes¨. Los griegos llamaron dáimones a estos últimos pero, en gran parte, los dáimones resultaron personales, antropomórficos. Además, la palabra dáimôn indicó también a algunos de los grandes dioses griegos. Huellas demonísticas en los ritos parecían raras, pero el intercambio de ropas entre el novio y la novia al casarse podría interpretarse así: inducir a error a los espíritus en esa importante ocasión, de la misma manera que los pueblos primitivos cambiaban las ropas de un enfermo para que los espíritus de la enfermedad no pudieran reconocerlo y pasaran de largo. La creencia en dáimones arraigó la idea de que el mundo estaba poblado de esos espíritus.
      (21) Lugar de espíritus del desequilibrio
      (22) Mapu hace referencia a la tierra conocida en la cosmovisión mapuche tradicional
      (23) Los pillanes son espíritus benignos para los mapuches. Están entre los espíritus poderosos y más respetados. Se relacionan estrechamente con el ser humano mapuche, ya que muchos de ellos corresponden al fundador de un linaje o familia. Por eso, los pillanes son sus antepasados, orígenes del pueblo mapuche. Cada familia antigua tenía su pillán que la vigilaba, defendiendo a sus miembros. Se hacían guillatunes o rogativas al pillán, para que beneficiara al pueblo y para agradecerle por lo recibido. El hombre mapuche, como conclusión de su vida terrenal, podía lograr convertirse en un pillán, siempre que hubiera tenido una gran descendencia que lo recordara y que honrase su memoria, así como si en vida había seguido las tradiciones y leyes del admapu. Si era mujer, podía llegar a convertirse en una wangulén (estrella).
      (24) El admapu (la costumbre de la tierra) es el conjunto de antiguas tradiciones, leyes, derechos y normas que rigen el comportamiento de la sociedad mapuche.
      (25) La wenumapu es la parte no visible del mundo. Allí habitan los miembros de la familia Wenu, los dioses: Wenu Fücha (el anciano); Wenu Kushe (la anciana); Wenu Weche (el joven) y Wenu Ülcha (la jovencita). En este mundo, al igual que en el visible, existe dualidad. No hay Fücha sin Kushe; no hay hombre sin mujer. Los ancianos son los encargados de entregar la sabiduría a los jóvenes; los jóvenes inyectan vitalidad a los ancianos.
      (26) Los laftraches eran seres mitológicos mapuches que equivalían a los gnomos u hombres enanos de la tradición europea. Ellos tomaron este papel en la tradición rural de Chile y parte de Argentina.
      (27) Mundo del mal, al oeste, bajo el mapu.
      (28) El cuero, también conocido con el nombre de cuero del agua o manta del diablo, es un animal acuático presente en la mitología mapuche y posteriormente incluido en la mitología chilota. Esta criatura tendría una apariencia muy similar a un cuero vacuno extendido y de gran tamaño. En el borde de su cuerpo poseería unos apéndices similares a garras o espinas filosas como garfios. Sobre un extremo de su cuerpo, en donde se cree estaría la zona que correspondería a su cabeza, sobresaldrían dos apéndices similares a tentáculos que terminarían en un par de ojos desorbitados de color rojizo. En el centro del dorso interior estaría su boca, muy parecida a una enorme ventosa, con la cual podrían absorber completamente los fluidos de su presa, hasta dejarla seca y muerta. Debido a lo aplanado de su cuerpo, algunas personas lo asocian con una criatura semejante a la mantarraya.
      (29) El canillo o camillo (en mapudungun: una persona que no se llena) es una fuerza y criatura presente en la mitología huilliche. Se la caracteriza como fuerza negativa y destructora presente en la naturaleza y por consecuencia en el hombre mismo (especialmente en el blanco y en los huilliches que olvidaron su tradición). Por eso se asocia el canillo con el concepto de wecufe, fuerzas del desequilibrio o destructoras existentes en la naturaleza, principalmente ubicadas al oeste. La fuerza del canillo proviene de los volcanes. Se encuentra representada por un niño poseído que crecía y estiraba su cuerpo hasta hacerse gigante, con la finalidad de comerse la comida que su familia había dejado colgada en el umbral de la ruca. El espíritu encantado de canillo se presentaba como un enemigo permanente de la tranquilidad del pueblo huilliche.
      (30) Kalku, o bien Calcu, es un término en mapudungum que se refiere a la persona que practica el mal en una forma mística o espiritual. Luego fue utilizado para referirse por igual a un brujo o bruja practicantes de la magia negra. Finalmente refirió el mal producido por la brujería, o por la acción del kalkutun.
      (31) Además del texto de Daniel Hammerly Dupuy que venimos siguiendo, puede consultarse En el país del diablo, de Francisco Pablo De Salvo, Buenos Aires, Editorial Tor, 1936. Este trabajo contiene tres relatos históricos con desarrollo en el territorio comprendido entre el oeste de Bahía Blanca y el norte de Río Colorado.
      (32) Alcide Dessalines D´Orbigny (1820-1857) fue un naturalista francés que recorrió distintas regiones de Sudamérica. Remontando el Paraná, viajó por varias provincias de nuestro país. Arribó a Carmen de Patagones (Nuestra Señora del Carmen de Patagones) en 1829 (es decir, cuatro años antes que Charles Darwin). Allí visitó las tolderías de los indios tehuelches, araucanos y patagones, de quienes dejó interesantes observaciones etnográficas y linguísticas.
      (33) Alcide Dessalines D´Orbigny, Viaje por América Meridional, Buenos Aires, Emecé, traducción de Alfredo Cepeda.
      (34) Alcide Dessarlines D´Orbigny, op cit
      (35) Nos recuerda al ¨estar¨ Americano, opuesto al ¨ser¨ europeo que pregona Rodolfo Kusch en América profunda, Buenos Aires, Biblos, 1999.
      (36) Alcide Dessalines D´Orbigny, op cit
      (37) Sitio lleno de lodo. Sinónimos: cenagal, barrizal, ciénaga, fangal, pantano
      (38) La marjal es una zona húmeda, generalmente cercana al mar, de gran riqueza tanto en fauna como en flora. Estas zonas húmedas son estaciones de paso en la migración de aves.
      (39) Terreno anegadizo, abundante en cangrejos. En la marisma de las planicies de marea limo-arcillosas del estuario de Bahía Blanca, se ubica ¨el cangrejal¨, una asociación de sarcocornia perennis (arbusto resistente al agua salada) y chasmagnathus granulata (cangrejo estuarial). En la interfase sedimento-agua se forman matas microbianas constituídas principalmente por cianofíceas (cianobacterias o microorganismos procarióticos) y diatomeas (algas unicelulares microscópicas). En el área del estuario bahiense se han identificado veintitrés tipos de cianofíceas, una de las cuales (la symploca hydnoides f minor) es exclusiva de la zona para todo el pais.
      (40) Una marisma es un ecosistema húmedo con plantas herbáceas que crecen en el agua. Es diferente de una ciénaga, porque esta última está dominada por árboles y no por herbáceas. El agua de una marisma puede ser dulce o de mar, aunque normalmente es una mezcla de ambas, denominada salobre. Las marismas costeras suelen estar asociadas a estuarios; éstas se basan comúnmente en suelos con fondos arenosos.
      (41) Lugar desde donde se mira. Nos referimos, obviamente, a Sierra de la Ventana.
      (42) Según las leyendas, esta zona tiene neta vinculación con lo diabólico. Una de estas leyendas fue recopilada por Berta V de Battini, y recogida en el libro Cuentan los Mapuches, de César A Fernández, Edic Nuevo Siglo, 1999. El relato es de D Pastora Suárez, mapuche, y fue recogido en 1971.
      (43) La relatora se refiere a tejidos (inclusive mantras, que son los gruesos) y adornos (sobrepuestos), con los que trocaron los caballos.
      (44) Casamiquela, Rodolfo, prólogo a Viaje al Río Chubut, de Georges Claraz, Buenos Aires, Ediciones Continente, 2008.
      (45) Francisco Pascasio Moreno, más conocido como El Perito Moreno, nació en Buenos Aires el 31 de mayo de 1852 y falleció en la misma ciudad el 22 de noviembre de 1919. Fue científico, naturalista y explorador. Comenzó instalando con sus hermanos, en 1866, un primer ¨museo¨ en el mirador de su casa; en él exhibía restos hallados en excursiones con su padre. En 1870 la familia Moreno se mudó a una quinta en la calle Caseros 2841, entre las calles Dean Funes y Esteban de Luca, Comuna 4 de Parque Patricios. La quinta abarcaba casi tres cuadras; hoy se ve allí una placa de mármol que recuerda al Perito Moreno y funciona el Instituto Félix Bernasconi. Estimulado por la lectura de libros de viajes, se interesó por la paleontología y la arqueología. En 1871 recogió fósiles en la laguna de Vitel. En 1872 fundó, en colaboración con un grupo de ingenieros, la Sociedad Científica Argentina. En 1872-73 exploró el territorio de Río Negro y, en 1875, llegó al lago Nahuel Huapi, que recorrió para luego internarse en Santa Cruz y alcanzar el lago que bautizó con el nombre de Argentino. En estos primeros viajes patagónicos, efectuando itinerarios por regiones hasta entonces no exploradas, recogió una serie de materiales que iniciarían los estudios americanistas. En 1875 el gobierno de la provincia de Buenos Aires y la Sociedad Científica Argentina le proporcionaron los medios para efectuar un nuevo viaje al sur argentino, con el fin de cruzar Los Andes a través del lago Nahuel Huapi e intentar llegar a Chile por el paso Pérez Rosales haciendo el camino inverso al de Guillermo Cox. El 22 de enero de 1876, con 23 años de edad, se convirtió en el primer hombre blanco en llegar al lago Nahuel Huapi desde el océano Atlántico. En ese recorrido Moreno atravesó la Patagonia, de océano a océano, y cumplió uno de sus mayores anhelos, consistente en ponerse en contacto con las naciones indígenas de la Patagonia y estudiar su enigmático pasado y sus orígenes. Los datos y materiales recogidos en aquella expedición abrieron nuevos horizontes a la antropología sudamericana e impulsaron a varios científicos europeos (como el francés Broca) a tomar a las etnias indígenas de América del Sur como objeto de estudio. A un mismo tiempo, Moreno quedó fuertemente impresionado por el drama de aquellas etnias esclavizadas y despojadas de sus tierras ancestrales. Trató entonces de humanizar las relaciones entre el Estado Argentino y las etnias indígenas exigiendo tierras y escuelas para ellas y protestando contra los métodos que habían sido empleados para civilizarlas. En octubre de 1876 volvió a la Patagonia junto con Carlos Berg en la goleta Santa Cruz al mando del Comandante Luis Piedrabuena. El 15 de febrero de 1877 llegó al lago Argentino, donde hoy se encuentra la ciudad de El Calafate, y descubrió el imponente glaciar que luego fue bautizado en su honor Perito Moreno. El 13 de noviembre de 1877 el gobierno de la Provincia de buenos Aires lo nombró Director del Museo Arqueológico y Antropológico de Buenos Aires, y aceptó la donación que le había efectuado el Perito Moreno de las piezas que conservaba en su museo de Carmen de Patagones, pero resolvió que las piezas debía conservarlas en su poder hasta que el Museo pudiese poner a su disposición un lugar apropiado para exhibirlas. En 1879 exploró la cordillera de Los Andes y donó toda su colección arqueológica, antropológica y paleontológica personal, consistente en más de quince mil ejemplares de piezas óseas y objetos industriales, a la provincia de Buenos Aires, que fundó con ellas el Museo Antropológico y Etnográfico de Buenos Aires. En 1879, al finalizar la Conquista del Desierto y siendo Presidente Nicolás Avellaneda y Ministro del Interior Sarmiento, se lo nombró jefe de la Comisión Exploradora de