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Una idea central
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Corrida al país de los manzaneros
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del sorprendente cuentista Esteban Thomasz
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Cuarteto para Cuerdas
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Últimos poemas
(Recuerdos de Montegrande, Valle del Elqui)
Dos poemas de Primo Levi
30 de agosto de 2009
Despenalización del consumo de drogas:
12 de agosto de 2009
Entre malones y malocas (*)

Yo soy Caupolicán, que el hado mío
Pero daba igual. Para Sarmiento y para tantos otros personeros de culturas coloniales, eran tan salvajes y repugnantes los chilenos como los orientales llanistas, los pehuenches como los huilliches, los borogas como los manzaneros, los tehuelches como los ranqueles, los pampas como los guaraníes… ¨… ¿Lograremos exterminar (a) los indios? (…) Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado…¨(4).
Ese mismo odio lo replicaba Samiento en los gauchos: ¨… Tengo odio a la barbarie popular… La chusma (5) y el pueblo gaucho nos es hostil… Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos (…) El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden… Usted (le dice a Mitre) tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas…¨ (6). Sobre todo, de las gentes del interior, porque ¨… en las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor…¨(7).
Fue en una de las frecuentes cartas que Sarmiento enviaba a Bartolomé Mitre, que por primera vez se deslizó la idea de regar la tierra argentina con sangre aborigen y gaucha. Porque eran cada vez menos: ¨… Se nos habla de gauchos (…) La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos…¨ (8). ¿Y por qué derramar sangre nativa? Porque ¨… es necesario emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación ninguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre…¨ (9).
Expresiones éstas que recuerdan tantos momentos tristes de nuestro país. Denotativas de un ideario sin retorno, que en su aplicación concreta motivó dos genocidios nacionales. El de los primeros años de existencia nacional, y el de los setenta. Lamentablemente, la nuestra es una historia de salvajes criterios militares, de políticas inmisericordes, de muerte y desencuentro. Fueron excepción la reorganización, el pensamiento constructivo, la industria. La independencia argentina, mientras tanto, hoy continúa siendo un pretencioso deseo o un proyecto de difícil realización. No sólo para Argentina; otro tanto cabe considerar para el resto de indoamérica.
En el estuario de los bajos anegados las reglas impuestas a la sobrevida de naturales y ocupantes concentraron una mayúscula impiedad. Tanto en los años siguientes a la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina como mucho después. ¡Tan difícil resultaba sobrevivir o al menos vivir en paz y armonía que se lo consideró ¨país del diablo¨! También en los orígenes del movimiento obrero al alborear el siglo XX. Y finalmente, al plantarse campos de concentración, tortura y exterminio a cargo de verdugos de aire, mar y tierra. ¡Han instalado una ¨escuelita¨ en Bahía Blanca, para educar a tanto díscolo, revolucionario y subversivo…! ¡Una escuelita en la que poner a germinar al ¨padre del aula¨! Tanta violencia ha difundido la ideología liberal sarmientina.
Nuestra tierra arenosa, escasamente fértil, debía regarse con empeño feroz. Era imperioso fertilizarla con sangre criolla. ¡Pero mucho más que eso! Resultó imprescindible fundar infiernos para quemar con encono y lentamente tantas almas indignas de participar en las primeras comunidades del estuario. ¿Por eso fueron estas tierras dominios del demonio? Y otro tanto nuestros tehuelches septentrionales, que resistieron suponiendo que conjuraban al gualicho sólo con eliminar a los invasores. Infierno cristiano contra infierno indígena. ¿O no era infierno el de los indios? ¿O acaso se resolvían los enconos echándoles culpas y endosándoles responsabilidades a los misioneros católicos, ¨inventores¨ del infierno?
Cuestión compleja en grado sumo, que será menester investigar profundamente. Por lo menos disponer su análisis. Es que la verdad está distante todavía: una densa niebla cubre códices, diarios y memorias.
1. Marismas y arenales
En el número 109 de la Revista Geográfica Americana (10), correspondiente a octubre de 1942, puede releerse con apreciable interés el artículo de Daniel Hammerly Dupuy (11) Los últimos malones sobre el país de huecubú. Y esta tierra y paisaje de marismas y arenales, a los que corresponde el texto de Darwin con el que epigrafiamos la primera parte, este ámbito francamente endemoniado, es exactamente el territorio del sudoeste de Buenos Aires, entre Punta Alta –trasponiendo Bahía Blanca por el oeste- y el curso del río Colorado, en cercanías del actual Pedro Luro.
A priori será necesario distinguir entre la denominación que a estas tierras aplicaron sus hijos, naturales de ellas, tehuelches araucanizados o pampas, y la que en 1942 aprovechó Hammerly Dupuy para retratar la brutalidad de los últimos malones que asolaron la Fortaleza Protectora Argentina. Aunque en ambos significados se advierta claramente el extravío, la confusión, el caos o desequilibrio natural que transmite el ya citado texto de Darwin.
Este país, la vecindad del segundo estuario argentino en importancia, fue bastante parecido al infierno en opinión de muchos. En realidad, y siendo tierra pisada por los demonios de etnias invadidas e invasoras, la visión de esta comarca se habrá acercado quizás a algunas de las versiones del infierno que podemos discutir. Al menos -¡y bastaría con ello!- fue ámbito para la demonización del tehuelche septentrional, o del borogano, o del pehuenche, o del huilliche, o de sus diversos mestizajes. Ocupantes e invadidos, aucas y huincas, avanzaron en una misma dirección intelectual al asignar a su oponente el múltiple rol de desequilibrante de la naturaleza, destructor del tejido social, tergiversador moral y profanador de las raíces místicas.
Durante casi dos siglos se sucedieron malones y malocas. Aunque sus hitos relevantes sean 1859 con La Hoguera del escarmiento y 1976. En este último año comenzó a funcionar el Centro de Detención, Tortura y Exterminio de Personas conocido como La Escuelita.
¿Qué y por qué se decía de la tierra regada?
Roberto Jorge Payró (12) apeló a Bahía Blanca como pago chico. Hizo así de sus vicisitudes políticas ominosas, trágicas y grotescas, la metáfora del país. Casi un siglo después, tras la última dictadura, Guillermo Martínez, un joven estudiante de letras bahiense, definió a la ciudad como un infierno grande. Entre Ambos, Eduardo Mallea (13) la recordaría melancólicamente como La Bahía del Silencio. Después, cuando Ezequiel Martínez Estrada (14) eligiera la ciudad como sitio de un ostracismo resistente a los embates del peronismo, conocería Bahía Blanca nombres cargados de un halo de pesadumbre crítica. Ciudad de grandezas improvisadas, triste como un obrero, escribió en 1910 Enrique Banchs (15) sentado en un banco de la Plaza Rivadavia. Roberto Vaca (16), con aires despectivos, rebautizó a Bahía Blanca a comienzos de los setenta como La Chacra Asfaltada.
¨… En definitiva, modulaciones que van desde la piedad con que se mira la querencia, al designio teológico y funesto que remiten a su primer nombre. Porque Huecuvú Mapu –Tierra del Diablo- fue la denominación primigenia dada por sus habitantes originales, cifrando sus dilemas con una maldición que, a sus paisanos posteriores, les propone el desafío de redimirlas. Y esas sombras terribles pesan hoy sobre el quehacer cotidiano como una pesadilla a conjurar. De no ser así, se hará realidad la profecía que escribiera Jorge Luis Borges en su Utopía, en la que imaginó a un arqueólogo del futuro azorado por la pérdida de la Argentina: A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve ocasión de explorar, no se ha perdido demasiado, escribió…¨ (17).
¿Un hogar para demonios?
Como solía suceder en la cultura de fronteras, no siempre existió una única entidad o individuo por cada nombre o denominación. El wecufe, también conocido como huecufe, wecufü, watuku, huecufu, huecubo, huecubu, huecuvu, huecuve, huecovoe, giiecubu, güecubo, güecugu o uecuvu, era una espíritu dañino de la mitología mapuche. Y a un eventual doble significado conforme la atribución fuera de naturales u ocupantes, se agregaban –como puede apreciarse- multitud de apelaciones. Nótese, claro, que acreditándoseles una raíz lingüística común.
Para la mitología mapuche, el concepto de wekufe era amplio y presentaba múltiples usos, ya fuera como sujeto, cualidad o agente, dependiendo aquellos del punto de referencia o situación desde los que se atribuía el nombre. Generalmente era usado como genérico de seres míticos dañinos para el humano. Se refería a entidades vivientes materiales, sutiles o extracorpóreas, proyectadas o provenientes de energías wekufes; energías éstas que se caracterizaban por su tendencia perturbadora o destructora del equilibrio existente entre el mar y la tierra (18). Por todo ello, causantes de enfermedades, destrucción y muerte para el mapuche.
Por este general carácter que vinculaba al wecufe con el mal, se lo asoció al gualicho (19), y hasta al concepto de dáimôn (20) de los griegos. Con la llegada de los ocupantes europeos a América, comenzó a asociarse a los wecufes con el diablo, los demonios, las fuerzas del mal o diabólicas. Verdadera confusión que cambió el concepto del wecufe, incluso para el propio pueblo mapuche.
En las leyendas aborígenes, los wecufes provenían del minchenmapu (21), lugar ubicado al oeste y fuera del mapu (22). Se habían originado en las fuerzas o energías perturbadoras o destructoras del equilibrio, y a diferencia de todo ser viviente o espíritu que disponen de alma propia, los wecufes no poseían ánima. Su llegada al mapu se produjo por culpa de la antigua batalla que libraron los espíritus pillanes (23); ella provocó que el admapu (24) fuera quebrado y que todo lo bueno y beneficioso para el mapuche, la wenumapu (25), fuera revuelto y con eso cesara su perfecta armonía. La batalla había alterado también el minchenmapu, por lo que los wecufes y los laftraches (26), que hasta ese entonces habían estado confinados en el mundo exterior, pudieron escapar y desde entonces recorrieron el mapu y habitaron en el magmapu (27). Entre estos wecufes, los más conocidos fueron el trelke-wecufe o cuero (28) y el canillo (29).
Se sostuvo que algunos wecufes permitían ser manipulados por los kalkus (30) o hechiceros, para que se los utilizara como medio místico de obtener poder y para enfermar y matar a otras personas. Por eso se decía que el kalku poderoso heredaba el espíritu wekufe de un ancestro que también había sido kalku, resultando entonces sirviente de los wekufes. Para enfermar, el kalku hacía que el wekufe se introdujera en el cuerpo del enfermo, generalmente a través de algún pequeño fragmento de madera, una paja, aún de una lagartija, o directamente mediante el ataque como entidades vivientes sutiles o extracorpóreas que proyectaban energía wekufe del desequilibrio (31).
Otro viajero, D´Orbigny (32), éste procedente de Francia, se aplicó a conversar con los indígenas de las pampas y del norte patagónico. Supo que era difícil sacarles más de dos o tres palabras. Esto –dijo- ¨… no es una prueba de timidez (…), sino de indiferencia o de orgullo porque ninguno de esos hombres libres deja de creerse por encima de los cristianos, a quienes desprecian…¨(33).
Es que el desequilibrio en la visión de los originarios, era ocasionado por el huinca (wuinca, u hombre blanco). ¨… Debía haber entre los indios una gran ceremonia, una conjuración solemne del Anchekelzat- kanet de los patagones, el gualichu de los puelches y el quecubu de los araucanos, reverenciados por todas las naciones de esa región austral, y sucesivamente genio (d)el mal o (d)el bien. Así, cuando experimentan alguna indisposición, entra en el cuerpo del enfermo… Cuando pierden algo, es la causa de la pérdida… Pero si, en revancha, les sucede algún acontecimiento feliz, es a él a quien tienen que agradecérselo. Sin embargo, el mal puede más que el bien, lo que hace que lo teman más de lo que lo aman y todos sus conjuros tienden a impedir que ese genio (d)el mal contraríe sus deseos; por eso no salen por la mañana de sus tiendas antes de arrojar algo de agua al aire para que la jornada sea feliz, y realizan ceremonias por la menor cosa…¨ (34).
A D´Orbigny le llamó la atención la ingenuidad y el laconismo de las respuestas que los indígenas daban a sus inquietudes. También se sorpendió de la facilidad con que los hombres ¨llamados salvajes¨ aprendían las lenguas americanas; claro que, por el contrario, ¨les es difícil introducirse en la cabeza del conquistador del Nuevo Mundo, lo que proviene, sin duda, de la gran diferencia que existe en las formas gramaticales, entre las (lenguas) americanas y las (lenguas) derivadas del latín…¨.
