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20 de noviembre de 2011

Saint John Perse ¡Oh este francés, y los poetas franceses de mi adolescencia!




Lluvias

A Katherine y Francis Biddle

I

El baniano de la lluvia echa sus raíces sobre la Ciudad.
Un polipero apresurado sube a sus bodas de coral en toda esa leche de agua viva,
Y la idea desnuda como un reciario peina en los jardines del pueblo su crin de niña.
Canta, poema, en la vocinglería de las aguas la inminencia del tema:
Canta, poema, en el tropel de las aguas la evasión del tema:
Una alta licencia en el flanco de las Vírgenes proféticas,
Una eclosión de óvulos de oro en la leonada noche de los légamos
Y mi lecho hecho, ¡oh fraude!, a la linde de semejante sueño,
Allí donde se aviva y crece y comienza a girar la rosa obscena del poema.
Señor terrible de mi risa, he aquí la tierra humeante con el husmo de la venación,
La arcilla viuda bajo el agua virgen, la tierra lavada del paso de los hombres insomnes,
Y, olida de más cerca como un vino, ¿no es verdad que provoca la pérdida de la memoria?
Señor, ¡Señor terrible de mi risa!, he aquí el reverso del sueño sobre la tierra,
Como la respuesta de las altas dunas al escalonamiento de los mares, he aquí, he aquí
La tierra a cabo de uso, la hora nueva en sus mantillas y mi corazón visitado por una extraña vocal.

II

Nodrizas sospechosísimas. Cortejantes de ojos velados de madurez, ¡oh Lluvias! por quienes
El hombre insólito mantiene su casta, ¿qué diremos esta noche a quien haga altanera nuestra vela?
¿Sobre qué lecho nuevo, a qué reacia cabeza raptaremos aún la chispa valedera?
Mudo el Ande sobre mi techo, tengo una aclamación fortísima en mí, y es para vosotras, ¡oh Lluvias!

Llevaré mi causa ante vosotras: ¡en la punta de vuestras lanzas lo más claro de mi bien!
¡La espuma en los labios del poema como una leche de corales!
Y aquella que danza como un encantador de serpientes a la entrada de mis frases,
La Idea, más desnuda que una cuchilla en el juego de las facciones,
Me enseñará el rito y la medida contra la impaciencia del poema.
Señor terrible de mi risa, líbrame de la confesión, de la acogida y del canto.
Señor terrible de mi risa, ¡cuánta ofensa en los labios del chubasco!
¡Cuántos fraudes consumados bajo nuestras más altas migraciones!
En la noche clara de mediodía, anticipamos más de una proposición.
Nueva sobre la esencia del ser. . . ¡oh humos presentes sobre la piedra del lar!
Y la lluvia tibia sobre nuestros techos hizo igualmente bien en apagar las lámparas en nuestras manos.

III

Hermanas de los guerreros de Assur fueron las altas lluvias en marcha sobre la tierra;
Con cascos emplumados y bien arremangadas, con espuelas, con espuelas de plata y de cristal,
Como Dido hollando el marfil en las puertas de Cartago,
Como la esposa de Cortés, ebria de arcilla y pintada, entre sus altas plantas apócrifas. . .
Avivaban de noche el azur en las culatas de nuestras armas.
¡Poblarán el Abril en el fondo de los espejos de nuestras estancias!
Y no me cuido de olvidar su pataleo en el umbral de las cámaras de ablución:
Guerreras, ¡oh guerreras por la lanza y la flecha hasta nosotros aguzadas!
Danzarinas, ¡oh danzarinas por la danza y la atracción al suelo multiplicadas!
Son armas a brazadas, son mozas por carretadas, una distribución de águilas a las legiones,
Un levantamiento de picas en los suburbios por los más jóvenes pueblos de la tierra —haces rotos de vírgenes disolutas,
¡Oh grandes gavillas desatadas! ¡la amplia y viva cosecha en los brazos viriles invertida!
... Y la Ciudad es de vidrio sobre su zócalo de ébano, la ciencia en las bocas de las fuentes,
Y el extranjero lee sobre nuestros muros los grandes carteles anonarios,
Y el frescor está en nuestros muros, en donde la Indiana esta noche se hospedará en casa del nativo.