los Territorios del Sur Argentino, que estudiaría la factibilidad del establecimiento de colonias en la región comprendida por los ríos Negro y Deseado. Moreno pidió como única compensación incorporar a su museo las piezas que él mismo hallase. Entre 1882 y 1884 viajó por el centro del país y recorrió las provincias de Córdoba, San Luis, San Juan y Mendoza, en busca de yacimientos fósiles y de elementos pertenecientes a períodos anteriores a la conquista española. Con la fundación de la ciudad de La Plata, el gobierno provincial decidió trasladar en 1884 el Museo Antropológico y Arqueológico de Buenos Aires a la nueva capital provincial y entonces se le dio el nombre de Museo de Historia Natural de La Plata. Por proveer todo el material para el museo (incluso unos dos mil libros de su biblioteca particular) y por el reconocimiento general a su persona, fue nombrado Director vitalicio del Museo. Moreno mismo dirigió la construcción del edificio y la distribución de sus materiales, de acuerdo con un plan que él había concebido. Sumó a este proyecto a numerosos naturalistas extranjeros que organizaron las secciones de geología y mineralogía, zoología, botánica, antropología, arqueología, etnografía y cartografía. La institución se convirtió rápidamente en un centro de estudios superiores que llamó la atención a los grandes especialistas europeos. Se multiplicaron las colecciones existentes; muchos trabajos publicados desde entonces fueron descifrando viejos enigmas del continente, y debidos a la fundación de Moreno, comenzaron a publicarse los Anales y la Revista del Museo de La Plata. Este Museo llegó a ser en poco tiempo la institución científica más importante del país. El Perito continuó con sus viajes y en 1896 arribó al lago Buenos Aires. Entre 1892 y 1897 comenzó a intervenir en cuestiones limítrofes con Chile y, ante el recrudecimiento del conflicto, aceptó el cargo de Perito Argentino en la negociación, convenciendo a sus pares chilenos de que la mejor solución era la diplomática. En 1897 cruzó la cordillera a lomo de mula con su esposa María Ana Varela, cuatro de sus hijos y el doctor Clemente Onelli. Al poco tiempo su esposa murió en Santiago de fiebre tifoidea. Moreno se abocó a preparar el encuentro entre los presidentes Roca y Errázuriz, el que se concretó el 15 de febrero de 1899 en el Estrecho de Magallanes. A partir de allí recorrió palmo a palmo la zona fronteriza, tomó nota de accidentes geográficos, lagos y ríos, y acompañó en 1901 a Sir Thomas Holdich, comisionado del Tribunal Arbitral nombrado para resolver los litigios limítrofes, en un reconocimiento que abarcó desde el lago Lácar (San Martín de los Andes) hasta la bahía de Última Esperanza. Sus esfuerzos se vieron compensados cuando en 1902 el laudo arbitral concedió a Argentina 42.000 kilómetros cuadrados que reclamaban los chilenos. El Gobierno de la Nación, como compensación por sus servicios, concedió a Moreno, por ley 4192 del 22 de agosto de 1903, una extensión de campos fiscales en el territorio del Neuquén, al sur del Río Negro. En una histórica nota del 6 de noviembre de 1903, moreno solicitó un ¨… área de tres leguas cuadradas en la región situada en el límite de los territorios del Neuquén y Río Negro, en el extremo oeste del Fjord principal del lago Nahuel Huapi, con el fin de que sea conservada como Parque Público Natural y al efecto pido que hacha esa ubicación se sirva aceptar la donación que hago al país de esa área (…) Al hacer esta donación emito el deseo de que la fisonomía actual del perímetro que abarca no sea alterada y que no se hagan más obras que aquellas que faciliten las comodidades para la vida del visitante culto, cuya presencia será siempre beneficiosa a las regiones incorporadas definitivamente a nuestra soberanía y cuyo rápido y meditado aprovechamiento debe contribuir tanto a la buena orientación de los destinos de la nacionalidad argentina…¨. A partir de 1906, el Museo pasó a formar parte de la recientemente fundada Universidad Nacional de La Plata como Facultad de Ciencias Naturales. Ello motivó la renuncia de Moreno como Director Vitalicio, ya que no estuvo de acuerdo con la anexión. Él pensaba que el Museo debía dedicarse a la investigación del territorio y de su naturaleza, quedando al margen de los vaivenes de la política universitaria. El Perito Moreno fue electo diputado nacional en 1910, durante la Presidencia de Roque Sáenz Peña, pero en 1911 renunció al cargo aceptando el ofrecimiento de la vicepresidencia del Consejo Nacional de Educación.
      (46) Tomás Harrington fue maestro rural y etnógrafo autodidacta. A él se debe el registro más exhaustivo que se conoce de la lengua tehuelche septentrional. Las libretas de Harrington contienen los relatos que le proporcionó, entre otros, José María Kual (Kalakapa), indígena nacido en 1870, miembro de una prestigiosa familia gününa këna de linaje Kual, cacicazgo con territorialidad en la región de la actual Gan Gan (Telsen, Chubut). Kual también fue informante de Bórmida y Casamiquela, de quien también se dice que fue su maestro.
      (47) Chokorí fue un lonco de la Patagonia argentina que dominó a los manzaneros ubicados en gran parte del territorio de la actual provincia de Río Negro, entre los ríos Colorado, Negro y Limay, y las proximidades de Bahía Blanca y la Sierra de la Ventana en la provincia de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XIX, fijando su campamento en la Isla Grande de Choele Choel. Se supone que nació entre la última década del siglo XVIII y la primera del siglo XIX. Fue aliado de los aucas boroganos y acosó a las poblaciones fronterizas; por su territorio transitaban frecuentemente las rastrilladas de ganado robado que se dirigían a Chile, por lo que Juan Manuel de Rosas lo consideró un bandolero y dirigió su campaña del desierto principalmente contra él, a quien hizo desalojar de la isla de Choele Choel por el General Ángel Pacheco, con seiscientos soldados. Huyó hacia el oeste en compañía de los cacique Velocurá y Lupil. Murió en 1834 asesinado por las tropas del coronel Francisco Sosa, destacadas para perseguirlo. Su hijo, Valentín Sayhueque, nacido en 1818, fue el último cacique manzanero que se rindió en 1880 a los ejércitos regulares. Darwin hace referencia en sus textos relativos a su paso por el norte de la provincia de Río Negro, del viejo cacique que huye de los ejércitos rosistas con un noble caballo blanco y uno de sus hijos en grupas. El cacique era Chokorí, el hijo al que logró rescatar era Sayhueque; las tropas de Rosas no pudieron someterlos sino hasta bastante después.
      (48) Casamiquela, Rodolfo, prólogo en op cit
      (49) Se trata de especies sudamericanas de jarillas, arbustos ramosos que se encuentran en zonas escarpadas. Todas ellas son importantes fuentes de combustible, por lo que han sido esquilmadas casi hasta su desaparición. Sus hojas se utilizan además como remedio veterinario para caballos y mulas. En los humanos se emplea contra el cólera, fiebres intermitentes y para remitir el dolor causado por luxaciones y fracturas.
      (50) El piquillín es de la familia de las ramnáceas. Es un arbusto o arbolito espinoso de tres a cinco metros de altura, corteza rugosa oscura, ramas zigzagueantes que llegan a convertirse en espinas, conteniendo a su vez otras puntas de menor tamaño.
      (51) Hay gran variedad de sauces, aunque el más común en las márgenes de los dos ríos que llevan su nombres, es la variedad llorón o de Babilonia. Contrariamente a lo que podría pensarse, esta variedad es originaria de China. Mide entre ocho y doce metros de altura, sus ramas son finas y elásticas, pobladas por numerosísimas hojas doradas y pequeñas.
      (52) El Cañar es de la familia de las leguminosas, subfamilia de las papilionoideas. Crece hasta los diez metros en forma aislada, pero cuando forma bosquecillos puro no excede de tres a cinco metros de altura. Tronco verde glauco o verde pardo según su edad, con corteza exfoliante y ramas intrincadas espinosas.
      (53) Los mapuches llamaron al caldén huichru. Llega hasta los doce metros de altura y su tronco, que es robusto, puede alcanzar los dos metros de diámetros. El fruto del caldén es una chaucha que mide entre diez y quince centímetros de longitud por cinco a ocho milímetros de espesor.
      (54) Arbusto caducifolio de hasta ocho metros de altura, muy ramificado, con la corteza de color pardo oscuro a púrpura. Hojas en disposición helicoidal, recubriéndose unas a otras en forma de tejas. Se crían en las proximidades de las costas o en los ríos de aguas calcáreas y salobres. Una de las variedades del tamarisco (o tamarindo), es la que puede encontrarse en los territorios desérticos por los que deambularan Moisés y el pueblo judío durante cuarenta años (Éxodo). Se trata del maná taray, planta que según algunos autores sería responsable de la producción del maná, o alimento caído del cielo.
      (55) Como Gladys Sago, actual directora de La Voz de Realicó (periódico pampeano) en su artículo sobre los caldenales que publicara algunos años atrás en La Nación.
      (56) Villarino es un partido de la provincia de Buenos Aires. Está situado al sudoeste de dicha provincia, limitando con Puán, Tornquist y Bahía Blanca al norte; al sur limita con el Río Colorado que lo separa de Patagones; al oeste limita con La Pampa y al este está bañado por el océano. Su cabecera es Médanos. Las salinas chicas se ubican a tan sólo cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad de Bahía Blanca.
      (57) Gladys Sago, op cit
      (58) Georges Claraz, Viaje al Río Chubut –aspectos naturalísticos y etnológicos (1865-186)-, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2008. Georges Claraz fue un naturalista suizo radicado con intereses agropecuarios en la colonia del Napostá próxima al primer enclave militar bahiense. Entre 1865 y 186 relizó una ¨entrada¨ en la Patagonia, por su propia cuenta, y con destino –fallido- a la incipiente Colonia Galesa del Chubut, en la que pensaba ofrecer sus servicios como agrimensor. Ella dio origen al texto conocido como ¨Diario de viaje al Río Chubut¨. Nació en Friburgo, Suiza, en 1832. Su formación, esencialmente naturalística, fue completada en Alemana. A su interés por las Ciencias Naturales (especialmente la Botánica, pero también la Zoología, la Geografía y la Geología), sumó los aspectos antropológicos, especialmente etnográficos (culturales). Tras una estada de tres años en el Brasil, llegó a Argentina en 1859, siguiendo los deseos de su maestro, el naturaliza Christian Heusser. En compañía de este último, Claraz hizo importantes estudios sobre la geología serrana de la provincia de Buenos Aires y reunió colecciones geológicas, botánicas y etnográficas. En 1882 regresó a Suiza, en donde permaneció hasta su muerte, en 1930. Tenía entonces 98 años… Su diario fue publicado más de cincuenta años después de su muerte.