Nada más lejos que el mundo cristiano para estos hombres agredidos (¡eran hombres!), a los que se escamotearon las tierras, la lengua, la cultura, la salud y hasta hijos y mujeres. Todo lo que era en ese sitio antes ignorado, por el solo hecho de ¨ser¨, fue posesión y dominio del español y de sus hijos americanos puros (queremos decir, por supuesto: no mestizos).
En sus expresiones marcaron la distancia cósmica que los separó de los invasores u ocupantes. ¨… Un indio, al hablarme de su mujer mala y chismosa, se expresaba así en español: brava como ají, y todo lo que me contó era del mismo sabor. Otros, al referirme el poder del gran jefe de los patagones, decían de esta manera: cacique grande como tierra larga. Para hacerme comprender que habían bebido mucho, decían: beber largo como lazo, porque para ellos la mayor medida de longitud (era la de) esa arma de caza, familiar en el país. Nunca dicen que un indio es pobre; se contentan con decir que es feo, porque de acuerdo con su forma de pensar nada es más feo que la miseria. Acusan a las personas falsas al hablar de tener dos lenguas, mientras que la falsedad en acciones la expresan diciendo que tiene dos corazones. Así, un cacique habíamos enviado en delegación para sondear las intenciones de una tribu de patagones, acantonada en los altos del Río Negro, nos dijo para expresar (se) que los jefes eran de buena fe: cacique todos corazón dos no tener, uno, no más. Para decir que un indio es perezoso manifiestan: corazón de pulga, mientras que comparan al hombre bueno y corajudo al animal más fuerte. Así, después de la conquista, decían siempre: corazón de toro, representando la fuerza con una carreta con su yunta de bueyes. Para expresar que han residido en un lugar, usan el verbo sentarse; dicen así que tal nación se ha sentado en tal lugar (35). Un indio que me refería un encuentro entre el cacique Negro, uno de los jefes de los puelches, con los patagones, me decía, para manifestar que tenía miedo, que sus espuelas temblaban…¨(36).
¿Pero dónde se ocultaban los demonios bahienses? Cuando Darwin navegaba por las imprecisas márgenes del estuario, viendo más las cosas en el aire que sobre el horizonte, confundiendo el barro con el agua y el agua con el barro, podría decirse que se encontraba en medio de la confusión, la extrañeza, la angustia y el extravío. ¿Atacado por los huecubúes ocultos en los cangrejales, o bajo el agua barrosa? Probablemente su sensación fuera similar al más puro y primitivo terror de los jinetes del neolítico pampeano.
Es que exactamente en tales circunstancias se dijo por primera vez que éste era el país de huecubú, o antes bien de los wekufes, por no volver a confundir al gualicho –que es uno- con los espíritus dañinos de la tradición mapuche, que son diversos.
¿Ocultos en el lodazal (37), en esta auténtica marjal (38) que extiende la humedad marítima muchos metros tierra adentro? ¿O entre cangrejales (39) y marismas (40), activos y cambiantes como crustáceos? Al menos, así lo veían los araucanizados pobladores originarios de la tierra. Y nos apresuramos entonces a explicar el origen del mote que mereciera la tierra de marjales y marismas, o país del huecubú. Eran constantes las pérdidas de vidas indígenas que, con cabalgaduras incluidas, eran sorbidas por las arenas movedizas.
Razón por la que los ocupantes europeos y sus descendientes criollos evitaban ataques de las indiadas andando por los bordes de las marjales, y entrando a ellas si era necesario cuando se les aproximaban los salvajes. Por seguro tenían que los nativos no pisarían el espacio ocupado por los wecufes. Y por experiencia sabían que ni siquiera se acercarían a estos lodazales. El propio Darwin relata que por estos tortuosos senderos debió arribar a Bahía Blanca, después de escuchar un cañonazo con el que la guardia de la fortaleza indicaba la presencia de indios merodeadores.
Este tema de las tierras bajas, de humanos con cabalgaduras gravitando al fondo de las arenas movedizas, de malones esquivando los lodazales y de malocas empujando aucas a los pantanos, nos pone en presencia del significado divino de las tierras altas para la tradición judeo cristiana y del infierno tan próximo a las hondonadas o bajos. Y que quede claro, para los habitantes del estuario las tierras altas o casuatí (41) estaban a por lo menos dos días de marcha montada.
Porque si en algún lugar residen (o se sientan) los demonios con sus legiones es en el infierno.
Geografía infernal
No demasiado lejos de Bahía Blanca, en el sudeste de Río Negro, se encuentra El Bajo del Gualicho, una enorme depresión cuyo punto máximo alcanza los setenta y dos metros bajo el nivel del mar. Allí se encuentra una gran salina con reflejos blancos o rosados, originada por un antiguo mar cristalizado que cargaría sobre sí nada menos que trescientos millones de años de antigüedad (42).
¨… Dicen que una chica se metió al Bajo del Gualicho y se perdió. Ni rastros de ella encontraron. Nada. Nada. Se perdió cuidando ovejas. Porque antes se cuidaban los animales a pie. No había caballos. Cuando yo era chica no teníamos caballos. Después mi padre tuvo capital y los compró en Río Colorado. Llevó tejido, sobrepuesto, matra y los cambió (43).
Se perdió la chica. Después dicen que la encontraron petrificada arriba de un banco de sal. Los que la vieron se asustaron y escaparon. Fueron a avisar al padre y a la madre, pero cuando regresaron a verla ya no estaba. Ni rastros hallaron. Dicen que nadie podía llegar allí. Corría viento y llovía. ¡Un temporal! La chica no apareció más. Tenía que ser el gualicho. Eso contaron por ahí.
Tierras bajas o khapedec, que el tehuelche septentrional tradujo como donde está hondo, es decir, bajo, hondonada. Le parece a Casamiquela que este vocablo está relacionado con kapjia, que expresa dichos conceptos o ¨… quizás (es) una mera deformación de kapjia a atek –tierra o campo deprimido-, contraído en kapjiatek y que a él (a Claraz) pudo haberle sonado kapahtek…¨. La depresión conocida como Bajo del Gualicho, o Gran Bajo del Gualicho, Gayahoaya-tschacatsch en la escritura de Claraz, que depurada resulta Gayau a ch´akach, denominación literal, o Gayau a ahwai, casa del gualicho, está así recogida por Harrington y por Casamiquela. Francisco Moreno utilizó la denominación araucana Epehuén geyú, es decir, Epewén ngëyeu: allí es gualicho (44).
En las relaciones de viaje del suizo Georges Claraz se consigna otro sitio vinculado a los infiernos norpatagónicos. Se trata de El Paso de Chocorí, citado también por Francisco Pascasio Moreno (45) y por Tomás Harrington (46). Sitio éste al que los tehuelches denominaron Gayawa Yawusawu, algo así como natatorio del diablo, denominación jocosa dada por los connaturales del cacique Chokori (47) obligado a echarse al agua para salvar su vida ante el ataque de tropas nacionales pertenecientes a la avanzada de Rosas (48).
En las tierras bajas del estuario crecen jarillas (49), piquillines (50), sauces (51), chañares (52) y caldenes (53). Y por supuesto, también los conocidos tamariscos (54) que se extienden a lo largo de las costas y van atando las primeras líneas de médanos. De todos ellos, algunos autores (55) refieren al caldén vinculado al gualicho porque los indígenas solían colgar bolsitas en las ramas de estos árboles, con pedidos para conjurar las adversidades o para conseguir protección ancestral. En las salinas chicas, al extremo noroeste del Partido de Villarino (56), existe un valioso bosque puro de la especie. ¨… Tiene el caldenal la estirpe rankel dibujada en su corteza. Demasiada sangre fue la que trocó a monte y pueblo en postergación y desesperanza, y convirtió en desierto al otrora viejo mar que devino en ramas, salitral y río cercano, donde se presagia todavía un ocre verdeado…¨(57). Pero el caldén supera la tradición diabólica, ya que mucho más importante ha resultado su prodigalidad para el caminante extraviado. Este árbol es, en efecto, un gigantesco sistema de vasos comunicantes que ofrece al desfalleciente sediento un oasis reparador.
No hay dudas de que el bajo debió ser terrorífico para los indígenas ¨no iniciados¨ (61); fue denominado ¨pelado¨, ¨desnudo¨, por Claraz, correctamente ssëkssék en lengua tehuelche septentrional. Después, el mismo autor distingue el bajo de la Salina del Gualicho, y estima probable que esta salina sea la que Claraz divisó a lo lejos a su izquierda, en su tránsito tortuoso rumbo a Valcheta (62).
Y finalmente, fíjese qué casualidad, Bahía Blanca nació para apoderarse de las salinas. Desde que Bernardino Rivadavia concibió allí una ¨segunda Buenos Aires¨(63), hasta que Juan Manuel de Rosas (64) concretó su fundación, la finalidad de Bahía Blanca fue servir como puerto accesible, proveedor del principal insumo de los saladeros porteños. Más próximo, claro, que Nuestra Señora del Carmen de Patagones, y posiblemente de más sencilla custodia. Así, desde 1828, la Fortaleza Protectora Argentina fue un hito en la ruta de la sal, punto desde el que se partía o al cual se llegaba; origen y destino.
Las Salinas del sudoeste de la provincia de Buenos Aires (chicas, en los Partidos de Puán, Adolfo Alsina y Villarino) y del sudeste de la provincia de La Pampa (grandes), son un conjunto de pequeñas depresiones, generalmente circulares, debidas a hundimientos tectónicos (65). Estos hundimientos originaron lagunas temporarias, que al desecarse generaron salares (salinas y salitrales) de dimensiones medianas. Las salinas bonaerenses y pampeanas son de muy menor magnitud si se las compara con las Salinas Grandes de Córdoba y provincias aledañas. Las grandes del sur alcanzaron importancia desde mediados del siglo XVIII y hasta finales del siglo XIX, cuando se gestó el circuito comercial que acabamos de denominar ruta de la sal. Se trató del asiduo tránsito de carretas que transportaban planchas de sal, las que servían a los saladeros ubicados en la ciudad de Buenos Aires (66).
Las salinas dividieron. Codiciadas por los españoles y después por los criollos. Defendidas por sus auténticos titulares, militarmente ocupadas por los boroganos y después por el propio Calfucurá, forzando la negociación con Buenos Aires. Demoníaca codicia de Buenos Aires; diabólico conjuro de los indígenas –fueran mapuches, ranqueles, pampas, tehuelches septentrionales o huilliches- para impedir el avance huinca. Sólo Rosas pareció contenerlos.
En los bajos, en las marismas, en las salinas. ¿Estaban allí los infiernos? ¿O los demonios transformaban en infierno cada uno de sus asientos? ¿Y quiénes eran los demonios? ¿Los indígenas sólo interesados en conservar, o los militares muy preocupados por ocupar territorio y cambiar rápidamente sus estándares económicos personales?
2. En los mismos infiernos
En la Fortaleza Protectora Argentina, advirtió el inglés itinerante, los soldados tenían aspecto fiero, de una fiereza –pensó- aún mayor que la de los salvajes a quienes tanto temían. En esta apreciación no se incluía seguramente a los jefes militares. ¿Pero cuáles temían a quiénes? ¿Quiénes respetaban a cuáles? ¿Era éste el infierno tan temido? Sabido es que cuando se acerca la indiada y suena el cañonazo de advertencia, estos pobres perros abandonados sienten que el infierno se les viene encima, que no hay tierras altas donde guarecerse, que sólo queda hacerles frente y sentir la mordedura de esas dantescas y tan temidas flamas. Y entre tanto, los hijos de la tierra, arrojando la caballada a la mayor velocidad de choque, llegarán pensando en liquidar de una buena vez y para siempre el peligro del gualicho enseñoreado en el huinca, en cada pie invasor y destituyente.
El temor al infierno es muy parecido a su negación. Ignorar el infierno y desconocer La Palabra son una misma cosa. La Palabra de Dios, se sabe, es eterna. ¡Como también es eterno el infierno! La palabra humana es finita, incompleta, mortal por naturaleza, queda comprometida en las llamas del averno: ¨… Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos…¨(67). La cuestión convocante –malones y malocas- viene obligándonos a razonar y distinguir estos temas del averno, de las tierras bajas y de las tierras altas. ¡Cómo madecirían desde los muros los fortineros bahienses al divisar la polvareda que denunciaba un nuevo ataque!
Ha de sostenerse que el infierno (68) es el lugar donde, después de la muerte, son castigadas las almas de los pecadores. Para nosotros, los católicos, el infierno es todo lo que llevamos dicho y, además, una de las cuatro postrimerías del hombre (69). Aunque a veces no se lo considere un lugar sino un estado de sufrimiento.