IV

Relaciones hechas al Edil; confesiones hechas a nuestras puertas. . . ¡Mátame, dicha!
¡Una lengua nueva de todas partes ofrecida! un frescor de aliento por el mundo
Como el soplo mismo del espíritu, como la cosa misma proferida, a flor del ser, su esencia a la fuente misma, su nacencia:
¡Ah! ¡toda la afusión del dios salubre sobre nuestros rostros, y tal brisa en flor
Al hilo de la hierba azuleante, que se anticipa al paso de las más remotas disidencias!
Nodrizas sospechosísimas, oh Sembradoras de esporos, de semillas y de especies ligeras,
¿De qué decaídas alturas reveláis para nosotros las
vías, Como al término de las tempestades los más bellos seres
lapidados sobre la cruz de sus alas?
¿Qué obsedéis de tan lejos, que aun es preciso que uno piense en perder el vivir?
¿Y de qué otra condición nos habláis tan quedo que uno pierde la memoria?
Para traficar con cosas santas entre nosotros, ¿desertáis vuestros lechos, oh Simoníacas?
En el fresco comercio de la neblina, allá donde el cielo madura su gusto de yaro y de nevero,
Frecuentabais el relámpago salaz, y en la albura de las grandes albas laceradas,
En la pura vitela rayada con un cebo divino, nos diríais, ¡oh Lluvias! qué lengua nueva solicitaba para vosotras la grande uncial de fuego verde.


V

Que vuestra venida estuviese llena de grandeza, lo sabíamos nosotros, hombres de las ciudades, sobre nuestras flacas escorias,
Pero habíamos soñado más altas confidencias al primer soplo del chubasco,
Y nos restituís, ¡oh Lluvias!, a nuestra instancia humana, con este sabor de arcilla bajo nuestras máscaras.
¿En más altos parajes buscaremos memoria? ... ¿o si nos es preciso cantar el olvido en las biblias de oro de las bajas hojarascas? ...
Nuestras fiebres teñidas con los tulipaneros del sueño, la catarata sobre el ojo de los estanques y la piedra rodada hacia la boca de los pozos, ¿no hay ahí bellos temas por reanudar,
Como rosas antiguas en las manos del inválido de guerra? ... La colmena todavía está en el vergel, la infancia en las horquetas del árbol viejo, y la escala prohibida en las bellas viudeces del relámpago...
Dulzura ele ágave, de áloe.... ¡insípida estación del hombre sin engaño! Es la tierra cansada de las quemaduras del espíritu.
Las lluvias verdes se peinan ante los espejos de los banqueros. En los paños tibios de las plañidoras se borrará la faz de los dioses-niñas.
E ideas nuevas se abonan a los constructores de imperios sobre su mesa. Todo un pueblo mudo se yergue en mis frases, en las grandes márgenes del poema.
Levantad, levantad, faltos de jefes, los catafalcos del Habsburgo, las altas piras del hombre de guerra, las altas colmenas de la impostura...
Aechad, aechad, faltos de jefes, los grandes osarios de la otra guerra, los grandes osarios del hombre blanco sobre quien se fundó la infancia.
Y que oreen sobre su silla, sobre su silla de hierro, al hombre presa de las visiones que irritan a los pueblos.
No concluiremos de ver arrastrarse sobre la extensión de los mares la humareda de las hazañas con que se tizna la historia,
En tanto que en las Cartujas y las Leproserías, un perfume de termitas y de blancas frambuesas haga erguirse sobre sus cañizos a los Príncipes valetudinarios:

“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir entre los hombres, y he aquí que la tierra exhala su alma de extranjera.”