      (59) Rodolfo Magín Casamiquela (Rudy) arqueólogo y antropólogo argentino; fue Premio Konex de Platino 2006. Nació en Ingeniero Jacobacci el 11 de diciembre de 1932. Doctor en Ciencias con mención en biología (Universidad de Chile), paleontólogo, antropólogo… Se especializó en etnología patagónica y en lenguas indígenas regionales. Fue Investigador Principal del Conicet, jubilándose en 2000; fue Investigador en el Centro Nacional Patagónico del Conicet, Puerto Madryn, hasta su muerte. Se acreditó el Primer Premio Nacional de Antropología y el tercero de Biología de la Subsecretaría de Cultura de la Nación (1965). Fue profesor de distintas universidades e instituciones académicas de Argentina y Chile; Profesor Emérito de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral; propuesto como Doctor Honoris Causa en la Universidad Nacional del Comahue. Fue Presidente de la Fundación Florentino Ameghino. A lo largo de su carrera profesional fue asesor cultural de las provincias de Chubut, Río Negro y Santa Cruz, así como de las Municipalidades de Viedma y Patagones. Fue editor responsable de cuatrocientas publicaciones científicas o de divulgación y autor de 24 libros. En la uts supra citada edición del Diario de Georges Claraz, se incluye un largo e ilustrativo prólogo debido a su pluma.
      (60) Dice el prologuista que en lengua tehuelche septentrional se denominó a este accidente geográfico Gayahoaya-tschacätsch en escritura de Claraz, que depurada resulta: Gayau a Chákach, denominación literal, o Guayau a ahwai (casa del gualicho), expresión recogida por Harrington y por Casamiquela mismo. Este último advierte: ¨… El nombre parece de difícil audición, por cuanto Claraz lo escribió ´Guayahoahoai´ y ´Gahuellahuay´ Falkner, un siglo antes. Moreno utilizó la denominación araucana ´Epehuén geyú´, es decir, ´Epewén ngëyau´: allí es gualicho…¨.
      (61) ¨… El lugar queda a unos 60 km al sur del paraje ´El Solito´, en el extremo oeste del salitral o Gran Bajo del Gualicho…¨. Casamiquela, Rodolfo, prólogo en 0p cit.
      (62) Casamiquela, Rodolfo, prólogo en op cit.
      (63) En efecto, era tortuoso el camino de las vaguadas –el que une los puntos más bajos de un valle-, por donde corren las aguas en su trayecto hacia el mar. ¨… Seguían las curvas y desvíos de la vaguada, a veces gigantes. (Era evidente que) los indígenas no tenían la menor idea en cuanto a ese terreno, ya que creían a cada momento avizorar la costa atlántica…¨. Casamiquela, Rodolfo, prólogo en op cit.
      (64) Su nombre completo era Bernardino de la Trinidad González Rivadavia y Rivadavia. Nació en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780 y falleció en Cádiz (España), el 2 de setiembre de 1845. Con actividad política permanente, ejerció la presidencia entre el 8 de febrero de 1826 y el 7 de julio de 1827. Se educó en el Real Colegio de San Carlos, pero discontinuó sus estudios. Durante las Invasiones Inglesas actuó como teniente del Tercio de Voluntarios de Galicia. En 1808 Santiago de Liniers lo nombró Alférez Real, pero este nombramiento fue rechazado por el Cabildo. En el Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, Rivadavia votó por la deposición del virrey. Era afrodescendiente; por eso sus rivales políticos lo bautizaron como Doctor Chocolate. Actuó en tiempos del Primer Triunvirato, como embajador en las cortes europeas –junto a Manuel Belgrano-, y finalmente fue inspirador de las políticas del Gobernador bonaerense Martín Rodríguez. Fue un reformista, centralista porteño, extranjerizante, teórico a ultranza, principal autor de la Constitución de 1836, de cuyo ejecutivo se transformó en primer presidente. Su concepción del país jamás excedió los límites de la provincia de Buenos Aires. Por eso no comprendió los esfuerzos del Ejército del Norte, ni las estrategias de ocupación del espacio americano desarrolladas por José de San Martín. No cejó en su persecución a este último, a quien solapadamente amenazó de muerte. Autor de la enfiteusis, primera institución política que se ocupó de la titularidad y explotación de las tierras disputadas (y escamoteadas) al indígena. Responsable del empréstito contraído con la Baring Brothers, se lo ha considerador precursor del imperialismo financiero que históricamente ha corroído las riquezas nacionales. Una de sus medidas más siniestras consistió en contratar al mercenario bávaro Rauch, quien tendría a su cargo la tarea de perseguir a los indígenas pampeanos hasta su más completa extinción.
      (65) Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y López de Osornio, o simplemente Juan Manuel de Rosas, nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793, falleciendo en Southampton, Hampshire, Gran Bretaña, el 14 de marzo de 1877. Militar y político, gobernador de Buenos Aires. En 1829, tras derrotar a Juan Lavalle, accedió al gobierno de la provincia ejerciendo su mando absoluto durante veinticuatro años y resultando principal dirigente de la denominada Confederación Argentina (1835-1852). Su administración fue progresista: se fundaron pueblos, se reformaron los Códigos de Comercio y de Disciplina Militar, se reglamentó la autoridad de los jueces de paz de los pueblos del interior y se firmaron tratados de paz con los caciques, con lo cual se obtuvo una cierta tranquilidad en las fronteras. Entre los hechos negativos, se cita la ocupación inglesa de las Islas Malvinas, que desde hacía tiempo estaban en disputa entre Inglaterra y España, pero que desde hacía algunos años eran progresivamente pobladas por Buenos Aires. Rosas fue el principal gestor de la fundación de Bahía Blanca (1828), en rigor de su fortaleza y del enclave militar que ella supuso. La llanura pampeana bonaerense había estado sometida al dominio blanco apenas en una estrecha franja junto al Paraná y al Río de la Plata, por lo menos hasta la década de 1810. Desde entonces, la frontera se había adelantado hasta una línea que pasaba aproximadamente por las actuales ciudades de Balcarce, Tandil y Las Flores. Al cabo de su primer gobierno, Rosas coordinó la campaña de desplazamiento de la frontera con ¨el indio¨ junto con los gobiernos de Mendoza, San Luis y Córdoba, disponiendo una batida general, a su vez acompañada por otra que reaizaría Manuel Bulnes en Chile. La campaña partió de Los Cerrillos, en Monte, en marzo de 1833. La columna oeste, al mando de José Félix Aldao, recorrió un territorio que había sido ¨vaciado¨ de indios recientemente, por lo que se limitó a llegar al río Colorado. La del centro venció al cacique tehuelche Yanquetruz y regresó rápidamente. La que hizo la mayor parte de la campaña fue la del este, al mando del propio Rosas. Éste se estableció a orillas del río Colorado –cerca de la actual localidad de Pedro Luro- y envió cinco columnas hacia el sur y hacia el oeste, que consiguieron derrotar a los caciques más importantes. A continuación firmó tratados de paz con otros, secundarios hasta entonces, que se convirtieron en útiles aliados. Al año siguiente se sumó el más importante de los jefes indígenas: Calfucurá. Durante los primeros años de su segundo gobierno, la política de Rosas para los indígenas alternaría tratados de paz y donación, con campañas de exterminio. Sólo después de la crisis que comenzó en 1839, esa política transitó hacia la firma de una paz permanente. La campaña rosista incorporó científicos que reunieron información sobre las zonas recorridas, pero las regiones desérticas quedaron en manos de los indios. Se aseguró hasta 1852 la tranquilidad para los campos y las primeras urbanizaciones, lográndose un relativo avance en el sudoeste de la provincia, aunque los adelantos de la frontera serían mucho menos espectaculares que los de la campaña roquista de 1879. Lo más importante que logró Rosas fue poner de su lado al ejército, a los estancieros y a la opinión pública, obteniendo el eterno agradecimiento de las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, libres de saqueos importantes durante muchos años. Sin embargo, el único grupo de indios no totalmente dominado, los Ranqueles, continuaron comportándose como verdadera pesadilla para los gobiernos provinciales. El precio a pagar por la paz fue sostener a las tribus amigas con entregas anuales de ganado, caballos, harina, tejidos y aguardiente. A partir de este momento, las tribus cazadoras dependieron de las entregas de alimentos, y fueron consideradas por lo bonaerenses como costosos parásitos del erario público. Se olvidaba, claro, que –desde el punto de vista de Rosas- los regalos eran un precio a pagar por el uso de territorios que los aborígenes consideraban propios –natural y acertadamente-. El gobernador Rosas era un hombre disciplinado y que exigía disciplina. Con ella y con autodisciplina había logrado hacerse rico y administrar un complejo sistema de estancias y saladeros. Así había logrado organizar a sus Colorados del Monte, un verdadero ¨ejército propio¨. Aplicó por tanto este sistema a su vida y administración. Por la mañana concedía audiencias, en las que administraba justicia y tomaba decisiones rápidas, casi como un señor feudal. Por la tarde se dedicaba a contestar la correspondencia y revisar las cuentas públicas, tarea que lo obligaba a concentrar su atención en cada papel producido por la administración pública, aún en los que trataban minucias. Su relación con Encarnación Ezcurra fue muy estrecha; ella era una verdadera consejera política. Cuando murió, en 1838, Rosas ordenó que se le hiciera funerales dignos de un jefe de estado. Su hijo Juan se dedicó a administrar las estancias de su padre y casi no tuvo relaciones con éste. Manuelita heredó la posición pública de su madre, pero no era una consejera, sino tan solo la cara humana de la mansión de Rosas. A partir de 1840, Rosas tomó como amante a una joven criada, Eugenia Castro, aunque esto no se supo hasta después de la caída del restaurador. Con esa mujer, Rosas tuvo ocho hijos, con los que compartió su escasa vida familiar en Palermo. Después de Caseros, esta segunda familia quedó en la más absoluta pobreza y Rosas no volvió a ocuparse de ella. La quinta de Palermo era un gran terreno deshabitado, bajo y pantanoso, que ocupaba la costa del Río de la Plata en una zona que carecía de barrancas. Rosas la convirtió en un hermoso paseo colmado de naranjos y sauces, donde se hizo construir un gran edificio de estilo híbrido criollo-italiano. Allí se mudó definitivamente en 1840 y allí atención sus obligaciones públicas en primavera y verano. Después, Sarmiento haría demoler esta construcción, transformando la quinta en un parque público.
      (66) Relativos u ocasionados por plegamientos de la corteza terrestre. De estos accidentes geográficos se distinguen: a) El salar, que es un lago superficial en cuyos sedimentos dominan las sales (cloruros, sulfatos, nitratos, boratos, etc). Las sales precipitan por la fuerte evaporación que, a largo plazo siempre es mayor que la alimentación o entrada de las aguas en la cuenca. b) La salina, un donde se deja evaporar agua salada, para aislar la sal, secarla y recogerla para su venta. Se distinguen dos tipos de salinas: las costeras situadas en la costa para utilizar agua de mar, y las de interior en las que se utilizan manantiales de agua salada debidos a que el agua atraviesa depósitos subterráneos de sal. c) Salitral, que es relativo al lugar geográfico donde se encuentra o produce el salitre.