Gráficamente es el sitio donde el gusano no muere (Marcos 9, 47-48), preparado por el diablo y sus ángeles, donde son el llanto y el crujir de dientes e imperan las tinieblas y el silencio de la ausencia de Dios (Mateo 13, 49-50). Se lo compara a un abismo y a una prisión donde hay aflicción y tormento y se excluye al penado de la presencia de Dios. El fuego del infierno es la retribución del pecado y el castigo por rechazar voluntariamente la gracia de Dios; ahí ya no es factible el arrepentimiento y no hay esperanza posible. Castigo por fuego, o aún por hielo han sostenido otros, como que se trata de la absoluta frialdad que sólo la ausencia de Dios puede ocasionar.
En tal sentido, Von Balthasar y Adrienne Von Speyr, describieron el infierno como el estado del hombre que experimenta una terrible e infinita soledad y falta de felicidad por haberse separado de Dios (70). Podría pensarse que esa fortaleza de hombres abandonados, hambrientos, harapientos, impagados y explotados, ha de parecerse bastante al infierno como destino, aunque no tanto a su condición de castigo (71). El castigo sobrevendría con el malón y los fortineros podrían contrarrestarlo con la maloca, sometiendo a los aborígenes a un infierno presente en este mundo, seguramente gestado en el interior de muchos de ellos por la injusticia y el olvido de los jefes y del gobierno porteño. Y ahora proyectado contra el enemigo.
Claro que estos hombres del socavón –que no eran parecidos ni mucho menos al demonio-, serían incapaces de propinar un infierno eterno y aplicado en proporción al grado de culpas (72). Apenas si podrían prender fuego a las tolderías –como la indiada quemaba ranchos del huinca-, ensañarse con el poder de dar muerte -en el que seguramente eran superiores-, prender, cautivar y castigar a mujeres y niños. En su ciudad terrena (la fortaleza), creada por el amor propio alcanzando el punto de desdén por Dios (73), no cabían perdón y misericordia, aún cuando despojos y explotación tornaban las condiciones de vida del soldado y del guardia nacional muy similares a las del indio.
En definitiva, algo que en otras geografías reveló El Corazón de las Tinieblas (74) de Joseph Conrad (75) y que muy bien Marcelo Zuccotti expuso como todo ¨.. aquello de lo que puede ser capaz un hombre ilustrado, en medio de la más absoluta soledad, una geografía desconocida, rodeado de almas y cuerpos totalmente ajenos a la forma occidental de vida que, por afán de dinero y reconocimiento, no escatima convertirse en Dios, amo y señor de la vida y de la muerte. Pero del cual, la propia jungla reclama su entrega absoluta, de la que él mismo no puede escapar… ¿Cómo se puede renunciar a Dios…¨ (76).
En este particular descenso a los infiernos que evoca la escritura de Conrad, se pone de manifiesto que la llegada de la civilización a las tribus del África (como la ocupación militar de los territorios indígenas sudamericanos) no es signo de adelanto y progreso sino de sometimiento y denigración, a través de la codicia de bienes mercantiles. En ello, los colonizadores, o nuestros fortineros, no son mejores que los de culturas distintas. Encontramos, finalmente, una referencia a la corrupción de la que es objeto un hombre por su sociedad, cuya única defensa es refugiarse en una soledad que termina por destruirlo. Y además, una sutil alusión omnímoda al genocidio tan presente en los siglos XIX y XX: exterminar a todos los salvajes (77).
Con esta finalidad, y no con cualquiera otra diversa o secundaria, parecen haberse plantado los cimientos de la Fortaleza Protectora Argentina. Y levantados sus muros, tendido el foso y en alto los puentes, probablemente la gobernase el demonio, como en la ciudad heredera sentara sus reales por cien años y aún más.
¿Dios ausente?
Cuando Parchappe mostró convicción geográfica y persuadió a Estomba, la futura ciudad de Bahía Blanca se plantó en lo que el baquiano asistente de los recién llegados –Venancio Coñuepán- llamaba Huecubu Mapu, es decir ¨país del diablo¨. Aún así, el puerto de la futura ciudad fue bautizado como ¨De la esperanza¨.
Los primeros ocupantes de la fortaleza estuvieron alejados de la mano de Dios por largo tiempo; se tienen noticias de que recién en 1833 recaló allí un religioso de la orden de los Bethlemitas que había profesado con el nombre de Fray Ramón del Pilar y que ese mismo año rezó ¨ad petemdam pluvium¨, poniendo fin a la sequía y bautizando con el Agua del Socorro.
Pero el primer Capellán bahiense fue el Presbítero Juan Bautista Bigio, de origen italiano, que en su paso por La Fortaleza Protectora Argentina, bautizó seiscientas veintinueve almas. Fue también el primer maestro de la incipiente población, aunque recién en 1855 se instaló la primera escuela en casa del Mayor Francisco Iturra (78). Al retirarse Bigio en 1837, desde entonces y hasta 1890, lo sucedieron catorce presbíteros. Predominó siempre el elemento liberal adverso al clero, sobre todo entre las personas de mayor jerarquía oficial o categoría social. Después de 1880 se produjo un aluvión de inmigrantes que traían consigo el socialismo y el anarquismo europeos, y hasta el carlismo (79) que los había obligado a abandonar tierras españolas. Estas corrientes tampoco tenían en cuenta a Dios, y parecían reafirmarse en los antecedentes de persecución y combate al cristianismo. En suma, Bahía Blanca continuaba ocupando ¨El país de huecubú¨. Y así continuó.
Se cuenta que a principios de agosto de 1886 el Padre Domingo Milanesio estaba misionando en las costas del Colorado. Le salió al encuentro el Padre José Fagnano que era portador de un mensaje del Párroco de Bahía Blanca. El Padre José Oreiro -tal el nombre del cura bahiense- le suplicaba sus servicios sacerdotales para la novena y la fiesta patronal de Nuestra Señora de las Mercedes. Crónicas y memorias recuerdan las palabras que el misionero pronunció a su arribo, el 24 de setiembre de 1886:
¨Amado pueblo de Bahía Blanca: El señor te hace conocer por medio que este pecador que su paciencia no puede ya aguantarse. Es forzoso que se de lugar a su divina justicia con un pueblo obstinado en el mal e impenitente. Tus pecados ¡oh, pueblo bahiense!, han provocado la ira de Dios. Veo en ti el orgullo que te enloquecerá, tu incredulidad en lo que se refiere a religión ha llegado a tal extremo que has creído poder hacerte independiente de Dios, de Cristo, de la Iglesia, de sus Ministros. Casi se diría que el anticristo pasó por tus casas, cruzó por tus plazas y calles dejando caer doquiera la baba mortífera de su pestilente doctrina…¨(80).
Después llegaría el castigo divino, ya que el cólera asoló la ciudad desde noviembre de 1886, hasta marzo del año siguiente (81).
3. Limpieza étnica
¨… A veces, la tribu errante,
¿Qué misericordia podía esperarse de los jefes fortineros? ¨… Se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener más de veinte años. Y cuando yo, en nombre de la humanidad, protesté, se me replicó: Sin embargo, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes…!¨. (83) El viejo adagio de que las guerras justifican violencia y excesos tuvo uno de sus más genuinos ejemplos en las certidumbres de los militares criollos de 1830: ¨… Aquí todo el mundo está convencido de que es la más justa de todas las guerras, porque está dirigida contra los salvajes. ¡Quién podría creer que en nuestra época se cometieran tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado? (…) Esta guerra es demasiado cruel para que dure largo tiempo. No se da cuartel; los blancos matan a cuantos indios caen en sus manos y los indios hacen otro tanto con los blancos. Cuando se piensa en la rapidez con que han desaparecido los indios ante los invasores, se experimenta cierta melancolía…¨(84) Ya a esta altura, la corrupción étnica y cultural había crecido y se caminaba hacia la extinción racial: ¨… No solamente han desaparecido tribus enteras, sino que los restantes se han vuelto más bárbaros; en vez de vivir en grandes aldeas y de ocuparse en la caza y la pesca, actualmente viven errantes en esas inmensas llanuras, sin tener ni ocupación ni morada fijas… ¨(85). Con este primer antecedente en las irrupciones imperiales inglesas, portuguesas, francesas, españolas y holandesas en África y América, las limpiezas étnicas iban a perfeccionarse sensiblemente durante el siglo XX; pero en todos los casos –rudimentarias o sutiles- ellas persiguieron sacar de en medio los escollos que impedían despojos, predominio comercial y consecuentemente, drástico y rápido enriquecimiento económico (86).
Hablamos de la discriminación del indio, del negro, del mestizo; de la imposibilidad de admitir acuerdos de convivencia entre aborígenes y cautivas; de la necesidad de considerar enemigo al que defiende suelo y tradiciones; del desborde y del exceso justificados por un conflicto bélico, del que viene atada la supervivencia en el mejor de los casos y casi siempre el éxito personal o de clase. Por esto es que se roba, se secuestra, se tortura, se viola, se mata…
En sus memorias, el Ingeniero Parchappe (87) refiere la realidad social resultante del encuentro de razas y culturas diversas. Su prosa es ingenua, y despojada de toda connotación política; por eso sumamente aleccionadora. ¨… La nueva de nuestro arribo a estos contornos se extendió rápidamente entre las tribus errantes de los alrededores; vinieron sucesivamente a acampar próximo a nosotros, en los bordes del Napostá. Estos indios tenían entre ellos numerosas mujeres y niños de raza blanca; cautivos provenientes de invasiones anteriores sobre territorios cristianos y de los cuales no matan más que a los varones adultos. Procuramos rescatar esos prisioneros al precio de algunas yeguas, moneda ordinariamente empleada en esta clase de operaciones; pero la cosa no se hizo sin dificultad y, lo que es más notable, ésta provino de los cautivos mismos, que se hallaban muy ligados a los indios. Desde la expedición del coronel Rauch (88), contra los indios del Sur, un gran número de mujeres blancas que aquel había liberado, se escaparon para volver con los indios. Durante la marcha por la noche se dejan (dejaban) caer de la grupa de los caballos sobre la cual los soldados las llevan (llevaban), y se salvan (salvaban) a favor de las tinieblas…¨(89). Cautivas que unieron su suerte a la tribu con la que habían quedado ligadas por vínculos de sangre. Españolas cautivadas a muy corta edad, que no hablaban otro idioma que el de sus raptores. Aborígenes raptadas en las malocas, que tomaban represalias contra el indio; oportunidades éstas en que los fortineros arrebataban de las tolderías también a niños de corta edad. ¨… Se perdona a los niños, que son vendidos a cualquier precio para hacer de ellos domésticos, o más bien esclavos, aunque esto sólo sea por el tiempo que sus poseedores pueden persuadirlos de que son esclavos…¨(90).
Se refiere Hammerly Dupuy (91) a la venta de indiecitos como una práctica pública en la naciente Bahía Blanca. La impronta sacramental del cura Juan Bautista Bigio (92), que rápidamente bautizaba a los aborígenes de corta edad llegados a la Fortaleza Protectora Argentina, no alcanzaba a restañar el descalabro moral y cultural que suponían la apropiación y venta de pequeños. ¨En esta fecha fueron bautizados dos niños que robaron los soldados a los indios del Sud: una mujer y un varón. La primera que se llama Benjamina Justiniana fue comprada por la señora María Inés García en 350 pesos y el segundo, de nombre Lorenzo, fue comprado por el señor León Cámara en 200 pesos…¨ (93) ¿A qué equivalía esta cotización de servidumbre o de la aún más grave esclavitud? Partiendo del precio de una fanega de harina de trigo en 1835, que era de cincuenta pesos, se deduce que el precio de Benjamina equivalía a 420 kilogramos de harina de trigo; el de Lorenzo –una verdadera bicoca- era similar al de 240 kilogramos de idéntica mercadería. A precios corrientes hoy, estamos hablando de vender una niña por $ 590 y un varoncito por $ 340. ¡Claro que los precios actuales por adoptar niños ilegalmente son altísimos y se cotizan en dólares estadounidenses!, aducirá un lector desprevenido. Y habrá que hacerle comprender que el propósito del que adopta hoy –aún ilegalmente- es amar al niño como a un hijo natural que por distintos motivos no ha tenido o ha perdido. Mientras que la intención del que compraba un indiecito en 1835 era nada menos que humillarlo moralmente, explotarlo económicamente y deslomarlo físicamente. Casi la misma demostración de poder salvaje con la que los militares apropiaron recién nacidos durante la última dictadura militar.