VI

Un hombre aquejado de semejante soledad, ¡que vaya y guinde en los santuarios la máscara y el bastón de mando!
Yo llevaba la esponja y la hiel a las heridas de un viejo árbol cargado con las cadenas de la tierra.
“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir lejos de los hombres, y he aquí que las Lluvias. . .”
¡Tránsfugas sin mensaje, oh Mimos sin visaje, conducíais a los confines tantas bellas simientes!
¿Hacia qué bellas hogueras de hierbas entre los hombres apartáis una noche vuestros pasos, por qué historias desenlazadas
Al fuego de las rosas en las alcobas, en las alcobas donde vive la oscura flor del sexo?
¿Codiciáis nuestras esposas y nuestras hijas tras la verja de sus sueños?
(Hay mimos de mayorazgas
en lo más secreto de las estancias, hay puros servicios y tales que uno pensaría en el palpo de los insectos…)
¿No tenéis nada mejor que hacer entre nuestros hijos, que espiar el amargo perfume viril en los correajes de la guerra? (como un pueblo de Esfinges, grávidas de la cifra y del enigma, disputan acerca del poder a las puertas de los elegidos…)
¡Oh Lluvias, por quienes los trigos salvajes invaden la Ciudad, y las calzadas de piedra se erizan de irascibles cactus,
Bajo mil pasos nuevos hay mil piedras nuevas recientemente visitadas. En los azafates refrescados por una invisible pluma ¡haced vuestras cuentas, diamantistas!
Y el hombre duro entre los hombres, en medio del gentío, se sorprende soñando en el limo de las arenas. ...“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir sin dulzura, y he aquí que las Lluvias...” (La vida sube a las tempestades sobre el ala de la repulsa.)
Pasad, Mestizas, y dejadnos en nuestro acecho... Tal se abreva en lo divino cuya máscara es de arcilla.

Toda piedra lavada de los signos de vialidad, toda hoja lavada de los signos de latría es la tierra ablucionada de las tintas del copista. . .
Pasad, y dejadnos con nuestros más viejos hábitos. ¡Que mi palabra todavía vaya delante de mí! y cantaremos todavía un canto de los hombres para quien pasa, un canto de alta mar para quien vela:

VII

“Innumerables son nuestras vías y nuestras mansiones inciertas. Tal se abreva en lo divino cuyo labio es de arcilla. Vosotras, lavadoras de los muertos en las aguas madres de la mañana —y está la tierra todavía en las zarzas de la guerra— lavad también la faz de los vivos; lavad, ¡oh Lluvias, la faz triste de los violentos . . . pues sus vías son estrechas y sus mansiones inciertas.
“Lavad, ¡oh Lluvias!, un lugar de piedra para los fuertes. A las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, aquellos que no embriagó el vino de los hombres, aquellos que no mancilló el gusto de las lágrimas ni el sueño, aquellos que no se curan de su nombre en las trompetas de hueso... a las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, en lugar de piedra para los fuertes.
“Lavad la duda y la prudencia al paso de la acción, lavad la duda y la decencia en el campo de la visión. Lavad, ¡oh Lluvias!, la catarata del ojo del hombre de bien, del ojo del hombre de ideas sanas, lavad la catarata del ojo del hombre de buen gusto, del ojo del hombre de buen tono; la catarata del hombre de mérito, la catarata del hombre de talento; lavad la escama del ojo del Maestro y del Mecenas, del ojo del Justo y del Notable ... del ojo de los hombres calificados por la prudencia y la decencia.
“Lavad, lavad la benevolencia del corazón de los grandes Intercesores, el decoro de la frente de los grandes Educadores, y la mancilla del lenguaje de los labios públicos. Lavad, ¡oh Lluvias!, la mano del Juez y del Preboste; la mano de la partera y de la amortajadora, las manos lamidas de inválidos y ciegos, y la mano baja, en la frente de los hombres, que sueña todavía con riendas y con foete. . . con el asentimiento de los grandes Intercesores, de los grandes Educadores.
“Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales, las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos. Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de viejos dientes de mulas. . . Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, las altas tablas conmemorativas.

“¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias, las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión; lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo; lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los más bellos dones del hombre ... del corazón de los hombres mejor dotados para las grandes obras de razón.”