      (67) En 1853, Carlos Enrique Pellegrini –editor de la Revista del Plata- expresaba orgullo por los adelantos económicos de Buenos Aires. Los saladeros, agrupados en Barracas al Sur, en la margen derecha del Riachuelo –hoy Avellaneda-, le provocaban gran entusiasmo. ¨… Testifican con sus obeliscos de fuego y banderas ondeantes de humo que la industria ha fijado su dominio entre nosotros…¨, escribió. No estaba solo en esas opiniones, pues casi todos los políticos que accedieron al poder después de la caída de Rosas lo consideraron signo de progreso. Dos décadas más tarde, tal bastión desapareció. Se había instalado entre los porteños la idea de que las emanaciones de las aguas del Riachuelo, producidas por los desperdicios que se arrojaban en ellas, eran causa de enfermedades que irrumpían cada tanto y adquirían carácter epidémico. Ya nadie en Buenos Aires dudó de tal concepción de la salud pública, porque desde 1871 la opinión pública convirtió a los saladeros en el chivo expiatorio de las numerosas víctimas de la fiebre amarilla. Una ley sancionada el 6 de setiembre de dicho año prohibió la actividad de los saladeros y graserías en la ciudad y en Barracas al Sur. Ello obligó a los industriales a abandonar las márgenes del Riachuelo y a buscar otros emplazamientos. Para ese entonces, los saladeros habían estado operando junto al Riachuelo por más de medio siglo. La mayoría ya se encontraba en Barracas al Sur a fines de la década de 1820, en una ubicación que los situaba a escasa distancia de los barcos que llegaban por el Río de la Plata a la búsqueda de los productos argentinos de exportación. El Riachuelo les servía, además, como sumidero de los residuos que generaban, fundamentalmente de naturaleza orgánica, en circunstancias en que el gobierno de Buenos Aires poco hacía para detener la contaminación ambiental y de las aguas en particular. Se creía más bien en la conveniencia de favorecer la concentración de la industria, pues de esa manera fiscalizaba mejor el tráfico de animales. Así se entiende por qué, en 1853 dispuso por decreto que los pocos establecimientos ubicados en la Ensenada de Barragán y en la desembocadura del Río Salado fuesen desmantelados y mudados a Barracas. Es decir, el mismo Estado contribuyó a convertir la margen derecha del Riachuelo en polo de concentración de la manufactura de tasajo, sebo y cueros. (Extractado de Saladeros, contaminación del Riachuelo y ciencia, entre 1852 y 1872, de Carlos María Birocco y Luis Claudio Cacciatore –Universidad de Morón-, en revista Ciencia Hoy, Vol XVII, nº 101, Octubre/ noviembre 2007).
      (68) Santiago 3: 6. Al infierno se refiere reiteradamente el Nuevo Testamento, como gehenna. Tal denominación derivó del incinerador de basuras cercano a Jerusalén, o la descarga ardiente de la basura próxima a Jerusalén (la cañada o barranco de Hinón), identificada metafóricamente con la entrada al mundo del castigo en la vida futura. Aparece en el Nuevo Testamento y en las primeras escrituras cristianas como el lugar en donde el mal será destruido. Presta también su nombre al infirmes del Islam: jahanam. Pero tanto en las escrituras rabínicas como en las cristianas, la gehenna, como destino del pecador, se diferencia del Sheol, o lugar donde habitan todos los muertos. Es a este sitio también definido como socavón, donde Cristo descendió antes de la resurrección, y del que elevó al cielo a los santos previamente muertos.
      (69) Del latín inférnum o ínferus: inferior, subterráneo.
      (70) Las cuatro postrimerías, conforme el Catecismo de la Iglesia Católica, son: muerte, juicio, infierno y gloria.
      (71) Von Balthasar, considerado uno de los mayores teólogos de nuestra época, concluyó admitiendo la existencia del infierno, aunque supuso que estaría vacío. Tal la importancia del amor misericordioso de Dios, de la esperanza, de la oración intercesora, en suma de la fe cristiana, que permite que todos los hombres alcancen la salvación. La sobreabundancia de amor y su virtud difusiva a través de los que viven de él hace que no haya lugar para una sistemática sobre cuántos se salvarán y cuántos se condenarán. Von Balthasar recoge elementos de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia que hablan de la salvación para todos y cada uno. En la dimensión del amor sin límites, la esperanza del creyente no consiste en salvarse él en solitario; la única esperanza que se le permite al cristiano es la salvación de todos los hombres. Von Balthasar apela a la tradición de la Iglesia que ruega por la salvación de todos y cada uno de los hombres. Esa súplica, si es verdadera y auténtica, ha de estar llena de sentido y ser eficaz y fructífera. Es en ese contexto en el que ha de entenderse su afirmación de que el infierno existe, pero quizás está vacío… Hans Urs von Balthasar (Lucena 1905 – Basilea 1988) fue, como queda dicho, uno de los grandes teólogos católicos del siglo XX. Estudió en Viena, Berlín y Zurich, y se licenció en literatura alemana. En 1928 entró en los jesuitas y se ordenó en 1936. Trabajó en Basilea como capellán de estudiantes. En 1950 abandonó la orden de los jesuitas y fundó un Instituto Secular. Las autoridades religiosas le prohibieron dar clases debido a que sus ideas no encajaban en las formulaciones tradicionales del catolicismo. En 1953 escribió Abatid los bastiones, texto en el que expuso que la Iglesia no debía aparecer en el mundo moderno como una enemiga del mismo o una fortaleza cerrada, sino que su vocación trascendente tenía que llevarla a una apertura, asimilando los nuevos sistemas y dejándose interpelar para renovar los tesoros olvidados o aún no descubiertos que contiene el depósito de la fe. Ello le generó grandes incomprensiones por parte de la jerarquía eclesiástica. Tras el Concilio Vaticano II, al que no había sido invitado, recibió un reconocimiento prácticamente unánime a su talla intelectual y a la profundidad de su pensamiento. Fundó con Henri de Lubac y Joseph Ratzinger la revista Communio. En 1975 recibió el premio Gottfried Keller, el más prestigioso galardón literario que se concede en Suiza. Juan Pablo II lo nombró Cardenal, pero murió dos días antes de la ceremonia de asunción. Junto a Karl Rahner y a Karl Barth es quizás uno de los más grandes pensadores católicos contemporáneos y por ello, en 1984 recibió el Premio Pablo VI.
      (72) Efectivamente, se diferencia la pena de daño, que consiste en verse privado de la visión beatífica de Dios, de la pena de sentido, contenida en los tormentos causados externamente por medio sensibles (también llamada pena positiva del infierno). Sin embargo, no hay una sin la otra…
      (73) ¨… (los pecadores) recibirán con el diablo suplicio eterno…¨ (Concilio de Letrán -1215-) y sus almas serán afligidas con penas desiguales (Concilios de Lyón y Florencia). O bien: ¨La desdicha será más soportable a unos condenados que a otros…¨ (San Agustín, Enchir III).
      (74) Conforme San Agustín (Ciudad de Dios, 28, XIV)
      (75) Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Biblioteca EDAF, Buenos Aires, 2005.
      (76) Józef Teodor Konrad Korszeniowski, más conocido por el nombre que adoptó al nacionalizarse británico: Joseph Conrad (Berdyczów, actual Ucrania, 3 de diciembre de 1857; Bishopsbourne, Inglaterra, 3 de agosto de 1924), fue un novelista polaco que adoptó el inglés como lengua literaria. Su padre, un aristócrata empobrecido con escudo de armas de Nalecz, escritor –tradujo a Shakespeare y Víctor Hugo- y militante armado, fue arrestado por sus actividades por los ocupantes rusos y condenado a trabajos forzados en Siberia. Poco después, su madre murió de tuberculosis en el exilio, y también su padre cuatro años después a pesar de que se le había permitido volver a Cracovia. De estas traumáticas experiencias de niño sobre la ocupación rusa es posible que Joseph Conrad derivara temas contra el colonialismo, como se comprueba en la novela citada.
      (77) Marcelo Zuccotti, Un descenso al propio infierno, trabajo en el que comenta la novela de Conrad y el film inspirado en dicha obra: Apocalypse now (www.hablandodelasunto.com.ar).
      (78) Conforme Marcelo Zuccotti, op cit
      (79) Conforme Historia del Colegio Don Bosco, Obra de Don Bosco, Bahía Blanca, 1969. Sobre Francisco Iturra, véase Iturra, él mismo una frontera, de mi propia autoría.
      (80) El carlismo fue un movimiento político legitimista de carácter antiliberal y antirrevolucionario surgido en España en el siglo XIX, que pretendía el establecimiento de una rama alternativa de la dinastía de los Borbones en el trono español, y que en sus orígenes propugnaba la vuelta al antiguo régimen. En el siglo XX una parte del carlismo evolucionó hacia el socialismo autogestionario.
      (81) Conforme Historia del Colegio, op cit
      (82) Conforme Memorias de Don José Esandi (constructor vasco, de gran renombre y figuración durante los primeros años de existencia de Bahía Blanca. Entre otros acontecimientos, recibió y alojó a Ceferino Namuncurá en su paso previo a viajar a Roma. Este individuo escribió sus memorias de cincuenta años bahienses, de su puño y letra). En la epidemia de cólera –que otros registran como tifus-, falleció María Cartolano –italiana-, la mayor de las hermanas de mi abuelo Antonio Salvador.
      (83) Darwin, Charles, op cit
      (84) Darwin, Charles, op cit
      (85) Darwin, Charles, op cit
      (86) Un hombre como Solzhenitsin al que no cabe suponer ninguna simpatía con el dictador de Belgrado –se refiere a Milosevic- escribió: ¨… Al marginar a la ONU y al pisotear su Carta, la OTAN ha proclamado ante la faz del mundo entero y para el próximo siglo, la ley de la taiga (el bosque siberiano), la ley del más fuerte… Bajo los ojos de la humanidad, un orgulloso país de Europa está siendo aniquilado y los Estados salvajemente civilizados aplauden…¨. En Arceprensa.com.
      (87) Narciso Parchappe llegó junto a Ramón Estomba, luego de ser designado director técnico de la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina.
      (88) Federico Rauch (Weinheim, Baden, 1790/ Buenos Aires, 1829) fue un militar prusiano que participó activamente de las guerras civiles y de las campañas expansionistas que los sucesivos gobiernos argentinos efectuaron durante el comienzo del siglo XIX.
      (89) Parchappe, Narciso. Expedición fundadora 1828 - Memorias. Eudeba, Segunda Edición, 1977.
      (90) Darwin, Charles, op cit.
      (91) Hammerly Dupuy, Daniel, op cit
      (92) El 20 de julio de 1835 había llegado a La Fortaleza Protectora Argentina, el sacerdote genovés don Juan Bautista Bigio, primer vicario castrense de Bahía Blanca, quien dijo la primera misa valiéndose de un altar portátil, el primer domingo de agosto del mismo año. Recién en abril de 1836 se inauguró la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Mercedes.
      (93) Textual del informe firmado por el Presbítero Juan Bautista Bigio, con fecha 20 de octubre de 1835. Libro Parroquial de Bahía Blanca.
      (94) Alón era un vorogano que para esa fecha partía de Sierra de la Ventana, aduciendo parentesco con Cachul (capitanejo de los tapalqueneros), con quien proponía estacionarse. No existen antecedentes de los otros dos Caciques mencionados por las publicaciones periodísticas de la época; pero sus nombres pueden aludir a otros tantos aucas voroganos.
      (95) Equivalente entonces a ¨irse con los indios¨.
      (96) José Hernández: ¨El Gaucho Martín Fierro¨, Capítulo III, 80.
      (97) José Hernández, op cit., Capítulo III, 90.
      (98) Marcelino Irianni: ¨Peones de ajedrez¨, Editorial Biblos, 2007.
      (99) Actual territorio de La Pampa, proximidades de Epecuén, donde en 1835 Calfucurá venció a los voroganos y se proclamó ¨Cacique general de las pampas¨.
      (100) Justamente en Napostá, donde plantaba sus tolderías don Venancio. Allí le dieron muerte, sin que estuviese levantado contra el gobierno, fuera traidor o nada que se le pareciera. La investigación histórica más moderna testimonia contactos entre Rosas y Calfucurá. Y demuestra que a partir de estos hechos, el jefe huilliche salió a la caza de Railef.
      (101) En proximidades de la actual Los Toldos.
