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23 de diciembre de 2011

Amebas


por Ángeles Prieto Barba

 


Cuentan que Isaac Albéniz, mientras impartía clases de piano por las tardes para mantener a su familia, un buen día escuchó cómo un aventajado alumno, muy formal, le regaló una interpretación del Claro de Luna de Beethoven absolutamente perfecta, sin ninguna tacha o error técnico que pudiera reprocharle, pero con idéntica pose fría, el mismo rostro hierático y aplicado con el que entró.

-          ¿Usted tiene esposa, muchacho?, le preguntó.
-          No, maestro, soy muy joven para siquiera planteármelo.
-          Entonces, ¿tendrá novia?
-          No tengo tiempo, tengo mucho que estudiar, aprender y practicar.
-          Pues mejor que vaya dejando esto pronto, caballerete, para la música no sirven aquellos que tienen en las venas sangre de horchata.

La brusca respuesta de Albéniz respondía a su carácter expeditivo, enérgico y apasionado, pero tenía razón. Pues nulo arte puede mostrar quien nada tiene que ofrecer. Así, si reducimos música, pintura o escritura a la mera exhibición glamourosa de la inteligencia o supuesto talento de sus autores, sin intento alguno de comunicación con quien pueda mirarlos, aspiración de la que brota esa emoción necesaria, todo quedará en humo, en nada.

Pues el amor, ese esfuerzo irracional que debemos realizar para comprender, empatizar, entrar en una misma sintonía con alguien distinto, no compatibiliza nada con la egoísta contemplación del ombligo propio, ni siquiera del ajeno, si ese otro no sirve más que para adornar el nuestro, para ser objeto de envidias al contar con compañía supuestamente grata.

Las relaciones entre hombres y mujeres han variado muchísimo en estos últimos años, volviéndose ahora increíblemente hoscas tras la lucha, el éxito y la celebración conjunta de la tan añorada igualdad por los dos sexos que se llevó a cabo en los años sesenta y setenta, tan lejanos. La equivocada traducción que realizaron algunos hombres y mujeres de la palabra feminismo por la de competición, ha conducido al varón a la lejanía y a la indiferencia, cuando no al rechazo frontal del compromiso y el esfuerzo necesario para la perdurabilidad de toda relación enriquecedora, esa que sólo puede darse entre inteligencias y sensibilidades parejas, iguales.

Del mismo modo, las mujeres a diario cumplen con sus roles público y privado, ambos con altos niveles de exigencia y competición, obligadas a demostrar siempre su valía, apresuradas, frustradas, corriendo de un lado a otro, sin apenas tiempo para el cuidado e imaginación que su pareja necesita y al que frecuentemente relega, debiendo colocar entre sus disponibilidades temporales al varón mucho después del eficaz ejercicio de su trabajo y del cuidado amoroso de los hijos.

Pero aún en estos tiempos “profesionales” el amor no sólo es factible, sino también muy necesario. La naturaleza acaba por rebelarse dado que nadie puede continuar mucho tiempo en este mundo brutal sin siquiera una caricia comprensiva, un hombro en el que apoyarse.

Algo tan sencillo de resolver como adoptar ante quien nos interese una actitud distinta. Abierta, honesta y gentil en el trato, comprensiva y no agresiva. Toda esa magia que estalla cuando, en creativa armonía, uno puede comprender todos los guiños que le hace el otro, cobrando sentido cada vieja y cada nueva palabra que en el diálogo amoroso se establece, sin otro fin ni aspiración que la de llegar al corazón ajeno, es lo que se ha perdido. El diálogo, verdadero vehículo del amor, constituyendo el preponderante y sobrevalorado sexo tan sólo una prolongación gimnástica del mismo.

Lo que Cortázar intuyó y definió como la comunicación amorosa cómplice y sin censuras, con aspiración a convertirse en interminable, que sólo puede darse con la premisa del respeto admirativo, de una confianza absolutamente inquebrantable cuando uno es capaz de amar con verdades, con los ojos sabios y bien abiertos, aceptando debilidades, indecisiones, defectos, no hablemos siquiera en cuestiones de pareja de la falta de peculio o de un currículum académico o artístico por el que esta sociedad tan competitiva, ciega e injusta, se guía para premiar siempre a los mismos listos. Sociedad fascistoide que nos divide en arañas sin escrúpulos, trepadoras y encumbradas, frente a patéticos insectos aspirantes, mucho menos miserables.

Porque siquiera en nuestros días, ¿el diálogo se puede conseguir? ¿El amor eterno, acaso perdurable, es posible? Existe, yo soy testigo y puedo exponeros un ejemplo. Pues hace años, durante la reproducción en vídeo de un documental biográfico, contemplé a una muy risueña pareja de ancianitos que entablaron ante las cámaras una conversación brillante. Mucho más que eso: una plática tan llena de humor, tan inteligente y chispeante que me hizo de inmediato rebobinar la cinta cuando terminó, a fin de que constatar de nuevo lo que allí había sentido y escuchado. Pues aquellos abuelos, llamados Igor y Vera, no sólo se limitaron a repasar su vida entre convulsiones sociales e históricas, grandes nombres propios, reflexiones filosóficas, amigos famosos y otros por completo desconocidos, defectos y problemas mutuos que lograron solventar apoyados el uno en el otro; no, más bien se dedicaron gestos, ideas y palabras tan alegres, lúcidas y jóvenes, que dejaron fuera a la cámara por completo, que lograban parar el tiempo. Eran ellos dos, la alegría que se transmitían el uno al otro, lo que te atraía. Si el amor es el menor espectáculo del mundo porque sólo dos así lo ven y así lo sienten, aquello trascendía y podíamos contemplarlo todos.

Y más tarde, yo sólo pude agradecer que el viejecito Igor se apellidara, además, Stravinsky y que hubiera sido el mayor compositor que nos legara el siglo pasado, para lanzarme como una loca a conocer su historia mutua y sus secretos, pues llevaban así de felices sesenta y siete años, tiempo que va desde que se conocieron en París en 1921, hasta 1968 en que fue realizado aquel reportaje.

Sí, pues a Igor Fiódorovich Stravinsky (1882-1971) un amigo común, tras una época de fama, vida loca y francachelas, años de juventud disipada en soledad acompañada, lo notó muy triste y deprimido. No era para menos, pues en aquellos tiempos Igor pensaba tirar por completo la toalla de la composición y volver a Rusia para vivir allí dando clases, quizá bajo la sombra atroz de la culpa pues, mientras ganaba y dilapidaba dinero en París, acompañado de las estrellas del momento, como su amante Coco Chanel, en Rusia permanecía su familia, su esposa Katerina Nossenko y sus cuatro hijos, uno de los cuales, junto a su mujer, aquejados seriamente de tuberculosis.