VIII

...El baniano de la lluvia pierde sus raíces en la Ciudad. ¡Al viento del cielo la cosa errante y tal
Como vino a vivir entre nosotros! ... Y no negaréis, de repente, que todo nos viene a nada.
Quien quiera saber lo que acontece a las lluvias en marcha sobre la tierra, véngase a vivir sobre mi techo, entre los signos y presagios.
¡Promesas incumplidas! ¡Inasibles simientes! ¡Y humaredas que veis sobre la calzada de los hombres!
¡Venga el relámpago, ¡ah! que nos abandona! ... Y conduciremos de nuevo a las puertas de la Ciudad
Las altas Lluvias en marcha bajo el Abril, las altas Lluvias en marcha bajo el foete como una Orden de Flagelantes.
Pero henos aquí librados más desnudos a ese perfume de humus y de benjuí en que la tierra se despierta con sabor de virgen negra.
... Es la tierra más fresca en el corazón de los helechales, la afloración de los grandes fósiles en los carbones chorreantes,

Y en la carne lacerada de las rosas tras el huracán, la tierra, la tierra con gusto todavía de mujer hecha mujer.
... Es la Ciudad más viva a las luces de mil cuchillos, el vuelo de las consagraciones sobre los mármoles, el cielo todavía en los pilones de las fuentes.
Y la cerda de oro en ápice de estela sobre las plazas desiertas. Es todavía el esplendor en los pórticos de cinabrio; la bestia negra herrada de plata a la puerta más excusada de los jardines;
Es todavía el deseo en el flanco de las jóvenes viudas, de las jóvenes viudas de guerreros, como grandes urnas reselladas.
...Es el frescor corriente en las crestas del lenguaje, la espuma todavía en los labios del poema,
Y el hombre todavía de todas partes urgido por ideas nuevas, cede al levantamiento de las grandes olas del espíritu:
“¡El bello canto, el bello canto que he aquí sobre la disipación de las aguas!. . .” y mi poema, oh Lluvias, ¡que no será escrito!

IX

Llegada la noche, cerradas las verjas, ¿qué pesa el agua del cielo en el bajo imperio de la hojarasca?
¡En la punta de las lanzas lo más claro de mi bien!... Y cosa igual al azote del espíritu,
Señor terrible de mi risa, llevarás esta noche el es-cándalo a más noble casa.
...Pues tales son vuestras delicias, Señor, en el árido umbral del poema, en donde mi risa espanta a los verdes pavorreales de la gloria.





Antología Mínima
Traducción de Jorge Zalamea
Selección y nota introductoria de José Emilio Pacheco
México, 2008
Aclaración de La trampa de arena: ¡Está permitido recurrir al diccionario...!

19 de noviembre de 2011

Guardarropas



El carácter destructivo sólo conoce una consigna:
hacer sitio; sólo una actividad:
despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre
es más fuerte que todo odio.
Walter Benjamín: El carácter destructivo, de Discursos Interrumpidos I



Mientras cepilla estantes libres
Del guardarropas vacío concluye:
Otro recinto habrá detrás de éste
Y otro más –el más distante-
Clausurados ambos. Es definitivo
Que a nadie preocupó copiar sus llaves.

No sabe qué apilar sobre qué
Continuará soportando:
Debajo de epílogos y albores
Esconde llantos que abortó
Quién sabe cuál esclusa en fuga.
Un salpicado de lágrimas –conviene-
Alcanza para cepillar estantes.

En otros guardarropas –los candados
Los de otra vida y otras tardes
Con manzanas maduras de sol-
Están sus viejas pieles. Las mudas
De ofidio o de lagarto. Esferas
De algodón para asomar vellosidades.

Y pelusas que el otoño arrastra
Con canastos despojados. Crisálidas
Rotas. Cabellos quebrados. Larvas
Ambarinas de cigarras como fetos
Que huelen a tierra. Revividos ecos
En la hilera de cuatro casuarinas.

Sigue cepillando pero se apura
Por ganarle al día y sus sombras
-Es necesario destruir para cambiar-:
El fugitivo respira cuando alza la maza
Y rompe. Por breve tiempo nada necesita
Corretea libre en los estantes.