      (102) El Coronel Miñana estaba entonces al frente de las fuerzas del gobierno asentadas en Azul. Lleva su nombre una estación de ferrocarril, próxima a Hinojo.
      (103) Se refiere a Juan Catriel, el viejo. Catriel es el nombre de una dinastía de caciques pampas. Juan Catriel, el viejo; su hijo, Juan Catriel, el joven, y sus descendientes Cipriano Catriel, Juan José Catriel, Marcelino Catriel y Marcelina Catriel. Durante la campaña al desierto de Juan Manuel de Rosas, Juan Catriel –el viejo- participó de la columna del este, al mando del brigadier Juan Manuel de Rosas, que partió de San Miguel del Monte el 22 de marzo de 1833, con unos 2.000 soldados, en su mayoría tropas de línea, las que se unieron a los tehuelches septentrionales –serranos- Cachul y Catriel en Tandil.
      (104) Cacique sujeto a Catriel; después se lo consideró traidor a la causa de los tapalqueneros.
      (105) Se refiere a Bernardo Echeverría, comandante del cantón de Tapalqué.
      (106) Mundo Agrario, Revista de Estudios Rurales: ¨Que ningún desgraciado muera de hambre: agricultura, reciprocidad y reelaboración de identidades entre los ranqueles en la década de 1840¨. UNS, Depto Humanidades, por Juan Francisco Jiménez y Sebastián Alioto.
      (107) Revista de Indias 2003, vol LXIII Nº 227 Págs 191-222. ¨Una experiencia fronteriza exitosa: el negocio pacífico de indios en la Provincia de Buenos Aires -1829/1852-¨, por Silvia Ratto.
      (108) Este Cacique ya había actuado junto al ranquel Yanquetruz, y lanzado malones sobre Río Cuarto.
      (109) ¡Qué apellido para la crónica de la violencia militar! En este caso, el Teniente Coronel Francisco Sosa, que había actuado como jefe de la conquista del desierto a las órdenes de Rosas, y al que se apodaba ¨Ñato Sosa¨. El otro Sosa, cuya referencia parece obligada, fue uno de los autores de la masacre de Trelew, del 22 de agosto de 1972: Luis Emilio Sosa.
      (110) Legión Militar Italiana: Sabemos que entre 1857 y 1906 emigraron de la península 1.892.721 italianos iniciando su éxodo hacia Argentina, ¨la tierra prometida¨. Tal multitudinario arribo a Bahía Blanca fue un hito fundante. Desde la llegada de estos ¨soldados agricultores¨, la ciudad se convirtió en un bastión de la italianidad, no sólo regional sino nacional. En aquel grupo se destacaron por su actuación Olivieri, Ciarlone, Cerri, Caronti, que integraron la galería de próceres nacidos fuera de las fronteras. Desde entonces, los italianos fueron primeros en muchas cosas, como bien ha apuntado César Puliafito… ¨Los primeros en sembrar trigo, los primeros Curas castrenses, los pioneros de la navegación en la ría y los que trajeron la primera imprenta…¨ (¨Ciao Italia¨, LU2, febrero 2006).
      (111) Coronel Nicolás Eusebio Granada, nacido en Montevideo en 1795 y muerto víctima de la fiebre amarilla en San Isidro, en 1871. Fue un destacado combatiente en las guerras contra los indígenas del sur de la provincia de Buenos Aires y partidario del gobernador Rosas durante las guerras civiles argentinas. Hijo de un oficial español del Virreinato del Río de la Plata, estudió en una academia militar española y regresó a Montevideo en 1807, participando en la lucha contra las invasiones inglesas. En 1810 formaba parte de la guarnición de Montevideo y luchó del lado de los realistas contra los ejércitos de la Revolución de Mayo. Participó en la defensa de la ciudad contra el sitio a que la sometieron los gobiernos independentistas y cayó prisionero cuando la ciudad fue tomada por éstos en mayo de 1815. Se incorporó al ejército patriota, pero permaneció algún tiempo en la ciudad, para pasar sólo después de algún tiempo a Buenos Aires. Participó en las campañas del Directorio contra los federales de Santa Fe. En 1820 peleó en Cepeda y en Cañada de la Cruz. En 1823 participó en la campaña de Martín Rodríguez al sur, y de la fundación del Fuerte Independencia, origen de la actual ciudad de Tandil. Prestó servicios en la frontera bajo las órdenes de Federico Rauch, con el que llevó adelante varias campañas contra los indios, y después con el coronel Ángel Pacheco. Después de diciembre de 1828 se pasó a las fuerzas de Juan Lavalle, luchando de su lado en Navarro y –a las órdenes de Isidoro Suárez- en Las Palmitas. También dirigió una división en la batalla de Puente de Márquez. Caído Lavalle, permaneció en las fuerzas provinciales, entonces al mando de Juan Manuel de Rosas. Durante muchos años prestó servicios en la frontera con el indio, participando de la campaña al desierto de 1833. Al año siguiente fue ascendido al grado de coronel. En 1839, al estallar la revolución de Los Libres del Sur, éstos contaban con que Granada se les uniera con su regimiento, pero éste se presentó con sus tropas al coronel Prudencio Rosas. Cuando el jefe le insinuó que no confiaba en él, se quitó las charreteras y tomó un fusil para pelear como soldado raso, hasta que el hermano del gobernador lo convenció de que tomara el mando de su regimiento. Peleó en la batalla de Chascomús y fue su división la que decidió la victoria. Volvió a la frontera, cuando las primeras lanzas de Calfucurá aprovechaban la guerra civil para atacar, y las venció en la batalla de Tapalqué. En 1840, también Lavalle esperó que Granada lo apoyara durante su invasión, pero éste se unió a las fuerzas de Pacheco, combatiendo a sus órdenes en Quebracho Herrado, San Cala y Rodeo del Medio. Ya había participado en algunas campañas en el interior del Uruguay, bajo las órdenes del gobernador entrerriano Urquiza, pero en 1852 se negó a adherir al pronunciamiento y se trasladó con sus tropas a Buenos Aires, peleando junto a Rosas en Caseros. Apoyó la revolución del 11 de setiembre, aunque a pesar de sus antecedentes no se unió al general Hilario Lagos en su reacción contra los unitarios y permaneció en la ciudad alejado del ejército. A fines de 1853 regresó a la frontera sur y participó de algunas de las campañas contra los indios. En 1858 venció a Calfucurá en Pigüé, una de las pocas victorias alcanzadas en territorio indígena y tan lejos de la frontera. El gobernador Valentín Alsina propuso su ascenso a general, pero los antiguos colaboradores de Lavalle lo vetaron por sus antecedentes rosistas. Por eso se retiró del ejército poco antes de la batalla de Cepeda y se instaló en San Isidro. En 1865 fue nombrado inspector militar de todo el norte de la provincia, fundando colonias agrícolas en Nueve de Julio y Veinticinco de Mayo. Se retiró definitivamente en 1867.
      (112) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (113) Teniente Coronel José Olegario Orquera, era el Comandante de la Fortaleza Protectora Argentina en oportunidad del malón de 1859, entonces con el grado de Coronel. Este militar de carrera había nacido en Catamarca en 1811 y murió el 26.02.1871. Fue combatiente en la Guerra del Paraguay y comandó asimismo el fuerte de Nuestra Señora del Carmen de Patagones.
      (114) Este tipo de vino era una bebida acostumbrada en el sur de la Provincia de Buenos Aires. El vocablo originario era ¨carló¨, vino tinto elaborado en Sanlúcar de Barrameda, que tuvo ese nombre por ser una imitación del de Benicarló de Castellón de La Plana.
      (115) La Posta de Paso Mayor o Pulpería de Laporte (deformación de ¨de la parte¨, apellido de los antiguos propietarios del predio), era un establecimiento ubicado en el actual Partido de Coronel Rosales en terrenos linderos del Sauce Grande y del camino vecinal que viniendo de Bajo Hondo, pasa frente a la estación de Paso Grande. Conforme Pulpería, de Eduardo Giorlandini.
      (116) Otra pulpería (conforme Tito Saubidet, citado por Giorlandini, Eduardo, op cit, pulpería es un vocablo derivado de ¨pulque¨, de la lengua pampa –pulcu o polcu o pulcuy-: aguardiente) que conforme su nombre lo indica estaba ubicada sobre uno de los recodos del Napostá.
      (117) Actual calle Vieytes, en Bahía Blanca.
      (118) Esta denominación se aplicaba tanto a los exploradores aborígenes, como a las avanzadas del ejército regular. Los bomberos iban delante para abrir camino e informar a los jefes de cualquier dificultad o cambio en las previsiones.
      (119) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (120) Catricurá (¨Alma de Piedra¨) más tarde comandó una de las columnas de guerreros mapuches en la decisiva batalla de San Carlos (1872). Antemil, jefe de la familia mapuche asentada en la ribera sur del Limay, proximidades de la actual San Carlos de Bariloche, ubicación que mantuvo hasta finales del siglo XIX. Cañumil era el yerno de Calfucurá, leal a su jefe hasta el día de su muerte.
      (121) Actual denominación de dos calles céntricas de la ciudad de Bahía Blanca.
      (122) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (123) Del informe suscripto por el Coronel Nicolás Granada, y que fuera dirigido a Bartolomé Mitre, entonces dueño y señor de la provincia rebelde.
      (124) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (125) La Unificación de Italia fue el proceso histórico que a lo largo del siglo XIX llevó a la unión de los diversos estados en que estaba dividida la península itálica, en su mayor parte vinculados a dinastías consideradas ¨no italianas¨, como los Habsburgo o los Borbón. Ha de entenderse en el contexto cultural del romanticismo y la aplicación de la ideología nacionalista, que pretende la identificación de nación y estado, en este caso en un sentido centrípeto (irredentismo). También se le conoce como el Resurgimiento (Risorgimento) e incluso como la Reunificación Italiana (considerando que existió una unidad anterior, la provincia de Italia, creada por Augusto en la antigua Roma (conf Wikipedia).
      (126) Luciani, Adrián. Testimonio recogido en ¨El peor de los olvidos¨, La Nueva Provincia, edición del 24.05.2009, cumplidos ciento cincuenta años del malón.
      (127) Luciani, Adrián, op cit.
      (128) Luciani, Adrián, op cit.
      (129) María Elena Ginóbili, Doctora en Antropología de la UBA, Profesora Principal de apoyo a la investigación CONICET en el Archivo de la Memoria-UNS.
      (130) Hermano de Sayhueque, Cayuqueo y Zumhueque. Primo de Yanquetruz, Chingolo y Manquiel. Sobrino del gran Cheuqueta.
      (131) No encontramos antecedentes de este Cacique salinero; probablemente haya error en el documento original.
      (132) Luciani, Adrián, op cit.
      (133) Hammerly Dupuy se refiere al informe suscripto por Granada, ya mencionado antes, y que transcribe a continuación.
      (134) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (135) Francisco Pablo De Salvo: ¨En el país del Diablo¨, Buenos Aires, Editorial Tor, 1936. La obra contiene tres relatos históricos que se desarrollan en la zona del estuario.
      (136) Hammerly Dupuy, Gabriel, op cit.
      (137) Luciani, Adrián, op cit.
      (138) Manuel Namuncurá nació en 1811 en territorio chileno, aunque se consideraba argentino por cuando decía haber nacido en la zona cordillerana del oeste neuquino, posiblemente en Pullmarí. Era el tercer hijo de Juan Calfucurá, fundador de la dinastía de los Piedras (Curá), y de la india Juana Pithrén o Pitrilef. Recibió el nombre de Mamún Curá (Carrón de Piedra), como su tío Antonio Namuncurá. Su infancia transcurrió en la región del Río Llaima, al pie del cerro Uyel Tué o Uyel Tre Mahuida, en los faldeos de la Cordillera de los Andes. En 1831 se estableció en tierra argentina, formando parte de la tribu llalmaché, a las órdenes de su padre, instalándose luego con los suyos en Salinas Grandes. Antes de Caseros cumplió funciones de embajador ante el Gobernador Juan Manuel de Rosas, participando en varios ataques y malones entre 1836 y 1852. En 1854 juró la Constitución Argentina en Paraná, siendo bautizado con el nombre de Manuel y contando con el padrinazgo del General Justo José de Urquiza. A este último visitó en el Palacio San José en agosto de 1858, integrando una embajada. Sucedió a su padre Juan Calfucurá, al frente de la Confederación Indígena.