Es probable que este comercio de personas robadas o secuestradas fuera origen del malón que en agosto de 1836 asoló Bahía Blanca. Pero que, ya rechazado el malón, artificialmente se lo cargó de intención política y racista. Aquí, siguiendo el Napostá y por detrás de la loma, sentaba sus reales el Cacique Venancio Coñuepán, protegido de Rosas, distinguido desde 1828 como un verdadero jefe de seguridad y auténtica mirada en ausencia de don Juan Manuel… Y como parecía que el bloqueo francés no dejaría demasiado espacio para ocuparse de la fortaleza del sur, que había que liquidar el ganado a cualquier precio y extender las tierras cultivables hasta donde alcanzara un galope de sol a sol, era hora de sacar del medio a don Venancio, y con él a los voroganos, clausurando de una buena vez el pago en yeguas, bovinos y vicios que bien gravoso venía resultando. Por eso se adujo que las indiadas venidas de Chile habían hecho causa común con Alón, Meliguel, Culalén (94) y otros Caciques estacionados en la Sierra de la Ventana, y que éstos habían abusado de las confianzas de indios amigos para merodear y sumarse a las hordas del sorpresivamente rebelado don Venancio.
Total que cuarenta y tres víctimas fortineras y trece cautivos entre mujeres y niños de los ranchos, parecieron buen precio a los jefes que habían dispuesto librarse de una buena vez de don Venancio, aunque fuera a costa de que los indios malones quemaran la casa del mayor Iturra sobre la loma del Paraguay. Aunque al día siguiente los mismos malones robaran en las estancias del Sauce Grande unas dos mil novecientas cabezas de ganado. Y a sabiendas de que unos pocos días antes, el Teniente Arébalo, con unos veinte Blandengues, había sido acuchillado durante su intento de hacerles inteligencia a los Caciques de la Sierra.
¿Y si los chilenos adentrados y los pampas-tehuelches entradores eran los grandes culpables, personificaban el desorden, la traición, el permanente desasosiego y el terror, qué decir de los milicos, de la guardia civil, de los fortineros arrojados a esos fosos mugrientos de la pampa? Nada demasiado diferente, por cierto. Veían al demonio en los indios, y como huincas que eran, hacía rato que venían engualichándoles las vidas a los hijos de la tierra. Allí estaban Fierro y Cruz aguantándole la frontera a los porteños, hasta que no dieran más y se pasaran al desierto (95). Es que eran la misma cosa, créanme. Ni unos ni otros la pasaban mejor.
Que si eran ¨los salvajes¨:
¨…Allí si, se ven desgracias
¨… Una vez entre otras muchas,
¡Lo viera a su amigo Fierro
Como en el malón de 1836 sobre La Fortaleza Protectora Argentina, venían de atrás de la sierra y sin que hubieran podido avistarlos a tiempo. Y desde ya puede advertirse la deuda que la gran ciudad del puerto y los saladeros mantiene con el gaucho. Escasa oportunidad tuvieron Fierro y Cruz, o sus hijos, de comprender la causa indígena. Antes bien, se extinguieron al contribuir a la derrota y extinción de los aborígenes, ignorando el por qué y el para qué de tanta pelea. Con gran tino el investigador y novelista Marcelino Irianni ha llamado peones de ajedrez a esos fortineros sentenciados a luchar por una patria de intereses egoístas y casi siempre foráneos (98).
Veamos ahora cuál es la verdad histórica del malón de 1836. Durante agosto de ese año, el cacique vorogano Railef, procedente de Chile, realizó un malón con dos mil guerreros, con la finalidad de atacar a Calfucurá en Salinas Grandes y vengar la matanza de vorogas hecha por éste en Masallé (99) en 1835. Hasta aquí, la cuestión fue entre chilenos. Voroganos por un lado y huilliches por el otro… Pero Railef se desvió de su objetivo y atacó las tolderías de indígenas aliados del gobierno en la zona de los arroyos Napostá (100) y Sauche Chico y luego la fortaleza que defendían Zelarrayán y Rodríguez, matando a muchos soldados. En ese momento (dicen los documentos que el 24 de agosto de 1836), la población civil de Bahía Blanca era de 1462 blancos, entre civiles y militares; los indios amigos orillaban los 1500… Después, los malones se dirigieron a Tapalqué, atacando el primero de octubre y logrando robar 100.000 cabezas de ganado. Calfucurá los atacó en Queutrecó (101), matando a Railef y a mil quinientos guerreros. De manera que la cosa terminó entre chilenos. Otra vez, voroganos de un lado y huilliches del otro. Aunque ahora el verdadero actor ausente había sido Juan Manuel de Rosas.
Durante los acontecimientos de fines de 1836, cuando la región sur de la provincia se vio prácticamente arrasada por los malones indígenas, Miñana (102) invitó a los caciques Catriel (103) y Cachul (104) ¨… para tener con ellos una entrevista y tratar de los últimos sucesos ocurridos en las estancias del Azul…¨. Poco después, ante la inseguridad de la zona y sin consultar previamente a Echeverría (105), el caciquillo Nicasio, dependiente de Catriel le había consultado ¨… si el cacique Railef que había vivido en Tapalqué hasta 1836 y se presentaba como uno de los promotores del malón, había elegido a Miñana como interlocutor para lograr un entendimiento con el gobierno y obtener el canje de prisioneros, conociendo que el Coronel Miñana era muy caritativo y muy dispuesto a favor de los cautivos y las cautivas…¨ (106).
Y aún cuando damos por demostrado que los hechos de agosto de 1836 en Bahía Blanca fueron de la responsabilidad e iniciativa exclusivas de Railef, Rilvia Ratto nos trae un documento harto elocuente (107). Según estas investigaciones, en Salinas Grandes permanecía un sector vorogano liderado por el cacique Cañuiquir (108). En lo que podría llamarse la etapa final en el ocaso de los voroganos salineros, jugó un papel decisivo el coronel de blandengues de Bahía Blanca, Francisco Sosa (109), quien dirigió dos ataques sobre dichas tolderías en razón de la negativa de Cañuiquir de someterse más firmemente a un control del gobierno. El ataque final a Cañuiquir fue llevado a cabo en abril de 1836 y la cabeza de Cañuiquir fue colocada sobre un palo en la cima de una pequeña colina del paraje Lanquiyú. Nueva cucarda para el coronel Sosa, verdugo de Chokorí.
Epilogamos imaginando fácilmente quién capturó a esos dos niños aborígenes prontamente bautizados por el Presbítero Bigio con los nombres de Benjamina y Lorenzo.
4. El gran malón del 59
Si alguna duda quedaba acerca de que Rosas había sido capaz de contener a los indios con políticas siempre opinables, pero en verdad coherentes y estables, la certeza fue total para los jóvenes bahienses a partir de 1859. El enemigo –aunque compuesto por gran cantidad de lanzas- era sólo uno. Su nombre era Calfucurá. Y se lo refería autor de tremenda fantasía diabólica: destruir La Fortaleza Protectora Argentina, arrasando el poblado circundante ya conocido como Bahía Blanca.
Se ha dicho que siempre hubo causas para cada malón lanzado contra el huinca, como motivos siempre tuvieron los militares para maloquear en represalia. Que así se iba hilvanando la historia, dijeron. En febrero de 1858 el ejército había acampado en las nacientes del arroyo Pigüé. No lejos de allí, aguas abajo, Calfucurá alistaba sus mil quinientas lanzas. El combate duró dos días, y luego de una lucha cuerpo a cuerpo feroz, las fuerzas indígenas hostiles cedieron. Era la primera vez que Calfucurá era derrotado. Un año después, su verdugo recaló en La Fortaleza Protectora Argentina; alrededor del enclave militar, la ciudadela venía arracimando ranchos, almacenes y pulperías, granjas y colonias. Por entonces se calculaba que alrededor del fuerte de adobe habría unas cien casas y que el conjunto estaba defendido por solamente quinientos hombres armados.
¨… En el curso de los treinta años transcurridos desde la fundación, se habían ampliado sus defensas y el número de los defensores. Rosas dispuso que se abriera un zanjón que se deslizaba desde el Napostá hasta cerca de la playa, cauce por el cual se desvió el arroyo Maldonado. Entonces, defendían la plaza la Guardia Nacional de Infantería y la Guardia Nacional de Caballería. Pero, en febrero de 1856 llegó la Legión Militar Italiana (110), compuesta por un destacamento de las tres armas, ya que además de un batallón de infantería y del escuadrón de caballería, contaba con una batería de artillería de campaña. A todas estas fuerzas se sumaron las del coronel Nicolás Granada (111), quien había recibido órdenes del Superior Gobierno de hacer cuarteles de invierno en Bahía Blanca, con el regimiento Granaderos a caballo y la artillería que comandaba. (…) Desde el 7 de mayo de 1859, cuando llegaron las tropas del coronel Granada, quien había sido nombrado jefe de la División Bahía Blanca, los habitantes de la población se sentían más confiados que nunca. Tan es así que, pocos días después cuando corriera el rumor de que algunos indios merodeaban, se le restó toda importancia. La primera noticia concreta sobre indios hostiles fue traída por unos peones de Cayetano Casanova, a los que se había enviado a traer madera del arroyo Sauce Grande…¨ (112).
Respetando la opinión de Hammerly Dupuy, hemos de hacer honor a quienes documentaron informaciones que previamente había acercado al Comandante Orquera (113), nada menos que Francisco Ancalao, jefe de los voroganos amigos. El cacique había hecho referencia a las insistentes y llamativas preguntas sobre el fuerte por parte de unos indios salineros que llegaron comerciando cueros y tejidos. Las mismas fuentes se apresuraron a relatar que Orquera ni se molestó en escuchar a Ancalao. Y después, claro, previno el gallego Mora.
Mora era un carretero que hacía periódicos viajes entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Carretero o carrero, a secas, dueño de carro con bueyes capaz de transportar muy buen peso en mercaderías. Carro tumbero, de una sola vara habría de ser, con dos ruedas y dos bueyes uncidos. El boyero sobre el caballo, voceando a los bueyes y las bestias a paso lento pero firme. Varios pedidos de los jefes, encargos de los colonos y de sus mujeres, licores bien disimulados, vino Carlón (114), yerba, azúcar, porrones de aceite, piezas de tela, botones y papeles, velas de sebo, cigarros, arroz, agua florida, jabones de olor, café, bombillas de lata, diarios, periódicos, cartas y vaya a saber cuántas cosas más cargaba el gallego Mora ya atardecido porque eran más de las siete y estaba a sólo dos leguas de La Fortaleza.
Ya había dejado atrás La Posta de Paso Mayor (115), donde bajó buena cantidad de bebidas cumpliendo pedidos del pulpero. Y todavía había de pasar por La esquina del Napostá (116), antes de internarse en la ciudadela y recorrer una vez más la calle de las pulperías (117).
Dicen que fue en ese trance de divisar su destino, que lo rodearon cerca de cuarenta pampas, que le desjarretaron carga y proyectos, se adueñaron de su montura y de los refrescos, le soltaron el arreo y se dispusieron a beber por largo rato prendidos de los porrones de licor. Hasta la ropa le quitaron al pobre gallego, que sin quererlo y por pura costumbre de escucharlos se enteró del proyecto de cargar un malón contra La Fortaleza en la mañana siguiente. Los hombres habían soltado el pico de pura alcohólica ingenuidad, muy seguros de que el carrero estaba a solas con su miedo y que muy lejos estaría de testimoniar nada a nadie. Porque allí no había nadie.
No prendieron fuego porque estos bomberos (118) de la avanzada aborigen que pretendía escarmentar al huinca invasor, muy conscientes eran de los fortineros trepados al mangrullo. Ni lerdos ni perezosos los vigilantes para dar voces ante cualquier indicio sospechoso. De manera que sin soltar los porrones, los indios fueron hundiéndose en la oscuridad y uno de ellos trepó al gallego en las ancas de su caballo, así en cueros como estaba…
¨… Ángel Mora trató de mantenerse sereno para observar cualquier oportunidad que se prestara a la fuga. Sacando buen partido de la obscuridad se dejó deslizar del caballo en el momento cuando estaban ascendiendo una lomada. Rodando por la pendiente, logró finalmente su objeto de esconderse entre la vegetación arbustiva. Los aborígenes lo buscaron con ahínco, pero infructuosamente…¨(119).
De manera que sobreponiéndose al frío y a la caminata, el gallego Mora logró llegar al establecimiento de Juan Molina distante escasos metros de La Fortaleza. Éste era habitualmente el punto de reunión de la vecindad, y aunque ya entrada la noche, el carretero levantó a la mayoría con su relato de hondo contenido dramático. Pidió ser llevado frente a Orquera. Y una vez más, el comandante descreyó de los relatos sugiriendo que al amanecer acompañaran a Mora para intentar rescatar bueyes y carreta. Sólo los italianos y Ancalao reforzaron las guardias.
Catricurá, Antemil y Cañumil (120), con no menos de tres mil lanceros, y bajo las órdenes aprentes de Calfucurá se cernían sobre Bahía Blanca, alentados por las señales complacientes de sus bomberos.
