El amor en arte termina, como en ¨Iseo¨,
con una trágica y hermosa nota final; pero la vida
está llena de anticrisis, de reacciones posteriores
a la crisis culminante, y un conflicto de amor
en la vida real termina generalmente con una discordia.
Isadora Duncan. Mi Vida, Buenos Aires, Editorial Losada, 1976
I.
Entonces se guardaban los lápices en unas cajitas de madera a propósito del mayor de los tamaños, aunque algunos fueran más gastados que otros de tanto sacarles punta. Cuando se agitaban las cajitas, el sonido de los lápices entre sí y contra las paredes de madera, despertaban los deseos de escribir, dibujar y pintar. Ese fue un sonido que nos abandonó al cabo de los cincuenta. Lo extraño hoy, como a otros sonidos que enmudecieron al acompañar tantos cambios.
Fue seguramente a partir del sonsonete de las cajitas de lápices que comencé a escribir, y si en algún sitio di por primera vez rienda suelta a la imaginación habrá sido en la oficina del abuelo. Ese era un lugar que alentaba la creatividad: estaba poblado de misterios cajón por cajón, gaveta por gaveta, estante por estante, y además allí reinaba la máquina sacapuntas, capaz de resolver cualquier dificultad para la escritura o el dibujo en pocos segundos. Para mayor disfrute, ese sacapuntas a manija amordazado al mostrador de la oficina, era transparente: era posible el fantaseo adicional con las volutas de madera que iban envolviéndose apretadas en el depósito de vidrio.
Cuando no estaba en el escritorio, o cuando en la escuela se me rompía una punta, debía recurrir a los hojitas de afeitar con protección de chapa o a un cuchillo de buen filo. Entonces como era peligroso era posible que no me permitieran afilar grafitos. El reinado del gran sacapuntas del abuelo duró varios años; después comenzaron a utilizarse otros pequeños, personales casi, que aún mantienen su regencia. Pero entonces ya había comenzado la secundaria y después fui a vivir a Buenos Aires, donde para empezar hubo pocas cosas con las que darle manija a la imaginación.
Por el sacapuntas mecánico o por la cantidad de papel disponible fue seguramente en esa oficina de propiedades del abuelo donde comencé a escribir. Mis lecturas de Almafuerte y los primeros poemas ingenuos dedicados a una compañera de grado son del 58 o 59. También para esa época hice descubrimientos que andando los años fueron temas de escritura: los álbumes de fotos, los planos de la base naval, el proyecto del monumento sanmartiniano, las maquetas del parque y de la primera casita propia, el gran libro de los cuarenta años del pueblo, los archivos de propaganda que generalmente dibujaba papá, los bustos, estatuillas ecuestes y retratos de San Martín que parecían repetirse hasta el asombro, las banderas con sus mástiles lustrados y sus picas de metal pulido. Y entre estas últimas, la bandera firmada que encontré plegada en el fondo de un cajón con bolillas de naftalina en sus pliegues.
Recuerdos ilustrados que mantuve por años hasta la muerte del abuelo, en el 69. Entonces, cuando ya no había cajitas de lápices que invitaran a versear si sonaban a madera y no sé quién había retirado del mostrador el sacapuntas a manija, la bandera con bolitas de naftalina todavía estaba al fondo de un cajón del escritorio. Cuando le había preguntado al abuelo por su significado, me había guiñado un ojo y se había puesto a silbar una de sus marchitas, seguro ya no la peronista, sin conceder ninguna explicación porque no quería revelarla y nada más. La firma sobre el raso, con tinta azul, era estirada, elegante, entonces indescifrable para mí. Y ahora, cuando revisaba con otra finalidad los cajones del abuelo y volvía a encontrarme con la bandera, la firma me resultó legible. En ella podía leerse: Isadora Duncan.
II.