      (139) José María Yanquetruz o José María Bulnes Yanquetruz, heredó el nombre del sucesor de Carripilún al frente de los ranqueles, aunque fue el jefe visible de la parcialidad tehuelche septentrional, pariente y aliado de los Catriel en tiempos siguientes a la caída de Rosas. Véase en especial ¨El Linaje de los Yanquetruz¨, de Rodolfo Magín Casamiquela, Textos ameghinianos – Biblioteca de la Fundación Ameghino, Trelew, 2007.
      (140) Casamiquela, Rodolfo Magín: ¨El Linaje de los Yanquetruz¨. Textos ameghinianos – Biblioteca de la Fundación Ameghino, Trelew, 2007.
      (141) Guinnard, Auguste ¨Tres años de esclavitud entre los Patagones¨, Buenos Aires, 1947. Existe también la edición de Editorial Universo, Buenos Aires, 1961, aunque con el título de ¨Tres años de cautividad entre los Patagones¨.
      (142) Historiadora e investigadora (Conicet) bahiense.
      (143) Algunas versiones recientes de los hechos han catalogado al Capitán Méndez como ¨sujeto de avería¨, aunque todavía no se dispone de fuentes que permitan justificar tal aserto.
      (144) Militar de la Independencia, puntano nacido en San José del Morro en 1796 y muerto en Buenos Aires en 1886. Fue Gobernador de su provincia, así como Vicepresidente (de Derqui) y Presidente Provincial de la Nación Argentina. Se ha conocido, en efecto, su correspondencia con el cacique Huilliche Calfucurá.
      (145) Vignati, Milcíades Alejo: ¨Un capítulo de etno-historia norpatagónica – José María Bulnes Llanquetruz¨. Academia Nacional Historia, Investigaciones y Ensayos 13, Buenos Aires, 1972.
      (146) Cox, G E: ¨Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia¨. 1862-62. Santiago de Chile, 1863.
      (147) Autor, entre otros textos, de ¨Historia de los españoles en Bahía Blanca¨, Edición del autor.
      (148) Denominación utilizada para designar a la persona que tiene la función de autoridad religiosa, consejera y protectora del pueblo mapuche. Debido a que actualmente es mucho menor la proporción de hombres que cumplen la función de machi, normalmente se describe al machi como una mujer mapuche.
      (149) Como antes sostuvimos, el kalku es también el brujo: hombre o mujer temido por sus poderes y por su capacidad de contectarse con los espíritus maléficos para ponerlos a su servicio. Actúa por cuenta propia, o bien por encargo de otras personas, las que a través de un pago desean vengarse de alguien provocándole daño. La acción de este agente se denomina genéricamente kalkutun, término que se utiliza alternativamente con kalku kutran, para hacer referencia a la enfermedad causada por dicho agente. Existen tres tipos de procedimientos o mecanismos de intervención utilizados por el kalku: üñfitun, mediante la manipulación mágica de prendas u objetos en contacto con la persona dañada; ilel, a través de comidas o bebidas, y sawün, mal causado sobre tierra y bienes. El kalku, como agente humano representa un rol contrapuesto al del machi (chamán mapuche), que es el encargado de la salud y bienestar de la comunidad y que se vincula con las deidades benéficas y con la Divinidad Suprema o Ngenechen. El papel del kalku no es asumido públicamente, sino que se mantiene oculto. De allí que cualquiera persona pueda ser acusada de ejercerlo (Si bien en teoría el rol de la machi es opuesto al del kalku, en la práctica, como siempre está presente en la polaridad bien/mal, la machi es la persona más susceptible de ser señalada como kalku). Fuente:http://www.geocities.com/rectaprovincia/ traf_myca.htm
      (150) Seguimos a partir de aquí las consideraciones de la Requisitoria Fiscal tendiente a condenar los delitos de les humanidad cometidos en el ámbito del 5to Cuerpo de Ejército, con base en Bahía Blanca. La ¨Requisitoria Parcial de elevación a Juicio¨ fue firmada por los Fiscales Generales Hugo Omar Cañón y Antonio Horacio Castaño, en expediente Nº 05/ 07, caratulado ¨Investigación de delitos de Les Humanidad, cometidos bajo control operacional del Comando del Vº Cuerpo de Ejército¨ y en él se dispuso: ¨… Que venimos a formular la requisitoria parcial de elevación a juicio de acuerdo a lo normado por los artículos 346, 347 y concordantes del Código Procesal Penal de la Nación (CPPN). La misma se formula respecto a Juan Manuel Bayón (…), Hugo Jorge Delmé (…), Miguel Ángel García Moreno (…), Jorge Enrique Mansueto Swendsen (…), Jorge Aníbal Masson (…), Mario Carlos Antonio Méndez (…) y Osvaldo Bernardino Páez (…)…¨. Dicha requisitoria, fundada en delitos cometidos más de treinta años atrás, fue fechada en Bahía Blanca, el 13 de abril de 2009. Con el encomillado, hemos destacado la actualidad que en pleno proceso militar habría de atribuirse a la convocatoria a Cabildo Abierto de 1810, dirigida a la ¨… más principal y sana parte de la población…¨.
      (151) Novaro, Marcos y Palermo, Vicente: La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática. Buenos Aires, Paidós, 2003. Citado en Requisitoria Fiscal del 13 de abril de 2009.
      (152) ¨Guerra de la Triple Alianza¨, mal llamada ¨Guerra del Paraguay¨ (1865-1870).
      (153) Conforme Requisitoria Fiscal del 13 de abril de 2009. En la misma se anota: que ¨la figura de la desaparición, como tecnología de poder instituido, con su correlato institucional -el campo de concentración y exterminio-, hicieron su aparición estando en vigencia las llamadas instituciones democráticas y dentro de la administración peronista de Isabel Martínez. Sin embargo, eran entonces apenas una de las tecnologías de lo represivo. El golpe de 1976 representó un cambio sustancial: la desaparición y el campo de exterminio dejaron de ser una de las formas de la represión para convertirse en la modalidad represiva del poder, ejecutada directamente desde las instituciones militares…¨ , conforme Calveiro, Pilar: Poder y desaparición. Campos de concentración en Argentina, Buenos Aires, Colihue, 2004. Asimismo, la fuente que seguimos destaca que la actividad clandestina ¨… adquiere formas estructurales, permanentes y propias de los órganos coercitivos estatales, como expresión paralela y complementada de la actividad del Estado totalitario que emerge como expresión supraestructural política…¨, conforme Duhalde, Eduardo Luis: El estado terrorista argentino, Ediciones El Caballito, Buenos Aires, 1983. Se remite también al trabajo de Guillermo Maqueda, quien propuso pensar la desaparición forzada de personas como un dispositivo de poder. Para ello recurrió al concepto de dispositivo enunciado por Michel Foucault en Saber y Verdad: ¨… lo que trato de situar con este nombre es, en primer lugar, un conjunto decididamente heterogéneo, que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones morales, filantrópicas (…) El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos…¨. Guillermo Maqueda: La desaparición forzada de personas como dispositivo de poder, en Izaguirre Inés (comp) Violencia social y derechos humanos, Eudeba, Buenos Aires, 1998.
      (154) Declaración del represor Vilas en causa 11/86 caratulada Causa artículo 10, Ley 23049, por hechos acaecidos en las Provincias de Buenos Aires, Río Negro y Neuquén, bajo control operacional que habría correspondido al Vto Cuerpo de Ejército. Fs 846-1031.
      (155) Este ¨Manual de Inteligencia Táctica¨ del Ejército Argentino, era entonces (1976) ¨documentación reservada¨.
      (156) Misma fuente (Requisitoria Fiscal del 13.04.2009), conforme Operaciones contra elementos subversivos (reservado), 1977.
      (157) Ídem anterior
      (158) EMGE, 17 de diciembre de 1976. Misma fuente que seguimos, citando Novaro, Marcos y Palermo, Vicente: La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática. Buenos Aires, Paidós, 2003.
      (159) Para los dos centros clandestinos de detención mencionados en primer término, véase también Alicia Partnoy: La Escuelita –relatos testimoniales- , Editorial La Bohemia, Buenos Aires, 2006.
      (160) Salvo los casos de La Escuelita y El Galpón, en los restantes se transcribió casi textualmente lo que apuntase la Requisitoria Fiscal del 13 de abril de 2009.
      (161) Requisitoria Fiscal ídem
      (162) Calveiro, Pilar: Poder y desaparición. Campos de concentración en Argentina. Buenos Aires, Colihue, 2004.
      (163) Mercado, Tununa: Reapariciones, en Izaguirre, Inés (comp): Violencia social y derechos humanos. Buenos Aires, Eudeba, 1998.
      (164) Levi, Primo: Si esto es un hombre. Buenos Aires, Muchnik Editores, 2005.
      (165) ¨… En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: -¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo? Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: -Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos. Él les dijo: Id. Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término…¨: Mateo 8, 28-34.
      (166) Los excluídos que en términos de Monseñor Jorge Bergoglio, son material de descarte, tirados en verdaderos volquetes existenciales. Homilía del 7 de agosto de 2009, Festividad de San Cayetano.
      (167) Zulma Raquel Marzquin, Pablo Francisco Fornasari, Juan Carlos Castillo y Manuel Mario Tarchitzky, víctimas de ¨la masacre de la calle Catriel¨.
      (168) Comprobar el apellido del militar que estuvo al frente del operativo que llevó adelante el asesinato de estos cuatro jóvenes, nos sobresalta. Es que en ese mismo año de 1976, nacía Félix Bruzzone, hijo de desaparecidos, hoy integrante de la nueva literatura argentina. Autor de 1976 y Los topos, entre otros textos.
      (169) Conocido cuadro de la ¨Triple A¨, que luego pasó a integrar las cúpulas de la represión militar. Se le asigna además el triste honor de haber sido cuñado del genocida Suárez Mason.
      (170) Requisitoria Fiscal, ídem.
      (171) Requisitoria Fiscal, ídem.
      (172) Magistrado judicial que fue denunciado como colaborador de la dictadura militar, y por ende encubridor de delitos de lesa humanidad, tales como torturas y enfrentamiento fraguados por el Vº Cuerpo de Ejército. Renunció en julio de 2005, a partir de una investigación periodística publicada por el diario Página 12. Tuvo destacada actuación en la intervención de la UNS, persecución y encarcelamiento de profesores universitarios. Varios de ellos relataron cómo Madueño y Sierra (su Secretario) los interrogaban en la misma comisaría donde eran torturados y les insinuaban que ratificaran sin leer las declaraciones tomadas por Alais, si no querían continuar en los calabozos.
      (173) Requisitoria Fiscal, ídem.
      (174) Requisitoria Fiscal, ídem.
      (175) La plaza 4 de setiembre de 1976 fue aprobada por ordenandas del Honorable Concejo Deliberante de Bahía Blanca y consta en el Expediente Nº 56 –HCD- 2006/e 1775 HCD – 2003, Ordenanza Nº 13699 del 28 de marzo de 2006 (autorizando plaza) y Ordenanza Nº 14173 del 14 de diciembre de 2006 (modificando el art 2, reseña histórica, de la anterior) y Decreto Intendente Municipal Interino Nº 348/ 2006.
      (176) Miguel Hernández, Con tres heridas yo: la del amor, la de la vida, la de la muerte.
      (177) Fraser, Nancy: Escalas de justicia, traducción de Antoni Martínez Riú, Herder, Barcelona, 2008.