¨… Pocas horas después, hacia las cuatro de la madrugada del sábado 19 de mayo de 1859, la población de Bahía Blanca despertó por el ruido producido por una inmensa caballada que, lanzada a toda carrera se precipitaba sobre el poblado entrando por las calles Estomba y Zelarrayán (121). Eran unos dos o tres mil indios, que con sus chillidos característicos produjeron un estado de pánico inenarrable…¨(122). Terror era por cierto el de los colonos, hartos de reclamar por mayores defensas, terror el de las mujeres, casi siempre insatisfechas. Sin embargo los más serenos opinaban que estando el Coronel Granada, que ya se las había visto frente a frente con Calfucurá, venciéndolo en Pigué, podrían rechazar a ¨la indiada¨ sin mayores dificultades.
El informe del militar era cauteloso y hablaba de un malón perpetrado por ¨… un número considerable de indios, mandados en persona por Calfucurá, que nos llamaba la atención por todas partes, con sus acostumbrados alaridos; y mezclados unos cuanto de ellos entre la caballada del regimiento, peleaban con los caballerizos, con el objeto de arrebatarles a éstas. En el momento, el sargento mayor D Ignacio Segovia, a la cabeza de una pequeña fuerza, se dirigió al punto donde se dejaban oír los tiros de los caballerizos; pero en esos momentos tan premiosos, se dejó oír el cañón que anunciaba la alarma, y dispersándose nuestra caballada pudieron tomarla los salvajes. A pocos momentos después, se notó que como ochocientos indios estaban al frente de las cuadras, a corta distancia, y de este lado del arroyo, de los que, una parte favorecidos por la oscuridad, pues ya se había entrado la luna, se internaron en el pueblo y prendieron fuego a los ranchos…¨(123).
Al día siguiente, claro, las versiones eran múltiples. Pero todas coincidían al establecer que Orquera no había bajado los puentes levadizos que hubieran permitido a los civiles guarecerse, y por lo tanto había abandonado a los aterrorizados vecinos entre la artillería del fuerte y las lanzas salineras. Al mismo tiempo, casi todos acordaban que quienes hicieron frente al malón habían sido los indios amigos y los legionarios italianos. Del ejército cristiano, nada…
Hammerly Dupuy intenta restar enconos contra el Comandante, cuando dice que ¨… Orquera se olvidó de bajar los puentes levadizos que permitían salvar el foso…¨, y asigna créditos merecidos al decir que ¨… La oportuna intervención del Teniente Coronel Antonio Susini, quien entonces era el jefe de la Legión Militar compuesta por italianos, salvó la situación en el momento más crítico…¨(124).
Y continúa: ¨… Después de destacar al mayor Charlone de la misma legión, hizo montar en andas a la Guardia Nacional y una parte de la infantería juntamente con el capitán Rodiño, quienes se apostaron en uno de los pasos del arroyo. Por otra parte, Susini y el capitán Caronti, dejaron el cuartel de la Legión para esconderse en las inmediaciones del lugar por el que habían entrado los indios, de modo que cuando éstos intentaron salir se encontraron entre dos fuegos…¨.
¡Salute Garibaldi!, se escucha todavía cuando se caminan las calles del centro bahiense dando rienda suelta a la imaginación… ¡El resorgimento (125) le salvó la ropa al gaucho! Y cuando se pasa por lo que queda del almacén de Iturra, en actuales 19 de mayo y Zelarrayán, las exclamaciones arrecian. Porque aquí los malones se detuvieron y después de derribar la puerta e incautar la mayor cantidad de alcohol que alcanzaran a tomar y llevar, prendieron fuego a todo lo que no demorara en arder. Y fue en este punto donde dijeron que les peleó Ancalao. Valientes con valientes. Voroganos con salineros. Salineros con voroganos. Indómitos con sometidos. Siervos con libertarios. Apasionados con serenados. Militares con hombres libres. O, finalmente, en términos del propio Juan Calfucurá, leales con traidores. Lo cierto es que en la retirada del malón, quedaron doscientos indios muertos. ¿Y cuántos bahienses?
Braulio Guzmán, un miembro de la Guardia Nacional, testimonió que ¨…Al llegar los indios donde existía una casa de negocio de propiedad de don Francisco Iturra, la que hicieron abrir e intentaron incendiar, fueron cargados por los guardias nacionales y la Legión Italiana que mandaba el intrépido coronel Charlone (…) El Comandante Orquera se encerró con sus fuerzas en el Fuerte Argentino y no peleó, limitándose a una acción pasiva. Eso hizo desmerecer mucho al hombre… Puedo asegurarle sin temor a nada, que los héroes de aquella jornada memorable para Bahía Blanca, fueron los gringos y los Guardias Nacionales…¨ (126).
¿Héroes?, preguntamos hoy. ¿Alguien puede hablar de héroes en uno u otro bando? El relato de Bernardo Mordeglia, un vecino afincado desde tiempo atrás en suelo bahiense, parece no encontrar héroes en ninguno de ambos bandos: ¨… Era una noche serena y sin viento, pero muy fría, cuando llegó la noticia, traída al pueblo por unos soldados y un señor Mora, de que se produciría una invasión de indios malones. Pero se le hizo poco caso (…) Eran las cinco de la mañana cuando el grito asesino de Calfucurá alentó a casi tres mil indios a que tomen el pueblo (…) A las nueve de la noche, las indiadas estaban asando carne con cuero en el Saladillo, carne bárbaramente robada en Bahía Blanca. En el pueblo todo era luto, llano, desolación y terror…¨(127).
Y se encuentra documentado, además, el testimonio de Andrea Laborda de Mora, esposa del carretero que alertara a los bahienses, quien sostuvo entonces que ¨… donde la lucha tomó proporciones de un verdadero encarnizamiento fue en la esquina de las calles Zelarrayán y 19 de Mayo…¨ (128). Un documento inédito y anónimo, rescatado por la doctora María Elena Ginóbili (129) señala que ¨… Calfucurá quedó a la retaguardia del pueblo con tres mil lanzas y mandó dos mil invasores de las tres armas al mando del Cacique de su mayor confianza que eran Antelef (130) y el otro Guayaquil (131) y varios otros Caciques y caciquillos (…) las tres armas eran flecha onda y lanza…¨. Y termina concluyendo el autor desconocido que ¨… (si) los indios no hicieron más estragos o quemaron todo el pueblo y cautivaron fue por que creían que ya el pueblo era de ellos…¨(132).
El autor que hemos seguido desde el comienzo del trabajo, se refiere a los resultados de la entrada diciendo: ¨… Aunque este malón pudo haber tenido consecuencias catastróficas para los habitantes de Bahía Blanca, según el informe oficial ya referido (133), las pérdidas fueron las siguientes: Por nuestra parte sólo tenemos que lamentar la muerte de un sargento y dos soldados del regimiento de Granaderos a caballo y tres heridos leves, siendo uno de éstos, el asistente del sargento mayor Landa, que peleó al lado de su jefe todo el tiempo que los indios tuvieron circundada su casa, y a más un indio amigo y tres chinas que componían la familia de un tal Lucero, pertenecientes a los amigos y que se llevaron cautivas los invasores. Los indios se han retirado con la mayor precipitación, que equivale a una fuga…¨ (134).
De fuga ni hablar, por cierto. Bien claro sonó un testimonio anónimo según el que los malones no hicieron más porque creyeron que no era necesario. Y porque el propósito de los calfukuraches –político, dicen que mera demostración de poder- había quedado sobradamente cumplido. Difícil resulta creer, además, que las bajas de los militares hayan resultado tan escasas y que no se citen civiles muertos o tan siquiera heridos luego de haber quedado todos ellos encerrados entre la artillería de La Fortaleza y las lanzas de los penetrados.
Orquera actuó como quedó relatado, presa del terror. El miedo suele construir caprichosos castillos en la mente humana. Y también encender infiernos domésticos.
La hoguera del escarmiento: hito de la represión
En su relación sobre el malón de 1859, Francisco Pablo De Salvo (135) introduce en el tema de ¨la hoguera del escarmiento¨. Orquera comprobó, ya avanzada la mañana, que no quedaban indios invasores en los alrededores de la fortaleza. Entonces dispuso seis o siete carros de caballos, y treinta de sus hombres, enviándolos a recoger moribundos y cadáveres. Quedaba claro que se trataría solamente de malones, y que los moribundos pasarían a la categoría de cadáveres en el trayecto.
Orquera dio la orden de que los cadáveres fueran apilados en la actual plaza Rivadavia. ¡Vaya sitio que se eligió, y nombre que recibió la plaza cargando con el episodio que relatamos! Una vez que estuvieron en pila los cerca de doscientos cadáveres, los hombres del comandante, siguiendo órdenes de su jefe, les prendieron fuego. Y los amigos y no tan amigos fueron obligados a permanecer observando el espectáculo que brindaban al arder las carnes de una sola raza.
¨… Los indios cautivos tuvieron que presenciar la formación de una pira formada con leña de chañares que se fue acumulado en la plaza frente a la fortaleza. Sobre las ramas retorcidas fueron estibados los cadáveres de los doscientos súbditos de Calfucurá que habían perecido en el encuentro. El fuego centelleaba en los ojos de los aborígenes obligados a presenciar ese acto fúnebre. Tal vez celebraron el nombre del Ser Supremo al que denominaban Padre de los muertos, quizás habrán recordado que, según decían, la Vía Láctea estaba formada por sus antepasados que en la pampa del cielo, lejos del país de Huecubú, se dedicaban a bolear avestruces…¨ (136).
Andrea Laborda de Mora concluye su testimonio relatando que acudieron al toque de ¨novedad¨, encontrándose con que el comandante Orquera ¨… ordenó se recogieran los cadáveres de los indios y los hizo amontonar en la plaza (…) Una gran fogata ardía (…) y, sobre ella, los cadáveres indígenas ultimados por la furia de un jefe bárbaro…¨ (137) Cuentan otros testimonios, que al día siguiente los pobladores pidieron que se diera fin a tan horroroso espectáculo.
Un miedo que se sepulta bajo silencio y desmemoria, cuando la tergiversación histórica desemboca en amnesia colectiva. Este fenómeno lo hemos corroborado en el segundo genocidio de nuestra historia, el de los setenta. Y para Bahía Blanca en particular, lo tuvimos presente en el fuego de los fusiles de la Subprefectura Naval sobre los ataúdes anarquistas.
Y bien: ¿Los intereses políticos tergiversaron los hechos o los bahienses sufrieron amnesia?
¿Cuánto hay de verdad en los textos referidos al malón, escritos hasta el fin de siglo?
En primer término, investigaciones de los últimos cincuenta años han demostrado que las ¨hordas¨ aborígenes no estaban acaudilladas por Calfucurá, sino por su hijo Manuel Namuncurá (138).
Además, la justicia histórica fue decantando las raíces verdaderas del gran malón de 1859 sobre Bahía Blanca. Se supo, por ejemplo, que seis meses antes de los hechos, en postrimerías de 1858, el cacique tehuelche José María Yanquetruz (139) había sido asesinado por un oficial de la Fortaleza Protectora Argentina, nada menos que en curso de tratativas de paz encaradas por las partes potencialmente beligerantes. ¿No fue de Calfucurá o de Namuncurá la iniciativa? ¿O como la historia oficial ha preferido decir, el ataque obedeció a una bravuconada, a una demostración de fuerza por parte de la Confederación Indígena? ¿No habrá sido antes una respuesta a una nueva traición del ejército, a los constantes crímenes y despojos, a la firme intención de devolverlos a la cordillera sin reconocimientos de ninguna índole?
Existen varias versiones relativas a la muerte del cacique Yanquetruz en inmediaciones de Bahía Blanca. Casamiquela (140) relata la muerte del que caracteriza como ¨tercero¨ del linaje, conforme Guinnard (141) y reproduce:
¨… Finalmente, la tercera tribu, la de los lanquetruches, cuyo nombre corresponde al del cacique que la organizó (Lanquetrú), es muy conocida en las provincias de Buenos Aires y por todos los nómadas sin excepción. Los indios que la componen emanan de diferentes puntos; muchos de ellos fueron reclutados por Lanquetrú, pariente de Calfucurá…¨.
¨… En 1859 Lanquetrú fue a Bahía Blanca para entenderse con los soldados argentinos respecto a la organización de una fuerte expedición que debía dirigirse contra las tribus pampeanas y mamuelches, sometidas a Calfucurá. Como suelen hacer los indios muy amantes de las bebidas alcohólicas, entró en una pulpería –despacho de licores- para librarse al placer de beber, pero se encontró allí cara a cara con un oficial argentino, que al reconocerlo le reprochó amargamente la muerte de varios parientes suyos, oficiales como él y víctimas de su traición. Las respuestas inconvenientes que le hizo Lanquetrú lo irritaron de tal modo, que sacó de pronto una pistola y le destrozó la cabeza…¨.