Para nadie era un misterio que Isadora había actuado en Buenos Aires durante el primer centenario de la independencia, en 1916, aunque los empresarios, críticos de espectáculos y poderosos en general prefirieron olvidarlo. Pero qué había tenido que ver don Antonio en todo esto, fue materia del relato –este mismo relato-, a pura imaginación pero en el sentido de la historia documental. Como debe ser.
El abuelo siempre había sido devoto de las banderas y de toda acción demostrativa del patriotismo. Era un tipo fervoroso. Fue primera generación argentina y por eso responsable de regar las raíces que su familia lucana enterró en las arenas del sudoeste bonaerense. Pero de allí a que guardase una bandera firmada por esa mujer que escandalizó Buenos Aires, y que se permitió insultar a los porteños, eso sí era difícil de explicar.
Don Antonio había participado de los actos cívicos del 9 de julio de 1916 en Punta Alta. Época memorable. ¡Felices como estaban él y muchos retoños europeos, de la ley Sáenz Peña y del poder con que automáticamente se investía al caudillo Yrigoyen! Probablemente viajaran en delegación después del nueve a Buenos Aires, para participar de los actos celebratorios que llegaron hasta fines de julio. Y también podía creerse que el abuelo llevara su propia bandera argentina, plegadita junto a la ropa en una valija de cuero y madera. ¿Que la abuela, complicada con dos pequeños habrá puesto el grito en el cielo? No, no. Esas cosas no se le discutían a un hombre en aquellos años. Ayuda de los cuñados no le faltaría.
Y como dijeron que no demorarían más de una semana, nadie dijo demasiado mientras el abuelo distribuía encargos para suplirlo en el diario El Independiente, en la Sociedad Patriótica Roque Sáenz Peña, en la recaudación de rentas provinciales de las que era responsable en Punta Alta. Dos trajes, dos ponchos, dos chalecos, dos sombreros, no olvidarse los talcos y la bigotera, y rumbo a alguno de los hoteles de la Avenida de Mayo donde a más de uno de la delegación conocían desde algún tiempo atrás.
Me han dicho que entonces no se podía pasar por Buenos Aires si no se disfrutaba aunque más no fuese por pocos minutos de algún salón de tango en cualquiera de los cafetines de La Boca o Barracas al Sur. Esa música estaba vedada a las buenas costumbres de la sociedad porteña, era cosa de marginales y todavía no había llegado al centro de la ciudad. Lo que la hacía más misteriosa y deseable para el oído. Ahora, que bailarla, bueno eso era otra cosa muy diferente; bastaría con mirar cómo la bailaban los compadres con las polaquitas esas que andaban en bandadas, todas con el pelo casi blanco de tan rubias.
Total que con esta historia de la firma en la bandera misteriosa, me puse a leer las memorias de Isadora que publicó Losada, y me enteré de algunos detalles sobre los que construí mi breve ficción creíble, con Don Antonio, mi abuelo, como personaje central. No dejé de agitar en la memoria mi cajita de madera repleta de lápices y antes de volverme a Buenos Aires, tuve la historia terminada. Si pasó como lo cuento no interesa. Sí estoy seguro de que bien pudo haber sucedido como quedó escrito.
III.
Como toda mezcla de realidad y ficción, personajes con su verdadero nombre actuaron en lugares imaginarios, en este caso en el cafetín La Atenas de La Boca, concebido en la actual esquina de Ministro Brin y Pedro de Mendoza. Frente al Riachuelo. En ese lugar, con bastante de milonga y algo de cabaret, el tango sonaba desde las ocho hasta las tres. Y toda la noche, como se ve, iban cayendo en mezcla bastante democrática hombres con o sin mujeres, que compartían la pasión por esa música toda pasión.
Así llegó Don Antonio junto a los cinco o seis compañeros de viaje y aventuras, claro que desprovistos de armas blancas que eran casi reglamentarias, y sin la matrícula de estudiantes con la que calificaban buena parte de los varones presentes. La orquesta alternaba esa noche los tangos con algún valsecito criollo y, de tanto en tanto, alguna canción patria himno nacional incluido, que los asistentes coreaban con fervor. Era 11 de julio, claro, y las alusiones a cien años de independencia formal se llevaban a flor de piel.