Así pues, este amigo decidió que para animar al feo maestro de “La consagración de la primavera”, a fin de que aparcara el alcohol y las fiestas y volviera a componer, debería presentarle a alguien muy especial, como resultó ser aquella rusa parisina, la alegre bailarina Vera Sudeykina de Bosset, bastante más conocida en el mundillo por su carácter risueño, sus agudas contestaciones y sus chistes insidiosos, que por el arte de su danza. 

Vera tampoco era feliz, pese a su carácter divertido y bromista ante las penurias y adversidades de la vida bohemia. Pues toleraba un matrimonio complicado y sin hijos con Serge Sudeikin, pintor y diseñador de escenarios, de quien se separó al poco tiempo de conocer a Igor, cuando decidieron buscar un refugio donde poder encontrarse a ratos.

Porque su encuentro no supuso un flechazo, ni siquiera un fulminante amor fou  que les hiciera tirar todo por la borda y hacer daño ajeno dado que, durante dieciocho años, Vera e Igor decidieron que en modo alguno su amor debía molestar a la familia rusa de Stravisnky, por lo cual en este periodo la vida del compositor transcurrió entre Moscú y París continuamente.

Sin duda, en estos tiempos a él todas lo criticaríamos sin piedad: ¡oh, el sagrado compositor burgués que, con su doble vida, arrastra el nombre de la esposa por el fango!, ¡debería él también haberse divorciado!. Pero el caso es que la vida, si algo nos enseña, es a intentar comprender y no juzgar, vidas ajenas. De hecho, la enfermiza Katerina conocía bien la existencia de Vera e incluso la aprobaba. Murió en 1939, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, junto con la madre de Stravinsky y su hija menor, Mika. Y en 1940, Vera e Igor, ante la situación bélica no exenta de riesgos, a Nueva York marcharon iniciando allí una larga y plácida vida feliz de la que todos fueron testigos hasta la muerte del maestro, que ahora yace en Venecia, en la isla de San Michele, muy cerca de la tumba de su amigo el gran Diaghilev.

El caso es que la influencia de Vera en la vida de Igor fue creciendo hasta convertirse en imprescindible e irrenunciable, pues tras su conjunta afición por la literatura  (W. H. Auden, Eliot, André Gide) hizo que éste emprendiera una carrera musical increíble e inquieta, plena de transformaciones, con muy diversas etapas de las que hoy podemos disfrutar todos: Octeto (1923), Oedipus Rex (1927), la increíble ópera The Rake progress (1951) basada en las pinturas de William Hogarth, Tres canciones de Shakespeare (1953),. In memoriam Dylan Thomas (1954) entre otros muchos títulos.

Pero antes de que los prejuicios actuales nos lleven a lamentar que Vera sólo fuera sombra tras los despliegues virtuosos del gran maestro, déjenme recordarles que el compositor genial, así como la simpática Vera, fueron también sombra tras esa obra musical, aquel despliegue de amor que nos legaron y lo único que debe importarnos. Ellos fueron felices.
        
Todos seremos huesos, polvo, ceniza y olvido. Pero mientras, no podemos ser más que amebas tristes, arrastrándonos penosas, si no contamos con el cálido amor de otro.

18 de diciembre de 2011

Más quintetos de oriente



Soledades





Risas en las escaleras


¿Suben o bajan? Suben:


Risas más livianas que el aire


De la ciudad: enfermo de sirenas


Alarmas desbocadas/ Llantos.










Soledades II




La noche acoge este insomnio


Junto a múltiples ladridos.


Distancia. Llamado. Respuesta:


Agonía o encuentro. Aleatoria


Como el mismo amanecer.




Soledades III




Mis hijos se disponen ahora


En anaqueles de biblioteca.


Esperan como libros a medio leer:


Hay que buscar la marca. Volver


La página y ponerse al día.




Soledades IV




Fue necesario ocultar


El silencio. Buscarse manos


Y pies y besos propios y sed


Que saciar y cercadas noches:


Descubrimiento y conquista.

12 de diciembre de 2011

El milagro de la Santa




por Ángeles Prieto Barba

            A Daniel Moyano 

Mucho más luminoso que un día de Corpus fue para mí cuando mi padre, terminada su jornada como policía municipal, apareció subiendo los escalones de nuestro quinto piso cargado con pequeñas banderitas de colores. ¿Qué le traigo hoy a mis niñas, qué? Pues me recuerdo entonces dándole una y mil vueltas al triste boniato guisado que constituía toda mi cena, cuando había cena, claro, y escuchando los gritos de mi hermana mayor obligándome a que me lo tragara de una vez. Las letanías y sermones de todos los días, aquello de que los pobres no podían hacer melindres y ascos a la comida. Sólo que yo ya estaba ahíta, llena, harta de un hambre que sólo se saciaba con lo mismo. Y pensaba ya en mi cama en dormir y dormir hasta desaparecer, como muchos de los niños que conocí y que durmiendo un día se fueron volando al cielo, como me contaron, para nunca más volver. Y a los que un día los mayores velaban, como angelitos perdidos.

         Las extrañas banderitas, de azul y plata, que mi padre nos regaló dándonos  besos esperanzados, eran para mañana. Le brillaban los ojos mientras nos contaba una historia maravillosa, un suceso celestial que ocurriría al día siguiente. Porque por lo visto a las diez, cuando el sol brillara ya en lo más alto, se esperaba que arribara a nuestra isla una santa, una santa real y verdadera escapada dios sabe de qué estampita, y que, compadecida de nosotros, venía a quitarnos nada menos que el Hambre. O al menos, eso fue lo que yo le entendí, entre frases entrecortadas de apariciones, milagros y venturas para siempre jamás. Y yo siempre creí en los soñadores ojos de mi padre y nunca puse en duda sus historias, y si me decía que mañana vendría no una santa, sino la mismísima Virgen, hasta aquí llegaría para poner fin al grito de nuestros estómagos. Aunque me conformaba entonces con menos, importándome mucho más que acabara con el olor del hambre, esa peste que no me dejaba comer, que con el hambre misma. Que acabara con ese tufo nauseabundo que dejaba las escamas de mi piel cuando fregaba el suelo, con el fétido aroma de mis manos y uñas agrietadas por los restos de carbón para la cocina, con la infecta colonia del aguarrás y la lejía, únicos perfumes que me eran dados a oler en aquellos días de la miseria y del trabajo duro. Y yo sólo era una niña.