Nótese que el texto reproducido por Casamiquela alude a una fecha de ingreso a la Fortaleza Protectora posterior a la indicada por crónicas originales, como así bastante más próxima al azote del malón de mayo. Por otra parte, la historiadora bahiense Dora Martínez de Gorla (142), también citada por Casamiquela en el texto que venimos siguiendo, alude a una información existente en el Museo Histórico Municipal bahiense. Dicho documento confirma el episodio relatado por Guinnard, y agrega el nombre del matador: Jacinto Méndez (143). También abona estas versiones la mismísima carta de Calfucurá al General Juan Pedernera (144), que publicó Vignati (145) y en la que textualmente se afirma que Yanquetruz llegó a Bahía Blanca resultando muerto por el capitán Méndez el 28 de octubre de 1858.
Pero conforme la fundada visión de Casamiquela, la historia más creíble es la del viajero Cox (146):
¨… Llanquitrue continuó por algunos años con su buena fortuna; fue jefe de la famosa expedición contra el fuerte San Antonio Iraola, cuyo saqueo presenció Dionisio el lenguaraz. Sacó muchos animales, i algún tiempo después, habiendo hecho la paz se vino a vivir cerca del Carmen, en donde lo conoció el dragón Celestino Muñoz. Pero la sangre de los españoles gritaba venganza; la familia de un oficial muerto allí, se resolvió a castigar a Llanquitrue. Mandó un agente a Patagónica (sic, por Patagones) con bastante dinero; compró obsequios para Llanquitrue, le regaló yeguas y prendas de plata; pero los indios son suspicaces. Llanquitrue desconfió del ajente; dejó la vecindad de Patagónica i se fue a vivir cerca de Bahía Blanca; el agente lo siguió…¨.
¨… Allí había un destacamento de soldades argentinos a los cuales el ajente confió sus proyectos, i que ardían por vengar la muerte de sus hermanos. Todos los días regalaban aguardiente a Llanquitrue que concienzudamente se emborrachaba como verdadero hijo de la pampa. Un día que todos estaban ebrios hasta la muerte, los soldados asesinaron a Llanquitrue i al mismo tiempo a un mocetón con quien había reñido Llanquitrue en los días precedentes. La muerte del cacique fue atribuída a su mocetón, y para evitar con más seguridad un alzamiento de los indios, las autoridades de Bahía Blanca, hicieron a Llanquitrue magníficos honores fúnebres, como si hubiese sido un jeneral arjentino; así murió este hombre extraordinario…¨.
José Guardiola Plubins (147) y otros investigadores de la historia bahiense, revelaron además que la esposa del asesinado Yanquetruz era una hechicera (¨machi¨ (148) en lengua araucana). Ante el crimen cometido contra su compañero, y junto al cadáver sangrante, realizó un hechizo (¨kalkutun¨ (149)), maldiciendo por él al poblado y a sus habitantes durante los siguientes mil años.
La historia oficial se ha sintetizado en una placa colocada por la civilidad bahiense al inicio de la calle 19 de mayo: ¨Por esta calle los indios invadieron Bahía Blanca (…) dispuestos a saquear e incendiar el pueblo¨. Las nuevas oportunidades de la historia verdadera se reflejaron en la actitud de un grupo de plásticos y actores bahienses, que el 19 de mayo de 1992, tomando la fecha como referencia, pintaron unas doscientas siluetas con cal en la calle por la que ingresó el malón, desde la plazoleta hasta la plaza Rivadavia y allí, donde se levantó la pira de cadáveres, marcaron un gran círculo blanco.
Un escultor talló cinco figuras a partir de durmientes de quebracho, y con su pasión unida a la fuerza de motosierras y escoplos, modeló un indio muerto aplastado por un as de espadas y otros cuatro indios contemplando al muerto. Esos reveladores fantasmas fueron ubicados en la plaza, como testimonio de los crímenes cometidos por las generaciones fundadoras en 1858 y 1859.
Una semana después, una cuadrilla municipal retiró las obras artísticas y devolvió la plaza al orden convenido. Parecía necesario que el silencio estuviese presente junto con esa particular idea bahiense de orden y limpieza. La comunidad no debía enterarse de que uno de los motivos del malón había sido el traicionero asesinato del más valiente cacique durante el curso de las tratativas de paz. Y menos aún, de que hubiera existido esa horrorosa hoguera de cadáveres que humeó por varios días devolviendo provisorios reparo y paz al muy cobarde Orquera.
4. Eso: Hablame de las fuentes
¡Eso! Las fuentes de tanta sangre regada en las tierras del sur: ¿dónde están? ¿Son tan remotas y distantes como las fuentes del Amazonas? ¿O son conocidas pero disimuladas por hipocresía y corrupción generales?
Es que después volvieron las malocas al estuario… ¿Volvieron? Sí. Se repitieron. El suelo volvió a esponjarse para sorber nueva sangre. Los infiernos volvieron a abrirse; en cada interior llamearon con flamas que no consumen: las más dolorosas; las del odio sin concesiones. Pero esta vez el infierno parecía condenar con la soledad, el hielo y la ausencia. Porque desde el cincuenta y cinco se las agarró con las mesas familiares, con los lechos matrimoniales, con las escuelas públicas y con el precio de las privadas, con las autonomías universitarias, con los recibos de sueldo y el trabajo informal, con los jubilados, con los colimbas, con los pibes que jugaban solos en las plazas o en las veredas de los barrios. El infierno agujereó familias, proyectos, esperanzas, espacios para compartir amores. Parecía que no se salvaría nadie.
En Bahía era la patota de Ponce, que acotaba vidas y miltancias, tanto por las calles del centro como en la misma Universidad. Autoridades educativas, policía, militares y marinos estaban empeñados en arrastrar al infierno a todo el que oliera subversión. Fuera quien fuese. Alumnos, obreros, docentes, conscriptos, artistas, empleados, empresarios, artesanos. Todos.
Definiciones y clasificaciones
Como quedó dicho, primero debería distinguirse entre compasión y represión. O convivencia y guerra impiadosa. Después, habría que definir al subversivo y al enemigo en general; todo lo que no entrase en tales definiciones, resultaría parte sana de la población (150).
¨… La categoría subversivo promiscuamente esgrimida por los militares argentinos, estuvo lejos de quedar reducida a los miembros de las organizaciones armadas, pues consideraban que la enfermedad a ser extirpada incluía al virus ideológico diseminado por marxistas, izquierdistas, comunistas, católicos tercermundistas, freudianos, ateos, peronistas, liberales, judíos, etc. En suma, todos los que con su prédica agnóstica, igualitaria o populista, atacaran las bases del orden nacional, debían ser perseguidos…¨ (151). Así, la dictadura militar instauró una máquina de muerte cuyos antecedentes han de rastrearse en anteriores purgas étnicas y políticas indoamericanas: los métodos de conquista del territorio, depredación económica y sometimiento personal de los hijos de la tierra y las campañas que durante los primeros noventa años de su existencia organizó y llevó adelante el Estado Argentino contra los aborígenes. Además, deben incluirse aquí la iniciativa bélica y concreción de operaciones militares contra un estado limítrofe (152).
La represión de la dictadura militar (1976-1983) se apoyó sobre el secreto y el terror. El Estado fue clandestino, terrorista y criminal. Pero al mismo tiempo absolutamente ilegítimo, al igual que los funcionarios gobernantes que detentaron poder durante siete años, y en muchos casos aún desde bastante tiempo antes.
¨… A partir del 24 de marzo de 1976, los aparatos coercitivos del Estado asumieron una doble faz de actuación: una pública y sometida a leyes y otra clandestina, al margen de la legalidad formal. El principal instrumento de esta última fue la desaparición forzada de personas, un dispositivo de poder urdido para vigilar y castigar a la totalidad del cuerpo social, para extirpar lo disfuncional y edificar un nuevo orden en el que se vieran satisfechos los intereses, demandas y expectativas de la alianza cívico militar que promovió el golpe…¨ (153).
Según el represor Acdel Edgardo Vilas la selección del blanco consistía en una tarea realizada sobre una base de datos proporcionados por la propia población que colaboraba espontáneamente y los antecedentes obrantes en el área de inteligencia… (154) La definición de los elementos a seleccionar era sumamente amplia, incluyendo un variado espectro que se extendía desde el enemigo real hasta el oponente. Según predicara el RC 16-1 ¨Inteligencia Táctica¨ del año 1976:
¨… Enemigo real: Es el adversario concreto, definido, que posee capacidad para oponerse al logro de los propios objetivos, mediante el empleo de sus fuerzas. Enemigo potencial: Es cada persona, grupo humano, nación o bloque de naciones que, sin constituir un enemigo real, eventualmente puede oponerse al logro de los propios objetivos mediante el empleo de cualquier medio y/o procedimiento. Oponente: Se considera oponente a todo elemento extranjero o del propio país, real o potencial, abierto o encubierto, que pretende afectar negativamente al potencial nacional y/o trastocar nuestra filosofía de vida mediante la agresión directa o indirecta, acompañada o no de motivaciones ideológicas…¨(155). Los datos relativos a las personas consideradas peligrosas eran reunidos por la Comunidad informativa, organismo constituido por el conjunto de Servicios de informaciones de cada fuerza bajo la coordinación del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE).
¨… Una vez que el blanco estaba debidamente seleccionado, debía ser fijado en el domicilio en el que se concretaría el secuestro. Las personas encargadas de esta tarea se comunicaban con el equipo de contrasubversión y le proporcionaban la información necesaria para que éste pudiera organizar el procedimiento. Los lugares detectados debían ser atacados preventivamente, actuando aún sin órdenes del comando superior, con el concepto de que un error en la elección de los medios o procedimientos de combate será menos grave que la omisión o inacción (…) (156) Momentos antes de que el grupo de tareas iniciara el procedimiento, se solicitaba la liberación de la zona, con el objeto de evitar interferencias entre las distintas fuerzas represivas. De este modo, los captores podían actuar con total impunidad y los pedidos de auxilio de las víctimas resultaban infructuosos. Con la zona liberada, el personal militar estaba en condiciones de ocupar el lugar del operativo y el área circundante, los efectivos establecían un cerco perimetral en las calles aledañas y formaban diversos cordones o niveles de acercamiento al lugar que sería centro del procedimiento. El grupo encargado de hacer la ofensiva debía aplicar el poder de combate actuando con la máxima violencia para aniquilar a los delincuentes subversivos donde se encuentren. Incluso podían hacer una exploración en fuerza, consistente en ingresar disparando al inmueble en caso de que hubiere una presunción de que se podría recibir fuego (157).
En una orden originada el 17 de diciembre de 1976, en la mismísima persona del represor Roberto Viola –entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército- se aclaró explícitamente que se quería aniquilar al enemigo: Cuando las Fuerzas Armadas entran en operaciones no deben interrumpir el combate ni aceptar rendición (…) También se podrá operar en forma semi-independiente o aún independiente, como fuerza de tareas (…) Como las acciones estarán a cargo de las menores fracciones, las órdenes deben aclarar, por ejemplo, si se detiene a todos o a algunos, si en caso de resistencia pasiva se los aniquila o se los detiene (…) Las operaciones serán ejecutadas por personal militar, encuadrado o no, en forma abierta o encubierta (…) Elementos a llevar: capuchones o vendas para el transporte de detenidos a fin de que los cabecillas detenidos no puedan ser reconocidos y no se sepa dónde son conducidos (…) Los tiradores especiales podrán ser empleados para batir cabecillas de turbas o muchedumbres (…) La evacuación de los detenidos se producirá con la mayor rapidez, previa separación por grupos: jefes, hombres, mujeres, niños…¨ (158).
La Requisitoria Fiscal del 13 de abril de 2009 sincera el concepto de grupo de tareas, como parte de una auténtica patota. Irrumpían violentamente en un domicilio durante la noche, golpeaban a las víctimas (a quienes encontraban afectadas a sus actividades cotidianas o incluso durmiendo), las ponían en condiciones de indefensión –vendadas o encapuchadas-, robaban sus pertenencias, amenazaban a sus familias y desaparecían llevándose consigo el botín. El antes citado represor Vilas exhortaba a sus hombres a apretar más, porque ya no había troncos en la calle –en alusión al gobierno democrático-, y en caso de duda les ordenaba disparar a la cabeza.
Las víctimas capturadas violentamente, en estado de total sometimiento, eran conducidas al centro clandestino de detención. En oportunidades, se las alojaba temporariamente en Comisarías, Destacamentos de la Policía Bonaerense, o en la Delegación de la Policía Federal en Bahía Blanca.