(c) Carlos Enrique Cartolano. De Bridas, 2011.

Feria del Libro de Mar del Plata



Soplar soplar


La poesía es soplo sobre hierba
La hierba es socialista
Para todos se recuesta
en la faz de praderas.
La poesía:
Soplar versos blancos de mañana
O redondos como tunas si nos alcanza
El mediodía.

La hierba es compartida
También el soplo
Es del hombre general
Que para vivir expira
Versos libres de común destino.
Porque las hojas de hierba
Se recuestan
Sobre todo corazón
Y en la faz de la tierra.

La poesía es hojas de hierba
Que vienen sujetando soplos
Y esa boca que sopla
No es ajena a la gloria.
Porque la palabra fluye
Versos transparentes
Desde una y toda boca
Elegidas del que sopló
Antes y mejor que ningún otro.

El padre de barro y la hierba
Recostados
Sobre la faz amanecida
Antes de que el sol arroje tunas
Redondas como soplos
Concretas como versos
O bocas artesanas y hacedoras:
El primer soplo de Dios
Es el que embocamos
Desde entonces y por siempre.

La poesía es soplo sobre hierba
De ella supo bien el fundador:
¿A dónde vamos Walt Whitman?
 Las puertas se cerrarán dentro de una hora.
¿Hacia dónde apunta tu barba esta noche?
(Toco tu libro, y sueño
 con nuestra odisea en el supermercado
y me siento absurdo)
-Allen Ginsberg-
Hasta en la ajena California
Se prestan hierbas al soplido. Ya ven:
¡Vengan a usar sus bocas breves!

Les presento dos milagros.
Cuatro o cinco
En realidad: el mundo y su conciencia
Reproducen
Voluntad editorial. Y sin papel:
Luz. Solamente luz
Y no hay papel.
Cuerdas evocó seis años de viajes
Y El Piquete nuevo alarido
De la verdad frente al poder
Que viola y asesina.
Avisos y señales podas de prosa a los sesenta
Y frente al odio Poemas del amor que vence
A la muerte y al mal de todo mal
Erradicar sus usinas
Al mundo de raíz.

Antídoto nómade la poesía
Combatiendo amargores y a tanto
Tanto buitre al que convocan
Cadáveres vacíos de soplo
(los amontonados en zanjas
yermos y no recostados sobre la faz
de la tierra como estas hierbas
enviadas de Dios).

La poesía soplo de la tierra
(recuerda la brisa que bendijo a Elías)
Nos troca en hacedores
De mieles y de trinos: ya se sabe
La intimidad urdida con palabras
Se nos vuelca por los labios
Tinta del dolor y la alegría.

Y dicen insistentes
Que el mundo conforme bibliotecas
Ha mutado. Que la electrónica
-una chispa que recuerda a Adán-
Sigue encendiendo el horizonte
Y desde que se prendió
Nadie intentó apagarla. Y dicen
También con insistencia
Que hoy los anaqueles
De siglos y milenios se reducen
Al tamaño de un pañuelo.
¡Mírenlos pasear orondos de bolsillo
En bolsillo. Haciendo delicias
Del pueblo. De sus intérpretes amantes!


(c) Carlos Enrique Cartolano. De Bridas, 2011.
Texto de la presentación de poemarios electrónicos por su autor, el pasado 16 de noviembre en la 7a Feria del Libro de Mar del Plata 2011 -Puerto de Lectura-.

13 de noviembre de 2011

Una invitación muy especial


 El miércoles 16 estaré esperándote...



 
Y dicen insistentes
Que el mundo conforme bibliotecas
Ha mutado. Que la electrónica
-una chispa que recuerda a Adán-
Sigue encendida al horizonte
Y desde que se prendió
Nadie intentó apagarla. Y dicen
También con insistencia
Que hoy los anaqueles
De siglos y milenios se reducen
Al tamaño de un pañuelo.
¡Mírenlos pasear orondos de bolsillo
En bolsillo. Haciendo delicias
De monarcas e intimidades!