         Esa noche me acosté entre dulces ensueños, imágenes amables en que una alta señora, hermosa, alta y limpia, se me acercaba entre rosadas nubes de algodón dulce portando para mí el globo del mundo que, eso sí, era todo de color rojo y tenía un olor extraño y místico, como si fuera un mismísimo queso de bola. La dama me sonreía y mojando sus largos y elegantes dedos me quitaba con su saliva, como untándome con su sagrado óleo, los churretes negros de la mejilla. Y recuerdo que me dormí besando con amor, casi mordiéndolo, el pequeño trozo de almohada que me correspondía, sin importarme por esa noche los feroces pellizcos que mi hermana me daba siempre para hacerle más sitio en la cama.
        
         Al día siguiente, todo fueron prisas. Recuerdo que era domingo, pero la llegada a Cádiz de una santa de las de verdad hizo posponer a  toda la ciudad el acudir a misa para más tarde. Entonces mi hermana Carmela me agarró del brazo, me lavó raudamente con la esponja áspera, me colocó el traje azul de los pespuntes, cambiaron mis chanclas rotas por los viejos zapatos de Angela, que me quedaban muy grandes, recolocaron mi pelo en dos coletas torcidas, y las gemelas charlatanas me arrastraron apresuradas después. Y yo sentía, llevada en volandas, transitar por un nuevo día feliz y mágico, en el que no tenía tiempo siquiera para miedos y ensoñaciones que los itinerarios gaditanos siempre proporcionan. Atrás quedaron los callejones de San Juan con sus faroles rojos de amores portuarios, la mole imponente de la Catedral y la oscura esquina pasional de los Piratas, sin que yo me dignara hacer ningún comentario, ni observara ninguna novedad.

         Mis hermanas parlanchinas, en cambio, no dejaron de hablar todo el rato, entre cuchicheos algo descuidados, porque esta niña soñadora sí que se enteraba.

-          ¿Ves cómo al final es mal negocio ser honrada? Ahora la veremos. Dicen que se dedicaba a la mala vida antes de pescar al gran hombre. Y claro, así aprendió todas las mañas que a ellos les gustan.
-          Lo que es seguro es que era actriz y por allí, ya se sabe que van llenas de joyas, pieles y trajes elegantes. Lo que pasa es que en América los hombres están obligados a mantenerlas por todo lo alto, pues si no, los dejan, y entonces se buscan a otro y ya se sabe que los cuernos es lo único que ellos no soportan. Lo que sí es buen negocio es tratarlos mal. No como haces tú con tu Fortunato, infeliz, que hasta le llevas la comida al trabajo.
-          Oye tú, solterona, que Fortu me quiere, que nos casaremos cuando juntemos para la casa. Y yo prefiero esperar, lo que no me da la gana es meterme en la casa de vecinos con la madre, de eso nada. Lo que pasa es que aquí somos unos desmayados y unos muertos de hambre, no como en América. Mi Fortu me contó que, por lo visto, allí todo es muy grande y por eso a quien llega el gobierno le da tierra propia, buenos y grandes cortijos, donde crían animales y la hierba crece sola. Y con suerte, algunos tienen en ellos hasta árboles, que aquí no hay, algunos con nombre raro, ombú, me parece que me dijo, donde igual que aquí caen peras, allí dan esmeraldas. ¡Así cualquiera!
-          Pues si en América todo es así, tu te quedas aquí con tu Fortu que yo mejor me voy a buscar uno de esos guachisnai que vienen al puerto.
-          Sí, igual que Mariquita Pe, que se lió con un viejo horroroso y se la llevó a Puerto Rico... ¡ni por todo el oro de América!. No, yo me quedo con mi Fortu...
-          Oye, corre más, que no llegamos.

Y llegamos, claro que sí, después de varios rodeos alrededor de la Plaza, dejando atrás más recovecos acogedores para soñar: el callejón de los negros, la esquina de los flamencos, la cuesta de la jabonería, la posada del mesón y el palacio de los Lasquetti. Espacios donde las piedras me hablaban de remotos parajes, de estampas lejanas en el tiempo y en el espacio que hicieron en mi mente acabar de improviso la incesante perorata de mis hermanas gemelas, cacareo sin sentido que me hacía vislumbrar un futuro gris, más desangelado aun que el boniato que me servían de cena todas las noches. Porque esa captura de hombres domésticos, hombres como refugios o trampolines sociales, parecía constituir la única aspiración de sus vidas. Varones muy diferentes a los que yo quería para mí, hombres como onzas de chocolate o como ráfagas de viento que vinieran a raptarme a mí y no yo a ellos. Que me acompañaran por caminos y mares lejanos, por sendas no transitadas de aventuras y conocimientos, que me arrancaran de cuajo y sin vuelta de hoja de esta vida negra que el destino parecía haberme ya trazado. Pero seguimos andando en el presente, por lugares despejados de otros seres que tuvimos que recorrer apresuradas para alcanzar, por fin, uno de los cinco embudos con los que se llega a la plaza de San Juan de Dios, toda ella cubierta por una multitud coloreada por las extrañas banderitas de mi padre.

Mis hermanas, avispadas como todas las hembras de la familia, lograron abrirse hueco entre la multitud entre codazos y empujones varios, hasta colocarse en primera línea de avistamiento. No tenían intención de perderse ningún detalle: el peinado que después copiarían o el vestido que tratarían torpemente de reproducir luego con una tela más basta, eran sus principales objetivos del examen que esperaban realizar a la Santa. Y yo mientras sobrecogida, aun con fe en la llegada de ese ser milagroso que vendría a quitarnos el hambre, según refirió mi padre.

Y así transcurrieron quince o veinte minutos bajo un murmulleo creciente y un sol implacable y yo ya no sabía dónde colocar los pies en aquellos zapatos de número superior al mío. Los del gobierno habían dispuesto una larga y delgada alfombra roja desde la puerta de la alcaldía hasta la entrada del puerto, lujosa diagonal que rompía en dos mitades aquella plaza para que la santa pudiera levitar por ella y después, previsiblemente, pudiera bendecirnos desde el balcón presidencial. Y entonces, entonces, los murmullos se volvieron gritos y un enorme coche, grande y negro, se paró justo ante el inicio del alfombra.

