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Encontrarse en sí, porque no existe el vacío.
Recurro a la memoria, mi continente, y al consuelo de actividades que me atraviesan
como sudestes de la renovación. Ahora, en soledad, cuando el ánimo gregario se
soslaya, la escritura conduce a cierres diferentes. Pero el oleaje no se
detiene; floto y flotamos en una línea de agua quieta, en interiores de la ola,
tras la piedra y su destino de arena.
Al
final de esta frase hay una constelación, dijo Rafael Felipe Oteriño en su Poética, porque por igual la realidad
nos aborda. Y el mundo está ahí,
aunque más lejos estos días.
La
edición, la palabra en otros: mi consuelo; la elección del maestro, mayúsculo
aliento en tiempos crepusculares. Rafael Felipe Oteriño, poeta mayor de mi
ciudad, cuya amistad me honra. Recuerdo ahora que en 2008 consulté por la
edición de uno de mis poemarios a Pablo Anadón -Ediciones del Copista,
entonces–. El libro que le presenté, fue el poemario que finalmente publiqué en
2013 con el título A ojo y de oídas. Pablo
Anadón me había contestado entonces, diciéndome que había en esta selección
algunos poemas maduros, pero que en general debía estacionar el libro por algún
tiempo, para que el contenido decantara. Como si se tratase de vino, pensé.
Si
la comparación vale, desde aquella consulta decantaron en las vasijas vinarias
de la mirada, poemas de otros muchos libros que publiqué. Y por añadidura, debo
confesar que aún me tienta decantar viejos poemas al ejercer la propia
relectura.
(c) Carlos Enrique Cartolano. "Scherzo", 2021
Ilustración: Mar del Plata