El 16 de noviembre próximo, a las 19 horas, en Auditorio OSDE, de Av Colón 2909 -frente a Plaza Mitre, en el marco de la 7ª Feria del Libro-, Mar del Plata-, se presentarán los libros  electrónicos

CUERDAS – EL PIQUETE Y OTROS POEMAS y
AVISOS Y SEÑALES – POEMAS DEL AMOR QUE VENCE A LA MUERTE
de Carlos Enrique Cartolano
Editó EMOOBY –Madeira, Portugal-, 2011

Cuatro poemarios que reúnen en dos volúmenes, la producción del período 1998/ 2009
Presentará la obra el poeta RAFAEL FELIPE OTERIÑO
Leerán poemas Sol Flores, Yamila Coronello, Mercedes D´Antonio y Leandro Sturla, alumnos de la EMAD Mar del Plata. 




Carlos Enrique Cartolano

30 de octubre de 2011

Motivos del cangrejo



Abrazo


Gravitan arenas
Con cada mirada
Para-caídas:
Sobrevolante entierra
De aire destrocado
Y está. Sobre toda
Palabra cierne el puño
Y hereda-sentencia-escribe.

Sujeto el aire
La tierra estruja y besa
Y el mar: este abrazo de horizontes.

El idioma
Códice de intimidad
-Armado con abrazos
Sorpresa en los puntos
Tiempo perdido
En cada coma-
Sólo sirve entre dos
Algo o bastante más
Que estos
Dos
Interlocutores aficionados.





Cerrojos y tenazas


De servidumbres
Cárceles disoluciones
Como el cangrejo:
Abrazo itinerante marea
Tras marea amarrado
Llega con pinzas abiertas
Se jubila con pinzas cerradas.

Cangrejo cerrojo
Abrazo pinza y tenaza
Abrojo del alma: cangrejo.

Cuando besa hace
Clac-clac el cangrejo
Ocho brazos
Dos tenazas
Dependiente afectivo
Clava sus pinzas cuando abraza.

Pero es breve
Su intimidad sin lumbre
Ni palabra. Sin verso
Ni prosaica seducción.
Al bies como cámara
De filmación paralela
A la rompiente. Matón
Delincuente del abrazo
Constrictor.




Interior


Aunque en la arena
Ese otro abrazo que se alza
El que incluye. Puesto
Dentro. Atesorando
Cerrados los brazos siempre
Sin pinzas ni tenazas
Sin cerrojos
Sin abrojos
Tras cada dos ojos.

Es el alma aferrada
En abrazo
Con cada matriz
Puesta a germinar
Dispuesta a parir
A crear
Preparada. Saltando
Sobre el agua. Sobre la arena
Sobre la mirada
Sobre cada cangrejo exhausto
Exangüe exánime del alma
Que lleva abrazada.

Como el abrazo
Cernido desde la altura
Sobre la humildad
De ciertas miradas.



Preguntas de cangrejo



¿Basta la poesía?
¿O sigue en alguna prosa
Triste como planeador
De diario humedecido?

¿Alcanza cada orilla
Violenta las fronteras
Orada madera vidrio y acero
La palabra por asalto
Abalanzada?

¿O es una colonia
De baño o de peluquería
Que concluye dando náuseas?

El verso con miel
La palabra que acaricia
Esa como la mano
Acostumbrada
A la piel que ama
Y reconoce:

¿Admite herencias
Gana territorios
Crece y se prodiga
Triunfa gobernando
Acaso se defiende?

¿O muere desflecada
Machacada por acreedores
Ofendida con cielos opacos
Descolorida y rifada
Muda de opinión
Barata como escoria
De bruces en la tierra?

El cangrejo pregunta
¿Quién responde?

(c) Carlos Enrique Cartolano. De Brida, 2011

29 de octubre de 2011

El arte del alejandrino


 

por Julio Aumente

Paisaje con campanas


Son ya las seis y media y es domingo. Febrero
trae uno de sus días soleados y dulces
en los que ya se siente rozar la primavera.