-          Fíjate la señorita, no puede venir andando desde el puerto, y eso que son dos pasos.
-          Cállate. Ahí está.

Efectivamente, allí estaba. Le abrieron la puerta de atrás y vimos deslizar una larga y delgada pierna y después la otra, piernas suaves y depiladas cubiertas por unas hermosas y fascinantes medias de seda, objeto casi irreconocible por estos lares. Y después vimos sus manos, largas también, pero huesudas y nerviosas, que se posaron sobre las del agente repeinado que caballerosamente le ayudaba a bajar. Y los gritos de la gente fueron a más cuando la contemplamos entera: alta, delgada, elegante y sobre todo rubia, muy rubia, recogido el pelo con un moño imponente y un alegre sombrero blanco con una pluma azul.

-          No es rubia, es teñida, ese rubio es de bote. Y además el moño que luce está hecho con pelo postizo. Fíate de mí que sé de peluquería.
-          Oh, pero ¡qué elegancia!

Porque de hecho, la dama lucía un porte que cortaba la respiración. Ya de por sí espigada, parecía andar por la alfombra de puntillas y estirando el cuello, a una altura inalcanzable para el resto de los mortales que la contemplábamos admirados. Y se tomó su tiempo, claro que sí, en erguirse y sonreír orgullosa, despojarse lentamente de unos pequeños guantes blancos y saludar abierta y segura a la multitud de ropajes negros y remendados y de rostros castigados que la contemplábamos. Y se deslizó lenta, perfectamente copiada la actitud de aquellas reinas y heroínas europeas que estudiara hace mucho tiempo y emitiera en sus seriales. Al fondo, le esperaba un alcalde con bigote, gordo y calvo, estampita perfecta que el franquismo destinaba a cada municipio, y una niña muy atildada, con tirabuzones rubios y trajecito de organdí que portaba un enorme ramo de rosas rosas, cursilada haciendo juego, mucho más grande que ella.


Hacia la mitad del recorrido, casi a la altura donde yo me encontraba, el ramo y la niña se adelantaron hacia la dama realizando una complicada genuflexión de homenaje principesco. La pequeña Shirley Temple a duras penas pudo sostener el ramo con una mano y recogerse modestamente el vestidito con la otra, para agachar una rodilla e inclinar su cabeza, a modo de saludo. Y a modo de sonrisa, la dama hizo una mueca y recogió el ramo con un brazo, mientras su otra mano se posó levemente entre los lustrosos tirabuzones dorados. Y todos aplaudieron y hasta se escucharon algunos vítores, mientras yo acercaba mi nariz para percibir de lejos el olor de santa que, mezclado con el de las rosas, intentaría recordar cuando quisiera olvidarme del otro, del de siempre, del olor del hambre.

Pero la santa no sería santa sin hacer un milagro, que desde el tiempo y la distancia desde la que cuento esto, pienso que igual estaría ensayado, preparado, amañado o estudiado. O quizás no. El caso es que la santa se volvió, achicó los ojos, estudió a la multitud y se dirigió a mí... ¡a mí!, un manojo de nervios sucios vestida de remiendos, calzada con chanclas rotas y dos coletas morenas y torcidas. Porque ella no podría ver otra imagen que ésta que tristemente describo. O quizás vio a alguien más, o tal vez, como dijo mi padre cuando nos enteramos que murió, lo que percibió al verme fue la niña que había en ella, la que llevaba dentro, la niña mísera que todavía conservaba tras tanta sobrecarga de joyas y oropeles. Pero se acercó, cesaron los gritos, cuchicheos y murmullos de la gente y de repente, ella se agachó, ¡se agachó!, hasta ponerse a mi altura, acariciarme las coletas y preguntarme ¿cómo te llamás?. Y su voz era ronca y cálida, en un acento extraño, áspero y acariciante. Y mis ojos se agrandaron asustados y admirados y le sonreí y a duras penas le dije que mi nombre era Eva, Eva Martínez pa servirla a usted. Eva como yo, me dijo. Y sonriéndome, me dio el ramo, que es tan hermoso y huele tan bien y es para ti, para que nunca me olvides. Y jamás lo haré, te lo prometo, mi señora. Y me besó en mi sucia cabeza y se irguió y se marchó, hacia los discursos, hacia la gloria. Eso hacía ella, mientras que yo, ya santificada, terminé por hundir mi carita embriagada entre las rosas, bendecida por su olor, cual cabecita  negra de este hemisferio.





           

3 de diciembre de 2011

Quintetos en umbrales y vidrieras




Huída

Una mujer entre las sombras
Junto el bolso atestado de miedo
Ropa y desamores. Mira a la sombra
Ni siquiera a su interior inundado
De miedo ropa y desamores.

Contemplación

Desorbitado mira al infinito
Contempla lo peor imaginado antes
Y poco después en el mismo umbral
Frío y maloliente. Lo mismo que yo
Mientras escurren silencio y falsedades.

Agenda

Las veinte después de la oficina
Y las novelas pero bastante antes
De las películas ellas disponen
Una agenda egoísta: guardan
Lo mejor en bolsas de supermercado.

Charquito

Un charco refleja gloria y sueños
Pero cubre estiércol y caídas.
Charquito que no llegará a mañana
Comparte chapaleo de primeros pasos
Y causa de muertes prematuras.

Nuevos quintetos de oriente



Voló

Harto del que asoma y no convence
Del que desenvuelve sin encuentro
De roturas entre manos cascanueces
Cansado del cuerpo traidor. Del rastrón
De algunas tardes y casi todas las esperas.



Candentes

Apenas se levanta. Casi canta:
Herrero de cresta amarilla luce
Y dilucida su chispa al oscuro
Disuelve en fúmina mezclado atardece.
Perfora/ Iguala/ Finalmente diferencia.



Vientos

Del fagot la broma sinvergüenza
Cala en oboe/ corno y clarinete. La flauta
Alza el montacargas melódico y satura
Color celeste: Lo que desata sube
La atadura hunde en barro y escarlata.


(c) Carlos Enrique Cartolano. De Brida, Quinteto de oriente.

27 de noviembre de 2011

Paseo




Aunque sobre plantas de piterectus
La mirada escabulle en interiores.
Perspectivas coloreadas desde el alto
Te recuerdan cajas de cartón pintado:
Fantasmas errantes buscan salida.