      13 de julio de 2009

      ¿Por qué Shakespeare siempre nos parece actual?

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      "Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo,,,

      tanto como para entrar en él: todo es estar maduros. ”.
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      William Shakespeare escribió íntimamente convencido de que debía poner cartas arriba todas las crudas pasiones humanas. Era alérgico a todos aquellos antígenos que no tuvieran que ver con las relaciones de los personajes, con los conflictos en carne viva.

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      Nuestro querido Alfredo Alcón va en ese camino. Tal vez, nos quiera poner en alerta con un Rey Lear que nos muestra la multiplicidad del ser, de cómo los seres humanos se desdoblan y sus situaciones vividas (y buscadas) modifican su comportamiento.
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      De toda la obra de Shakespeare, Lear es el personaje más complicado y el que contiene los elementos más densos acerca de la condición humana. El más sibilino y contradictorio de todos. Nadie pudo aún decir cuál es la propiedad esencial de su talante. Es casi inclasificable. Si nos fijamos de cerca, el Rey Lear puede expresar una reflexión sobre la vanidad, sobre el poder, sobre la codicia, sobre la lealtad, sobre la piedad, sobre la vejez, etc. Sin embargo hay una ponderación sobre cada una de ellas y sobre todas a la vez. Es un personaje con un sino plural.
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      Y éste es el desafío más grande que tendrá Alfredo Alcón sobre la escena: resolver en un mismo escenario la diversidad de sentimientos y turbulencias de los seres, que a medida que avanza la obra, van surgiendo como desde la profundidad de una caja china para enturbiar el raciocinio.
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      La genialidad de Shakespeare es haberse parado en un punto equidistante, pero a su vez unificador, de todas las pasiones del hombre.
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      ¿De qué trata la obra? No lo sabemos.
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      La humanidad se ha mirado a sí misma infinidad de veces y aún no sabe de qué materia está hecha ella misma.
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      Quizá Alcón también esté a la búsqueda de esa alegoría.
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      No es cosa menor ayudarlo.