Círculos del averno
La Escuelita era el principal centro clandestino de detención. Estaba ubicado dentro del predio del Vº Cuerpo de Ejército y se accedía al mismo por una senda interna o por una tranquera sobre el camino La Carrindanga. La construcción distaba unos doscientos metros de tal acceso, y se le construyó un cerco perimetral de seguridad. Se trataba de una construcción antigua, tipo casa de campo, con una galería semicubierta en uno de sus frentes. Contaba con dos habitaciones, con piso de madera y camas cuchetas, donde se alojaba a los detenidos. Las ventanas estaban ubicadas en altura y los postigos eran de color verde. Entre las salas donde permanecían las víctimas, había un ambiente –con piso de baldosas y una reja que lo separaba del resto de la construcción-, que era utilizado por los guardias para controlar a los cautivos. Por medio de un pasillo se accedía a la habitación de los guardias, a una cocina y a un baño. Al final del mismo pasillo había una puerta que comunicaba con un patio, donde estaba la sala de torturas, un tinglado, una letrina, un aljibe, un portón de chapa, y -en ciertos períodos- también dos casillas, una para guardias y otra para detenidos.
El Galpón era una construcción perteneciente al Batallón de Comunicaciones 181 del Vº Cuerpo, que se encontraba a unos 100 metros de La Escuelita. Era una planta rectangular de aproximadamente diez por quince metros, con un portón de entrada de dos hojas en el centro de uno de los lados. La edificación era de chapa de zinc acanalada en paredes y techo; éste era sostenido por cabreadas de madera. El galpón tenía adosada una pieza, también de chapa, con el techo a un agua, donde torturaban a los detenidos (159).
El Gimnasio del Batallón de Comunicaciones 181 era un edificio que en la planta baja contaba con un calabozo amplio con tres camas cuchetas y en el primer piso se encontraba una oficina en la que se interrogaba a los detenidos.
El Galpón ferroviario se encontraba dentro del predio de los galpones ubicados en inmediaciones de la estación de ferrocarril, y se accedía al mismo por calle Parchappe. Contaba con un sector de planta alta, donde había una ventana grande con rejas que daba al exterior.
La Cárcel de Villa Floresta alojó a algunas de las personas liberadas de los centros de detención detallados antes. Encontrándose recluídas en la Unidad Penitenciaria Nº 4, pasaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. De los testimonios de las víctimas surge un accionar coordinado para el traslado de los cautivos del centro de detención a la cárcel; la presencia de torturadores en dependencias de tal unidad carcelaria, e incluso interrogatorios realizados conjuntamente por personal del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires y del Ejército Argentino (160).
El primer propósito era el interrogatorio. Porque cada una de las víctimas, para el pobre criterio de los genocidas, no era sino una mínima parte integrante del monstruo subversivo definido como verdadero enemigo, y el resto de ¨ese demonio¨ debía ser controlado y exterminado. Entonces, los prisioneros transitaban sus días encapuchados, atados, con escasa o nula comunicación con sus compañeros de encierro y sometidos a un rígido control por parte de los guardias del lugar.
¨… Al silencio y la oscuridad, se sumaban la inmovilidad y el terror; los cautivos eran obligados a permanecer en una misma posición por largos períodos de tiempo y vivían temiendo la llegada de un nuevo interrogatorio. Cuando este ocurría, el detenido era torturado, amenazado y forzado a responder preguntas sobre si mismo y su círculo de relaciones sociales. La práctica perseguía dos objetivos fundamentales: por un lado, obtener información útil para detener a otras personas y de este modo, dar continuidad al círculo secuestro, tortura, interrogatorio, secuestro…; por el otro, lograr quebrar al individuo, modelando un sujeto acorde con el mundo de los captores…¨ (161).
Los métodos de generación de dolor –físico y moral- fueron cuidadosamente planificados. Los torturadores eran entrenados y se los hacía participar de las sesiones de interrogatorio conducidas por los expertos. Cuando se lograba arrancar la confesión esperada, el cautivo perdía utilidad y comenzaba el período de la tortura sorda, de la incertidumbre sobre la vida, la oscuridad y el aislamiento permanentes, la desconfianza hacia todos, la mala alimentación, el maltrato y la humillación… (162).
Entonces, los cautivos comenzaban a temer el traslado, porque quedaban expuestos a un viaje que podía conducirlos tanto a la liberación como a la muerte. La metodología del exterminio era variada; en muchos casos, los asesinos hicieron aparecer los cuerpos en marcos de falsos enfrentamientos entre subversivos y fuerzas legales. Estas noticias producidas, eran después publicadas por la prensa, tanto nacional como extranjera. Otras veces, la eliminación física desencadenó operativos tendientes a lograr la desaparición del cuerpo.
¨… Fue como exacerbar la muerte, exigirle que diera el máximo de sí, que fuera más muerte cada día en la mesa de tortura y muerte más allá de la ejecución misma, hasta extinguir toda huella del cuerpo y la persona, hasta disolver nombres y vínculos, hasta desaparecer incluso como muerte…¨ (163).
¨… Entonces, por primera vez, nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse (…) Imaginaos cuando un hombre a quien, además de sus personas amadas se le quitan la casa, las costumbres, la ropa, todo literalmente… todo lo que posee. Será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y la necesidad, falto de dignidad y de juicio. Porque a quien lo ha perdido todo, fácilmente le sucede perderse a sí mismo. Hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte, prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad. Comprenderéis ahora el doble significado del término Campo de Concentración y veréis claramente lo que queremos decir con esa frase: yacer en el fondo…¨ (164).
Destino común el de aborígenes, gauchos y nuevas víctimas de la reacción totalitaria. Ese hombre despojado, saqueado, al punto de su desnaturalización, al extremo de ser ocupado por los demonios (165), que vaga por la vida falto de freno y razón… ¿no se parece acaso a nuestros carecientes, a nuestros pobres tan vigentes, a quienes continúan regando la tierra con su sangre? (166).
Pendiente justicia
Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo (167) se reconocieron al final, a minutos de sus muertes. O quizás los varones se habrían conocido las voces antes, porque en La Escuelita sólo podía estarse bien vendado. ¡Si te sacás la venda estás muerto! Y eso debía valer también para los traslados, ya fueran camiones del ejército o coches particulares los que los llevaran a la muerte. O por qué no, habrían militado juntos y cada uno sabría que los otros estaban cerca, compartiendo torturas y esperanzas.
Y ahora, en las primeras horas del 5 de setiembre de 1976, cuando la noche del todavía invierno bahiense era densa, cerrada, y solamente agradable al cobijo. Ahora estos cuatro pibes estaban boca arriba sobre el piso mugriento de una casa abandonada desde varias semanas atrás. Les desataban las manos inermes y les sacaban las vendas, no porque a esa altura pudieran verse y compadecerse, sino para montar la escena. Ya estaban muertos: Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo.
Catriel 321: ¡si la sospecha de entrega flotaba hasta en el nombre de la calle…! Catriel: protegido de Rosas, acusado de traición, envidiado por feroces adversarios, linaje de rebeldes a los Mitre, maloneando y empujando, obligándolos a los militares a ceder y conceder. En ese lugar, personal del Vº Cuerpo de Ejército, con asiento en Bahía Blanca, fraguó un enfrentamiento armado para aniquilar a cuatro indefensos.
¨… El intento de justificación de los cuatro asesinatos y consecuente encubrimiento de la mecánica de las muertes ocurridas, hizo que el Mayor Bruzzone (168) , a las 2,00 horas del día 5 de setiembre de 1976, desde el Centro de Operaciones Táctico (COT) del Comando del Vº Cuerpo de Ejército, comunicara al Subcomisario Félix Alejandro Alais (169), de la Policía Federal Argentina, que a partir de denuncias de la población y por investigaciones propias, una patrulla militar fuertemente armada fue comisionada para rodear y reducir a las personas armadas que, con actitud sospechosa, se encontraban en el inmueble de Catriel 321…¨ (170).
¨… En la versión que Alais hizo circular por radiograma, los militares fueron recibidos con fuego de armas automáticas y tras treinta minutos de repeler la agresión, resultaron muertas cuatro personas, tres masculinas y una femenina, así como se secuestraron armas de guerra y explosivos…¨ (171).
Los cadáveres de los cuatro jóvenes fueron depositados en la morgue del Hospital Municipal de Bahía Blanca, y el Juez Federal Guillermo Federico Madueño (172) dispuso iniciar actuaciones por Atentado, resistencia a la autoridad y muerte de cuatro personas NN a identificar.
La Nueva Provincia, veinticuatro horas después titulaba Otra eficaz acción del Ejército: Cuatro extremistas fueron abatidos en nuestra ciudad, y reseñaba la acción militar teatralizada en Catriel 321. El diario naval refería que tanto Pablo como Juan Carlos eran cabecillas de la organización ilegalizada en primer término, y asignó al primero participación en diversos hechos delictivos, al tiempo que se hacía eco del sorprendente descubrimiento de futuras acciones extremistas.
Las víctimas habían sido en realidad arrojadas al piso y ultimadas con ráfagas de proyectiles de armas de fuego de grueso calibre. Las versiones difundidas en medios de prensa y en radiogramas castrenses, fueron refutadas por las evidencias que los fusilamientos dejaron en los cuerpos de las víctimas. ¨… El informe del médico legista Mariano Castex demostró que (Zulma, Pablo, Juan Carlos y Manolo) no pudieron haber muerto en un enfrentamiento…¨ (173)
En efecto, el análisis de la autopsia reveló que ¨… de todas las hipótesis barajadas, la única realmente posible, que no arroja contradicciones intrínsecas, es la de un fusilamiento de las víctimas estando arrojadas al piso, boca arriba y con los brazos indistintamente plegados unos sobre tórax y/o abdomen, y otros, alejados del cuerpo…¨ (174).
¿Otra hoguera? ¿Otro escarmiento?, preguntan los memoriosos en Bahía Blanca o lejos del estuario. ¡No solamente uno! ¡Muchos más!, responden bastantes. ¡Y otra plaza! No ya la Plaza Rivadavia, sino la Plaza 4 de setiembre de 1976, erigida en memoria y homenaje de las cuatro víctimas de la masacre de Catriel 321 (175).
En la plaza se plantaron cuatro árboles que representan a los jóvenes asesinados. Cada árbol una vida resembrada, renacida, que ha de brotar y florecer nuevamente. Cada árbol una resurrección y una esperanza de justicia.
Con tres heridas llego
Como otros nacidos en el estuario, y sintiéndome hijo de esa tierra –aunque mi origen estuviera en los barcos provenientes de la baja Italia-, emigré muy joven y viví en Buenos Aires a destiempo. Llegué con tres heridas: la del amor, la de la vida, la de la muerte (176).
Y a su tiempo volví a ser herido por la distancia. Había en mi interior, durante aquel período de fines de los sesenta y principios de los setenta, una cantidad de cuestiones que merecían respuestas. Y yo no conocía cuáles eran las respuestas.
Sin embargo, parece que cuando las fortalezas físicas languidecen, las espirituales se incrementan. Superada con creces la madurez pude comprender el destino de mi tierra: la tierra regada, donde fue necesario imitar a los jacobinos y sembrar el terror para triunfar…
Supe de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio de personas, ubicados tanto en La Base Naval (Punta Alta), como en el Vº Cuerpo de Ejército (Bahía Blanca). Me enteré de la lucha por la justicia que se llevó adelante por más treinta años; supe que todos los crímenes se encontraban impunes y que restaba todavía mucho por conocer de la verdad en su estado de total pureza.
Pero por sobre todo, comprendí que los crímenes cometidos durante el siglo XIX se habían repetido simétricamente durante el siglo XX. La hoguera del escarmiento –dije- fue lo mismo que La masacre de Catriel 321 y muchos otros similares; ambos hechos estuvieron cortados con la tijera del mismo represor.
Supuse entonces –y supuse bien, creo- que no hay independencia sin nación. Y que como todavía estamos luchando por alcanzar y consagrar el alma nacional, vivimos aún sumergidos en las luchas de independencia. Pensé en Chile. Pensé en España. Pienso en Argentina. Pienso también y con fuerza creciente en los hijos de la tierra: los aborígenes. Y en los nuevos pobres.
Y si alguien disiente con mi razonamiento y piensa que nos respalda un espíritu nacional más o menos formal, que analice la realidad de todos los días. Vicki Bell y Kate Nash, profesoras de sociología del Goldsmiths College de la Universidad de Londres, han analizado la experiencia argentina. Y han concluido manteniendo que el fracaso de las tentativas de abolir lo ocurrido bajo el terrorismo estatal mediante indultos y leyes de impunidad, revela que no podemos controlar el pasado, porque la sociedad tiene la necesidad de permitir su retorno. Y advierten que el horror de la desaparición de personas instituido por el Estado dictatorial funda un perverso sucedáneo en democracia: la invisibilización de sectores sociales marginados (177).