(c) Carlos Enrique Cartolano. De Brida -Quintetos de oriente-, 2011

26 de noviembre de 2011

Repliegue




Si del cuerpo se trata es menor
El espacio cada vez. Una estrechez suficiente
Sacia sed material porque hambrunas
No sobreviven ni pasiones ciegas restan.

Este don del cuerpo en el espacio
Que apreciábamos a matar o morir
Se retirará. Han venido pegando
Anuncios a la vera del camino.

Y está bien. La memoria en tanto
Ensancha/ Traga rieles y autopistas:
Los viajes nos llevan cada vez más lejos
La distancia es una llanura sin bordes.


© Carlos Enrique Cartolano. De Brida –Tres poemas en viaje-, 2011

25 de noviembre de 2011

Brillo azaroso




Arrastro textos -aunque leídos- a medias digeridos
Antes del viaje. Y hacia ellos voy
Como destino en la derrota y atento
A sus reclamos. Uno es de Manguel
Y refiere del azar un orden interior
Supérstite en bibliotecas/ Ferias y lecturas:
Lo que otra mano pone -si podemos atribuirlo-
Como la bienvenida en cada blanco
O el velo que descorre una estampida de palabras.

El otro: una carta de Susan Sontag a Borges
Jorge Luis –maestro- diez años después
De su muerte inexplicable en Suiza porque no ha muerto.
Y recuerda la carta al palabrista diciendo
Cada cosa que suceda deberá considerarse un recurso
Como la ceguera en Borges. Que era el tema.
El escritor y el hombre habrán argumentos
Al infinito… Pero –maestro- somos tan torpes:
Nuestra ceguera es interior. Se acabaron
Ciertas chispas. Apenas fuegos fatuos
Esporádicos brillan y avergüenza su pobreza.

El azar puso a Borges junto a su alumna y después
Esposa. Ella heredó tapas de cartón y resúmenes
Bancarios. Afortunadamente no la inmortalidad
Del maestro que continúa escindiéndonos palabras
Y destinos con su báculo (mientras la industria
Editorial compite por el número de páginas
De unas obras completas). Ahora sabemos
Que aquella muerte en Suiza fue un recurso
Aprovechado por el brillo del maestro que aún escribe
Desde muchas-muchas-manos/ En todo papel o pantalla.

Para nuestra fortuna.


© Carlos Enrique Cartolano. De Brida –Tres poemas en viaje-, 2011

Crestas del alma




En la fusión de corrientes
Inversa la confluencia discurre/ Revela/ Esculpe
Pizarras del mañana imaginado.
Mientras -virgen seductora-
La poesía entre los dedos es gerundio y vive
Transcurre también ella/ Graba corazones/ Pizarras
De sangre/ tablas de dolor y deleite.

Entre dos aguas: ella limpia su día
Pura en origen
Reina de claridades
Primera palabra y epitafio: es nuestra Ítaca.
La visión de isla y bruma en derredor
Gobierna el rumbo. Es estela:
Doblega ventiscas del miedo.

En esta confluencia hay glorias y llantos:
Quienes cortan cerrazones a puro filo
Y quienes logran ver.

Alguien sopla en las nubes
Mientras el mar oculta las valvas.


© Carlos Enrique Cartolano. De BridaTres poemas en viaje-, 2011

20 de noviembre de 2011

Para entenderlas, o para que ellas nos entiendan




Que no te pase a ti
por Delfina Acosta

Era caída la tarde. Supe que Mario llegaba porque el portón rechinó. El perro de la casa lo recibió festivamente.

Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado, cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle, cariño. Pasa pronto, pronto, y tomaremos un té de chamomilla”. Los hombres son niños. Y somos las mujeres quienes los transformamos en señores.

Ellos se convierten en gente mayor sólo cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los saltarines insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena. Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear - sigilosamente - alrededor de tu casa; finalmente su amor se convierte en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios neblinosos de tu ventana.

Si lo sabré yo, que una noche de estío me pasé sin dormir pues el árbol de los agrios extendía sus ramas espinosas, sus alambres con flores, hasta mi ventanal; un sacudón nervioso, como si recibiera un pinchazo en la vena yugular, me llevó a gritar: “¡Vete Rodrigo de mi habitación!”.

Mario entró. Olía a perfume que uno se aplica detrás de los lóbulos para ir a una cita. Una cena, tal vez. Ah... la espada de la fragancia que corta el aire...
Me dijo que estaba bella.

- Tienes un brillo especial en las pupilas. ¿Entonces has leído “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”? - preguntó. Y yo le dije que todavía no, y él me contestó que era común la injusta vacilación de los lectores ante aquellos hermosos versos de astros azules, de viento, de olvido y de amor de Pablo Neruda.

- Mañana, sí. Mañana... - le susurré.

Debo contar que me amaba. Lo adoraba.

Mientras tomaba su té, cantaba por lo bajo una canción de Edith Piaf.
Vestida a lo Greta Garbo yo me observaba en el espejo con marco de plata de la pared y esperaba que el espejo me mirara fijamente para empezar a delinear un grabado artístico sobre mis grandes párpados.

Después de tomar su té, Mario se sentó al piano.

Insistía en el opus 67 de Ludwig van Beethoven en vano.

No conseguía liberar el espíritu del genial compositor perseguido, quizás, por los ratones de aquella vieja caja de cuerdas y macillos forrados con fieltro.

Un último sol de oro, el sol crepuscular, intentaba levantar el ánimo de la tarde, posándose sobre las rosas amarillas de los canteros de mi jardín; el aliento rojizo del astro se entremezclaba con el chorro de agua que salía de las fauces de un hierático león por cuyas melenas trajinaban lagartijas amarillas. Y verdosas.
De golpe, el sol se desplomó.

Había oscurecido.

Mario bajó la tapa del piano. Pero ya no era él.

Había muerto. A lo lejos se escuchaba el triste piar de un pájaro gris con capucha negra.

No recuerdo qué ocurrió luego, sólo sé que semanas después, cuando el viento soplaba con fuerza en las calles y hacía rechinar el portón, yo me encontraba contando las gotas medicinales preparadas por el doctor Vázquez, que revolvía en mi té de tilo, y en mi otro té, una infusión de flor de azahar, milagrosos, al decir de las lenguas, para los nervios destrozados.