Alrededor de la una de la mañana, cuando no quedaba demasiado repertorio y la mayoría de los tangos se reiteraban, cuando las jovencitas del local se habían hecho lugar en las mesas de sus parejas ocasionales y la mayoría había descorchado la tercera botella, llegaron los verdaderos dueños de la noche. Ella iba al frente, conductora del puñado de músicos y técnicos que integraban la compañía. Rápidamente corrió el comentario de mesa en mesa y se hizo silencio. Los violinistas blandieron los arcos lejos de las cuerdas y el fuelle respiró ronco como si se preparase para volver a batir la noche.
- Isadora, Isadora. ¡Es Isadora! ¡La Duncan aquí!
El dueño de La Atenas se acercó para saludarla; detrás de él se arremolinaron varios compadres y media docena de mujeres. Querían verla de cerca, tomar contacto con sus túnicas vaporosas, verla reír. ¡Qué lindo que reía Isadora! A nadie se le pasó por alto la visita de la extraña bailarina, idolatrada por muchos, pero odiada por buena cantidad. Denostada por sus posturas libertarias y también por sus hábitos libertinos; amada por su inspiración clásica y por la franca renovación de la danza. Era una revolucionaria. Generosa en la docencia. Elegante, bellísima.
El salón de La Atenas pareció entregarse a los dictados de la dama bienllegada. Con algo de vergüenza primero, pero con marcado entusiasmo a poco de comenzar, los grupos de estudiantes volvieron a corear el himno nacional. El momento argentino sonaba así, y no de otra forma. La orquesta acompañó y la diva pareció iluminarse con la delicadeza del arreglo musical del rosista Esnaola.
¡Estamos festejando la independencia señora, ésta es nuestra canción patria!, gritó alguno como para que a nadie quedaran dudas de que se necesitaba un pleno consenso. Isadora levantó los brazos, tiró la cabeza hacia atrás y dio tres largos pasos hacia el escenario, como repentinamente posesa de algún espíritu rioplatense de la margen argentina. ¡Se disponía a bailar! ¿Cómo? ¿Bailar el himno?
Entonces fue cuando Don Antonio, seguramente iluminado por algún espíritu hermano del que había insuflado a Isadora, manoteó el poncho que tenía plegado en una silla y dentro del cual llevaba su bandera azul y blanca. La desplegó, extendiéndola a la vista de todos. Así, entre aclamaciones, se acercó a Isadora y se la entregó. Volvió a hacerse silencio, porque ella desapareció de la vista de todos. Fueron minutos en que la concurrencia se agitó con honda ansiedad. ¿Dónde está? ¿Dónde fue?
Y de pronto, nuevamente Isadora sobre el escenario, envuelta en la bandera de raso que le entregara el abuelo. Otra vez los brazos en alto, la cabeza hacia atrás, los movimientos felinos, la tela azul y blanca flameando en un mástil bendito: la bacante abanderada ¡Y con los colores argentinos! La orquesta volvió a sonar, la concurrencia cantó a rabiar. Isadora actuaba el pasado de esclavitud, las rotas cadenas, el presente de libertad, el futuro de grandeza, la regencia de Febo en el horizonte. Una, dos, tres… diez veces, cantar, aplaudir, y vuelta a empezar. No se recordaba otra noche así en La Atenas.
Y aquello siguió hasta las tres. Y afuera del local volvieron a cantar e Isadora volvió a bailar en medio de la calle. Después, claro, la historia recuerda que alguien recibió la bandera con la firma de la diva devuelta a su atuendo original. Ése fue para mi relato Don Antonio, el abuelo, trémulo de fervor artístico y nacional.
IV.
La primera actuación de Isadora Duncan en Buenos Aires no había satisfecho a nadie. Tampoco a la artista que sufrió la frialdad de un público pacato y distante. Pero lo que sucedió en aquel tugurio de estudiantes y tangueros varió la opinión que Isadora tenía de los argentinos. Creyó haberlos conquistado, se entusiasmó con un éxito informal, nada teatral.