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- Con los términos malón o maloca se alude a la táctica militar mapuche consistente en el ataque rápido y sorpresivo de un nutrido número de guerreros, contra un grupo enemigo, ya fueran parcialidades mapuches enemigas o poblaciones y fortificaciones huincas de Chile y Argentina. Su objetivo consistía en obtener ganado, provisiones, y eventualmente mujeres jóvenes y niños (cautivos) que pasaban a ser objeto de negociación con los ocupantes blancos. Habitualmente se escuchó hablar de los indios malones, como si malón fuese superlativo de malo, cuando en realidad es una palabra de origen mapuche. La crítica histórica ha reservado malón para los ataques sorpresivos de los indígenas y maloca para los similares llevados a cabo por fuerzas no necesariamente regulares de los blancos, invasores o huincas. ¿Por qué se los llamó así a estos últimos? La maloca era una casa comunitaria ancestral de los indígenas del Amazonas, especialmente denominada así en Colombia. Durante la conquista europea el significado de maloca pasó a ser entre los europeos (dícese que originalmente entre los hablantes del portugués, luego alcanzando a los cronistas del Río de la Plata), el de una expedición armada para capturar indígenas con la finalidad de esclavizarlos. Probablemente esta nueva significación se produjo a partir de la frase: ir –expedicionar- a la maloca, es decir maloquear.
13 de julio de 2009
¿Por qué Shakespeare siempre nos parece actual?

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"Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo,,, tanto como para entrar en él: todo es estar maduros. ”.
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William Shakespeare escribió íntimamente convencido de que debía poner cartas arriba todas las crudas pasiones humanas. Era alérgico a todos aquellos antígenos que no tuvieran que ver con las relaciones de los personajes, con los conflictos en carne viva.
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Nuestro querido Alfredo Alcón va en ese camino. Tal vez, nos quiera poner en alerta con un Rey Lear que nos muestra la multiplicidad del ser, de cómo los seres humanos se desdoblan y sus situaciones vividas (y buscadas) modifican su comportamiento.
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De toda la obra de Shakespeare, Lear es el personaje más complicado y el que contiene los elementos más densos acerca de la condición humana. El más sibilino y contradictorio de todos. Nadie pudo aún decir cuál es la propiedad esencial de su talante. Es casi inclasificable. Si nos fijamos de cerca, el Rey Lear puede expresar una reflexión sobre la vanidad, sobre el poder, sobre la codicia, sobre la lealtad, sobre la piedad, sobre la vejez, etc. Sin embargo hay una ponderación sobre cada una de ellas y sobre todas a la vez. Es un personaje con un sino plural.
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Y éste es el desafío más grande que tendrá Alfredo Alcón sobre la escena: resolver en un mismo escenario la diversidad de sentimientos y turbulencias de los seres, que a medida que avanza la obra, van surgiendo como desde la profundidad de una caja china para enturbiar el raciocinio.
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La genialidad de Shakespeare es haberse parado en un punto equidistante, pero a su vez unificador, de todas las pasiones del hombre.
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¿De qué trata la obra? No lo sabemos.
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La humanidad se ha mirado a sí misma infinidad de veces y aún no sabe de qué materia está hecha ella misma.
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Quizá Alcón también esté a la búsqueda de esa alegoría.
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No es cosa menor ayudarlo.
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En su texto original de 1623, “El Rey Lear” empieza como un cuento de hadas y termina como una desesperada tragedia donde se enfrentan la inocencia y el crimen, el amor y el odio, la riqueza y el despojo.
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El anciano rey de Bretaña quiere retirarse y dejar la dirección del reino para poder vivir tranquilo sus últimos días. Para ello decide repartir sus posesiones entre sus hijas y ponerlas a prueba, en la medida en que cada una de ellas le demuestre su afecto y le exprese cuánto lo ama.
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Las dos mayores se deshacen en ostentosas demostraciones de falsa retórica y le dicen al padre lo que éste quiere oír, no lo que ellas sienten. Cordelia, llena de sentimientos nobles, abrumada por tanta hipócrita elocuencia, responde austeramente, dice: “Amo a mi padre según el deber, ni más ni menos. No tengo más nada que decir”. Entonces Lear, creyendo que su discurso es pobre, en un arrebato de furia, la deshereda diciendo “nada es igual a nada”, y la entrega como su esposa, sin dote, al rey de Francia, para no desear verla nunca más. Y divide el reino entre sus dos hijas mayores, Goneril y Regan, con la condición que, en adelante, le brinden hogar y escolta (cosa que ellas nunca cumplen).
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El conde de Kent, que ha presenciado la escena, intercede por Cordelia a la que cree injustamente tratada por su padre. Pero esta acción le costará el destierro a Kent.
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El Rey Lear en vez de entregar el poder a los mejores, lo entrega a quienes lo adulan y le prometen fidelidad. Su contradictoria actitud de no ofrecer a su hija menor lo mismo que a las otras, viéndose así determinado por lo personal-pasional, lo lleva a la cultura medieval y no a la llegada niveladora del dinero capitalista. Su pasado pleno de injusticias le impide ser magnánimo.
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Goneril hospeda a su padre pero decide quitarlo de en medio despidiendo a los 50 hombres del propio rey y ordenando a su servicio que lo traten como estorbo.
Sintiéndose desestimado, Lear va en busca de su segunda hija Regan y el esposo de ella por quienes es igualmente maltratado. Entonces es obligado a vagar sin techo en medio de una tormenta, con la única compañía de su bufón y la del fiel conde de Kent, mientras va creciendo en él la locura por haber perdido el amor de sus hijas.
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Cuando el rey abdica y se retira es despojado por sus hijas mayores. Allí se despiertan todas las ambiciones políticas. Entonces Lear se enfrenta con la crudeza de todo aquello que es capaz de ocultar el elogio interesado: la mentira, la falsedad, la traición.
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Aparece la locura, como resultado de la alteración de la lógica humana, mientras la tormenta acelera el estado de conciencia de Lear, convulsiona su mente, porque se siente vocero portador de los fenómenos naturales. Sin embargo, no es la naturaleza, sino los propios hombres los que engendran la crueldad, la estupidez y el absurdo de la condición humana.
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Otro vasallo, el consejero del reino Gloucester, a su vez vive un drama simétrico al de Lear, ya que su hijo no legítimo Edmond, lo convence con patrañas que destierre a Edgar, su hijo reconocido legalmente. Entonces éste se convierte en un mendigo ermitaño y termina encontrándose en una choza del desierto con Lear, el bufón y el duque de Kent.
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Estalla la guerra civil con su inexorable secuencia trágica y sin posibilidad de detenerla.
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Gloucester parte en busca de Lear para pedirle que se reúna con el rey de Francia. A la vuelta es sometido a un interrogatorio por Regan, su esposo Cornwall y, furiosos le arrancan los ojos.
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El simbolismo de la ceguera: se puede ver el mundo sin verlo. Pero sin ojos se puede ver la marcha del mundo.
Uno dice: “¡Qué mundo! Un loco conduciendo a un ciego”.
Lear: “No puedes ver nuestro camino”.
Gloucester: “No sigo camino alguno. No necesito de ojos, tropecé cuando veía”
Lear: “Los humanos somos moscas, pero los dioses nos cortan las alas”.
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Un sirviente defiende a Gloucester y mata a Cornwall, dejando viuda a Regan, quien luego intentará ganarse para sí a Edmond.
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Se desatan las intrigas y las peleas salvajes entre todo el reino y mientras esto ocurre un soldado comunica que Goneril había envenenado a su propia hermana Regan, y luego se había dado muerte ella misma.
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Cordelia, quien manifiesta un amor capaz de redimir el mal por el bien, vuelve con un ejército francés para rescatar a su padre, pero es ahorcada por orden de Edmond, quien a su vez es muerto por Edgar.
El mal no se destruye a sí mismo.
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El bufón, leal, acompaña a Lear hasta sus últimos momentos, pero lo incrimina constantemente. Le dice: “¡Cuánto te pareces a tus hijas malas! ¡Ellas me azotan por decir la verdad, y tú me quieres azotar porque miento! Y a veces me azotan porque guardo silencio. No me gusta nada ser bufón, pero menos me gustaría estar en tu lugar. Mordisqueaste el sentido común por ambos lados y no dejaste nada en el medio”.
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El bufón no padece de las presiones de la ambición o la venganza. Asume la libertad de decir lo que quiere. Le señala a Lear la insensatez de su repudio a Cordelia.
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Ese bufón que aparece y desaparece sin que se sepa bien por qué, es uno de los personajes más enigmáticos. No tiene como Sancho Panza rusticidad en las manos, ni pretende gobernar reinos imaginarios, sólo se limita a hablar. Como Sócrates. Como el coro griego. Le dice: “Eres un falso juez”.
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Tal vez, el bufón sea la conciencia crítica del propio Lear, que intenta bajar del pedestal para comenzar un reencuentro consigo mismo.
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El rey sin trono y miserable, dice: “Cubre con oro el crimen y la palabra de la justicia se romperá. Ponte harapos y la atravesarás con una escasa navaja”.
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Lear, tardíamente, intenta revertir el uso de la palabra retórica como mecanismo desvirtuador de la realidad. Conoce en su pasado la corrupción del lenguaje, convertido por el poder en un instrumento de astucia y persuasión falaz, más que en un vehículo de verdad. Los perversos de Shakespeare no sólo hacen mal, sino que se valen de un convincente talento retórico que intenta crear un mundo de sospechas, conspiración y espionaje.
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Lear se arrepiente. Crece en él el enigma de la lucidez final: “No existen pecadores. Yo los absolveré a todos”.
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En efecto, el que observa, se lleva la impresión de que en un mundo miserable, no puede haber pecados menores. Y donde TODO es pecado, el pecado no existe.
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Lear lleva en sus brazos el cadáver de Cordelia y, ante todos, llora por sus penas, se arrepiente. Azotado por la locura y el dolor, finalmente atraviesa las arenas sombrías del destierro hacia su reparadora muerte.
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“Quítame las botas… Desabróchame aquí…”
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Juan Disante
Argentina
Invierno / 2009
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"El rey Lear" se estrena el 18 de Julio en el Nuevo Teatro Apolo, dirigida por Rubén Szuchmacher y con el siguiente elenco: Alfredo Alcón, María Zambelli, Joaquín Furriel, Juan Gil Navarro, Roberto Carnaghi.
Estreno: 18 de julio en el Nuevo Teatro Apolo. Av. Corrientes 1372, Buenos Aires, Argentina.
8 de julio de 2009
Aliento americano

Nueva poesía mexicana: Marlene Pasini
LEJOS DESDE LA NOCHE
para Taby
Vuelves rondando caminos invisibles,
el viento es la patria que te arrulló con sus alas de indulgencia,
arrecifes de aire para el mar que estrella su lamento
sobre la noche de tu sueño.
Gravita niebla, su resplandor contra tu rostro,
el cristal donde vislumbras el fondo del ayer,
los restos de un tiempo sin tiempo en el temblor de tus visiones.
¿Qué murallas derriba tu voz en el sigilo de la noche?
esa distancia que cae como un telón entre el vacío y la memoria
ardiente de los días.
¿Qué emisaria luz convocas desde el jardín insomne, bajo las piedras
que resguardan el color de las eneidas?
Semejante a rumor de fábula,
creciente llama en el umbral desierto,
te miras en un espejo de humo
y eres el humo mismo que arde al otro lado del inmenso túnel;
vértigo con sabor a pálida marea,
agua muda donde anclaste el árbol de tu misteriosa sombra.
Pides al alba que desgarre su luz
donde la soledad es el rito acostumbrado
bajo el polvo de los siglos,
bebes tu copa de miedo bajo la sal de los augurios,
el aposento más oculto entre la urdimbre que maquina el destino.
Y llegaste poco a poco a fundirte en el silencio,
a ser la brizna que golpea indiferente,
un cuerpo de bruma sumergido en su Orión de seco escalofrío,
con tu mañana envuelta en burbuja inmóvil,
último eco de arena pasajera.
Pesa en ti la estación de la nostalgia,
la demencia gris de la tormenta pudriéndose en la boca oscura de la tierra.
¿A quién le clamas por este abismo?
Canto mutilado de cuervos que horadan el profundo cielo.
OBSIDIANA
Olor a niebla
disuelto entre mis manos.
Extraña sombra
desdoblando sus contornos.
Erosión mineral del tiempo.
Ignoro
la sucesiva escritura de la noche,
su altitud de universo disgregado.
Soy apenas murmullo
en la eternidad del vértigo.
Esta penumbra:
diluvio de obsidiana