El perro se me volvió tristón. No movía la cola como antes, cuando le decía que se veía fortachón, y le pasaba - suavemente - mis manos por su pelaje gris.
Nos mirábamos, y cómo nos comprendíamos.

Era esa melancolía, de cuando se trata inútilmente de matar moscas sobre la mesa, la que consumía mis huesos.

Un día Mario vino a casa.

Caí semi-desvanecida sobre la alfombra.

- ¿Pero cómo has hecho? - le pregunté.

- Ah..., creí que tú lo sabías mejor que yo. Me has invocado, Margarita. No has hecho más que llorar y dejar la marca de tu boca pintada en el espejo de la sala, que era tu manera de besarme y manchar mi camisa. No pude resistir...

Suspiré. Las aves de los árboles se entremezclaban bulliciosamente.

- Se quedaron con la propiedad de San Telmo mis hermanos María y Alberto, de modo que tendré que vivir aquí, por un tiempo. Dormiré en el sofá. Y ahora haré un café especial, bien batido, para los dos - comentó animado.

Me sentí asombrada al escucharlo resolver con tanta simplicidad su muerte y su permanencia en mi casa.

Cada noche, cuando me levantaba para asegurarme de que las barretas cilíndricas de hierro estaban bien corridas, lo encontraba escribiendo con entusiasmo.

¿Qué podría escribir un hombre muerto?

Me figuraba que tendría poco apetito. Sin embargo todas las mañanas se servía un tazón de leche de cabra acompañado con rosquillas untadas con dulce de higos. Como a las nueve y media tomaba dos o tres tazas de café.

Almorzaba en una pieza, que funcionaba como ático. Un almuerzo importante, imperial, que superaba las condiciones de mi sucia y estropeada libreta de almacén: tortillas de arroz con una guarnición de ensalada griega, y encima un café espeso y caliente.

Al principio no me incomodó que dejara los cubiertos sucios en el lavadero, y que la leche hervida se añadiera como costra a la mesa de la cocina.

Pero luego me fastidiaron, me fueron saturando, tantas cáscaras de huevos, tanta sal esparcida sobre la mesa, como si fuera a propósito, tantas semillas de cítricos arrojadas fuera del basurero, que atraían a las cucarachas, las cuales, una vez reventadas por mis zapatillazos, atraían a su vez a las hormigas.

Me hallaba disgustada.

Muchas, tantas cosas no funcionaban bien en nuestra relación. Además había empezado a beber y me trataba con violencia cuando el whisky se le subía a la cabeza.

Mario era el menos interesado en encarar con juicio y sentido común los permanentes requerimientos que le hacía.

- Pero es que ya no puedo. ¿Me entiendes? Me he cansado de lavar los platos sucios. ¡Estoy hasta las narices! - le grité mientras bajaba una tarde de fina llovizna sobre los bulbos de los crisantemos del patio.

El viernes 23, a la noche, al levantarme para asegurarme de que los cerrojos estuviesen corridos, no lo encontré.

Desapareció.

Se hizo humo.

Ya no está más.

Quisiera sentirme en paz, considerar la idea de enamorarme nuevamente y de comprar helados de higos y de frutillas para tomarlos mientras miro la tele.


Pero los hombres, cuando ya no los quieres, siempre vuelven.

Saint John Perse ¡Oh este francés, y los poetas franceses de mi adolescencia!




Lluvias

A Katherine y Francis Biddle

I

El baniano de la lluvia echa sus raíces sobre la Ciudad.
Un polipero apresurado sube a sus bodas de coral en toda esa leche de agua viva,
Y la idea desnuda como un reciario peina en los jardines del pueblo su crin de niña.
Canta, poema, en la vocinglería de las aguas la inminencia del tema:
Canta, poema, en el tropel de las aguas la evasión del tema:
Una alta licencia en el flanco de las Vírgenes proféticas,
Una eclosión de óvulos de oro en la leonada noche de los légamos
Y mi lecho hecho, ¡oh fraude!, a la linde de semejante sueño,
Allí donde se aviva y crece y comienza a girar la rosa obscena del poema.
Señor terrible de mi risa, he aquí la tierra humeante con el husmo de la venación,
La arcilla viuda bajo el agua virgen, la tierra lavada del paso de los hombres insomnes,
Y, olida de más cerca como un vino, ¿no es verdad que provoca la pérdida de la memoria?
Señor, ¡Señor terrible de mi risa!, he aquí el reverso del sueño sobre la tierra,
Como la respuesta de las altas dunas al escalonamiento de los mares, he aquí, he aquí
La tierra a cabo de uso, la hora nueva en sus mantillas y mi corazón visitado por una extraña vocal.

II

Nodrizas sospechosísimas. Cortejantes de ojos velados de madurez, ¡oh Lluvias! por quienes
El hombre insólito mantiene su casta, ¿qué diremos esta noche a quien haga altanera nuestra vela?
¿Sobre qué lecho nuevo, a qué reacia cabeza raptaremos aún la chispa valedera?
Mudo el Ande sobre mi techo, tengo una aclamación fortísima en mí, y es para vosotras, ¡oh Lluvias!

Llevaré mi causa ante vosotras: ¡en la punta de vuestras lanzas lo más claro de mi bien!
¡La espuma en los labios del poema como una leche de corales!
Y aquella que danza como un encantador de serpientes a la entrada de mis frases,
La Idea, más desnuda que una cuchilla en el juego de las facciones,
Me enseñará el rito y la medida contra la impaciencia del poema.
Señor terrible de mi risa, líbrame de la confesión, de la acogida y del canto.
Señor terrible de mi risa, ¡cuánta ofensa en los labios del chubasco!
¡Cuántos fraudes consumados bajo nuestras más altas migraciones!
En la noche clara de mediodía, anticipamos más de una proposición.
Nueva sobre la esencia del ser. . . ¡oh humos presentes sobre la piedra del lar!
Y la lluvia tibia sobre nuestros techos hizo igualmente bien en apagar las lámparas en nuestras manos.