Desde este mirador veo Córdoba: sus torres
y sus casas bañadas en el sol de la tarde,
con un silencio apenas roto por unos pájaros
o por llantos de niños en las casas cercanas.


A veces toda la ciudad vibra entera
y el aire es dulcemente rasgado
por la campana de un convento que toca a Vísperas.
Primero es el Císter, luego la Encarnación,
lejos se oyen apenas Santa Isabel y el Corpus.


Después viene el silencio a dominar de nuevo.
Por la campiña se vuelve el aire tenuemente violeta
y en la sierra los montes oscuramente azules,
¿acaso no es la tarde como una nueva aurora?
San Jerónimo cubre su perfil de naranjas.


Un rumor de caballos sube desde la calle.
Las campanas repiten su llamada insistente
y los pájaros huyen de las torres. El Ángelus
se extiende en toda Córdoba entre sol y silencio.


En la blanca azotea de un convento apartado
del mundo por ligeras celosías de madera,
una monja recoge las ropas ya secadas.


La última campana ha cesado. Imperceptiblemente
la tarde va dejando jirones de sí misma
en las cumbres más altas de Sierra Morena.


Lejos hacia Granada las luces van huyendo
y ni un rayo de sol queda ya en los tejados.


Los jardines ocultos van despertando al frío
y de un balcón oscuro surge un rumor de música.
La noche viene lenta casi como la muerte
que se espera, no llega y de pronto ha llegado.



Sarcófago de Córdoba

Allí se reclinó el cuerpo cansado
de aquel que buscó y no halló la absoluta belleza,
verde jardín que refresca el surtidor,
no más, no más sino dormir eternamente.


Filósofo abúlico o dacio mílite,
noble patricio o emperador divinizado,
en tan deslumbrador rectángulo de mármol
rosado mineral, tal si de Paros,
con luz lunar iluminada luce
vegetal o animado relieve caliente e inmortal
en cuya puerta, innominada, resquicio cierto incita
a traspasar el dudoso dintel ignoto.


Puerta indecisa que separa
sucio mundo presente de un más dichoso prometido;
Hades funesto así lo aceptas sin pavor alguno,
senda de luz y silencio abierta ante tus pies,
niebla acogedora te envuelve en tu mortal deceso,
esplendor evanescente que hace traslúcido el frío alabastro.


Sarcófago de Córdoba que en ti mismo devoras
cruel ciudad desdichada a la vulgaridad entregada con desidia.


Descansa ahora y luego resucites,
corta fusión perecedera,
para de ti volver, alta realeza,
polvo o aire, del agua, triunfal de nuevo en ti reconvertirme.



El poeta Julio Aumente (Córdoba, 1921-Madrid 2006) fue el más joven del grupo de poetas de Cántico. Formó parte del Grupo desde el primer momento junto a Bernier, García Baena, Ricardo Molina, Mario López, Ginés Liébana y Ginés del Moral. En la primera etapa de Cántico, Aumente publicó tres poemas y en la segunda, ocho, entre los que se encuentra un poema titulado "Paseo marítimo".

No terminan de convencerme los prólogos que Luis de Antonio de Villena dedica en Visor a los poetas de Cántico. El de García Baena está, además, repleto de erratas y da la impresión de que fue ejecutado con todas las prisas del mundo, como si ya estuviese cobijado tiempo ha en un cajón, expectante para el momento. Algo parecido le ocurre al prólogo que dedica a la Poesía Completa de Julio Aumente: su visión privilegiada termina en prepotencia erudita.

Claro, luego viene la poesía y toda muda, se trastoca. Después de los sonetos barroquizantes y gongorinos de El Aire que no vuelve (1955), puede leer uno El Silencio (1958). Aunque cambiante, la poesía de Julio Aumente empieza a contener desde este libro los temas que le preocuparán siempre. Me detengo en este libro porque habla de la soledad y la desolación, temas que lo acercan a Cernuda y a Machado. Articula su poesía alrededor de la dicotomía cernudiana de la realidad y el deseo, de los ambages y límites que impiden fecundar la plenitud del deseo. El deseo es el único que permite aspirar a la plenitud.