Y como la historia sigue refiriendo, sin que esto haya variado por más ficción que algunos arriesgamos de todo corazón, la crítica destruyó a la artista y se levantaron voces de todos los sectores pidiendo la picota para la norteamericana que había ultrajado la enseña nacional. ¿Cómo podía osar una señora por más bailarina consagrada en Europa que fuera, envolver sus paños menores con la bandera argentina? Y eso, cuando en el mejor de los casos efectivamente usase alguna ropa interior. Que seguramente ni eso, para mayor deleite y eficacia de su danza digna del más exquisito espíritu. Lo cierto fue, insistimos como la historia ha repetido, que se devolvieron abonos para la segunda función de la bailarina, que su representante artístico sostuvo que el contrato pendía de una hebra y seguramente sería cancelado, que en su segunda función con escaso público Isadora fue abucheada. Y finalmente, que allí terminó sin pena ni gloria la gira en Buenos Aires. Más allá de que la gloria la esperara en Montevideo, porque como siempre ha sucedido, los rioplatenses de la otra orilla, ofrecían la cara inversa a todo suceso. En este caso, con razón y por fortuna.
No creo que Don Antonio se haya atrevido a acercarse al teatro en aquella segunda función. Tampoco creo que su enamoramiento echara alguna longitud de raíces, ni que pudiera imaginarse como amante de aquella mujer de gran porte, chiquito y narigón como era. La única realeza de Don Antonio residía en su bigote respingón y eso, como se sabe, no alcanza para conquistar a ninguna mujer. Él había vibrado con los movimientos de Isadora, se había sentido junto al mar, hermanado con el ímpetu del oleaje, dispuesto como nunca a abrirse camino consolidando familia y descendencia argentina.
De manera que los puntaltenses emprendieron el regreso, entre noticias y comentarios sobre el destino de la diva. Tal había sido el fracaso y la franca rebeldía de Isadora, que sacrificó visón y diamantes para cancelar las cuentas de su paso descontrolado por Buenos Aires.
Volví a agitar la cajita de mis lápices, pensando en la impronta que la danza pudo haber dejado al abuelo. Y pese a que sacudí y sacudí, no encontré nada. Nadie bailó en mi familia, hasta que yo comencé a estudiar danzas folklóricas. Más allá, claro, del baile en las fiestas de la época, con foxtrots, baiones y boleros. Y tampoco pasó mi entusiasmo por la danza telúrica más allá de los dos o tres años. Del baile clásico nada. Y del tango, en recuerdo de aquella noche memorable de La Atenas, menos aún.
Pero eso sí: tengo que sacarle el sombrero a la memoria del abuelo porque fue toda su vida un respetuoso a rajatabla de la diversidad. Contra viento y marea, en un ambiente adverso, rodeado por marinos aristocráticos, pese a que sus hijos y sus nietos se creyeron con títulos para diferenciarse del aluvión zoológico que nos llegó en la década de los cuarenta, el abuelo fue siempre un demócrata ejemplar. Él fue el dueño de la bandera en julio de 1916, y continuó siéndolo. Como suele pasarme, al escribir sobre él, la imagen de mi abuelo se vuelve diáfana.
Don Antonio tuvo siempre presente el homenaje que recibió de Isadora Duncan, la bailarina norteamericana que vivió, triunfó y murió en Francia. Pero al mismo tiempo supo restar importancia al improperio de la diva afrentada con su público en la última aparición porteña: ¡Es que los argentinos son unos negros!
Casualmente el abuelo, que nunca expresó ni hizo diferencias sociales, fue el único miembro de la familia que abrazó el peronismo, con sus descamisados y sus cabecitas negras. Pero esa fue otra historia.
(c) Carlos Enrique Cartolano. De Completar la mirada -cuentos incómodos-, 2012.

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