III

Hermanas de los guerreros de Assur fueron las altas lluvias en marcha sobre la tierra;
Con cascos emplumados y bien arremangadas, con espuelas, con espuelas de plata y de cristal,
Como Dido hollando el marfil en las puertas de Cartago,
Como la esposa de Cortés, ebria de arcilla y pintada, entre sus altas plantas apócrifas. . .
Avivaban de noche el azur en las culatas de nuestras armas.
¡Poblarán el Abril en el fondo de los espejos de nuestras estancias!
Y no me cuido de olvidar su pataleo en el umbral de las cámaras de ablución:
Guerreras, ¡oh guerreras por la lanza y la flecha hasta nosotros aguzadas!
Danzarinas, ¡oh danzarinas por la danza y la atracción al suelo multiplicadas!
Son armas a brazadas, son mozas por carretadas, una distribución de águilas a las legiones,
Un levantamiento de picas en los suburbios por los más jóvenes pueblos de la tierra —haces rotos de vírgenes disolutas,
¡Oh grandes gavillas desatadas! ¡la amplia y viva cosecha en los brazos viriles invertida!
... Y la Ciudad es de vidrio sobre su zócalo de ébano, la ciencia en las bocas de las fuentes,
Y el extranjero lee sobre nuestros muros los grandes carteles anonarios,
Y el frescor está en nuestros muros, en donde la Indiana esta noche se hospedará en casa del nativo.

IV

Relaciones hechas al Edil; confesiones hechas a nuestras puertas. . . ¡Mátame, dicha!
¡Una lengua nueva de todas partes ofrecida! un frescor de aliento por el mundo
Como el soplo mismo del espíritu, como la cosa misma proferida, a flor del ser, su esencia a la fuente misma, su nacencia:
¡Ah! ¡toda la afusión del dios salubre sobre nuestros rostros, y tal brisa en flor
Al hilo de la hierba azuleante, que se anticipa al paso de las más remotas disidencias!
Nodrizas sospechosísimas, oh Sembradoras de esporos, de semillas y de especies ligeras,
¿De qué decaídas alturas reveláis para nosotros las
vías, Como al término de las tempestades los más bellos seres
lapidados sobre la cruz de sus alas?
¿Qué obsedéis de tan lejos, que aun es preciso que uno piense en perder el vivir?
¿Y de qué otra condición nos habláis tan quedo que uno pierde la memoria?
Para traficar con cosas santas entre nosotros, ¿desertáis vuestros lechos, oh Simoníacas?
En el fresco comercio de la neblina, allá donde el cielo madura su gusto de yaro y de nevero,
Frecuentabais el relámpago salaz, y en la albura de las grandes albas laceradas,
En la pura vitela rayada con un cebo divino, nos diríais, ¡oh Lluvias! qué lengua nueva solicitaba para vosotras la grande uncial de fuego verde.


V

Que vuestra venida estuviese llena de grandeza, lo sabíamos nosotros, hombres de las ciudades, sobre nuestras flacas escorias,
Pero habíamos soñado más altas confidencias al primer soplo del chubasco,
Y nos restituís, ¡oh Lluvias!, a nuestra instancia humana, con este sabor de arcilla bajo nuestras máscaras.
¿En más altos parajes buscaremos memoria? ... ¿o si nos es preciso cantar el olvido en las biblias de oro de las bajas hojarascas? ...
Nuestras fiebres teñidas con los tulipaneros del sueño, la catarata sobre el ojo de los estanques y la piedra rodada hacia la boca de los pozos, ¿no hay ahí bellos temas por reanudar,
Como rosas antiguas en las manos del inválido de guerra? ... La colmena todavía está en el vergel, la infancia en las horquetas del árbol viejo, y la escala prohibida en las bellas viudeces del relámpago...
Dulzura ele ágave, de áloe.... ¡insípida estación del hombre sin engaño! Es la tierra cansada de las quemaduras del espíritu.
Las lluvias verdes se peinan ante los espejos de los banqueros. En los paños tibios de las plañidoras se borrará la faz de los dioses-niñas.
E ideas nuevas se abonan a los constructores de imperios sobre su mesa. Todo un pueblo mudo se yergue en mis frases, en las grandes márgenes del poema.
Levantad, levantad, faltos de jefes, los catafalcos del Habsburgo, las altas piras del hombre de guerra, las altas colmenas de la impostura...
Aechad, aechad, faltos de jefes, los grandes osarios de la otra guerra, los grandes osarios del hombre blanco sobre quien se fundó la infancia.
Y que oreen sobre su silla, sobre su silla de hierro, al hombre presa de las visiones que irritan a los pueblos.
No concluiremos de ver arrastrarse sobre la extensión de los mares la humareda de las hazañas con que se tizna la historia,
En tanto que en las Cartujas y las Leproserías, un perfume de termitas y de blancas frambuesas haga erguirse sobre sus cañizos a los Príncipes valetudinarios:

“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir entre los hombres, y he aquí que la tierra exhala su alma de extranjera.”

VI

Un hombre aquejado de semejante soledad, ¡que vaya y guinde en los santuarios la máscara y el bastón de mando!
Yo llevaba la esponja y la hiel a las heridas de un viejo árbol cargado con las cadenas de la tierra.
“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir lejos de los hombres, y he aquí que las Lluvias. . .”
¡Tránsfugas sin mensaje, oh Mimos sin visaje, conducíais a los confines tantas bellas simientes!
¿Hacia qué bellas hogueras de hierbas entre los hombres apartáis una noche vuestros pasos, por qué historias desenlazadas
Al fuego de las rosas en las alcobas, en las alcobas donde vive la oscura flor del sexo?
¿Codiciáis nuestras esposas y nuestras hijas tras la verja de sus sueños?
(Hay mimos de mayorazgas
en lo más secreto de las estancias, hay puros servicios y tales que uno pensaría en el palpo de los insectos…)
¿No tenéis nada mejor que hacer entre nuestros hijos, que espiar el amargo perfume viril en los correajes de la guerra? (como un pueblo de Esfinges, grávidas de la cifra y del enigma, disputan acerca del poder a las puertas de los elegidos…)
¡Oh Lluvias, por quienes los trigos salvajes invaden la Ciudad, y las calzadas de piedra se erizan de irascibles cactus,
Bajo mil pasos nuevos hay mil piedras nuevas recientemente visitadas. En los azafates refrescados por una invisible pluma ¡haced vuestras cuentas, diamantistas!
Y el hombre duro entre los hombres, en medio del gentío, se sorprende soñando en el limo de las arenas. ...“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir sin dulzura, y he aquí que las Lluvias...” (La vida sube a las tempestades sobre el ala de la repulsa.)
Pasad, Mestizas, y dejadnos en nuestro acecho... Tal se abreva en lo divino cuya máscara es de arcilla.