En la fotografía (circa 1948) de izquierda a derecha Julio Aumente, Pablo García Baena y Miguel del Moral 


22 de octubre de 2011

Un prólogo: ¨el¨ prólogo


La novela de aventuras:
un objeto artificial
que no sufre ninguna parte injustificada…



Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset –La deshumanización del arte, 1925- trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la página 96, que ¨es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior¨, y en la 97, que esa invención ¨es prácticamente  imposible¨. En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela ¨psicológica¨ y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aún de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonable disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.



El primero (cuyo aire de paradoja ni quiero destacar ni atenuar) es el intrínseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, ¨psicológica¨, propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad… Esa libertad acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela ¨psicológica¨ quiere ser también novela ¨realista¨, prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida vaguedad) un nuevo toque verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día.  La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los siete viajes de Simbad o del Quijote, le impone un riguroso argumento.

He alegado un motivo de orden intelectual; hay otros de carácter empírico. Todos tristemente murmuran que nuestro siglo no es capaz de tejer traumas interesantes; nadie se atreve a comprobar que si alguna primacía tiene este siglo sobre los anteriores, esa primacía es la de las tramas. Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizás más digno de nuestra absoluta amistad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos, pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities  en fábulas  comparables a las de Kafka. Anota con justicia Ortega y Gasset que la ¨psicología¨ de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos. A Shakespeare, a Cervantes, les agrada la antinómica idea de una muchacha que, sin disminución de hermosura, logra pasar por hombre; ese móvil no funciona con nosotros. Me creo libre de toda superstición de modernidad, de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana; pero considero que ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento como The turn of the screw, como Der Prozess, como Le Voyageur sur la terre, como ésta que ha logrado, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares.

Las ficciones de índole policial –otro argumento típico de este siglo que no puede inventar argumentos- refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir en prematuras o parciales revelaciones me prohíbe el examen del argumento y de las muchas delicadas sabidurías de la ejecución. Básteme declarar que Bioy renueva literariamente un concepto que San Agustín y Orígenes refutaron, que Louis Auguste Blanqui razonó y que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:

         I  have been here before,
         But when or how I cannot tell:
         I know the grass beyond the door,
         The sighing sound, the lights around the shore...

En español, son infrecuentes y aún rarísimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreu) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo.

He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.

Jorge Luis Borges

Prólogo a La Invención de Morel de Adolfo Bioy Casares. Editora Nacional
-Biblioteca de Clásicos de la Literatura-. Madrid, 2001



20 de octubre de 2011

Poesía llama viva



Poesía llama
Viva: pabilo ardiente
Por el que respira el alma.

Voz del amanecer
Llama viva
Hilos de oro y plata
Sus palabras:
Encolumnadas
Lumbres
Bordadas.

Ella la poesía
Llama
Ata y desprende
Prende y desata
Imagen y reflejo
Cielo del cristalino.

Una línea mínima
-Sobre el horizonte
Sus fogatas
Múltiples-
O tan sólo una letra:
Suficiente
Luz despojada arroja luz
Resucita el alma.

La palabra
Cuelga de palabras.
Atado
Colectivo de miradas
Arteria divina:
La poesía destierro
Del cielo
Deshielo sobre la tierra.

(c) Carlos Enrique Cartolano. De Brida, 2011

6 de octubre de 2011

El que busca, encuentra: Dos poemas




por Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931)
Premio Nobel de Literatura 2011

La plaza salvaje

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje.
Parto hacia la isla cubierta de nieve
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.


de El cielo a medio hacer. Traducción de Roberto Mascaró.


El reino de la inseguridad

La jefa de oficina se inclina y traza una cruz
y oscilan sus pendientes como espadas de
Damocles.

Así como la frágil mariposa se hace invisible en
el suelo
confluye el demonio con el diario abierto.


Un casco que nadie lleva ha tomado el poder.
La tortuga madre huye volando bajo el agua.


De Góndola fúnebre. Traducción de Roberto Mascaró