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      En su texto original de 1623, “El Rey Lear” empieza como un cuento de hadas y termina como una desesperada tragedia donde se enfrentan la inocencia y el crimen, el amor y el odio, la riqueza y el despojo.
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      El anciano rey de Bretaña quiere retirarse y dejar la dirección del reino para poder vivir tranquilo sus últimos días. Para ello decide repartir sus posesiones entre sus hijas y ponerlas a prueba, en la medida en que cada una de ellas le demuestre su afecto y le exprese cuánto lo ama.
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      Las dos mayores se deshacen en ostentosas demostraciones de falsa retórica y le dicen al padre lo que éste quiere oír, no lo que ellas sienten. Cordelia, llena de sentimientos nobles, abrumada por tanta hipócrita elocuencia, responde austeramente, dice: “Amo a mi padre según el deber, ni más ni menos. No tengo más nada que decir”. Entonces Lear, creyendo que su discurso es pobre, en un arrebato de furia, la deshereda diciendo “nada es igual a nada”, y la entrega como su esposa, sin dote, al rey de Francia, para no desear verla nunca más. Y divide el reino entre sus dos hijas mayores, Goneril y Regan, con la condición que, en adelante, le brinden hogar y escolta (cosa que ellas nunca cumplen).
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      El conde de Kent, que ha presenciado la escena, intercede por Cordelia a la que cree injustamente tratada por su padre. Pero esta acción le costará el destierro a Kent.
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      El Rey Lear en vez de entregar el poder a los mejores, lo entrega a quienes lo adulan y le prometen fidelidad. Su contradictoria actitud de no ofrecer a su hija menor lo mismo que a las otras, viéndose así determinado por lo personal-pasional, lo lleva a la cultura medieval y no a la llegada niveladora del dinero capitalista. Su pasado pleno de injusticias le impide ser magnánimo.
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      Goneril hospeda a su padre pero decide quitarlo de en medio despidiendo a los 50 hombres del propio rey y ordenando a su servicio que lo traten como estorbo.

      Sintiéndose desestimado, Lear va en busca de su segunda hija Regan y el esposo de ella por quienes es igualmente maltratado. Entonces es obligado a vagar sin techo en medio de una tormenta, con la única compañía de su bufón y la del fiel conde de Kent, mientras va creciendo en él la locura por haber perdido el amor de sus hijas.
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      Cuando el rey abdica y se retira es despojado por sus hijas mayores. Allí se despiertan todas las ambiciones políticas. Entonces Lear se enfrenta con la crudeza de todo aquello que es capaz de ocultar el elogio interesado: la mentira, la falsedad, la traición.
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      Aparece la locura, como resultado de la alteración de la lógica humana, mientras la tormenta acelera el estado de conciencia de Lear, convulsiona su mente, porque se siente vocero portador de los fenómenos naturales. Sin embargo, no es la naturaleza, sino los propios hombres los que engendran la crueldad, la estupidez y el absurdo de la condición humana.
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      Otro vasallo, el consejero del reino Gloucester, a su vez vive un drama simétrico al de Lear, ya que su hijo no legítimo Edmond, lo convence con patrañas que destierre a Edgar, su hijo reconocido legalmente. Entonces éste se convierte en un mendigo ermitaño y termina encontrándose en una choza del desierto con Lear, el bufón y el duque de Kent.
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      Estalla la guerra civil con su inexorable secuencia trágica y sin posibilidad de detenerla.
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      Gloucester parte en busca de Lear para pedirle que se reúna con el rey de Francia. A la vuelta es sometido a un interrogatorio por Regan, su esposo Cornwall y, furiosos le arrancan los ojos.
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      El simbolismo de la ceguera: se puede ver el mundo sin verlo. Pero sin ojos se puede ver la marcha del mundo.

      Uno dice: “¡Qué mundo! Un loco conduciendo a un ciego”.

      Lear: “No puedes ver nuestro camino”.

      Gloucester: “No sigo camino alguno. No necesito de ojos, tropecé cuando veía”

      Lear: “Los humanos somos moscas, pero los dioses nos cortan las alas”.
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      Un sirviente defiende a Gloucester y mata a Cornwall, dejando viuda a Regan, quien luego intentará ganarse para sí a Edmond.
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      Se desatan las intrigas y las peleas salvajes entre todo el reino y mientras esto ocurre un soldado comunica que Goneril había envenenado a su propia hermana Regan, y luego se había dado muerte ella misma.
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      Cordelia, quien manifiesta un amor capaz de redimir el mal por el bien, vuelve con un ejército francés para rescatar a su padre, pero es ahorcada por orden de Edmond, quien a su vez es muerto por Edgar.

      El mal no se destruye a sí mismo.
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      El bufón, leal, acompaña a Lear hasta sus últimos momentos, pero lo incrimina constantemente. Le dice: “¡Cuánto te pareces a tus hijas malas! ¡Ellas me azotan por decir la verdad, y tú me quieres azotar porque miento! Y a veces me azotan porque guardo silencio. No me gusta nada ser bufón, pero menos me gustaría estar en tu lugar. Mordisqueaste el sentido común por ambos lados y no dejaste nada en el medio”.
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      El bufón no padece de las presiones de la ambición o la venganza. Asume la libertad de decir lo que quiere. Le señala a Lear la insensatez de su repudio a Cordelia.
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      Ese bufón que aparece y desaparece sin que se sepa bien por qué, es uno de los personajes más enigmáticos. No tiene como Sancho Panza rusticidad en las manos, ni pretende gobernar reinos imaginarios, sólo se limita a hablar. Como Sócrates. Como el coro griego. Le dice: “Eres un falso juez”.
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      Tal vez, el bufón sea la conciencia crítica del propio Lear, que intenta bajar del pedestal para comenzar un reencuentro consigo mismo.
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      El rey sin trono y miserable, dice: “Cubre con oro el crimen y la palabra de la justicia se romperá. Ponte harapos y la atravesarás con una escasa navaja”.
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      Lear, tardíamente, intenta revertir el uso de la palabra retórica como mecanismo desvirtuador de la realidad. Conoce en su pasado la corrupción del lenguaje, convertido por el poder en un instrumento de astucia y persuasión falaz, más que en un vehículo de verdad. Los perversos de Shakespeare no sólo hacen mal, sino que se valen de un convincente talento retórico que intenta crear un mundo de sospechas, conspiración y espionaje.
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      Lear se arrepiente. Crece en él el enigma de la lucidez final: “No existen pecadores. Yo los absolveré a todos”.
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      En efecto, el que observa, se lleva la impresión de que en un mundo miserable, no puede haber pecados menores. Y donde TODO es pecado, el pecado no existe.
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      Lear lleva en sus brazos el cadáver de Cordelia y, ante todos, llora por sus penas, se arrepiente. Azotado por la locura y el dolor, finalmente atraviesa las arenas sombrías del destierro hacia su reparadora muerte.
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      “Quítame las botas… Desabróchame aquí…”

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      Juan Disante

      Argentina

      Invierno / 2009

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      "El rey Lear" se estrena el 18 de Julio en el Nuevo Teatro Apolo, dirigida por Rubén Szuchmacher y con el siguiente elenco: Alfredo Alcón, María Zambelli, Joaquín Furriel, Juan Gil Navarro, Roberto Carnaghi.

      Estreno: 18 de julio en el Nuevo Teatro Apolo. Av. Corrientes 1372, Buenos Aires, Argentina.


      8 de julio de 2009

      Aliento americano


      Nueva poesía mexicana: Marlene Pasini

      LEJOS DESDE LA NOCHE

      para Taby

      In memoriam


      Vuelves rondando caminos invisibles,

      el viento es la patria que te arrulló con sus alas de indulgencia,

      arrecifes de aire para el mar que estrella su lamento

      sobre la noche de tu sueño.


      Gravita niebla, su resplandor contra tu rostro,

      el cristal donde vislumbras el fondo del ayer,

      los restos de un tiempo sin tiempo en el temblor de tus visiones.


      ¿Qué murallas derriba tu voz en el sigilo de la noche?


      esa distancia que cae como un telón entre el vacío y la memoria

      ardiente de los días.


      ¿Qué emisaria luz convocas desde el jardín insomne, bajo las piedras

      que resguardan el color de las eneidas?


      Semejante a rumor de fábula,

      creciente llama en el umbral desierto,

      te miras en un espejo de humo

      y eres el humo mismo que arde al otro lado del inmenso túnel;

      vértigo con sabor a pálida marea,

      agua muda donde anclaste el árbol de tu misteriosa sombra.


      Pides al alba que desgarre su luz

      donde la soledad es el rito acostumbrado

      bajo el polvo de los siglos,

      bebes tu copa de miedo bajo la sal de los augurios,

      el aposento más oculto entre la urdimbre que maquina el destino.


      Y llegaste poco a poco a fundirte en el silencio,

      a ser la brizna que golpea indiferente,

      un cuerpo de bruma sumergido en su Orión de seco escalofrío,

      con tu mañana envuelta en burbuja inmóvil,

      último eco de arena pasajera.


      Pesa en ti la estación de la nostalgia,

      la demencia gris de la tormenta pudriéndose en la boca oscura de la tierra.


      ¿A quién le clamas por este abismo?


      Canto mutilado de cuervos que horadan el profundo cielo.


      OBSIDIANA

      Olor a niebla

      disuelto entre mis manos.

      Extraña sombra

      desdoblando sus contornos.

      Erosión mineral del tiempo.

      Ignoro

      la sucesiva escritura de la noche,

      su altitud de universo disgregado.

      Soy apenas murmullo

      en la eternidad del vértigo.

      Esta penumbra:

      diluvio de obsidiana