Toda piedra lavada de los signos de vialidad, toda hoja lavada de los signos de latría es la tierra ablucionada de las tintas del copista. . .
Pasad, y dejadnos con nuestros más viejos hábitos. ¡Que mi palabra todavía vaya delante de mí! y cantaremos todavía un canto de los hombres para quien pasa, un canto de alta mar para quien vela:

VII

“Innumerables son nuestras vías y nuestras mansiones inciertas. Tal se abreva en lo divino cuyo labio es de arcilla. Vosotras, lavadoras de los muertos en las aguas madres de la mañana —y está la tierra todavía en las zarzas de la guerra— lavad también la faz de los vivos; lavad, ¡oh Lluvias, la faz triste de los violentos . . . pues sus vías son estrechas y sus mansiones inciertas.
“Lavad, ¡oh Lluvias!, un lugar de piedra para los fuertes. A las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, aquellos que no embriagó el vino de los hombres, aquellos que no mancilló el gusto de las lágrimas ni el sueño, aquellos que no se curan de su nombre en las trompetas de hueso... a las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, en lugar de piedra para los fuertes.
“Lavad la duda y la prudencia al paso de la acción, lavad la duda y la decencia en el campo de la visión. Lavad, ¡oh Lluvias!, la catarata del ojo del hombre de bien, del ojo del hombre de ideas sanas, lavad la catarata del ojo del hombre de buen gusto, del ojo del hombre de buen tono; la catarata del hombre de mérito, la catarata del hombre de talento; lavad la escama del ojo del Maestro y del Mecenas, del ojo del Justo y del Notable ... del ojo de los hombres calificados por la prudencia y la decencia.
“Lavad, lavad la benevolencia del corazón de los grandes Intercesores, el decoro de la frente de los grandes Educadores, y la mancilla del lenguaje de los labios públicos. Lavad, ¡oh Lluvias!, la mano del Juez y del Preboste; la mano de la partera y de la amortajadora, las manos lamidas de inválidos y ciegos, y la mano baja, en la frente de los hombres, que sueña todavía con riendas y con foete. . . con el asentimiento de los grandes Intercesores, de los grandes Educadores.
“Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales, las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos. Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de viejos dientes de mulas. . . Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, las altas tablas conmemorativas.

“¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias, las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión; lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo; lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los más bellos dones del hombre ... del corazón de los hombres mejor dotados para las grandes obras de razón.”

VIII

...El baniano de la lluvia pierde sus raíces en la Ciudad. ¡Al viento del cielo la cosa errante y tal
Como vino a vivir entre nosotros! ... Y no negaréis, de repente, que todo nos viene a nada.
Quien quiera saber lo que acontece a las lluvias en marcha sobre la tierra, véngase a vivir sobre mi techo, entre los signos y presagios.
¡Promesas incumplidas! ¡Inasibles simientes! ¡Y humaredas que veis sobre la calzada de los hombres!
¡Venga el relámpago, ¡ah! que nos abandona! ... Y conduciremos de nuevo a las puertas de la Ciudad
Las altas Lluvias en marcha bajo el Abril, las altas Lluvias en marcha bajo el foete como una Orden de Flagelantes.
Pero henos aquí librados más desnudos a ese perfume de humus y de benjuí en que la tierra se despierta con sabor de virgen negra.
... Es la tierra más fresca en el corazón de los helechales, la afloración de los grandes fósiles en los carbones chorreantes,

Y en la carne lacerada de las rosas tras el huracán, la tierra, la tierra con gusto todavía de mujer hecha mujer.
... Es la Ciudad más viva a las luces de mil cuchillos, el vuelo de las consagraciones sobre los mármoles, el cielo todavía en los pilones de las fuentes.
Y la cerda de oro en ápice de estela sobre las plazas desiertas. Es todavía el esplendor en los pórticos de cinabrio; la bestia negra herrada de plata a la puerta más excusada de los jardines;
Es todavía el deseo en el flanco de las jóvenes viudas, de las jóvenes viudas de guerreros, como grandes urnas reselladas.
...Es el frescor corriente en las crestas del lenguaje, la espuma todavía en los labios del poema,
Y el hombre todavía de todas partes urgido por ideas nuevas, cede al levantamiento de las grandes olas del espíritu:
“¡El bello canto, el bello canto que he aquí sobre la disipación de las aguas!. . .” y mi poema, oh Lluvias, ¡que no será escrito!

IX

Llegada la noche, cerradas las verjas, ¿qué pesa el agua del cielo en el bajo imperio de la hojarasca?
¡En la punta de las lanzas lo más claro de mi bien!... Y cosa igual al azote del espíritu,
Señor terrible de mi risa, llevarás esta noche el es-cándalo a más noble casa.
...Pues tales son vuestras delicias, Señor, en el árido umbral del poema, en donde mi risa espanta a los verdes pavorreales de la gloria.





Antología Mínima
Traducción de Jorge Zalamea
Selección y nota introductoria de José Emilio Pacheco
México, 2008
Aclaración de La trampa de arena: ¡Está permitido recurrir al diccionario...!

19 de noviembre de 2011

Guardarropas



El carácter destructivo sólo conoce una consigna:
hacer sitio; sólo una actividad:
despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre
es más fuerte que todo odio.
Walter Benjamín: El carácter destructivo, de Discursos Interrumpidos I



Mientras cepilla estantes libres
Del guardarropas vacío concluye:
Otro recinto habrá detrás de éste
Y otro más –el más distante-
Clausurados ambos. Es definitivo
Que a nadie preocupó copiar sus llaves.

No sabe qué apilar sobre qué
Continuará soportando:
Debajo de epílogos y albores
Esconde llantos que abortó
Quién sabe cuál esclusa en fuga.
Un salpicado de lágrimas –conviene-
Alcanza para cepillar estantes.

En otros guardarropas –los candados
Los de otra vida y otras tardes
Con manzanas maduras de sol-
Están sus viejas pieles. Las mudas
De ofidio o de lagarto. Esferas
De algodón para asomar vellosidades.

Y pelusas que el otoño arrastra
Con canastos despojados. Crisálidas
Rotas. Cabellos quebrados. Larvas
Ambarinas de cigarras como fetos
Que huelen a tierra. Revividos ecos
En la hilera de cuatro casuarinas.

Sigue cepillando pero se apura
Por ganarle al día y sus sombras
-Es necesario destruir para cambiar-:
El fugitivo respira cuando alza la maza
Y rompe. Por breve tiempo nada necesita
Corretea libre en los estantes.


(c) Carlos Enrique Cartolano. De Bridas, 2011.